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7 de noviembre 2016    /   IDEAS
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Borrell: el nuevo viejo ‘hype’ de la política

7 de noviembre 2016    /   IDEAS     por          
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Desde 2004 no se buscaba tanto el nombre ‘Josep Borrell’ en Google. Por aquel entonces tenía lugar su primera resurrección política, surgiendo de las listas del cementerio de elefantes que es el Parlamento Europeo para acabar siendo nada menos que su presidente.

Ahora, doce años después, asistimos a su segunda eclosión: la campaña a su alrededor marcándole el camino hacia el liderazgo del PSOE. Pero lo que muchos de esos ‘nuevos’ admiradores descubren al husmear en la gran hemeroteca que es Google es que su historia se remonta a hace mucho, mucho tiempo: concretamente a 1991, cuando fue nombrado ministro. O, por acercarlo algo más, a abril de 1998, cinco meses antes de que la propia Google se fundara, cuando dio un breve salto a la primera línea de la política patria.

Por hacer el cuento corto, podría explicarse en que el PSOE estaba en pleno shock sucesorio después de la (esperada, pero nunca esperada) derrota de Felipe González. Tras catorce años en el poder, el eterno líder se había marchado y el partido debía refundarse. Se había decidido –el aparato encabezado por Felipe González había decidido- que Joaquín Almunia fuera el nuevo líder. Sólo faltaba el trámite de proclamarlo candidato para iniciar el recambio en el partido.

Pero si algo nos ha enseñado la historia del socialismo español es su gran capacidad para contraprogramarse. Josep Borrell ganó la contienda y se inauguró un breve periodo conocido como la ‘bicefalia’, con un líder del partido aupado por el aparato y un candidato proclamado por las bases. Borrell tardaría pocos meses en dimitir por una trama de corrupción que salpicó a dos colaboradores, ni siquiera a él. Casi pareciera que se quitó de en medio al saberse un dolor de muelas para la aristocracia socialista.

De ahí Borrell pasó al olvido. Almunia fue el candidato, perdió, y en un sorprendente congreso en el que se suponía que otro aristócrata de la casa iba a ganar –el sempiterno José Bono- surgió un inesperado José Luis Rodríguez Zapatero que, por un puñado de votos, volvió a contraprogramar al partido. En 2004, el mismo año en que ese sorprendente líder leonés llegó a la Moncloa –‘baraka’, dijo Felipe González de aquello-, Borrell se marchó exiliado a Europa y logró sacar oro de aquel retiro dorado, pasando de eurodiputado a presidente.

Después de tres años de servicio, pasó a otro retiro un poco menos dorado: la presidencia de un instituto europeo en Florencia, donde apenas se colaba en el día a día de la política española. Ese año Jordi Évole, que por aquel entonces todavía era conocido como ‘El Follonero’, le entrevistaba para hablar de Europa y la crisis económica por un libro que acababa de publicar. El programa entonces no era una referencia periodística, sino una especie de programa humorístico con fondo serio –o al revés-.

Tres años después, y de nuevo por otro libro, volvía a colarse en las televisiones nacionales. El tema entonces era algo más concreto, el proceso nacionalista catalán, y la percha le era muy favorable: la televisión autonómica había cancelado una entrevista con él, supuestamente por la tesis antinacionalista del exministro. Otro programa humorístico con fondo serio –o al revés- de La Sexta le devolvía a la palestra: entonces era ‘El gran Wyoming’ quien le traía a colación y le paseaba por el plató.

El cambio llegó un año después, de nuevo de la mano de Jordi Évole y de nuevo en La Sexta. En esta ocasión Évole reunía a cinco exministros de cierta edad en el Senado –lo cual contribuía a envejecer el bodegón- para hablar de la situación política. Uno de los representantes socialistas era Borrell y eclipsó a quien estaba llamada a ser la figura central de aquella función, Esperanza Aguirre. En varias ocasiones el socialista puso en evidencia a la exministra popular, siempre contestando con absoluta tranquilidad a cada una de sus algaradas, ahondando en la sensación de revés argumental.

Aquel programa volvió a colocar a Borrell en el mapa. Para muchos fue eso, un descubrimiento, algo repentino. Un tipo experimentado, capaz nada menos que poner contra las cuerdas a Esperanza Aguirre, no nacionalista, moderado y con bagaje suficiente. ¿Por qué aquel hombre no estaba en la cúpula de un PSOE desnortado y en barrena?

