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31 de octubre 2016    /   CINE/TV
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‘Black Mirror’: Odio nacional, el deporte de nuestro tiempo

31 de octubre 2016    /   CINE/TV     por          
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Faye Marsay es una de las actrices protagonistas de El odio nacional (Hated in the Nation). Es conocida como la discípula de Los hombres sin rostro, antagonista de Arya Stark. Un papel que ha convertido a Marsay en una actriz odiada en las redes sociales. Ha recibido insultos y amenazas de muerte. Un acoso que ha llevado a Marsay a cerrar sus cuentas de Twitter y Facebook. Blue, el alter ego de Marsay en Black Mirror, investiga crímenes originados por el odio en las redes sociales. Marsay persigue en la ficción a personas como las que la odian en la vida real.

Faye Marsay es un ejemplo (uno de muchos) de lo vulnerables que somos al acoso en las redes sociales. Los personajes públicos, más que otros por mayor exposición que las personas anónimas. La fama no crea un cerco protector. Cuando el acoso llega a personas anónimas las consecuencias pueden ser fatales, como ocurre al personaje de la mujer que, angustiada, intenta suicidarse. Cosa que evita Garret Scholes, el villano. Aquí está el germen de El odio nacional, una historia con temática similar a El himno nacional (The National Anthem), conocido como el episodio del cerdo.

En ambos casos hay un villano con espíritu crítico y moralizante (uno artista, otro científico); policías enfrentados a realidades que desconocen; masas irresponsables que promueven –por odio o por seguir la moda– la violencia; y políticos sin escrúpulos. El primer ministro de El himno nacional está dispuesto a todo para mantenerse en el poder. La política hace extraños compañeros de cama. El primer ministro de El odio nacional no tiene escrúpulos en buscar una cabeza de turco en la porra de la muerte ni en permanecer oculto en un búnker tres años para alargar su mandato.

El odio nacional, El himno nacional y Caída en picado componen una trilogía sobre el uso irresponsable de las redes sociales. La crítica funciona porque Brooker utiliza como vehículos el thriller (en los episodios nacionales) y la comedia negra en Caída en picado. En el caso de El odio nacional, un thriller dinámico que hace olvidar el punto de partida: Karin comienza relatar la historia.

En narrativa hay una convención: si un personaje narra una historia, es una falta de coherencia que aparezcan escenas ajenas al conocimiento que tiene ese personaje. (Casino o Uno de los nuestros son ejemplos modélicos de puntos de vista mantenidos en el cine). La naturaleza de sueño de Black Mirror —y que no se vuelva al tribunal hasta más tarde— hace olvidar la narración policial inicial.

El tema no está expuesto por boca de los personajes. No son marionetas, son personajes humanos, realistas, reconocibles, si exceptuamos al primer ministro, reducido a un cliché. Sin embargo, Brooker muestra cierta simpatía por Scholes, el villano, personaje tan brillante como perturbado que recuerda a Theodore Kaczynski (Unabomber) por su crítica a la sociedad y la violencia que emplea para difundir sus ideas.

Kaczynski era tecnófobo. Scholes, no, pero critica la violencia en las redes sociales. Kaczynski sembró el terror con 16 bombas en Estados Unidos para reclamar atención. Scholes acaba con la vida inicialmente de tres personas y finalmente con cientos de miles de personas. Entre las víctimas de Scholes hay personas desagradables y personas irresponsables. Scholes carece de vara de medir.

Desagradables son la periodista contra los derechos de las personas discapacitadas y el rapero que se burla de su pequeño seguidor.

Como ejemplo de irresponsabilidad está la maestra de jardín de infancia que tuiteó con el hashtag #MuerteA (#DeathTo) Joe Powers [la periodista]. Para la maestra, lo que se dice en las redes sociales es un juego. Un pensamiento que comparte Karin (Kelly McDonald) frente a Blue, que equipara la barbarie en la Red como una intención criminal (aunque no llegue a materializarse).

Con Karin, Brooker representa el escepticismo: ella piensa que las redes están llenas de perros ladradores, pero poco mordedores.

