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24 de febrero 2016    /   BUSINESS
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Boa Mistura recupera unas casas únicas en el mundo: las victorianocaribeñas

24 de febrero 2016    /   BUSINESS     por          
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A principios del siglo XX apareció un inglés en el Caribe. Nadie recuerda su nombre ni su procedencia exacta. Pero se sabe que fue el primero en construir una casa victoriana en la República Dominicana. El hombre traía los conocimientos técnicos de una Inglaterra con hambre de edificar y extender las vías del ferrocarril allá donde hallara un pedazo de tierra. Al llegar a Salvaleón de Higüey, la población por donde sale el sol en la isla, se topó con un viento incesante, una humedad profunda y un sol a destajo.

Ese clima amenazaba con devorar en un santiamén cualquier construcción levantada sobre su sabiduría victoriana. El inglés sin nombre conocido y los dominicanos con los que trabajó tuvieron que claudicar ante los dictados del lugar y edificaron una vivienda que, en vez de protegerse del frío, habría de resguardarse del calor, y en vez de evitar corrientes gélidas, invitaba a la brisa a pasar a casa.

Esa fue la primera. Después, construyeron más. Hasta doscientas en todo Higüey. Así fue surgiendo un paisaje que mezclaba la identidad de la isla caribeña con la estética de la isla atlántica. Este nuevo estilo fue denominado anglocaribeño. Es algo que solo existe en este lugar. Pero hace unos años una amenaza se apoderó de la pervivencia de estas casas. Quizá fue un fukú, ese no sé qué invisible que, según los dominicanos, cuando se presenta, lo único que puede ocurrir es que todo esté a punto de empeorar.

boa mistura

Hacía años que estas viviendas habían caído en desgracia. La elegancia de cien años atrás se transformó en un sello de pobreza y, hoy, los dueños de estas casas, en cuanto reúnen suficientes pesos, hincan una pala, las tiran abajo y, en su lugar, levantan un hogar que ellos mismos construyen con ayuda de algunos albañiles. Estas edificaciones están borrando el pasado victoriano de la ciudad y asientan una nueva estética de favela en el corazón de Higüey.

«No. No nos gustan», dice convencida Camila, una adolescente de 14 años. «Estas casas son de gente con pocos recursos. Las maderas se pudren. Preferimos vivir en apartamentos nuevos, como estos», y señala una vivienda unifamiliar con unas escaleras sin barandilla en el patio exterior, que llevan a una planta alta con solo tres paredes y un suelo de cemento.

Es una casa hecha a pegotes. Una de tantas. Está claro que la planificación, inexistente, se va diseñando a su antojo en cuanto entran unos billetes al arca familiar. Lo revelan las esperas de acero que salen de los pilares apuntando al espacio exterior hasta que alguien coloque ahí un piso encima. Antes, el cielo empezaba donde terminaban las ondulaciones de los tejados victorianos. Hoy, unas lanzas de hierro trazan el skyline de Higüey.

boa mistura

 

[E]l reloj marcaba calor aquel 11 de enero para dos españoles que venían del frío pelaje del invierno. El arquitecto Javier Serrano y el ilustrador Pablo Purón habían viajado a la República Dominicana con un bono para desarrollar un proyecto social en este país. Ron Barceló era su mecenas. Ese era el acuerdo al que habían llegado después de que Boa Mistura, el colectivo que forman junto a tres personas más, diseñara una edición limitada de la botella de Añejo. Después de nueve años celebrando el festival de música electrónica Desalia en la República Dominicana, la compañía de alcohol, Varma, se propuso contribuir con más decisión al desarrollo social y cultural del país.

Era la primera vez que los miembros de Boa Mistura visitaban la isla. Buscaban un lugar donde hacer lo mismo a lo que han dedicado los últimos diez años: rehabilitar, recuperar y embellecer espacios urbanos, junto a los vecinos que viven ahí, para que descubran la importancia de trabajar juntos en el cuidado de su lugar en el mundo.

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Dos días después de empezar la búsqueda, alguien les presentó a Darío Yunes, el presidente de la Comisión Civil de Desarrollo de la provincia de Alta Gracia. Este «ingeniero civil y arquitecto empírico», como él mismo se define, les dio una vuelta en coche por Higüey para mostrarles la ciudad que los indígenas llamaron ‘Hijo del sol’. Los chicos de Boa Mistura intentaban encontrar una pared bien alta para pintar un mural. Esa es la tarea a la que más tiempo han dedicado desde que con 14 años se conocieron haciendo graffitis en el barrio madrileño de la Alameda de Osuna.