La respuesta es sencilla: porque lo estuvo. Y porque, de hecho, él vivió en sus carnes lo que ahora mismo le ha tocado vivir al ya exsecretario general del PSOE: las fuerzas vivas de su partido no le quisieron y acabó marchándose.

Josep Borrell es un buen síntoma de nuestros días: a pesar de su dilatadísimo currículum, reaparece como por arte de magia y se le coloca como cabeza de cartel. Volvió como se entra en política hoy en día: a través de la televisión. Y volvió justo en el momento en el que los suyos más le necesitan: huérfanos de liderazgo, con la necesidad de una figura capaz de ilusionar a los nuevos y de amalgamar a los poderes fácticos. Un hombre, además, catalán de origen, europeista de formación, culto, experimentado y criado en el seno del socialismo madrileño.

También es muy de nuestros días eso: que se le pinte como única solución posible para el mismo partido que le enterró mucho tiempo atrás. Se ha convertido en poco tiempo en un ‘hype’ político, hasta el punto de que ya circulan cuentas en redes sociales creadas por sus supuestas campañas como candidato a unas hipotéticas primarias socialistas que aún no tienen fecha.

Él, por si acaso, participa con ganas en esta vuelta al ruedo catódica al estilo de la nueva política. Cuando Felipe González disparó la salva que inició el despliegue de los tanques andaluces cruzando Despeñaperros en dirección a Ferraz, Borrell se apresuró en salir a desmentir al exlíder socialista tomando la bandera de Sánchez y ganándose así la simpatía de parte de las bases. A fin de cuentas, se la tiene jurada al establishment socialista que seguramente ahora no le ve con tan malos ojos.

La cuestión es que muchos jóvenes le descubrieron gracias a la televisión, que es como se conoce ahora a los candidatos. El problema es que, entre cargo y cargo, él es el vivo ejemplo de entrada y salida de consejos directivos de altas empresas. Y eso, en la actual batalla por la izquierda, penaliza mucho.

Pero Borrell tiene un importante as en la manga que le puede ayudar a conquistar el apoyo andaluz, si finalmente es candidato. No sólo ha sido capaz de enfrentarse con éxito a la telegenia de Esperanza Aguirre. También supo derrotar a alguien cortado por su mismo patrón –culto, formado, reposado- como es el líder de ERC y cabeza visible del independentismo, Oriol Junqueras.

Borrell no es el único ‘señor mayor’ en condiciones de erigirse como referente de la izquierda. Cuando Pablo Iglesias dio su primer golpe sobre la mesa con la entrada de cuatro eurodiputados de Podemos en el Parlamento Europeo lo hizo con el juez octogenario Carlos Jiménez Villarejo en sus listas. O, por ir a un referente en activo, la figura de Manuela Carmena en la alcaldía de Madrid.

¿Es Borrell lo que necesita el PSOE? No es un mal candidato, por formación y experiencia, y se ha demostrado capaz de conectar con la gente más joven a pesar de su edad. El problema es que en estas guerras internas nada es casual, y su nombre lleva tantos meses en las quinielas –desde la última aparición en ‘Salvados’- que bien podría ser una forma de quemarse antes de empezar la carrera. De momento cabe la duda de si será un candidato o se quedará solamente en un ‘hype’.

Desde 2004 no se buscaba tanto el nombre ‘Josep Borrell’ en Google. Por aquel entonces tenía lugar su primera resurrección política, surgiendo de las listas del cementerio de elefantes que es el Parlamento Europeo para acabar siendo nada menos que su presidente.

Ahora, doce años después, asistimos a su segunda eclosión: la campaña a su alrededor marcándole el camino hacia el liderazgo del PSOE. Pero lo que muchos de esos ‘nuevos’ admiradores descubren al husmear en la gran hemeroteca que es Google es que su historia se remonta a hace mucho, mucho tiempo: concretamente a 1991, cuando fue nombrado ministro. O, por acercarlo algo más, a abril de 1998, cinco meses antes de que la propia Google se fundara, cuando dio un breve salto a la primera línea de la política patria.

