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2 de marzo 2016    /   CIENCIA
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Hay un botón para darte placer infinito, pero no es recomendable usarlo

2 de marzo 2016    /   CIENCIA     por          
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En la novela de ciencia ficción Mundoanillo, de Larry Niven, se describe un dispositivo que induce una corriente de placer extremo en el centro del cerebro. Probablemente todos adquiriríamos uno de esos dispositivos si estuviera disponible. La buena noticia es que ya existe. La mala…, que no debería existir.

El primer botón de la felicidad

Decía Hemingway que «la felicidad no es más que buena salud y mala memoria». Es una de tantas recetas que ponen de manifiesto el anhelo por obtener una felicidad casi edénica. Sin embargo, la forma en la que ancestralmente se ha accedido a ese reino ha sido a través de las drogas. Una actitud que también puede observarse en diversas especies animales.

En definitiva, todas las criaturas buscan la felicidad, porque esta se asocia a la supervivencia (y quienes no la buscaron, pues, ya se extinguieron). La felicidad está, en consecuencia, relacionada con el placer, que a su vez está estrechamente vinculado con la nutrición y la reproducción.

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Sin embargo, la mayoría de accesos al Edén son costosos, no son perdurables y tienen efectos secundarios gravosos (por ejemplo, en el caso de la nutrición y la reproducción: obesidad y superpoblación, respectivamente). Hasta hace poco. Imaginemos que pudiéramos hackear los circuitos neuronales de la felicidad. Que pudiéramos producir felicidad a granel sin necesidad de buscar todas las cosas que nos proporcionan efímeros instantes de felicidad.

La estimulación de un área cerebral muy concreta, el núcleo accumbens, basta para suscitar un efecto gratificante, si bien la felicidad está cimentada en experiencias más complejas. Con todo, tal y como explica el neurólogo holandés Dick Swaab en su libro Somos nuestro cerebro:

«Un tumor cerebral en el lóbulo temporal también puede inducir a esa clase de experiencias de felicidad extática, como al sentir un contacto directo con Jesús. Después de que el tumor hubiese sido extirpado, la persona no volvió a tener esas experiencias».

Pasando por alto las leyes éticas más elementales, Robert Galbraith Heath, director del Departamento de Psiquiatría y Neurología de la Universidad Tulane, de Nueva Orleans, experimentó hace unas décadas con los centros del placer del cerebro en pacientes afroamericanos de centros psiquiátricos sin el consentimiento informado de los mismos.

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Tras concebir un pulsador que, al ser accionado, generaba una corriente eléctrica que estimulaba el centro del placer del cerebro, descubrió que sus pacientes se volvían adictos a ese pulsador, olvidándose incluso de comer. Otros experimentos similares llevados a cabo por otros investigadores en mujeres dieron resultados de adicción compulsiva a la recompensa, como explica el neurólogo David J. Linden en su libro La brújula del placer:

«La paciente se autoestimulaba todo el día hasta el punto de descuidar su aseo personal y sus obligaciones familiares. Acabó con una ulceración crónica en la punta del dedo que empleaba para ajustar la intensidad de la estimulación, una intensidad que intentaba aumentar manipulando el aparato. A veces suplicaba a su familia que le limitara el acceso al estimulador, pero no tardaba en exigir que se lo devolvieran».

En 1985, la estimulación magnética transcraneal (TMS) fue desarrollada por Anthony Barker en Sheffield, Inglaterra. Mediante el uso de un imán para despolarizar las neuronas, este método no requiere de cirugía invasiva para estimular el cerebro. Ha sido aprobado por la FDA para el tratamiento del trastorno depresivo mayor en pacientes adultos, pero solo si los medicamentos recetados han fallado.

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En internet también empiezan a comercializarse los primeros dispositivos para practicar el wireheading, la estimulación directa, no exenta de riesgos, de los centros cerebrales. Y, a pesar del peligro que entrañan, hasta se ofrecen tutoriales para construirse en casa uno propio. En highexistence podemos leer un ejemplo de esta nueva tendencia, y también cómo describen de un modo un poco exagerado, y engañoso, los efectos que se pueden obtener:

«Imagina, por un segundo, la dicha definitiva. Éxtasis + ese primer beso + el climax de tu canción preferida + ganar la lotería + el mejor orgasmo que hayas tenido en tu vida x 1.000.000.000. Un placer tan alucinante que casi duele. ¿Y si pudieras vivirlo las veinticuatro horas al día, los siete días de la semana, sin cansarte jamás?».