La ciudad donde ubicaron la primera capilla católica del Nuevo Mundo les pareció muy baja. No hay edificios de más de dos plantas. Miraban por uno y otro lado de las ventanillas del vehículo y no encontraban nada. Lo del mural se estaba poniendo complicado. De pronto, Yunes paró en seco, señaló unas casas y les habló de la arquitectura popular.

—¿Podrían ser un soporte para pintar? —preguntó Serrano.
—Sí —respondió el ingeniero.

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[L]os dos artistas urbanos volvieron a Madrid. Después de esa semana de prospección, y muchas horas más investigando en su estudio, descubrieron que el tiempo jugaba en contra. Intentaba borrar la identidad cultural y biológica de esa zona del país. No solo estaba amenazada la arquitectura anglovictoriana. Algo más estaba en riesgo: las flores. La supervivencia de muchas especies anda hoy en ascuas y eso podría desfigurar el paisaje de un país exuberante sin otoños que pelen su vegetación.

«La rosa de Bayahibe nos mostró el camino. La propia flor nacional está en peligro de extinción. Luego vimos que hay muchas más», explica Javier Serrano, una tarde de lluvia en Higüey. «Lo que teníamos que hacer era concienciar a la población de que ni esta arquitectura ni estas flores se pueden perder».

Un mes después, cinco hombres de Boa Mistura cruzaron el Atlántico con sus brochas y sus pinceles. La pintura la compraron ahí. Unos 20 litros. Iban a recuperar las casas que, un siglo antes, dieron una pátina victoriana al Caribe. Eso jamás hubiera ocurrido sin ese insigne inglés. «Fue el primero en llegar a las islas cocolas», especifica Yunes. «Construyó una casa anglosajona adaptada al trópico de cáncer. Aquí predomina la lluvia, el viento y el sol. A nosotros nos soplan los vientos alisios».

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Las puertas tienen dos hojas para poder estar abiertas y cerradas a la vez. La parte superior, cuando está abierta, deja entrar el fresco. La parte de abajo, cerrada, impide miradas indiscretas. «Tú puedes estar durmiendo y los transeúntes, al pasar, no te ven», indica el arquitecto empírico.

Sobre la puerta se sitúa el aire acondicionado victorianocaribeño. Unas celosías de madera permiten que pase el viento e impiden que entre el agua de la lluvia. Eso, en las viviendas nuevas, se ha perdido. Serrano señala estas casas e indica: «Los apartamentos de autoconstrucción ya no incluyen elementos para que corra el aire».

El suelo es de cemento pulido para conservar la humedad y mantener el fresco. En el tejado hay un vuelo que hace de visera para retirar la luz del sol y el agua de la lluvia de la entrada de la vivienda. En el techo se forma una cámara de aire entre una capa de zinc y otra de madera para absorber el calor.

«Es arquitectura popular. No intervinieron ni arquitectos ni ingenieros. Eran carpinteros», indica Yunes, sentado en el salón de la casa de una vecina, donde alguien aparcó una moto entre los sillones y al fondo cantan gallos de pelea. «Hoy quedan unas 200 en la ciudad. Aquí, en el barrio del Tamarindo, hay unas 35. Desde que se construyeron han ido pasando de generación en generación pero ahora muchas están deshabitadas porque los jóvenes se van a vivir al extranjero».

Al principio eran viviendas de lujo. Las mulas traían madera de palma por senderos de tierra, desde el Puerto del Gato y el Puerto del río Chacón. Hasta 1924 no se construyó una carretera a Higüey. «En esa época era una aldea rodeada de potreros (establos donde duerme el ganado)».

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[E]l 12 de febrero Pablo Purón, Javier Serrano, Pablo Ferreiro, Juan Jaume y Pablo G. Mena llegaron a Salvaleón de Higüey. Traían una carpeta con un mapa que localizaba más de 40 viviendas anglocaribeñas en cinco calles y varios dibujos de flores en peligro de extinción para pintar en las fachadas. En la ciudad, hay más casas de este tipo, pero eligieron las del Tamarindo porque es un barrio popular de pocos recursos.

La ambición era pintar unas siete en los nueve días que tenían por delante para implantar «una nueva piel» a la edificación. Pero el tiempo, en este país, no se doblega ante el filo de la aguja del reloj. Va a otro ritmo. Al compás de un merengue que habla de «caricias ardientes» y una bachata que canta: «que mueran las novelas de amor si me suenan cansionsitas de amor». A su llegada, las casas debían estar lijadas y fregadas. No fue así y eso retrasó el trabajo.

