12 de abril 2016    /   BUSINESS
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Lo que los medios deberían aprender de la industria musical: el caso de Blendle

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Una de las industrias que más ha sufrido el impacto del advenimiento de internet ha sido la música. En poco tiempo pasó de ser un negocio millonario a enfrentarse a una brutal pérdida de ingresos y, poco a poco, a buscar formas de recolocarse para volver a controlar su negocio. Su ejemplo puede servir de modelo para otras industrias que se enfrentan a una reconversión similar pero que aún no han encontrado alternativa a la ruina económica, como la periodística.

Si nos remontamos unas décadas atrás podría decirse que el mundo de la música era considerablemente estable. Las cosas empezaron a cambiar cuando los formatos comenzaron a actualizarse: del vinilo al cassette, del cassette al CD y, sobre todo, con la llegada de internet. La progresiva sustitución de formato físico acabó conllevando un cambio de consumo, pero eso en principio no parecía malo porque el total económico seguía creciendo —con las salvedades de la crisis económica—.

En este gráfico de la RIAA se aprecia la forma en que la industria musical fue un boyante negocio más allá del cambio de formatos físicos hasta el año 2000.

musica

A nadie se le escapan las cosas que vinieron después para que la curva se derrumbara. En el lado positivo, que la gente empezó a consumir música de muchas más formas. En el lado negativo, que dejó de pagar para hacerlo. La duda que queda en medio, ¿acaso la gente escucha menos música?

Cabe suponer que no, que la gente no se ha desaficionado a la música en diez años tras haberla escuchado durante siglos. Lo que parece es, efectivamente, que los usuarios han aprendido a moverse al margen de la industria y consumen en ocasiones sin pagar, en ocasiones de forma alegal (pirateando, vaya) y en ocasiones de forma colateral (por ejemplo, a través de servicios no musicales, como YouTube).

En el inicio de esa curva descendente la piratería emergió como el principal problema y amenaza de la industria musical. En el momento en el que los soportes digitales permitieron ‘traducir’ la música en código y, por tanto, almacenarla en archivos ligeros, empezaron los intercambios entre usuarios al margen de los cauces tradicionales.

Las plataformas P2P y nombres como Napster revolucionaron el mercado y tocaron —y de qué manera— el bolsillo de las corporaciones. Para cuando la Justicia se decidía a cerrar un portal —si ahora internet adolece de regulación porosa para muchas cosas imagina entonces— ya habían salido nuevas alternativas e ideas. El agujero fue considerable.

Sin embargo, aquello pasó: ahora poca gente compra música física en las tiendas, pero tampoco la piratería musical es un problema de primera magnitud (aunque, como algo oculto que es, resulta imposible estimar el impacto económico real).

Visto con perspectiva, la piratería no era el problema sino la consecuencia del problema: la gente se lanzó en masa a consumir música de otra forma porque la manera tradicional de hacerlo no satisfacía sus necesidades.

¿De qué necesidades hablamos? Muchas: el precio, imposibilidad para llevar consigo toda la música que uno quiere, problemas de almacenamiento y, fundamentalmente, falta de flexibilidad en el consumo.

La moraleja para los medios: de los kioscos online a Blendle

Es evidente que la industria musical tiene unas peculiaridades que no se pueden aplicar a otras industrias, como la mediática (hay intermediarios distintos, inercias distintas y los periodistas todavía no actuamos para ganarnos la vida). Sin embargo, algunos problemas y soluciones son equiparables.

Los medios de comunicación escritos llevan años arrastrando una profunda crisis en gran parte propiciada, como en el caso de la música, por un cambio de formato y por el advenimiento de internet. También como en el caso de la música, el principal problema ha sido que los usuarios han buscado una forma de seguir consumiendo (porque también cabe pensar que no es que la gente se informe menos, sino que se informa de otras formas), pero al margen de los cauces tradicionales.

De la misma manera que en la industria musical ese anhelo cristalizó en la piratería, en la industria mediática lo ha hecho con la información gratuita: el usuario, en uno y otro sector, se ha acostumbrado a consumir gratis. Así las cosas, sólo una solución integral a sus problemas podría moverle de nuevo a pagar.

Las grandes compañías ya han puesto sus ojos en el sector ante la falta de movimiento de sus gestores tradicionales. Ante la falta de ingresos (porque la publicidad no da para tanto y la gente no quiere pagar) y la imparable reconversión (pocos compran ya papel porque casi todo el mundo lee online) se parió la primera alternativa: los kioscos online.

Son, básicamente, la adaptación de un kiosco tradicional a internet, sólo que no de forma unitaria. En España hay dos grandes ejemplos, como son Kiosco y Más y Orbyt. Entre ambos (primer problema) se puede comprar la edición digitalizada (segundo problema) de casi cualquier periódico o revista de los que se imprimen (tercer problema) en este país (cuarto problema). Todo ello a un precio elevado (quinto problema) y con una usabilidad nada adaptada a pantallas digitales (sexto problema). Nada más que un salto del mundo offline al online.