La maestra representa al usuario medio. Ella, como tantos usuarios, por aburrimiento o frustración, expone su indignación momentánea ante una noticia o una persona. Las redes seducen a nuestro cerebro reptiliano. Sin embargo, su pretensión de quitar hierro a lo que escribe en internet es ensombrecido por aportar dinero para enviar una tarta insultante a la periodista.

La elección de la periodista y el rapero como víctimas son aciertos de Brooker. Son personajes antipáticos. «Qué mala persona», pensamos de ella. Recuerda a los columnistas de opinión creadores de polémica que apoyan a gobiernos impopulares. «Qué mala persona», pensamos del rapero.

Brooker muestra que la periodista no es inmune al acoso. La vemos perder la compostura a medida que va leyendo lo que se dice de ella en internet. El guionista quiere hacernos sentir incómodos: nos muestra una escena en la que no queremos reconocernos. Finalmente, consideramos que el asesinato de la mujer es atroz e injustificado. También impacta el asesinato del rapero, aunque el personaje es más plano que el de la periodista. La imbecilidad y los malos modales no merecen la muerte.

La tercera víctima es la joven que simula orinar en un monumento nacional. Brooker quiere que el público sienta simpatía por la joven y le concede mayor espacio en la historia. Esta joven representa al usuario que sube fotografías a las redes inmortalizando lo que considera una gracia. Brooker aporta pocos datos de la joven, pero no observamos en ella intenciones políticas o de denuncia. La joven actúa inconsciente del impacto que podría tener. Es acusada de herir sensibilidades en nombre de la libertad de expresión. (¿No suena esto familiar?).

Ella se sorprende de la reacción en las redes y del despliegue policial para protegerla. La joven es un personaje muy diferente de la periodista que sabe que su trabajo generará polémica y del rapero que se cree por encima de todos. De esta manera, Brooker advierte de que la violencia puede alcanzarnos a todos, no importa el por qué.

Tras el asesinato de la joven, Brooker lleva el episodio más lejos: el manifiesto de Scholes llega al público y la exposición del juego macabro. Esto, en lugar de detener el juego, lo fomenta. El retrato que Brooker hace de la sociedad es desalentador, tanto como creíble.

Las redes emulan al circo romano. Scholes es el César que ofrece a los espectadores-usuarios una ilusión temporal de poder. ¿Qué mayor poder que decidir sobre la vida de otra persona?

No extraña que las personas más votadas para morir sean políticos con el primer ministro a la cabeza. Aquí aprecio una crítica de Brooker a cómo los usuarios en las redes sociales se relacionan con la política. Representa menos esfuerzo expresarse en las redes sociales contra los políticos que participar activamente en la vida pública, que manifestarse en las calles e incluso que acudir a las urnas.

Brooker conjuga distintas tragedias con ecos griegos: excepto las investigadoras Karin y Blue, los personajes son responsables de sus propias desgracias. La periodista, de generar polémica; el rapero, de traumatizar a un niño; la joven, de atolondramiento; los que desean la muerte ajena, de odio e irresponsabilidad; los políticos sufren la tecnología espía que fomentaron; finalmente, el villano será probablemente atrapado fuera de la película. Esta última escena de Scholes es quizá una concesión al público norteamericano: un asesino de masas no puede quedar impune. El mensaje permanece: lo que hacemos en las redes sociales tiene consecuencias.

Faye Marsay es una de las actrices protagonistas de El odio nacional (Hated in the Nation). Es conocida como la discípula de Los hombres sin rostro, antagonista de Arya Stark. Un papel que ha convertido a Marsay en una actriz odiada en las redes sociales. Ha recibido insultos y amenazas de muerte. Un acoso que ha llevado a Marsay a cerrar sus cuentas de Twitter y Facebook. Blue, el alter ego de Marsay en Black Mirror, investiga crímenes originados por el odio en las redes sociales. Marsay persigue en la ficción a personas como las que la odian en la vida real.