Por hacer el cuento corto, podría explicarse en que el PSOE estaba en pleno shock sucesorio después de la (esperada, pero nunca esperada) derrota de Felipe González. Tras catorce años en el poder, el eterno líder se había marchado y el partido debía refundarse. Se había decidido –el aparato encabezado por Felipe González había decidido- que Joaquín Almunia fuera el nuevo líder. Sólo faltaba el trámite de proclamarlo candidato para iniciar el recambio en el partido.

Pero si algo nos ha enseñado la historia del socialismo español es su gran capacidad para contraprogramarse. Josep Borrell ganó la contienda y se inauguró un breve periodo conocido como la ‘bicefalia’, con un líder del partido aupado por el aparato y un candidato proclamado por las bases. Borrell tardaría pocos meses en dimitir por una trama de corrupción que salpicó a dos colaboradores, ni siquiera a él. Casi pareciera que se quitó de en medio al saberse un dolor de muelas para la aristocracia socialista.

De ahí Borrell pasó al olvido. Almunia fue el candidato, perdió, y en un sorprendente congreso en el que se suponía que otro aristócrata de la casa iba a ganar –el sempiterno José Bono- surgió un inesperado José Luis Rodríguez Zapatero que, por un puñado de votos, volvió a contraprogramar al partido. En 2004, el mismo año en que ese sorprendente líder leonés llegó a la Moncloa –‘baraka’, dijo Felipe González de aquello-, Borrell se marchó exiliado a Europa y logró sacar oro de aquel retiro dorado, pasando de eurodiputado a presidente.

Después de tres años de servicio, pasó a otro retiro un poco menos dorado: la presidencia de un instituto europeo en Florencia, donde apenas se colaba en el día a día de la política española. Ese año Jordi Évole, que por aquel entonces todavía era conocido como ‘El Follonero’, le entrevistaba para hablar de Europa y la crisis económica por un libro que acababa de publicar. El programa entonces no era una referencia periodística, sino una especie de programa humorístico con fondo serio –o al revés-.

Tres años después, y de nuevo por otro libro, volvía a colarse en las televisiones nacionales. El tema entonces era algo más concreto, el proceso nacionalista catalán, y la percha le era muy favorable: la televisión autonómica había cancelado una entrevista con él, supuestamente por la tesis antinacionalista del exministro. Otro programa humorístico con fondo serio –o al revés- de La Sexta le devolvía a la palestra: entonces era ‘El gran Wyoming’ quien le traía a colación y le paseaba por el plató.

El cambio llegó un año después, de nuevo de la mano de Jordi Évole y de nuevo en La Sexta. En esta ocasión Évole reunía a cinco exministros de cierta edad en el Senado –lo cual contribuía a envejecer el bodegón- para hablar de la situación política. Uno de los representantes socialistas era Borrell y eclipsó a quien estaba llamada a ser la figura central de aquella función, Esperanza Aguirre. En varias ocasiones el socialista puso en evidencia a la exministra popular, siempre contestando con absoluta tranquilidad a cada una de sus algaradas, ahondando en la sensación de revés argumental.

Aquel programa volvió a colocar a Borrell en el mapa. Para muchos fue eso, un descubrimiento, algo repentino. Un tipo experimentado, capaz nada menos que poner contra las cuerdas a Esperanza Aguirre, no nacionalista, moderado y con bagaje suficiente. ¿Por qué aquel hombre no estaba en la cúpula de un PSOE desnortado y en barrena?

La respuesta es sencilla: porque lo estuvo. Y porque, de hecho, él vivió en sus carnes lo que ahora mismo le ha tocado vivir al ya exsecretario general del PSOE: las fuerzas vivas de su partido no le quisieron y acabó marchándose.

Josep Borrell es un buen síntoma de nuestros días: a pesar de su dilatadísimo currículum, reaparece como por arte de magia y se le coloca como cabeza de cartel. Volvió como se entra en política hoy en día: a través de la televisión. Y volvió justo en el momento en el que los suyos más le necesitan: huérfanos de liderazgo, con la necesidad de una figura capaz de ilusionar a los nuevos y de amalgamar a los poderes fácticos. Un hombre, además, catalán de origen, europeista de formación, culto, experimentado y criado en el seno del socialismo madrileño.