Empezaron por el hogar de doña Esperanza, una mujer elegante, de 76 años, con una voz como un hilo en una ciudad donde el ruido de las motos y el sonido del bolero, la bachata y el denbow se tiran en plancha sobre el silencio.

La primera capa de pintura es blanca para convertir la pared en un lienzo. Luego hacen el dibujo y empiezan a pintar. Una capa, otra, otra, otra más. Otra. Dale ahí una última capilla. Y al final dan un barniz para protegerlas del sol, del viento y de las garras de una humedad que empapa hasta a Balbú.

—¿Balbú? ¿Quién es ese señor?
—Dios. Así le dicen los artistas urbanos —explica Gina, una adolescente de 14 años, que se acerca a mirar las casas.
—¿Por qué lo llaman así?
—Por la barba.

En esa fachada Boa Mistura pintó una flor blanca del árbol del mamey. El fruto escasea hoy en el país porque durante mucho tiempo utilizaron su cáscara para construir las vigas de los puentes.

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Cada mañana, doña Esperanza esperaba la llegada de los pintores asomada a la puerta con el pelo recogido por un pañuelo de colores. A esa hora ya cantaban los gallos de pelea que viven en una jaula, en el patio interior, junto a dos «paticos» y tres perros sin nombre. Es lo habitual. Aquí no se bautiza a los chuchos.

A lo largo del día, doña Esperanza les ofrecía jugos, agua y café para aliviar las punzadas de un sol que sube tan alto que no da una sola sombra de tregua. Por las tardes, su nieta Camila, cuando volvía del colegio, les ayudaba a pintar. La participación de espontáneos es tan importante como la rehabilitación de las casas. Es la semilla que siempre deja Boa Mistura para que los proyectos sigan cuando ellos ya no están.

 

[L]a segunda vivienda queda a unos cien pasos. En realidad, son tres habitaciones alquiladas unidas por una sola fachada. Ahí pintaron la rosa de Bayahibe, la flor que aparece en el billete de cien pesos dominicanos. La puerta central, pintada de blanco, como todas, para respetar su color original, lleva a un espacio de unos 20 metros donde hay una cama grande, un par de sillas, un ventilador, una televisión y varias repisas llenas de todo tipo de cosas. La arrendataria, Ruth Ayala, está descansando con su hija en la cama.

—Me levanté muy pronto para ir a trabajar. Yo hago decoraciones en las uñas —cuenta la mujer.

El calor ha dejado a su hija como una estatua de cemento adosada a la cama. No se mueve en más de media hora a pesar de que hay una periodista desconocida a 30 centímetros de su siesta. De pronto, se enciende la televisión y el ventilador empieza a girar.

—¡Qué bien! Ya volvió la luz. Es que aquí dentro hace mucho calor —se alegra Ayala—. Pero nuestras casas son ahora mejores porque las han pintado. Estamos muy agradecidos.

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Muchos de los que pasaron frente a las casas esos días solo miraban, otros pedían que les pintaran las suyas y otros preguntaron si podían participar. Helder Laureano, un joven de 37 años, hijo de un ebanista, esmaltó las puertas. En el patio de su casa, donde suena el cacareo de sus 50 gallos de pelea, cuenta que aprendió mucho de Boa Mistura. Sobre todo, de «su humildad».

—Me gusta ser parte de las cosas bellas —comenta—. Yo di el esmalte blanco de las puertas. Ese tono hace que el color de las flores destaque más.

Por el patio se cuela una sucesión de bachatas sobre celos y enamoramientos que no caben en el cuerpo. No es fácil averiguar su procedencia. Quizá vengan del mismísimo cielo porque la música en este país religioso se atreve a suplantar hasta la omnipresencia de Dios.

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«Llevamos la música por dentro», enfatiza Helder Laureano. Este hombre cultísimo, «ebanista por herencia», graduado en publicidad, diseño, administración de empresas turísticas, panadería y repostería, y especializado en asador parrillero-salsero y cocina gurmé, muestra su colección de libros en una tableta y dice: «Me como los libros enteresitos».

El hijo del ebanista piensa que, después de la marcha de Boa Mistura, ellos deben seguir pintando. Una ambición así destruye a brochazos cualquier fukú, ese no sé qué transparente que Laureano describe como «el nombre que hemos puesto a las cosas malas a las que estamos destinados».

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[L]a tercera casa victorianocaribeña está una calle más atrás. Allí vive Félix Montilla, un joven que cría gallos de pelea, como todo el mundo. «El dominicano es tradición completa», asegura. «Es un pueblo muy deportista. Nos gustan mucho las competiciones de caballos y las peleas de gallos. Los sacamos al sol para que hagan ejercicio, les damos maíz y vitaminas porque eso les aporta agilidad, y luego los llevamos a competir».