Faye Marsay es un ejemplo (uno de muchos) de lo vulnerables que somos al acoso en las redes sociales. Los personajes públicos, más que otros por mayor exposición que las personas anónimas. La fama no crea un cerco protector. Cuando el acoso llega a personas anónimas las consecuencias pueden ser fatales, como ocurre al personaje de la mujer que, angustiada, intenta suicidarse. Cosa que evita Garret Scholes, el villano. Aquí está el germen de El odio nacional, una historia con temática similar a El himno nacional (The National Anthem), conocido como el episodio del cerdo.

En ambos casos hay un villano con espíritu crítico y moralizante (uno artista, otro científico); policías enfrentados a realidades que desconocen; masas irresponsables que promueven –por odio o por seguir la moda– la violencia; y políticos sin escrúpulos. El primer ministro de El himno nacional está dispuesto a todo para mantenerse en el poder. La política hace extraños compañeros de cama. El primer ministro de El odio nacional no tiene escrúpulos en buscar una cabeza de turco en la porra de la muerte ni en permanecer oculto en un búnker tres años para alargar su mandato.

El odio nacional, El himno nacional y Caída en picado componen una trilogía sobre el uso irresponsable de las redes sociales. La crítica funciona porque Brooker utiliza como vehículos el thriller (en los episodios nacionales) y la comedia negra en Caída en picado. En el caso de El odio nacional, un thriller dinámico que hace olvidar el punto de partida: Karin comienza relatar la historia.

En narrativa hay una convención: si un personaje narra una historia, es una falta de coherencia que aparezcan escenas ajenas al conocimiento que tiene ese personaje. (Casino o Uno de los nuestros son ejemplos modélicos de puntos de vista mantenidos en el cine). La naturaleza de sueño de Black Mirror —y que no se vuelva al tribunal hasta más tarde— hace olvidar la narración policial inicial.

El tema no está expuesto por boca de los personajes. No son marionetas, son personajes humanos, realistas, reconocibles, si exceptuamos al primer ministro, reducido a un cliché. Sin embargo, Brooker muestra cierta simpatía por Scholes, el villano, personaje tan brillante como perturbado que recuerda a Theodore Kaczynski (Unabomber) por su crítica a la sociedad y la violencia que emplea para difundir sus ideas.

Kaczynski era tecnófobo. Scholes, no, pero critica la violencia en las redes sociales. Kaczynski sembró el terror con 16 bombas en Estados Unidos para reclamar atención. Scholes acaba con la vida inicialmente de tres personas y finalmente con cientos de miles de personas. Entre las víctimas de Scholes hay personas desagradables y personas irresponsables. Scholes carece de vara de medir.

Desagradables son la periodista contra los derechos de las personas discapacitadas y el rapero que se burla de su pequeño seguidor.

Como ejemplo de irresponsabilidad está la maestra de jardín de infancia que tuiteó con el hashtag #MuerteA (#DeathTo) Joe Powers [la periodista]. Para la maestra, lo que se dice en las redes sociales es un juego. Un pensamiento que comparte Karin (Kelly McDonald) frente a Blue, que equipara la barbarie en la Red como una intención criminal (aunque no llegue a materializarse).

Con Karin, Brooker representa el escepticismo: ella piensa que las redes están llenas de perros ladradores, pero poco mordedores.

La maestra representa al usuario medio. Ella, como tantos usuarios, por aburrimiento o frustración, expone su indignación momentánea ante una noticia o una persona. Las redes seducen a nuestro cerebro reptiliano. Sin embargo, su pretensión de quitar hierro a lo que escribe en internet es ensombrecido por aportar dinero para enviar una tarta insultante a la periodista.

La elección de la periodista y el rapero como víctimas son aciertos de Brooker. Son personajes antipáticos. «Qué mala persona», pensamos de ella. Recuerda a los columnistas de opinión creadores de polémica que apoyan a gobiernos impopulares. «Qué mala persona», pensamos del rapero.

Brooker muestra que la periodista no es inmune al acoso. La vemos perder la compostura a medida que va leyendo lo que se dice de ella en internet. El guionista quiere hacernos sentir incómodos: nos muestra una escena en la que no queremos reconocernos. Finalmente, consideramos que el asesinato de la mujer es atroz e injustificado. También impacta el asesinato del rapero, aunque el personaje es más plano que el de la periodista. La imbecilidad y los malos modales no merecen la muerte.