En el caso de la música aparecieron modelos como el de iTunes o Spotify, y han conseguido recuperar parte de ese sector que ha saltado por los aires en apenas una década. Pero, ¿qué pasa con el periodismo? Que también ha lanzado su propio iTunes, y se llama Blendle (disponible como app para iOS y Android). Se trata de un proyecto de raíz holandesa (otro de los más interesantes de los últimos tiempos, De Correspondent, también lo es) que se ha trasplantado a EEUU para poder crecer. Y lo ha hecho por una sencilla razón: allí la gente paga por consumir contenido, cosa que en Europa no.

La idea es reunir en un kiosco online todas las publicaciones posibles, de forma que el usuario puede comprar no ya un ejemplar entero, sino los artículos concretos en los que esté interesado. Es, como en el caso de iTunes con la música, el pago por aquello concreto que se va a leer, todo reunido en un mismo sitio, y —esto es importante— con un buen diseño adaptado a las pantallas.

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Hay otra variable importante en el modelo de Blendle: el precio. Adquirir un reportaje o una entrevista, dependiendo de la publicación, no supera los 20 céntimos de dólar. Y eso quiere decir dos cosas: si se comprara el ejemplar entero a ese precio resultaría más caro, pero como lo que se hace es ir directo al contenido que interesa se reduce el precio y facilita la compra.

Porque sí, aunque la gente no esté acostumbrada a pagar, es más fácil que pague unos céntimos para leer un reportaje que unos euros para leer una revista, de la misma forma en que es más sencillo que pague un euro por una canción que dieciocho por un disco.

Para evitar las trampas, incluye además algo interesante: la posibilidad de cancelar la compra justo después de haberla hecho si el contenido no se ajusta a lo esperado al empezar a leerlo.


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El hecho de haberse trasplantado a EEUU hace que venga bajo el brazo con algunas de las cabeceras más reconocibles del mundo, desde The Washington Post a Newsweek. Y promete ser un modelo interesante si se consigue exportar a otros países.

 

¿Cómo consiguió la industria musical sacudirse la piratería de encima?

Voliendo al caso de la música la readaptación costó, pero la industria se enfrentó a ella. Todo pasaba por ofrecer a los usuarios la posibilidad de acceder a la música que quisieran cuando quisieran, sin necesidad de comprar, almacenar y llevar encima grandes dispositivos ni almacenamientos físicos, pudiendo escuchar canciones concretas y no álbumes enteros, y todo ello con un precio mucho más ajustado.

Es evidente que no todos están contentos con la conversión (muchos artistas se quejan de los bajos ingresos) y que no se ha encontrado la forma definitiva de hacerlo (porque hay varias propuestas distintas), pero hay camino hecho.

Mucho de eso lo empezó iTunes, por ejemplo: permitía al usuario comprar una sola canción en lugar de un álbum, creándose su propia discografía que podía llevar consigo sincronizada en todos sus dispositivos integrados para escucharla donde quisiera. Todo ello, claro, más barato de lo que costaría comprar todos esos discos —y sin las canciones que uno no quiere—, además de poder nutrirse constantemente con las novedades que llegaran. Lo que hace Blendle, vaya.

La otra alternativa, más allá de la compra, es la de la membresía: pagar por tener acceso a escuchar toda esa música sin poseer nada. Es el modelo, por ejemplo, de Spotify.

Además, tanto iTunes como Spotify son universos ligeramente abiertos a los que puedes añadir la música que tú tuvieras antes adquirida y digitalizada en tu ordenador.

Muchos artistas no están contentos con ello, y tampoco las compañías tras estas soluciones, que están en permanente negociación con las discográficas para poder tener una oferta satisfactoria para sus clientes. A fin de cuentas, escuchar la música es la vía de acceso al espectáculo que luego suponen los conciertos y actuaciones, donde las plataformas ya no ven dinero alguno.

Con todo, algunos ven en Blendle ‘el Spotify de los medios’, pero no lo es. Un ‘Spotify de los medios’ permitiría pagar una suscripción mensual o anual para poder leer en todo momento y lugar cualquier publicación del mundo.

El problema es que Spotify aún no sabe si puede ser rentable y universal, con lo que un modelo así aplicado a los medios —que sobre el papel sobre la pantalla satisfaría todas las demandas del usuario— podría ser inviable.

 

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Una de las industrias que más ha sufrido el impacto del advenimiento de internet ha sido la música. En poco tiempo pasó de ser un negocio millonario a enfrentarse a una brutal pérdida de ingresos y, poco a poco, a buscar formas de recolocarse para volver a controlar su negocio. Su ejemplo puede servir de modelo para otras industrias que se enfrentan a una reconversión similar pero que aún no han encontrado alternativa a la ruina económica, como la periodística.