El secreto es la felicidad con cuentagotas

La felicidad absoluta es la muerte biológica (como hemos visto anteriormente) y también mental (imaginad una psique construida únicamente con los mimbres buenrollistas y simplones de Mr. Wonderful). Pero la falta de felicidad absoluta también lo es, como podemos observar en la anhedonia, una de las características de la depresión que también aparece en la esquizofrenia y el autismo.

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El exceso de optimismo que deriva de la felicidad sin fisuras también es contraproducente. Puede empujarnos a llevar a cabo acciones imprudentes que finalmente nos dañen. Y, en determinadas situaciones, la idea de que las cosas siempre mejoran puede originar un bucle de insatisfacción permanente, tal y como sucedía en un estudio de George Loewenstein, del Carnegie Mellon, en el que plantearon un caso hipotético de colostomía a pacientes del centro médico de Michigan. Tal y como explica Joseph T. Hallinan en sus libro Las trampas de la mente, los que tenían una colostomía permamente eran más felices que quienes la tenían reversible:

«Durante el periodo de seis meses, los investigadores hallaron que los que tenían colostomías permanentes mejoraron rápidamente. Pero los que tenían colostomías reversibles permanecían relativamente insatisfechos. ¿Por qué? La conclusión de Loeweinstein es que «la esperanza impide la adaptación». En otras palabras, si usted tiene que soportar algo, aprenda a vivir con ello. Y cuanto más pronto aprenda a vivir con ello, más feliz será».

A los efectos contraproducentes del optimismo desaforado se les llamada paradoja de Stockedale.

Habida cuenta de cómo funcionan los circuitos de recompensa del cerebro, encontrar una forma de burlarlos y ofrecer siempre una felicidad completa parece que entraría en conflicto con nuestra propia supervivencia. La razón de que el ser humano viva, actúe, piense, sueñe y trace planes estriba en que persigue una felicidad esquiva. Si esta ya se obtiene de forma permanente, sin fisuras, entonces probablemente, como sucedía en los experimentos de Galbraith, nos olvidaríamos de comer, y hasta de vivir. O como lo resume Juan José Sebreli en El asedio a la modernidad:

«El optimismo absoluto es la negación del progreso porque considera que vivimos en el mejor de los mundos, que no es necesario cambiar nada, todo lo que pasa está bien. La idea de progreso es una combinación de pesimismo (las cosas están mal) y de optimismo (las cosas pueden mejorar); pesimista con respecto al presente, a la realidad presentada; optimista en lo referido al porvenir, a las posibilidades».

En la novela de ciencia ficción Mundoanillo, de Larry Niven, se describe un dispositivo que induce una corriente de placer extremo en el centro del cerebro. Probablemente todos adquiriríamos uno de esos dispositivos si estuviera disponible. La buena noticia es que ya existe. La mala…, que no debería existir.

El primer botón de la felicidad

Decía Hemingway que «la felicidad no es más que buena salud y mala memoria». Es una de tantas recetas que ponen de manifiesto el anhelo por obtener una felicidad casi edénica. Sin embargo, la forma en la que ancestralmente se ha accedido a ese reino ha sido a través de las drogas. Una actitud que también puede observarse en diversas especies animales.

En definitiva, todas las criaturas buscan la felicidad, porque esta se asocia a la supervivencia (y quienes no la buscaron, pues, ya se extinguieron). La felicidad está, en consecuencia, relacionada con el placer, que a su vez está estrechamente vinculado con la nutrición y la reproducción.

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Sin embargo, la mayoría de accesos al Edén son costosos, no son perdurables y tienen efectos secundarios gravosos (por ejemplo, en el caso de la nutrición y la reproducción: obesidad y superpoblación, respectivamente). Hasta hace poco. Imaginemos que pudiéramos hackear los circuitos neuronales de la felicidad. Que pudiéramos producir felicidad a granel sin necesidad de buscar todas las cosas que nos proporcionan efímeros instantes de felicidad.

La estimulación de un área cerebral muy concreta, el núcleo accumbens, basta para suscitar un efecto gratificante, si bien la felicidad está cimentada en experiencias más complejas. Con todo, tal y como explica el neurólogo holandés Dick Swaab en su libro Somos nuestro cerebro:

«Un tumor cerebral en el lóbulo temporal también puede inducir a esa clase de experiencias de felicidad extática, como al sentir un contacto directo con Jesús. Después de que el tumor hubiese sido extirpado, la persona no volvió a tener esas experiencias».

Pasando por alto las leyes éticas más elementales, Robert Galbraith Heath, director del Departamento de Psiquiatría y Neurología de la Universidad Tulane, de Nueva Orleans, experimentó hace unas décadas con los centros del placer del cerebro en pacientes afroamericanos de centros psiquiátricos sin el consentimiento informado de los mismos.

