30 de julio 2015    /   IDEAS
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Bob Esponja y Pamela Anderson estuvieron a punto de follar

30 de julio 2015    /   IDEAS     por          
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Esta historia es tan descabellada que podría ser cierta. Decídanlo ustedes. Era un día de otoño, concretamente de octubre de 2005, pero extrañamente caluroso. Todavía no se había inventado el iPhone y la exvigilante de la playa de Santa Mónica estaba promocionando en Madrid una marca de pizzas a domicilio que orquestó una tremenda campaña al respecto. PamPizza ©, ¿recuerdan?, ¿no? No importa, yo se lo cuento.
«Don’t call me babe» decía en esa película denostada, pero divertidísima y muy digna, protagonizada por nuestra rubia favorita. Su título, Barb Wire (David Hogan, 1996). «No me llames muñeca». Ojo, que era una cinta de ciencia ficción mucho más eficaz e interesante que otras más sesudas, pero fue ninguneada por una única razón: la protagonizaba Pamela. En la peli también trabajaba mi adorado Udo Kier…
Pero vayamos a la anécdota que da título a este texto. La cosa sucedió así. La asistente personal de Pamela la llevó de compras y, antes de ir a la milla de oro de la calle Serrano, comenzaron en El Corte Inglés de Sol. Al cruzar la plaza, Pamela preguntó con deliciosa ingenuidad por qué había tantas celebrities. Se refería a Hello Kitty, al Gato con Botas, a Mickey Mouse, a Minnie, a Alien, a Predator, a un Spiderman gordo que todavía no trabajaba en la Plaza Mayor, a un par de cabras parlantes… y sí, a Bob Esponja.
—No son celebrities, Pam, es gente trabajando. Aquí las llaman cruelmente ‘chocolatinas’.
—¿Por qué?
—Porque se derriten… bajo el implacable sol y dentro de esos pesados… envoltorios.
—¡Oh!
—Cobran dinero por permitir hacerse fotos con ellos.
—¿En serio? ¿Podemos saludar a Bob Esponja? Quiero conocer quién hay bajo el disfraz.
Cuando la cabeza de un tipo con ojos verdes emergió de la caja amarilla con ojos saltones del héroe subacuático, Pamela se llevó un sobresalto. El joven treintañero, que le profesaba una secreta admiración, no daba crédito a su suerte y rebuscó en sus bolsillos hasta encontrar un pedazo de papel y un boli con el que garabateó su nombre y su teléfono.
—Call me, please —acertó a decir.
—I will —respondió con naturalidad Pamela.
Lo cierto es que Pamela se aburrió en la calle Serrano y, a eso de las ocho y media de la tarde, el teléfono de Bob Esponja vibró.
—¿Diga?
—It’s me. It’s Pam. I’d like to meet you. Now. In your place.
Bob Esponja no recuerda lo que dijo, pero se despojó de su ridículo uniforme de trabajo y corrió a su casa, una diminuta buhardilla en el centro. Se duchó, se perfumó, se afeitó. Y esperó. Entonces sonó el telefonillo. ¡¡¡¡¡BZZZZZZZZZZ!!!!!
Era ella, no podía creerlo. Pamela Anderson venía a su casa y estaba subiendo en el ascensor.
El hombre jamás había tenido un gatillazo en toda su vida (ni lo tuvo después), pero esa noche le sucedió. No fue grave, pues Pamela resultó ser una estupenda jugadora de ajedrez, contra todo pronóstico. Hasta el día de hoy mantienen una bonita amistad epistolar.
Y sí, lo han adivinado. Ese hombre era yo. Así que a partir de ahora pueden llamarme Bob.

Esta historia es tan descabellada que podría ser cierta. Decídanlo ustedes. Era un día de otoño, concretamente de octubre de 2005, pero extrañamente caluroso. Todavía no se había inventado el iPhone y la exvigilante de la playa de Santa Mónica estaba promocionando en Madrid una marca de pizzas a domicilio que orquestó una tremenda campaña al respecto. PamPizza ©, ¿recuerdan?, ¿no? No importa, yo se lo cuento.
«Don’t call me babe» decía en esa película denostada, pero divertidísima y muy digna, protagonizada por nuestra rubia favorita. Su título, Barb Wire (David Hogan, 1996). «No me llames muñeca». Ojo, que era una cinta de ciencia ficción mucho más eficaz e interesante que otras más sesudas, pero fue ninguneada por una única razón: la protagonizaba Pamela. En la peli también trabajaba mi adorado Udo Kier…
Pero vayamos a la anécdota que da título a este texto. La cosa sucedió así. La asistente personal de Pamela la llevó de compras y, antes de ir a la milla de oro de la calle Serrano, comenzaron en El Corte Inglés de Sol. Al cruzar la plaza, Pamela preguntó con deliciosa ingenuidad por qué había tantas celebrities. Se refería a Hello Kitty, al Gato con Botas, a Mickey Mouse, a Minnie, a Alien, a Predator, a un Spiderman gordo que todavía no trabajaba en la Plaza Mayor, a un par de cabras parlantes… y sí, a Bob Esponja.
—No son celebrities, Pam, es gente trabajando. Aquí las llaman cruelmente ‘chocolatinas’.
—¿Por qué?
—Porque se derriten… bajo el implacable sol y dentro de esos pesados… envoltorios.
—¡Oh!
—Cobran dinero por permitir hacerse fotos con ellos.
—¿En serio? ¿Podemos saludar a Bob Esponja? Quiero conocer quién hay bajo el disfraz.
Cuando la cabeza de un tipo con ojos verdes emergió de la caja amarilla con ojos saltones del héroe subacuático, Pamela se llevó un sobresalto. El joven treintañero, que le profesaba una secreta admiración, no daba crédito a su suerte y rebuscó en sus bolsillos hasta encontrar un pedazo de papel y un boli con el que garabateó su nombre y su teléfono.
—Call me, please —acertó a decir.
—I will —respondió con naturalidad Pamela.
Lo cierto es que Pamela se aburrió en la calle Serrano y, a eso de las ocho y media de la tarde, el teléfono de Bob Esponja vibró.
—¿Diga?
—It’s me. It’s Pam. I’d like to meet you. Now. In your place.
Bob Esponja no recuerda lo que dijo, pero se despojó de su ridículo uniforme de trabajo y corrió a su casa, una diminuta buhardilla en el centro. Se duchó, se perfumó, se afeitó. Y esperó. Entonces sonó el telefonillo. ¡¡¡¡¡BZZZZZZZZZZ!!!!!
Era ella, no podía creerlo. Pamela Anderson venía a su casa y estaba subiendo en el ascensor.
El hombre jamás había tenido un gatillazo en toda su vida (ni lo tuvo después), pero esa noche le sucedió. No fue grave, pues Pamela resultó ser una estupenda jugadora de ajedrez, contra todo pronóstico. Hasta el día de hoy mantienen una bonita amistad epistolar.
Y sí, lo han adivinado. Ese hombre era yo. Así que a partir de ahora pueden llamarme Bob.

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