La tercera víctima es la joven que simula orinar en un monumento nacional. Brooker quiere que el público sienta simpatía por la joven y le concede mayor espacio en la historia. Esta joven representa al usuario que sube fotografías a las redes inmortalizando lo que considera una gracia. Brooker aporta pocos datos de la joven, pero no observamos en ella intenciones políticas o de denuncia. La joven actúa inconsciente del impacto que podría tener. Es acusada de herir sensibilidades en nombre de la libertad de expresión. (¿No suena esto familiar?).

Ella se sorprende de la reacción en las redes y del despliegue policial para protegerla. La joven es un personaje muy diferente de la periodista que sabe que su trabajo generará polémica y del rapero que se cree por encima de todos. De esta manera, Brooker advierte de que la violencia puede alcanzarnos a todos, no importa el por qué.

Tras el asesinato de la joven, Brooker lleva el episodio más lejos: el manifiesto de Scholes llega al público y la exposición del juego macabro. Esto, en lugar de detener el juego, lo fomenta. El retrato que Brooker hace de la sociedad es desalentador, tanto como creíble.

Las redes emulan al circo romano. Scholes es el César que ofrece a los espectadores-usuarios una ilusión temporal de poder. ¿Qué mayor poder que decidir sobre la vida de otra persona?

No extraña que las personas más votadas para morir sean políticos con el primer ministro a la cabeza. Aquí aprecio una crítica de Brooker a cómo los usuarios en las redes sociales se relacionan con la política. Representa menos esfuerzo expresarse en las redes sociales contra los políticos que participar activamente en la vida pública, que manifestarse en las calles e incluso que acudir a las urnas.

Brooker conjuga distintas tragedias con ecos griegos: excepto las investigadoras Karin y Blue, los personajes son responsables de sus propias desgracias. La periodista, de generar polémica; el rapero, de traumatizar a un niño; la joven, de atolondramiento; los que desean la muerte ajena, de odio e irresponsabilidad; los políticos sufren la tecnología espía que fomentaron; finalmente, el villano será probablemente atrapado fuera de la película. Esta última escena de Scholes es quizá una concesión al público norteamericano: un asesino de masas no puede quedar impune. El mensaje permanece: lo que hacemos en las redes sociales tiene consecuencias.

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Opiniones 9
    • Las abejas, la nano tecnología son la otra parte importante del capítulo.
      Son, me parece, una alusión al espionaje omnipresente pero también analogía de las masas.
      Una historia contada sobre la otra historia.
      Muy cierta tu observación. Empato totalmente con lo que mencionas.

  • ¿Por qué las abejas? Hay analistas que comparan la inteligencia colectiva de algunos insectos como hormigas o abejas con el comportamiento que seguimos los humanos en las redes sociales. Cuando una abeja encuentra una fuente de alimento aviso a todo el enjambre, que acude en masa. Así funcionan las redes sociales.
    Las abejas, además, vuelan. Como ese avión que se refleja en la fachada de cristal de un edificio durante unos segundos y que a mi me ha recordarlo los atentados del 11-S. Las abejas se «estrellan» contra los humanos. A los dos, aviones y abejas, les mueve lo mismo: el odio.
    Las abejas, además, son robots, como los boots que diseminan inicialmente el hashtag cebo. Robots fuera de control de su creador.
    Las abejas, además, tiene una finalidad muy distinta de su uso posterior: salvar el planeta. La tecnología pensada para el bien que acaba siendo utilizada para el mal.
    Las abejas son los tweets, los comentarios.
    Las abejas somos nosotros: escena final en la que un montón de humanos furiosos golpean los cristales del coche en el que va Karin igual que las abejas se han apelotonado en las ventanas en escenas anteriores.

  • Como un dato anecdótico la escena final donde Scholes arroja una mochila a una presa, luego se toma algo en un bar y finalmente Faye Marsay lo persigue por una especie de mercadillo, son escenas rodadas en Gran Canaria, en Tejeda para ser mas exacto.

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