En su casa, Boa Mistura y algunos vecinos pintaron un caimito rubio. La figura de este arbusto de tres metros, de la familia del tomate y la berenjena, es la nueva piel amarilla y verde de su hogar. Montilla mira el dibujo de esta planta de hojas elípticas en la fachada y dice:

—Nunca he visto tanto color junto. Estas casas son de los antiguos pobladores, pero antes eran de un solo tono. Están en el centro de la ciudad, en el mejor sitio, al lado de la basílica.

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El día que empezaron a pintar la casa de la flor amarilla pasó por allí Carlos Manuel. Los imponentes ojos verdes de este joven se clavaron en la fachada. Le pareció asombrosa. Él es muralista pero su trabajo siempre se basa en pintar escenas infantiles en las paredes de colegios. Nunca había visto nada igual. Paró y preguntó:

—¿Se puede pintar?

—Sí. ¿Te apuntas? —le respondieron.

—Claro. Tengo que hacer unos mandados y ahora vuelvo.

«A los diez minutos estaba ahí pintando con nosotros», relata Juan Jaume. «Ha venido todos los días, como un clavo, a las 7.30 de la mañana. La implicación ciudadana es muy bonita. Así sienten el proyecto como algo suyo. Ellos mismos pintan sus casas. Y muchos contribuyen de otros modos. Nos traen jugos y café, nos dejan guardar los materiales en sus casas… El calor humano es otra forma de colaboración».

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Un hombre con una visera pasa y, sin detener su camino, pregunta en grito:

—¿Cuándo la mía van a pintar?

Pero el tiempo vuelve a jugar en contra. Es viernes y quedan pocas horas para que Boa Mistura abandone Higüey y quede en pausa este proyecto que surgió del mecenazgo de Ron Barceló. Carlos Manuel, como cada tarde, tenía que acudir a su trabajo, en un colegio, donde da la merienda a los niños. Pero hoy ha llamado a una persona para que lo sustituya. Quiere apurar las horas para que todas las fachadas queden perfectas en esas calles por donde el paso de una mujer sola suele desencadenar el grito de ¡mamichula!

Pero el muralista y Boa Mistura se niegan a la idea de un final. Carlos Manuel pretende reclutar vecinos para seguir pintando casas y el colectivo quiere volver. Aquí han dejado todos sus pinceles, sus utensilios y la escalera que compraron en una ferretería del barrio para que el impulso no se pierda.

—Vamos a ver con ellos cómo podemos continuar estas bellas obras —indica Carlos Manuel—. Les pedí integrarme en el equipo y al momento me abrieron los brazos. Ya son mis amigos, mis hermanos.

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[D]espués de que Boa Mistura se marchara la primera vez, en enero, Darío Yunes quedó encargado de preguntar a los vecinos si querían que pintaran la fachada de su casa. En esa lista se apuntaron seis personas. Hoy, después de ver las tres primeras, 60 familias esperan.

«Estamos trabajando con la Oficina de Turismo para intentar crear todo un barrio de casas pintadas», cuenta Olga Seisdedos, directora de marketing de Ron Barceló. «La intención es convertir Higüey en una zona atractiva para que los turoperadores incluyan una visita a estas casas. El desarrollo turístico actual de la República Dominicana se basa exclusivamente en el todo incluido, y el sol y playa».

El reloj espera a Boa Mistura en una fecha en blanco. Seisdedos cuenta que la intención de Ron Barceló es crear un programa para que ellos puedan hacer el dibujo de las flores en las fachadas y los vecinos pinten las casas. «Sería una forma de generar empleo y mejorar la calidad de vida en esta ciudad deprimida. Además, los chicos de este colectivo siempre dejan su alegría allá donde van».

En los últimos días todo el país ha visto las casas anglocaribeñas por televisión. Mientras estuvo Boa Mistura en Higüey fueron apareciendo periodistas, con sus cámaras y sus micrófonos, en procesión. Entre un sol de cuchillo y lluvias repentinas. Fue algo insólito en el barrio. Fue la primera vez que doña Esperanza habló en la tele con su voz minúscula. Fueron días en los que, entre botes de pintura, pinceles, jugos y una escalera de metal, desde algún lugar del espacio, la bachata nunca dejó de sonar en el país de la locura del amor:

«Y si te invito a una copa,
y me acerco a tu boca,
y te robo un besito».