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Tras concebir un pulsador que, al ser accionado, generaba una corriente eléctrica que estimulaba el centro del placer del cerebro, descubrió que sus pacientes se volvían adictos a ese pulsador, olvidándose incluso de comer. Otros experimentos similares llevados a cabo por otros investigadores en mujeres dieron resultados de adicción compulsiva a la recompensa, como explica el neurólogo David J. Linden en su libro La brújula del placer:

«La paciente se autoestimulaba todo el día hasta el punto de descuidar su aseo personal y sus obligaciones familiares. Acabó con una ulceración crónica en la punta del dedo que empleaba para ajustar la intensidad de la estimulación, una intensidad que intentaba aumentar manipulando el aparato. A veces suplicaba a su familia que le limitara el acceso al estimulador, pero no tardaba en exigir que se lo devolvieran».

En 1985, la estimulación magnética transcraneal (TMS) fue desarrollada por Anthony Barker en Sheffield, Inglaterra. Mediante el uso de un imán para despolarizar las neuronas, este método no requiere de cirugía invasiva para estimular el cerebro. Ha sido aprobado por la FDA para el tratamiento del trastorno depresivo mayor en pacientes adultos, pero solo si los medicamentos recetados han fallado.

650_1200

En internet también empiezan a comercializarse los primeros dispositivos para practicar el wireheading, la estimulación directa, no exenta de riesgos, de los centros cerebrales. Y, a pesar del peligro que entrañan, hasta se ofrecen tutoriales para construirse en casa uno propio. En highexistence podemos leer un ejemplo de esta nueva tendencia, y también cómo describen de un modo un poco exagerado, y engañoso, los efectos que se pueden obtener:

«Imagina, por un segundo, la dicha definitiva. Éxtasis + ese primer beso + el climax de tu canción preferida + ganar la lotería + el mejor orgasmo que hayas tenido en tu vida x 1.000.000.000. Un placer tan alucinante que casi duele. ¿Y si pudieras vivirlo las veinticuatro horas al día, los siete días de la semana, sin cansarte jamás?».

El secreto es la felicidad con cuentagotas

La felicidad absoluta es la muerte biológica (como hemos visto anteriormente) y también mental (imaginad una psique construida únicamente con los mimbres buenrollistas y simplones de Mr. Wonderful). Pero la falta de felicidad absoluta también lo es, como podemos observar en la anhedonia, una de las características de la depresión que también aparece en la esquizofrenia y el autismo.

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El exceso de optimismo que deriva de la felicidad sin fisuras también es contraproducente. Puede empujarnos a llevar a cabo acciones imprudentes que finalmente nos dañen. Y, en determinadas situaciones, la idea de que las cosas siempre mejoran puede originar un bucle de insatisfacción permanente, tal y como sucedía en un estudio de George Loewenstein, del Carnegie Mellon, en el que plantearon un caso hipotético de colostomía a pacientes del centro médico de Michigan. Tal y como explica Joseph T. Hallinan en sus libro Las trampas de la mente, los que tenían una colostomía permamente eran más felices que quienes la tenían reversible:

«Durante el periodo de seis meses, los investigadores hallaron que los que tenían colostomías permanentes mejoraron rápidamente. Pero los que tenían colostomías reversibles permanecían relativamente insatisfechos. ¿Por qué? La conclusión de Loeweinstein es que «la esperanza impide la adaptación». En otras palabras, si usted tiene que soportar algo, aprenda a vivir con ello. Y cuanto más pronto aprenda a vivir con ello, más feliz será».

A los efectos contraproducentes del optimismo desaforado se les llamada paradoja de Stockedale.

Habida cuenta de cómo funcionan los circuitos de recompensa del cerebro, encontrar una forma de burlarlos y ofrecer siempre una felicidad completa parece que entraría en conflicto con nuestra propia supervivencia. La razón de que el ser humano viva, actúe, piense, sueñe y trace planes estriba en que persigue una felicidad esquiva. Si esta ya se obtiene de forma permanente, sin fisuras, entonces probablemente, como sucedía en los experimentos de Galbraith, nos olvidaríamos de comer, y hasta de vivir. O como lo resume Juan José Sebreli en El asedio a la modernidad:

«El optimismo absoluto es la negación del progreso porque considera que vivimos en el mejor de los mundos, que no es necesario cambiar nada, todo lo que pasa está bien. La idea de progreso es una combinación de pesimismo (las cosas están mal) y de optimismo (las cosas pueden mejorar); pesimista con respecto al presente, a la realidad presentada; optimista en lo referido al porvenir, a las posibilidades».

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