14 de junio 2018    /   CREATIVIDAD
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Guarda la ropa de invierno y, de paso, te hace una obra obra de arte: así es Boicut

14 de junio 2018    /   CREATIVIDAD     por          
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Boicut llevaba semanas intentando encontrar la forma perfecta de terminar sus últimas obras. Después de probar diferentes enfoques, lo intentó colocando potentes imanes dentro de las bolsas al vacío para almacenaje de ropa. Funcionó. «Me sorprende su poder y lo limpio que se ve», explica.

A este artista austriaco le gusta trabajar con objetos extraños. En su primera exposición había un servilletero y una raqueta de ping-pong. «A menudo veo objetos y me pregunto cómo quedarían mis colores sobre ellos», dice a modo de explicación.

Sobre las bolsas al vacío quedan extrañamente bien. En realidad no ha tenido que pintar sus colores de forma estricta, solo meterlos en forma de ropa y aspirar. «Mi idea era crear una pintura sin usar lienzo, ni pintura», explica Boicut. La inspiración la encontró cuando su novia se mudó a vivir con él. «Vi algunas prendas empacadas en bolsas al vacío tiradas en el suelo», comenta, y su cabeza empezó a funcionar. No parecía una idea fácil de llevar a cabo, pero después de algunos intentos pudo lograr un resultado que describe como, «muy similar a mis lienzos, pero con el efecto brillante del plástico que me encanta».

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Boicut ha peleado mucho para acabar empacando ropa al vacío. Y aunque lo parezca, no, esto no es una ironía. Se formó como diseñador gráfico, consiguió un empleo en una agencia y compaginó ese trabajo con sus proyectos personales. Se despertaba a las cinco de la mañana para arrancarle horas al día. Al finalizar la jornada se le caía el boli –la tarjeta gráfica en su caso– para correr a casa a terminar sus proyectos. Así aguantó un tiempo, hasta que el sueño, el jefe y el estrés iban a acabar con él. «Finalmente decidí dejar mi trabajo y dedicarme a ser un artista a tiempo completo», recuerda. «Han pasado 8 años desde aquel día».

Ese momento coincidió con un simposio que organizó llamado The artist as a brand. «Iba sobre nuevas formas en las que los artistas podían promocionar su trabajo a través de las redes sociales», explica. Este trabajo era un reflejo de cómo sería Boicut. Como él mismo explica, «me ayudó a dar los primeros pasos en el mundo del arte al encontrar mi lenguaje visual, crear material promocional y trabajar en mi primera exposición individual».

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Un último detalle a la hora de formarse como artista era elegir un nombre. Obviamente Boicut no es su nombre de pila. Este no le gusta. Tanto es así que en ningún momento de la entrevista lo revela. Su bautismo artístico vino influido mundo del street art, donde «todo el mundo tiene un mote». Él también los tenía; varios de hecho, pero, por alguna razón ninguno parecía convencerle. «Me cambiaba más de nombre que de calzoncillos», confiesa divertido.

 

Es aburrido utilizar los mismos métodos y las mismas herramientas una y otra vez. Por eso cambio en cada proyecto

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Boicut era perfecto, no solo por su homofonía con la palabra boicot, sino por la composición de los fonemas boi, similar a boy, chico; y cut, corte. Su trabajo nacía de los recortes y los collages y se basaba en los recuerdos que Boicut tenía de su infancia. El nombre, esta vez sí, era perfecto.

Puede que sea este nombre lo único que se ha mantenido inalterable en estos ocho años de carrera. Boicut asegura que «es aburrido utilizar los mismos métodos y las mismas herramientas una y otra vez». Por eso cambia en cada proyecto. Considera que la experimentación es lo que mantiene a un artista emocionado y excitado.

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Su estilo ha evolucionado. Se ha vuelto más abstracto a la vez que la gama de colores se ha ido reduciendo. En la actualidad solo usa seis. «Por un lado creo que es la combinación perfecta de colores», explica. «Por otro, me gusta el reto de limitarme». Un último elemento que cambia, quizá el que más llama la atención, es el material sobre el que plasma estos colores.

Ha trabajado sobre bicicletas, raquetas, bates de béisbol, ropa y botellas. A esta enumeración hay que sumarle ahora las bolsas al vacío. Pero todo hace pensar que no pasará mucho tiempo sin que el artista se aburra, se pregunte cómo quedarían sus colores sobre cualquier objeto peregrino y añada un suma y sigue más a esta peculiar lista.