Si nos remontamos unas décadas atrás podría decirse que el mundo de la música era considerablemente estable. Las cosas empezaron a cambiar cuando los formatos comenzaron a actualizarse: del vinilo al cassette, del cassette al CD y, sobre todo, con la llegada de internet. La progresiva sustitución de formato físico acabó conllevando un cambio de consumo, pero eso en principio no parecía malo porque el total económico seguía creciendo —con las salvedades de la crisis económica—.

En este gráfico de la RIAA se aprecia la forma en que la industria musical fue un boyante negocio más allá del cambio de formatos físicos hasta el año 2000.

musica

A nadie se le escapan las cosas que vinieron después para que la curva se derrumbara. En el lado positivo, que la gente empezó a consumir música de muchas más formas. En el lado negativo, que dejó de pagar para hacerlo. La duda que queda en medio, ¿acaso la gente escucha menos música?

Cabe suponer que no, que la gente no se ha desaficionado a la música en diez años tras haberla escuchado durante siglos. Lo que parece es, efectivamente, que los usuarios han aprendido a moverse al margen de la industria y consumen en ocasiones sin pagar, en ocasiones de forma alegal (pirateando, vaya) y en ocasiones de forma colateral (por ejemplo, a través de servicios no musicales, como YouTube).

En el inicio de esa curva descendente la piratería emergió como el principal problema y amenaza de la industria musical. En el momento en el que los soportes digitales permitieron ‘traducir’ la música en código y, por tanto, almacenarla en archivos ligeros, empezaron los intercambios entre usuarios al margen de los cauces tradicionales.

Las plataformas P2P y nombres como Napster revolucionaron el mercado y tocaron —y de qué manera— el bolsillo de las corporaciones. Para cuando la Justicia se decidía a cerrar un portal —si ahora internet adolece de regulación porosa para muchas cosas imagina entonces— ya habían salido nuevas alternativas e ideas. El agujero fue considerable.

Sin embargo, aquello pasó: ahora poca gente compra música física en las tiendas, pero tampoco la piratería musical es un problema de primera magnitud (aunque, como algo oculto que es, resulta imposible estimar el impacto económico real).

Visto con perspectiva, la piratería no era el problema sino la consecuencia del problema: la gente se lanzó en masa a consumir música de otra forma porque la manera tradicional de hacerlo no satisfacía sus necesidades.

¿De qué necesidades hablamos? Muchas: el precio, imposibilidad para llevar consigo toda la música que uno quiere, problemas de almacenamiento y, fundamentalmente, falta de flexibilidad en el consumo.

La moraleja para los medios: de los kioscos online a Blendle

Es evidente que la industria musical tiene unas peculiaridades que no se pueden aplicar a otras industrias, como la mediática (hay intermediarios distintos, inercias distintas y los periodistas todavía no actuamos para ganarnos la vida). Sin embargo, algunos problemas y soluciones son equiparables.

Los medios de comunicación escritos llevan años arrastrando una profunda crisis en gran parte propiciada, como en el caso de la música, por un cambio de formato y por el advenimiento de internet. También como en el caso de la música, el principal problema ha sido que los usuarios han buscado una forma de seguir consumiendo (porque también cabe pensar que no es que la gente se informe menos, sino que se informa de otras formas), pero al margen de los cauces tradicionales.

De la misma manera que en la industria musical ese anhelo cristalizó en la piratería, en la industria mediática lo ha hecho con la información gratuita: el usuario, en uno y otro sector, se ha acostumbrado a consumir gratis. Así las cosas, sólo una solución integral a sus problemas podría moverle de nuevo a pagar.

Las grandes compañías ya han puesto sus ojos en el sector ante la falta de movimiento de sus gestores tradicionales. Ante la falta de ingresos (porque la publicidad no da para tanto y la gente no quiere pagar) y la imparable reconversión (pocos compran ya papel porque casi todo el mundo lee online) se parió la primera alternativa: los kioscos online.

Son, básicamente, la adaptación de un kiosco tradicional a internet, sólo que no de forma unitaria. En España hay dos grandes ejemplos, como son Kiosco y Más y Orbyt. Entre ambos (primer problema) se puede comprar la edición digitalizada (segundo problema) de casi cualquier periódico o revista de los que se imprimen (tercer problema) en este país (cuarto problema). Todo ello a un precio elevado (quinto problema) y con una usabilidad nada adaptada a pantallas digitales (sexto problema). Nada más que un salto del mundo offline al online.

