21 de mayo 2014    /   IDEAS
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Boicotear o no boicotear, esa es la cuestión

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La herramienta del boicot es como una escopeta vieja: a veces dispara de miedo, con una precisión clínica y sirve para cumplir los objetivos planeados; pero, a veces, el tiro sale por la culata y el principal afectado es el instigador del boicot. Puede tardar más o menos tiempo, pero en términos políticos el tiempo pone a todos en su lugar, y los boicoteadores suelen acabar escaldados… o eso parece.
Por definición un boicot no lo ejerce quien controla la situación, sino quien quiere controlarla. Por eso se ha convertido a través de la historia en una poderosa arma para conseguir derribar a poderosos o, al menos, visibilizar situaciones. La llamada primavera árabe, ese heterogéneo conjunto de movimientos sociales contra los gobiernos de los países árabes que tuvo su auge en 2011, es, de hecho, un buen ejemplo de boicots… dobles.
El estallido se produjo con un boicot que no era un boicot: un vendedor de fruta de 26 años prendiéndose fuego. Se llamaba Mohamed Bouazizi. Con el sacrificio como simbolismo, comenzaron a sucederse las protestas sociales en su país, Túnez, y se contagiaron a otros muchos. Desde Marruecos a Siria, a través de dialectos, culturas, causas, tipos de Gobierno y miles de kilómetros de distancia. La primavera árabe no es una sola cosa, sino la conjunción de muchas muy diferentes que buscaban cambiar los gobiernos de toda esa ‘región’.
En muchos de esos países los gobiernos eran diferentes, hasta antagónicos, por lo que quienes boicoteaban eran también de muy distinto pelaje, desde islamistas radicales a ciudadanos que buscaban la apertura y democratización, pasando por militares. Los resultados, claro, también han sido muy diferentes. Cuatro países cambiaron de gobierno, algunos más de una vez: Túnez, Libia, Egipto o Yemen. En otros, sin embargo, la insurrección fue más costosa que el propio régimen dirigente.
Es el caso de Bahrein. En medio de la explosión de protestas en lo que los medios occidentales dieron en llamar ‘mundo árabe’, cobró especial interés un diminuto reino por un motivo mucho más peregrino que el interés en los derechos humanos y la democracia. Las protestas amenazaban con cancelar la primera carrera del mundial de Fórmula 1. Iba a correrse el 13 de marzo, pero se pospuso y, al final, se canceló el 10 de junio. Una industria multimillonaria, con millones de seguidores en el mundo, iba de paseo por uno de los rincones donde un grupo de ciudadanos quisieron visibilizar la situación de su país.
El resultado fue la represión total y absoluta de las protestas y la continuación del régimen de Hamad bin Isa Al Khalifa, que sigue cómodamente en su trono. Al año siguiente, en 2012, los bólidos volvieron a surcar el circuito con total normalidad. Nada había cambiado.
Hay otros casos no muy lejanos de éxito relativo del boicot y la rebelión. El cercano emirato de Qatar, donde la FIFA decidió que se disputara el mundial de 2022, lleva años comandado por Tamim bin Hamad Al Zani, un monarca absoluto al estilo de los de la Europa de hace dos siglos. Eso no ha impedido, como en el caso de Bahréin, que los intereses económicos hagan posible que se lleve allí una competición tan importante, y eso a pesar de las altísimas temperaturas que podrían provocar que la competición se jugara en invierno.
El hecho de que todo el planeta mira de reojo, con cierta desconfianza, lo que pasa allí ha hecho que también emerja un movimiento social importante que, en esta ocasión sí, ha conseguido ciertos cambios aperturistas. Anecdóticos, en cualquier caso, si se comparan con los 1.200 obreros fallecidos en la construcción de las infraestructuras de una competición para la que aún faltan ocho años.
Pero no todo se cuece en el mundo árabe. Antes que Qatar llega Brasil, que en pocas semanas acogerá un Mundial de fútbol con un grave riesgo cerniéndole. Infraestructuras sin terminar, alta tasa de mortalidad entre los obreros que las construyen (mucho menor que la de Qatar, en cualquier caso) y unas intensas protestas sociales que hace unos meses paralizaron el país y pusieron en alerta a los organizadores. El país sudamericano no tiene el petróleo de otros países, pero ha vivido una particular burbuja económica en poco tiempo que le ha colocado entre los grandes emergentes y, de paso, ha ahondado las diferencias sociales internas.
En este caso las protestas también se visibilizaron y, aunque no consiguieron grandes cambios -tampoco es un gobierno casi dictatorial como ejemplos citados anteriormente- la pasión del propio país por el evento deportivo en sí, el fútbol, ha servido para apaciguar los ánimos. Queda por ver qué sucederá cuando se apaguen los fuegos de los grandes eventos, primero los JJ OO de hace dos años y ahora los del Mundial.
Pero la historia maldita de los boicots no es solo de la gente de la calle, también de los países. Porque la primavera árabe es, por aquello del doble boicot, la consecuencia a un gran boicot: la ‘colocación’ de mandatarios menos malos para los intereses occidentales para evitar gobiernos islamistas más radicales. Son los efectos Barbra Streisand de la diplomacia: como cuando EE UU armaba a los talibanes en Afganistán para combatir a los soviéticos en la Guerra Fría, o cuando dieron un golpe de Estado en Irán para colocar al Sha en Irán, cuyo advenimiento provocó un levantamiento social con los años que posibilitó que se convirtiera en la república islámica que es ahora.
O Cuba. Porque, ¿seguiría Cuba siendo comunista sin el bloqueo de EE UU? Y ya puestos a ser conspiranoicos, ¿hubiera perdurado el chavismo venezolano sin el golpe de Estado de hace una década?
Al menos hay buenas consecuencias en algunos boicots. Los JJ OO de invierno en Sochi hicieron muy visible el problema de tolerancia que existe en Rusia y otras zonas de Europa del Este hacia los homosexuales.