Nota del editor: Ron Barceló corrió con los gastos de desplazamiento y alojamiento de Yorokobu.

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A principios del siglo XX apareció un inglés en el Caribe. Nadie recuerda su nombre ni su procedencia exacta. Pero se sabe que fue el primero en construir una casa victoriana en la República Dominicana. El hombre traía los conocimientos técnicos de una Inglaterra con hambre de edificar y extender las vías del ferrocarril allá donde hallara un pedazo de tierra. Al llegar a Salvaleón de Higüey, la población por donde sale el sol en la isla, se topó con un viento incesante, una humedad profunda y un sol a destajo.

Ese clima amenazaba con devorar en un santiamén cualquier construcción levantada sobre su sabiduría victoriana. El inglés sin nombre conocido y los dominicanos con los que trabajó tuvieron que claudicar ante los dictados del lugar y edificaron una vivienda que, en vez de protegerse del frío, habría de resguardarse del calor, y en vez de evitar corrientes gélidas, invitaba a la brisa a pasar a casa.

Esa fue la primera. Después, construyeron más. Hasta doscientas en todo Higüey. Así fue surgiendo un paisaje que mezclaba la identidad de la isla caribeña con la estética de la isla atlántica. Este nuevo estilo fue denominado anglocaribeño. Es algo que solo existe en este lugar. Pero hace unos años una amenaza se apoderó de la pervivencia de estas casas. Quizá fue un fukú, ese no sé qué invisible que, según los dominicanos, cuando se presenta, lo único que puede ocurrir es que todo esté a punto de empeorar.

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Hacía años que estas viviendas habían caído en desgracia. La elegancia de cien años atrás se transformó en un sello de pobreza y, hoy, los dueños de estas casas, en cuanto reúnen suficientes pesos, hincan una pala, las tiran abajo y, en su lugar, levantan un hogar que ellos mismos construyen con ayuda de algunos albañiles. Estas edificaciones están borrando el pasado victoriano de la ciudad y asientan una nueva estética de favela en el corazón de Higüey.

«No. No nos gustan», dice convencida Camila, una adolescente de 14 años. «Estas casas son de gente con pocos recursos. Las maderas se pudren. Preferimos vivir en apartamentos nuevos, como estos», y señala una vivienda unifamiliar con unas escaleras sin barandilla en el patio exterior, que llevan a una planta alta con solo tres paredes y un suelo de cemento.

Es una casa hecha a pegotes. Una de tantas. Está claro que la planificación, inexistente, se va diseñando a su antojo en cuanto entran unos billetes al arca familiar. Lo revelan las esperas de acero que salen de los pilares apuntando al espacio exterior hasta que alguien coloque ahí un piso encima. Antes, el cielo empezaba donde terminaban las ondulaciones de los tejados victorianos. Hoy, unas lanzas de hierro trazan el skyline de Higüey.

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[E]l reloj marcaba calor aquel 11 de enero para dos españoles que venían del frío pelaje del invierno. El arquitecto Javier Serrano y el ilustrador Pablo Purón habían viajado a la República Dominicana con un bono para desarrollar un proyecto social en este país. Ron Barceló era su mecenas. Ese era el acuerdo al que habían llegado después de que Boa Mistura, el colectivo que forman junto a tres personas más, diseñara una edición limitada de la botella de Añejo. Después de nueve años celebrando el festival de música electrónica Desalia en la República Dominicana, la compañía de alcohol, Varma, se propuso contribuir con más decisión al desarrollo social y cultural del país.

Era la primera vez que los miembros de Boa Mistura visitaban la isla. Buscaban un lugar donde hacer lo mismo a lo que han dedicado los últimos diez años: rehabilitar, recuperar y embellecer espacios urbanos, junto a los vecinos que viven ahí, para que descubran la importancia de trabajar juntos en el cuidado de su lugar en el mundo.

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Dos días después de empezar la búsqueda, alguien les presentó a Darío Yunes, el presidente de la Comisión Civil de Desarrollo de la provincia de Alta Gracia. Este «ingeniero civil y arquitecto empírico», como él mismo se define, les dio una vuelta en coche por Higüey para mostrarles la ciudad que los indígenas llamaron ‘Hijo del sol’. Los chicos de Boa Mistura intentaban encontrar una pared bien alta para pintar un mural. Esa es la tarea a la que más tiempo han dedicado desde que con 14 años se conocieron haciendo graffitis en el barrio madrileño de la Alameda de Osuna.