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Boicut llevaba semanas intentando encontrar la forma perfecta de terminar sus últimas obras. Después de probar diferentes enfoques, lo intentó colocando potentes imanes dentro de las bolsas al vacío para almacenaje de ropa. Funcionó. «Me sorprende su poder y lo limpio que se ve», explica.

A este artista austriaco le gusta trabajar con objetos extraños. En su primera exposición había un servilletero y una raqueta de ping-pong. «A menudo veo objetos y me pregunto cómo quedarían mis colores sobre ellos», dice a modo de explicación.

Sobre las bolsas al vacío quedan extrañamente bien. En realidad no ha tenido que pintar sus colores de forma estricta, solo meterlos en forma de ropa y aspirar. «Mi idea era crear una pintura sin usar lienzo, ni pintura», explica Boicut. La inspiración la encontró cuando su novia se mudó a vivir con él. «Vi algunas prendas empacadas en bolsas al vacío tiradas en el suelo», comenta, y su cabeza empezó a funcionar. No parecía una idea fácil de llevar a cabo, pero después de algunos intentos pudo lograr un resultado que describe como, «muy similar a mis lienzos, pero con el efecto brillante del plástico que me encanta».

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Boicut ha peleado mucho para acabar empacando ropa al vacío. Y aunque lo parezca, no, esto no es una ironía. Se formó como diseñador gráfico, consiguió un empleo en una agencia y compaginó ese trabajo con sus proyectos personales. Se despertaba a las cinco de la mañana para arrancarle horas al día. Al finalizar la jornada se le caía el boli –la tarjeta gráfica en su caso– para correr a casa a terminar sus proyectos. Así aguantó un tiempo, hasta que el sueño, el jefe y el estrés iban a acabar con él. «Finalmente decidí dejar mi trabajo y dedicarme a ser un artista a tiempo completo», recuerda. «Han pasado 8 años desde aquel día».

Ese momento coincidió con un simposio que organizó llamado The artist as a brand. «Iba sobre nuevas formas en las que los artistas podían promocionar su trabajo a través de las redes sociales», explica. Este trabajo era un reflejo de cómo sería Boicut. Como él mismo explica, «me ayudó a dar los primeros pasos en el mundo del arte al encontrar mi lenguaje visual, crear material promocional y trabajar en mi primera exposición individual».

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Un último detalle a la hora de formarse como artista era elegir un nombre. Obviamente Boicut no es su nombre de pila. Este no le gusta. Tanto es así que en ningún momento de la entrevista lo revela. Su bautismo artístico vino influido mundo del street art, donde «todo el mundo tiene un mote». Él también los tenía; varios de hecho, pero, por alguna razón ninguno parecía convencerle. «Me cambiaba más de nombre que de calzoncillos», confiesa divertido.

 

Es aburrido utilizar los mismos métodos y las mismas herramientas una y otra vez. Por eso cambio en cada proyecto

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Boicut era perfecto, no solo por su homofonía con la palabra boicot, sino por la composición de los fonemas boi, similar a boy, chico; y cut, corte. Su trabajo nacía de los recortes y los collages y se basaba en los recuerdos que Boicut tenía de su infancia. El nombre, esta vez sí, era perfecto.

Puede que sea este nombre lo único que se ha mantenido inalterable en estos ocho años de carrera. Boicut asegura que «es aburrido utilizar los mismos métodos y las mismas herramientas una y otra vez». Por eso cambia en cada proyecto. Considera que la experimentación es lo que mantiene a un artista emocionado y excitado.

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Su estilo ha evolucionado. Se ha vuelto más abstracto a la vez que la gama de colores se ha ido reduciendo. En la actualidad solo usa seis. «Por un lado creo que es la combinación perfecta de colores», explica. «Por otro, me gusta el reto de limitarme». Un último elemento que cambia, quizá el que más llama la atención, es el material sobre el que plasma estos colores.

Ha trabajado sobre bicicletas, raquetas, bates de béisbol, ropa y botellas. A esta enumeración hay que sumarle ahora las bolsas al vacío. Pero todo hace pensar que no pasará mucho tiempo sin que el artista se aburra, se pregunte cómo quedarían sus colores sobre cualquier objeto peregrino y añada un suma y sigue más a esta peculiar lista.

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