6 de septiembre 2016    /   CINE/TV
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‘Black Mirror’: Yago en la cabeza de un alfiler

6 de septiembre 2016    /   CINE/TV     por          
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Muchos aparatos para comunicarnos, pero ninguno interpreta los silencios. El silencio que sucede a un ruego, una petición, un deseo en un mensaje de WhatsApp, un privado en las redes sociales o un correo electrónico… Un silencio que en ocasiones desquicia o aterra o paraliza. ¿Qué hace o qué piensa quien no responde?

Pienso en estos silencios tras leer sobre los tatuajes para controlar dispositivos electrónicos. Un paso previo a la implantación del móvil en la cabeza previsto en 2023. No es una idea descabellada. Hannes Sjöblad, autodenominado biohacker, lleva desde 2015 implantándose chips en el cuerpo para abrir puertas electrónicas o controlar su móvil.

No resultaría extraño pasar de controlar el móvil desde el interior a TENERLO EN LA CABEZA. Un avance, dirán unos; control de las personas, otros; esclavitud social, también. Con el móvil implantado no podremos alegar que no respondimos porque… olvidamos el móvil o nos quedamos sin batería. Pero estas tecnologías no resolverán la cuestión inicial: cómo interpretar los silencios.

Yago en la cabeza de un alfiler

Aquí es inevitable recordar Toda tu historia, episodio 1×03 de Black Mirror.

Black Mirror - Tu historia completa

Recordemos el argumento: en un futuro cercano, las personas tienen los móviles implantados. La historia comienza in medias res (ya avanzada) porque Brooker considera que el espectador no necesita preámbulos para entender el funcionamiento de cualquier tecnología.

En este caso, los móviles implantados que graban audio y vídeo de forma continua. Grabaciones que pueden ser reproducidas dentro de uno mismo o en pantallas externas. Grabaciones con las que echarse en cara las cosas. Del «tú dijiste…, ¿no te acuerdas?» al «mira, lo dijiste: no hay duda». Tecnología para no olvidar y no perdonar. Pero ¿qué pasa con lo que no se dijo? ¿Qué peso tienen los silencios?

Construímos historias basadas en los silencios

La avanzada tecnología no está a la par de las pasiones humanas. Charlie Brooker sigue los pasos de Shakespeare. El Yago que hace creer a Otelo que Desdémona, su esposa, es infiel ha sido sustituido por un dispositivo electrónico. Peor aún, mientras que el Yago de carne y hueso aparece y desaparece, el Yago electrónico alimenta los celos cada minuto.

El episodio recuerda por momentos a La conversación de Coppola: el dispositivo limita la realidad a lo que está grabado: al encuadre y los sonidos. Esto lleva al protagonista a «reconstruir» los silencios, a imaginar contextos: el antes y el después de una conversación trivial de su esposa con una expareja. ¡Ah, los silencios!

Tenemos tecnologías inimaginables décadas atrás, pero nuestro cerebro sigue siendo primitivo. Somos simios apenas evolucionados. Hemos aprendido a manejar aparatos sofisticados, pero no hemos reflexionado sobre su uso. En algunos casos, son nuevas armas.

Una grabación, una porción ínfima de realidad

En ocasiones, las imágenes no muestran la verdad: son momentos congelados. Una grabación puede tener tantos significados como espectadores. Incluso un escueto mensaje da pie a elucubrar. «No lees lo que escribo», dice alguien; «yo pensaba que…», se excusa otro. Las emociones nos embargan y acabamos dando a las imágenes y las palabras significados que no tienen. Siendo así, que demos significados a los silencios parece inevitable.

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Pienso en estos silencios tras leer sobre los tatuajes para controlar dispositivos electrónicos. Un paso previo a la implantación del móvil en la cabeza previsto en 2023. No es una idea descabellada. Hannes Sjöblad, autodenominado biohacker, lleva desde 2015 implantándose chips en el cuerpo para abrir puertas electrónicas o controlar su móvil.

No resultaría extraño pasar de controlar el móvil desde el interior a TENERLO EN LA CABEZA. Un avance, dirán unos; control de las personas, otros; esclavitud social, también. Con el móvil implantado no podremos alegar que no respondimos porque… olvidamos el móvil o nos quedamos sin batería. Pero estas tecnologías no resolverán la cuestión inicial: cómo interpretar los silencios.

Yago en la cabeza de un alfiler

Aquí es inevitable recordar Toda tu historia, episodio 1×03 de Black Mirror.

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Recordemos el argumento: en un futuro cercano, las personas tienen los móviles implantados. La historia comienza in medias res (ya avanzada) porque Brooker considera que el espectador no necesita preámbulos para entender el funcionamiento de cualquier tecnología.

En este caso, los móviles implantados que graban audio y vídeo de forma continua. Grabaciones que pueden ser reproducidas dentro de uno mismo o en pantallas externas. Grabaciones con las que echarse en cara las cosas. Del «tú dijiste…, ¿no te acuerdas?» al «mira, lo dijiste: no hay duda». Tecnología para no olvidar y no perdonar. Pero ¿qué pasa con lo que no se dijo? ¿Qué peso tienen los silencios?

Construímos historias basadas en los silencios

La avanzada tecnología no está a la par de las pasiones humanas. Charlie Brooker sigue los pasos de Shakespeare. El Yago que hace creer a Otelo que Desdémona, su esposa, es infiel ha sido sustituido por un dispositivo electrónico. Peor aún, mientras que el Yago de carne y hueso aparece y desaparece, el Yago electrónico alimenta los celos cada minuto.

El episodio recuerda por momentos a La conversación de Coppola: el dispositivo limita la realidad a lo que está grabado: al encuadre y los sonidos. Esto lleva al protagonista a «reconstruir» los silencios, a imaginar contextos: el antes y el después de una conversación trivial de su esposa con una expareja. ¡Ah, los silencios!

Tenemos tecnologías inimaginables décadas atrás, pero nuestro cerebro sigue siendo primitivo. Somos simios apenas evolucionados. Hemos aprendido a manejar aparatos sofisticados, pero no hemos reflexionado sobre su uso. En algunos casos, son nuevas armas.

Una grabación, una porción ínfima de realidad

En ocasiones, las imágenes no muestran la verdad: son momentos congelados. Una grabación puede tener tantos significados como espectadores. Incluso un escueto mensaje da pie a elucubrar. «No lees lo que escribo», dice alguien; «yo pensaba que…», se excusa otro. Las emociones nos embargan y acabamos dando a las imágenes y las palabras significados que no tienen. Siendo así, que demos significados a los silencios parece inevitable.

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Opiniones 0
    • Y la cara de tontos que se nos queda si la respuesta llega y es trivial: «Me he preocupado por nada», pensamos. Aunque mejor esto que el silencio. Incluso mejor la respuesta contraria a lo esperado que el silencio. Me parece.

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