18 de marzo 2015    /   ENTRETENIMIENTO
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Palabras con mucho cuento: Boicot

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Si en tu camino profesional, por poner un ejemplo, hay alguien que no hace más que ponerte obstáculos que impidan tu ascenso, sin duda te está boicoteando. Es una manera muy fina de decir que te están haciendo la puñeta. No podía ser de otra manera, porque boicotear y su sustantivo, boicot, son las adaptaciones al español de un apellido británico. El de Charles Cunningham Boycott.
Mr. Boycott era un capitán inglés que trabaja al servicio del tercer conde de Erne, Lord John Crichton, como administrador de sus tierras en Irlanda. Lo de capitán es un decir, porque su carrera en el ejército británico fue breve y poco productiva. Al poco tiempo de ingresar en las fuerzas armadas, su batallón fue trasladado a Irlanda, y fue en ese país donde estableció su hogar y se casó. Pero una enfermedad le obligó a dejar el ejército, así que alquiló una granja en el condado de Tipperay y allí aprendió a ejercer de terrateniente a pequeña escala.
La vida en ese país no tenía nada de apacible para el buen capitán. Lejos de gozar de la tranquilidad del campo, Boycott siempre anduvo metido en pleitos con sus vecinos. Así que, harto de tanta hostilidad, aceptó trabajar para el conde en calidad de administrador de sus tierras en el condado de May, en la isla de Achill. Entre las funciones del buen Charles estaba la de cobrar la renta a los agricultores arrendatarios del conde y contratar a cuantos pudieran estar a su servicio.
Resultó que Mr. Boycott era un déspota de cuidado. Se creía en el sagrado derecho de hacer y deshacer como le viniera en gana, menospreciando y maltratando continuamente a cuantos trabajaban para él. Tenía un carácter horrible e imponía normas absurdas y grandes sanciones por cualquier cosa que no le cayera en gracia. Esto, unido al hecho de que era inglés en tierras irlandesas, no le proporcionó muchos amigos entres sus empleados.
Hartos de tanto mamoneo, sus trabajadores y arrendatarios se pusieron en huelga. Y no solo es que no trabajaran las tierras ni cuidaran ni atendieran las granjas. Todos rescindieron sus contratos con el inglés y acordaron no venderle víveres ni comprarle sus productos. Ni siquiera el ferrocarril quiso transportar sus mercancías. ¡A tomar por saco todo!
La historia llegó a oídos de un reportero del The Times, quien contó la curiosa rebelión en su periódico. Y para describir la situación, usando el apellido del capitán explotador, acuñó el término boicotear por primera vez.
‘Boicoteado’ como estaba, Charles Cunningham Boycott abandonó el país y regresó a Inglaterra. Irlanda se libró de un opresor y el diccionario, a cambio, ganó una palabra.

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Mr. Boycott era un capitán inglés que trabaja al servicio del tercer conde de Erne, Lord John Crichton, como administrador de sus tierras en Irlanda. Lo de capitán es un decir, porque su carrera en el ejército británico fue breve y poco productiva. Al poco tiempo de ingresar en las fuerzas armadas, su batallón fue trasladado a Irlanda, y fue en ese país donde estableció su hogar y se casó. Pero una enfermedad le obligó a dejar el ejército, así que alquiló una granja en el condado de Tipperay y allí aprendió a ejercer de terrateniente a pequeña escala.
La vida en ese país no tenía nada de apacible para el buen capitán. Lejos de gozar de la tranquilidad del campo, Boycott siempre anduvo metido en pleitos con sus vecinos. Así que, harto de tanta hostilidad, aceptó trabajar para el conde en calidad de administrador de sus tierras en el condado de May, en la isla de Achill. Entre las funciones del buen Charles estaba la de cobrar la renta a los agricultores arrendatarios del conde y contratar a cuantos pudieran estar a su servicio.
Resultó que Mr. Boycott era un déspota de cuidado. Se creía en el sagrado derecho de hacer y deshacer como le viniera en gana, menospreciando y maltratando continuamente a cuantos trabajaban para él. Tenía un carácter horrible e imponía normas absurdas y grandes sanciones por cualquier cosa que no le cayera en gracia. Esto, unido al hecho de que era inglés en tierras irlandesas, no le proporcionó muchos amigos entres sus empleados.
Hartos de tanto mamoneo, sus trabajadores y arrendatarios se pusieron en huelga. Y no solo es que no trabajaran las tierras ni cuidaran ni atendieran las granjas. Todos rescindieron sus contratos con el inglés y acordaron no venderle víveres ni comprarle sus productos. Ni siquiera el ferrocarril quiso transportar sus mercancías. ¡A tomar por saco todo!
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