En el caso de la música aparecieron modelos como el de iTunes o Spotify, y han conseguido recuperar parte de ese sector que ha saltado por los aires en apenas una década. Pero, ¿qué pasa con el periodismo? Que también ha lanzado su propio iTunes, y se llama Blendle (disponible como app para iOS y Android). Se trata de un proyecto de raíz holandesa (otro de los más interesantes de los últimos tiempos, De Correspondent, también lo es) que se ha trasplantado a EEUU para poder crecer. Y lo ha hecho por una sencilla razón: allí la gente paga por consumir contenido, cosa que en Europa no.

La idea es reunir en un kiosco online todas las publicaciones posibles, de forma que el usuario puede comprar no ya un ejemplar entero, sino los artículos concretos en los que esté interesado. Es, como en el caso de iTunes con la música, el pago por aquello concreto que se va a leer, todo reunido en un mismo sitio, y —esto es importante— con un buen diseño adaptado a las pantallas.

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Hay otra variable importante en el modelo de Blendle: el precio. Adquirir un reportaje o una entrevista, dependiendo de la publicación, no supera los 20 céntimos de dólar. Y eso quiere decir dos cosas: si se comprara el ejemplar entero a ese precio resultaría más caro, pero como lo que se hace es ir directo al contenido que interesa se reduce el precio y facilita la compra.

Porque sí, aunque la gente no esté acostumbrada a pagar, es más fácil que pague unos céntimos para leer un reportaje que unos euros para leer una revista, de la misma forma en que es más sencillo que pague un euro por una canción que dieciocho por un disco.

Para evitar las trampas, incluye además algo interesante: la posibilidad de cancelar la compra justo después de haberla hecho si el contenido no se ajusta a lo esperado al empezar a leerlo.


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El hecho de haberse trasplantado a EEUU hace que venga bajo el brazo con algunas de las cabeceras más reconocibles del mundo, desde The Washington Post a Newsweek. Y promete ser un modelo interesante si se consigue exportar a otros países.

 

¿Cómo consiguió la industria musical sacudirse la piratería de encima?

Voliendo al caso de la música la readaptación costó, pero la industria se enfrentó a ella. Todo pasaba por ofrecer a los usuarios la posibilidad de acceder a la música que quisieran cuando quisieran, sin necesidad de comprar, almacenar y llevar encima grandes dispositivos ni almacenamientos físicos, pudiendo escuchar canciones concretas y no álbumes enteros, y todo ello con un precio mucho más ajustado.

Es evidente que no todos están contentos con la conversión (muchos artistas se quejan de los bajos ingresos) y que no se ha encontrado la forma definitiva de hacerlo (porque hay varias propuestas distintas), pero hay camino hecho.

Mucho de eso lo empezó iTunes, por ejemplo: permitía al usuario comprar una sola canción en lugar de un álbum, creándose su propia discografía que podía llevar consigo sincronizada en todos sus dispositivos integrados para escucharla donde quisiera. Todo ello, claro, más barato de lo que costaría comprar todos esos discos —y sin las canciones que uno no quiere—, además de poder nutrirse constantemente con las novedades que llegaran. Lo que hace Blendle, vaya.

La otra alternativa, más allá de la compra, es la de la membresía: pagar por tener acceso a escuchar toda esa música sin poseer nada. Es el modelo, por ejemplo, de Spotify.

Además, tanto iTunes como Spotify son universos ligeramente abiertos a los que puedes añadir la música que tú tuvieras antes adquirida y digitalizada en tu ordenador.

Muchos artistas no están contentos con ello, y tampoco las compañías tras estas soluciones, que están en permanente negociación con las discográficas para poder tener una oferta satisfactoria para sus clientes. A fin de cuentas, escuchar la música es la vía de acceso al espectáculo que luego suponen los conciertos y actuaciones, donde las plataformas ya no ven dinero alguno.

Con todo, algunos ven en Blendle ‘el Spotify de los medios’, pero no lo es. Un ‘Spotify de los medios’ permitiría pagar una suscripción mensual o anual para poder leer en todo momento y lugar cualquier publicación del mundo.

El problema es que Spotify aún no sabe si puede ser rentable y universal, con lo que un modelo así aplicado a los medios —que sobre el papel sobre la pantalla satisfaría todas las demandas del usuario— podría ser inviable.

 

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Opiniones 3
  • Muy buen artículo, Borja. Te felicito. Solo que se nos está olvidando algo en la comparativa: en Spotify, todo el mundo conoce las canciones antes de escucharlas o adquirirlas. La información, lo noticioso (‘news’) es, por definición, lo nuevo y lo que, además, resulta generalmente muy efímero: primero, eso obliga al usuario a confiar en que le va a gustar lo que va a consumir (¿y si no es así?) y, lo más importante, nadie va consumir varias veces aquello por lo que ha pagado y eso, sin ánimo de ser agorera, es lo que puede restar rentabilidad al negocio.

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