La ciudad donde ubicaron la primera capilla católica del Nuevo Mundo les pareció muy baja. No hay edificios de más de dos plantas. Miraban por uno y otro lado de las ventanillas del vehículo y no encontraban nada. Lo del mural se estaba poniendo complicado. De pronto, Yunes paró en seco, señaló unas casas y les habló de la arquitectura popular.

—¿Podrían ser un soporte para pintar? —preguntó Serrano.
—Sí —respondió el ingeniero.

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[L]os dos artistas urbanos volvieron a Madrid. Después de esa semana de prospección, y muchas horas más investigando en su estudio, descubrieron que el tiempo jugaba en contra. Intentaba borrar la identidad cultural y biológica de esa zona del país. No solo estaba amenazada la arquitectura anglovictoriana. Algo más estaba en riesgo: las flores. La supervivencia de muchas especies anda hoy en ascuas y eso podría desfigurar el paisaje de un país exuberante sin otoños que pelen su vegetación.

«La rosa de Bayahibe nos mostró el camino. La propia flor nacional está en peligro de extinción. Luego vimos que hay muchas más», explica Javier Serrano, una tarde de lluvia en Higüey. «Lo que teníamos que hacer era concienciar a la población de que ni esta arquitectura ni estas flores se pueden perder».

Un mes después, cinco hombres de Boa Mistura cruzaron el Atlántico con sus brochas y sus pinceles. La pintura la compraron ahí. Unos 20 litros. Iban a recuperar las casas que, un siglo antes, dieron una pátina victoriana al Caribe. Eso jamás hubiera ocurrido sin ese insigne inglés. «Fue el primero en llegar a las islas cocolas», especifica Yunes. «Construyó una casa anglosajona adaptada al trópico de cáncer. Aquí predomina la lluvia, el viento y el sol. A nosotros nos soplan los vientos alisios».

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Las puertas tienen dos hojas para poder estar abiertas y cerradas a la vez. La parte superior, cuando está abierta, deja entrar el fresco. La parte de abajo, cerrada, impide miradas indiscretas. «Tú puedes estar durmiendo y los transeúntes, al pasar, no te ven», indica el arquitecto empírico.

Sobre la puerta se sitúa el aire acondicionado victorianocaribeño. Unas celosías de madera permiten que pase el viento e impiden que entre el agua de la lluvia. Eso, en las viviendas nuevas, se ha perdido. Serrano señala estas casas e indica: «Los apartamentos de autoconstrucción ya no incluyen elementos para que corra el aire».

El suelo es de cemento pulido para conservar la humedad y mantener el fresco. En el tejado hay un vuelo que hace de visera para retirar la luz del sol y el agua de la lluvia de la entrada de la vivienda. En el techo se forma una cámara de aire entre una capa de zinc y otra de madera para absorber el calor.

«Es arquitectura popular. No intervinieron ni arquitectos ni ingenieros. Eran carpinteros», indica Yunes, sentado en el salón de la casa de una vecina, donde alguien aparcó una moto entre los sillones y al fondo cantan gallos de pelea. «Hoy quedan unas 200 en la ciudad. Aquí, en el barrio del Tamarindo, hay unas 35. Desde que se construyeron han ido pasando de generación en generación pero ahora muchas están deshabitadas porque los jóvenes se van a vivir al extranjero».

Al principio eran viviendas de lujo. Las mulas traían madera de palma por senderos de tierra, desde el Puerto del Gato y el Puerto del río Chacón. Hasta 1924 no se construyó una carretera a Higüey. «En esa época era una aldea rodeada de potreros (establos donde duerme el ganado)».

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[E]l 12 de febrero Pablo Purón, Javier Serrano, Pablo Ferreiro, Juan Jaume y Pablo G. Mena llegaron a Salvaleón de Higüey. Traían una carpeta con un mapa que localizaba más de 40 viviendas anglocaribeñas en cinco calles y varios dibujos de flores en peligro de extinción para pintar en las fachadas. En la ciudad, hay más casas de este tipo, pero eligieron las del Tamarindo porque es un barrio popular de pocos recursos.

La ambición era pintar unas siete en los nueve días que tenían por delante para implantar «una nueva piel» a la edificación. Pero el tiempo, en este país, no se doblega ante el filo de la aguja del reloj. Va a otro ritmo. Al compás de un merengue que habla de «caricias ardientes» y una bachata que canta: «que mueran las novelas de amor si me suenan cansionsitas de amor». A su llegada, las casas debían estar lijadas y fregadas. No fue así y eso retrasó el trabajo.