También es muy de nuestros días eso: que se le pinte como única solución posible para el mismo partido que le enterró mucho tiempo atrás. Se ha convertido en poco tiempo en un ‘hype’ político, hasta el punto de que ya circulan cuentas en redes sociales creadas por sus supuestas campañas como candidato a unas hipotéticas primarias socialistas que aún no tienen fecha.

Él, por si acaso, participa con ganas en esta vuelta al ruedo catódica al estilo de la nueva política. Cuando Felipe González disparó la salva que inició el despliegue de los tanques andaluces cruzando Despeñaperros en dirección a Ferraz, Borrell se apresuró en salir a desmentir al exlíder socialista tomando la bandera de Sánchez y ganándose así la simpatía de parte de las bases. A fin de cuentas, se la tiene jurada al establishment socialista que seguramente ahora no le ve con tan malos ojos.

La cuestión es que muchos jóvenes le descubrieron gracias a la televisión, que es como se conoce ahora a los candidatos. El problema es que, entre cargo y cargo, él es el vivo ejemplo de entrada y salida de consejos directivos de altas empresas. Y eso, en la actual batalla por la izquierda, penaliza mucho.

Pero Borrell tiene un importante as en la manga que le puede ayudar a conquistar el apoyo andaluz, si finalmente es candidato. No sólo ha sido capaz de enfrentarse con éxito a la telegenia de Esperanza Aguirre. También supo derrotar a alguien cortado por su mismo patrón –culto, formado, reposado- como es el líder de ERC y cabeza visible del independentismo, Oriol Junqueras.

Borrell no es el único ‘señor mayor’ en condiciones de erigirse como referente de la izquierda. Cuando Pablo Iglesias dio su primer golpe sobre la mesa con la entrada de cuatro eurodiputados de Podemos en el Parlamento Europeo lo hizo con el juez octogenario Carlos Jiménez Villarejo en sus listas. O, por ir a un referente en activo, la figura de Manuela Carmena en la alcaldía de Madrid.

¿Es Borrell lo que necesita el PSOE? No es un mal candidato, por formación y experiencia, y se ha demostrado capaz de conectar con la gente más joven a pesar de su edad. El problema es que en estas guerras internas nada es casual, y su nombre lleva tantos meses en las quinielas –desde la última aparición en ‘Salvados’- que bien podría ser una forma de quemarse antes de empezar la carrera. De momento cabe la duda de si será un candidato o se quedará solamente en un ‘hype’.

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Opiniones 4
  • Señor Ventura. Imagino que soy viejo según su entrada, aunque tenga 29 años, porque yo sí conocía a Borrell desde el año 99 (era un poco pedante con 12 años). Aparte de esa pequeña puntualización, una par de comentarios/discrepancias: el primero, para mí es claro, no hay color entre Carmena y Borrell. Una rueda de prensa de Carmena es un esperpento de estar perdida, contradicciones y balbuceos. Borrell no se ha trastabillado desde el debate del Estado de la Nación del 99. La segunda es más personal: Borrell es todo lo contrario a un ejemplo a las puertas giratorias. No es Aznar, inspector de hacienda con el número 80 y pocos de su promoción que nunca ejerció, o Zapatero, licenciado en Derecho y nada más. No es un político profesional. Ingeniero aeronáutico, catedrático de economía desde antes de entrar en política, profesor universitario, con experiencia laboral antes de entrar en política. Su CV es más completo que el de muchos directivos del IBEX. Vamos, que no está sentado en Abengoa por ser un exministro, o no sólo por eso. Desde luego, puede defender que no está sentado allí sólo por eso.
    Finalmente. retiro dorado ser eurodipitado? Por qué ser eurodiputado es un retiro dorado y no lo es ser diputado? No se trata de una persona elegida democráticamente para representarnos en una cámara? Es un error pensar que al Parlamento Europeo la gente va a retirarse. Alguien ha mirado cuantas normas emanan del Parlamento Europeo al año? Y cuantas del Parlamento español? Lo mismo a alguien le da por mirar y se asusta y resulta que en Bruselas trabajan más que en Madrid.
    Borrell no es un hype, es la prueba de lo que pudo ser España y no fue.

  • Veo que no soy el único que dedica un momento cada dia a otear en google acerca de nuestro catalan preferido. Ojala el señor Borrell gane la batalla por el Psoe, ojalá.

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