Foto Portada: Animal Art

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Por definición un boicot no lo ejerce quien controla la situación, sino quien quiere controlarla. Por eso se ha convertido a través de la historia en una poderosa arma para conseguir derribar a poderosos o, al menos, visibilizar situaciones. La llamada primavera árabe, ese heterogéneo conjunto de movimientos sociales contra los gobiernos de los países árabes que tuvo su auge en 2011, es, de hecho, un buen ejemplo de boicots… dobles.
El estallido se produjo con un boicot que no era un boicot: un vendedor de fruta de 26 años prendiéndose fuego. Se llamaba Mohamed Bouazizi. Con el sacrificio como simbolismo, comenzaron a sucederse las protestas sociales en su país, Túnez, y se contagiaron a otros muchos. Desde Marruecos a Siria, a través de dialectos, culturas, causas, tipos de Gobierno y miles de kilómetros de distancia. La primavera árabe no es una sola cosa, sino la conjunción de muchas muy diferentes que buscaban cambiar los gobiernos de toda esa ‘región’.
En muchos de esos países los gobiernos eran diferentes, hasta antagónicos, por lo que quienes boicoteaban eran también de muy distinto pelaje, desde islamistas radicales a ciudadanos que buscaban la apertura y democratización, pasando por militares. Los resultados, claro, también han sido muy diferentes. Cuatro países cambiaron de gobierno, algunos más de una vez: Túnez, Libia, Egipto o Yemen. En otros, sin embargo, la insurrección fue más costosa que el propio régimen dirigente.
Es el caso de Bahrein. En medio de la explosión de protestas en lo que los medios occidentales dieron en llamar ‘mundo árabe’, cobró especial interés un diminuto reino por un motivo mucho más peregrino que el interés en los derechos humanos y la democracia. Las protestas amenazaban con cancelar la primera carrera del mundial de Fórmula 1. Iba a correrse el 13 de marzo, pero se pospuso y, al final, se canceló el 10 de junio. Una industria multimillonaria, con millones de seguidores en el mundo, iba de paseo por uno de los rincones donde un grupo de ciudadanos quisieron visibilizar la situación de su país.
El resultado fue la represión total y absoluta de las protestas y la continuación del régimen de Hamad bin Isa Al Khalifa, que sigue cómodamente en su trono. Al año siguiente, en 2012, los bólidos volvieron a surcar el circuito con total normalidad. Nada había cambiado.
Hay otros casos no muy lejanos de éxito relativo del boicot y la rebelión. El cercano emirato de Qatar, donde la FIFA decidió que se disputara el mundial de 2022, lleva años comandado por Tamim bin Hamad Al Zani, un monarca absoluto al estilo de los de la Europa de hace dos siglos. Eso no ha impedido, como en el caso de Bahréin, que los intereses económicos hagan posible que se lleve allí una competición tan importante, y eso a pesar de las altísimas temperaturas que podrían provocar que la competición se jugara en invierno.
El hecho de que todo el planeta mira de reojo, con cierta desconfianza, lo que pasa allí ha hecho que también emerja un movimiento social importante que, en esta ocasión sí, ha conseguido ciertos cambios aperturistas. Anecdóticos, en cualquier caso, si se comparan con los 1.200 obreros fallecidos en la construcción de las infraestructuras de una competición para la que aún faltan ocho años.
Pero no todo se cuece en el mundo árabe. Antes que Qatar llega Brasil, que en pocas semanas acogerá un Mundial de fútbol con un grave riesgo cerniéndole. Infraestructuras sin terminar, alta tasa de mortalidad entre los obreros que las construyen (mucho menor que la de Qatar, en cualquier caso) y unas intensas protestas sociales que hace unos meses paralizaron el país y pusieron en alerta a los organizadores. El país sudamericano no tiene el petróleo de otros países, pero ha vivido una particular burbuja económica en poco tiempo que le ha colocado entre los grandes emergentes y, de paso, ha ahondado las diferencias sociales internas.
En este caso las protestas también se visibilizaron y, aunque no consiguieron grandes cambios -tampoco es un gobierno casi dictatorial como ejemplos citados anteriormente- la pasión del propio país por el evento deportivo en sí, el fútbol, ha servido para apaciguar los ánimos. Queda por ver qué sucederá cuando se apaguen los fuegos de los grandes eventos, primero los JJ OO de hace dos años y ahora los del Mundial.
Pero la historia maldita de los boicots no es solo de la gente de la calle, también de los países. Porque la primavera árabe es, por aquello del doble boicot, la consecuencia a un gran boicot: la ‘colocación’ de mandatarios menos malos para los intereses occidentales para evitar gobiernos islamistas más radicales. Son los efectos Barbra Streisand de la diplomacia: como cuando EE UU armaba a los talibanes en Afganistán para combatir a los soviéticos en la Guerra Fría, o cuando dieron un golpe de Estado en Irán para colocar al Sha en Irán, cuyo advenimiento provocó un levantamiento social con los años que posibilitó que se convirtiera en la república islámica que es ahora.
O Cuba. Porque, ¿seguiría Cuba siendo comunista sin el bloqueo de EE UU? Y ya puestos a ser conspiranoicos, ¿hubiera perdurado el chavismo venezolano sin el golpe de Estado de hace una década?
Al menos hay buenas consecuencias en algunos boicots. Los JJ OO de invierno en Sochi hicieron muy visible el problema de tolerancia que existe en Rusia y otras zonas de Europa del Este hacia los homosexuales.

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