Empezaron por el hogar de doña Esperanza, una mujer elegante, de 76 años, con una voz como un hilo en una ciudad donde el ruido de las motos y el sonido del bolero, la bachata y el denbow se tiran en plancha sobre el silencio.

La primera capa de pintura es blanca para convertir la pared en un lienzo. Luego hacen el dibujo y empiezan a pintar. Una capa, otra, otra, otra más. Otra. Dale ahí una última capilla. Y al final dan un barniz para protegerlas del sol, del viento y de las garras de una humedad que empapa hasta a Balbú.

—¿Balbú? ¿Quién es ese señor?
—Dios. Así le dicen los artistas urbanos —explica Gina, una adolescente de 14 años, que se acerca a mirar las casas.
—¿Por qué lo llaman así?
—Por la barba.

En esa fachada Boa Mistura pintó una flor blanca del árbol del mamey. El fruto escasea hoy en el país porque durante mucho tiempo utilizaron su cáscara para construir las vigas de los puentes.

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Cada mañana, doña Esperanza esperaba la llegada de los pintores asomada a la puerta con el pelo recogido por un pañuelo de colores. A esa hora ya cantaban los gallos de pelea que viven en una jaula, en el patio interior, junto a dos «paticos» y tres perros sin nombre. Es lo habitual. Aquí no se bautiza a los chuchos.

A lo largo del día, doña Esperanza les ofrecía jugos, agua y café para aliviar las punzadas de un sol que sube tan alto que no da una sola sombra de tregua. Por las tardes, su nieta Camila, cuando volvía del colegio, les ayudaba a pintar. La participación de espontáneos es tan importante como la rehabilitación de las casas. Es la semilla que siempre deja Boa Mistura para que los proyectos sigan cuando ellos ya no están.

 

[L]a segunda vivienda queda a unos cien pasos. En realidad, son tres habitaciones alquiladas unidas por una sola fachada. Ahí pintaron la rosa de Bayahibe, la flor que aparece en el billete de cien pesos dominicanos. La puerta central, pintada de blanco, como todas, para respetar su color original, lleva a un espacio de unos 20 metros donde hay una cama grande, un par de sillas, un ventilador, una televisión y varias repisas llenas de todo tipo de cosas. La arrendataria, Ruth Ayala, está descansando con su hija en la cama.

—Me levanté muy pronto para ir a trabajar. Yo hago decoraciones en las uñas —cuenta la mujer.

El calor ha dejado a su hija como una estatua de cemento adosada a la cama. No se mueve en más de media hora a pesar de que hay una periodista desconocida a 30 centímetros de su siesta. De pronto, se enciende la televisión y el ventilador empieza a girar.

—¡Qué bien! Ya volvió la luz. Es que aquí dentro hace mucho calor —se alegra Ayala—. Pero nuestras casas son ahora mejores porque las han pintado. Estamos muy agradecidos.

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Muchos de los que pasaron frente a las casas esos días solo miraban, otros pedían que les pintaran las suyas y otros preguntaron si podían participar. Helder Laureano, un joven de 37 años, hijo de un ebanista, esmaltó las puertas. En el patio de su casa, donde suena el cacareo de sus 50 gallos de pelea, cuenta que aprendió mucho de Boa Mistura. Sobre todo, de «su humildad».

—Me gusta ser parte de las cosas bellas —comenta—. Yo di el esmalte blanco de las puertas. Ese tono hace que el color de las flores destaque más.

Por el patio se cuela una sucesión de bachatas sobre celos y enamoramientos que no caben en el cuerpo. No es fácil averiguar su procedencia. Quizá vengan del mismísimo cielo porque la música en este país religioso se atreve a suplantar hasta la omnipresencia de Dios.

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«Llevamos la música por dentro», enfatiza Helder Laureano. Este hombre cultísimo, «ebanista por herencia», graduado en publicidad, diseño, administración de empresas turísticas, panadería y repostería, y especializado en asador parrillero-salsero y cocina gurmé, muestra su colección de libros en una tableta y dice: «Me como los libros enteresitos».

El hijo del ebanista piensa que, después de la marcha de Boa Mistura, ellos deben seguir pintando. Una ambición así destruye a brochazos cualquier fukú, ese no sé qué transparente que Laureano describe como «el nombre que hemos puesto a las cosas malas a las que estamos destinados».

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[L]a tercera casa victorianocaribeña está una calle más atrás. Allí vive Félix Montilla, un joven que cría gallos de pelea, como todo el mundo. «El dominicano es tradición completa», asegura. «Es un pueblo muy deportista. Nos gustan mucho las competiciones de caballos y las peleas de gallos. Los sacamos al sol para que hagan ejercicio, les damos maíz y vitaminas porque eso les aporta agilidad, y luego los llevamos a competir».

En su casa, Boa Mistura y algunos vecinos pintaron un caimito rubio. La figura de este arbusto de tres metros, de la familia del tomate y la berenjena, es la nueva piel amarilla y verde de su hogar. Montilla mira el dibujo de esta planta de hojas elípticas en la fachada y dice:

—Nunca he visto tanto color junto. Estas casas son de los antiguos pobladores, pero antes eran de un solo tono. Están en el centro de la ciudad, en el mejor sitio, al lado de la basílica.

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El día que empezaron a pintar la casa de la flor amarilla pasó por allí Carlos Manuel. Los imponentes ojos verdes de este joven se clavaron en la fachada. Le pareció asombrosa. Él es muralista pero su trabajo siempre se basa en pintar escenas infantiles en las paredes de colegios. Nunca había visto nada igual. Paró y preguntó:

—¿Se puede pintar?

—Sí. ¿Te apuntas? —le respondieron.

—Claro. Tengo que hacer unos mandados y ahora vuelvo.

«A los diez minutos estaba ahí pintando con nosotros», relata Juan Jaume. «Ha venido todos los días, como un clavo, a las 7.30 de la mañana. La implicación ciudadana es muy bonita. Así sienten el proyecto como algo suyo. Ellos mismos pintan sus casas. Y muchos contribuyen de otros modos. Nos traen jugos y café, nos dejan guardar los materiales en sus casas… El calor humano es otra forma de colaboración».

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Un hombre con una visera pasa y, sin detener su camino, pregunta en grito:

—¿Cuándo la mía van a pintar?

Pero el tiempo vuelve a jugar en contra. Es viernes y quedan pocas horas para que Boa Mistura abandone Higüey y quede en pausa este proyecto que surgió del mecenazgo de Ron Barceló. Carlos Manuel, como cada tarde, tenía que acudir a su trabajo, en un colegio, donde da la merienda a los niños. Pero hoy ha llamado a una persona para que lo sustituya. Quiere apurar las horas para que todas las fachadas queden perfectas en esas calles por donde el paso de una mujer sola suele desencadenar el grito de ¡mamichula!

Pero el muralista y Boa Mistura se niegan a la idea de un final. Carlos Manuel pretende reclutar vecinos para seguir pintando casas y el colectivo quiere volver. Aquí han dejado todos sus pinceles, sus utensilios y la escalera que compraron en una ferretería del barrio para que el impulso no se pierda.

—Vamos a ver con ellos cómo podemos continuar estas bellas obras —indica Carlos Manuel—. Les pedí integrarme en el equipo y al momento me abrieron los brazos. Ya son mis amigos, mis hermanos.

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[D]espués de que Boa Mistura se marchara la primera vez, en enero, Darío Yunes quedó encargado de preguntar a los vecinos si querían que pintaran la fachada de su casa. En esa lista se apuntaron seis personas. Hoy, después de ver las tres primeras, 60 familias esperan.

«Estamos trabajando con la Oficina de Turismo para intentar crear todo un barrio de casas pintadas», cuenta Olga Seisdedos, directora de marketing de Ron Barceló. «La intención es convertir Higüey en una zona atractiva para que los turoperadores incluyan una visita a estas casas. El desarrollo turístico actual de la República Dominicana se basa exclusivamente en el todo incluido, y el sol y playa».

El reloj espera a Boa Mistura en una fecha en blanco. Seisdedos cuenta que la intención de Ron Barceló es crear un programa para que ellos puedan hacer el dibujo de las flores en las fachadas y los vecinos pinten las casas. «Sería una forma de generar empleo y mejorar la calidad de vida en esta ciudad deprimida. Además, los chicos de este colectivo siempre dejan su alegría allá donde van».

En los últimos días todo el país ha visto las casas anglocaribeñas por televisión. Mientras estuvo Boa Mistura en Higüey fueron apareciendo periodistas, con sus cámaras y sus micrófonos, en procesión. Entre un sol de cuchillo y lluvias repentinas. Fue algo insólito en el barrio. Fue la primera vez que doña Esperanza habló en la tele con su voz minúscula. Fueron días en los que, entre botes de pintura, pinceles, jugos y una escalera de metal, desde algún lugar del espacio, la bachata nunca dejó de sonar en el país de la locura del amor:

«Y si te invito a una copa,
y me acerco a tu boca,
y te robo un besito».

Nota del editor: Ron Barceló corrió con los gastos de desplazamiento y alojamiento de Yorokobu.

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