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23 de septiembre 2016    /   IDEAS
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Brexit y el esbozo de tres preguntas incómodas

23 de septiembre 2016    /   IDEAS     por          
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El referéndum celebrado el 23 de junio en el Reino Unido tuvo un inesperado resultado de 1.269.501 votos más en favor de la secesión que de la permanencia en la Unión Europea. El porcentaje fue muy ajustado: 51,9% en favor de la salida y 48,1% en contra. Si comparamos el número de los votantes en favor del Brexit con los 64,88 millones de habitantes del Reino Unido o con los 508,45 millones de habitantes de la Unión se observa cómo la decisión de una minoría puede afectar seriamente la vida de un número muy superior de personas.

La situación producida por el referéndum es apasionante desde el punto de vista de la filosofía política, pues se plantean nuevamente las mismas preguntas que ya se propusieron en la antigüedad. Esbozaré simplemente tres de ellas.

Durante la campaña, los políticos del Brexit prometieron 350 millones de libras semanales para el sistema nacional de salud. Se trataba del importe, eso decían, de la contribución británica a la Unión Europea. Sin embargo, en cuanto ganaron el referéndum reconocieron la inviabilidad de la promesa sobre la que pivotaron sus discursos. Este supuesto concierne a la cuestión clásica de qué ocurre cuando los electores ejercen su voto en condiciones de ignorancia, sea esta causada bien por incapacidad propia, bien por mentira ajena. La solución que Platón propuso en su obra La República fue la del gobierno del filósofo-rey, lo que no se aparta mucho de cuando en la actualidad se imponen gobiernos de tecnócratas o cuando algunas voces aseguran que el voto de una persona analfabeta no debe tener el mismo valor que el de un universitario.

Por otra parte, Escocia, Irlanda del Norte, Gibraltar y Londres votaron en contra del Brexit. Algunas opiniones reclaman que no es legítimo que la decisión mayoritaria global les afecte a ellos en particular. Subyace en este tema el derecho de autodeterminación: si el Reino Unido tiene derecho a la secesión de Europa, ¿por qué Escocia no lo tiene frente al Reino Unido para así seguir en la Unión? Si Cataluña tiene derecho a un referéndum, ¿por qué no lo tiene Lérida con respecto a Cataluña? ¿Y por qué no el Valle de Arán con respecto a Lérida. ¿Cuál es el territorio mínimo donde termina el ejercicio de la autodeterminación? De esta manera, y sin entrar en otras cuestiones sobre legitimidad identitaria o histórica, o en razones económicas, el derecho de autodeterminación incurre en una fractalidad que no se sabe dónde finaliza.

Por último, los votos partidarios de la salida de Europa parecen provenir de las viejas generaciones, mientras que las nuevas son partidarias de permanecer en la Unión. Se argumenta que los jóvenes sufrirán la secesión durante un mayor tiempo que sus mayores, a quienes por naturaleza les quedan menos años de vida. Ya en 1984 el filósofo británico Derek Parfit se planteó en su obra Reasons and Persons una pregunta muy concreta: ¿qué peso hemos de dar a los intereses de las generaciones futuras? ¿Qué responsabilidad tenemos frente a las futuras generaciones? Parfit partió en su análisis del mismo supuesto que el Brexit, una hipotética situación en la que el electorado pudiera optar por una de dos posibilidades, y no llegó a dar ninguna solución puesto que no se puede conocer de antemano cuál de las dos opciones hubiera sido finalmente la opción más conveniente.

En realidad, las tres preguntas anteriores no tienen por objeto la situación británica actual, sino que son cuestiones plenamente vigentes en el día a día de cualquier sistema democrático. La búsqueda de las respuestas demuestra la perpetua vigencia de la denostada filosofía y nos enseña el apoyo que podemos obtener de los maestros para la más difícil de las labores: el permanente aprender a pensar.

El referéndum celebrado el 23 de junio en el Reino Unido tuvo un inesperado resultado de 1.269.501 votos más en favor de la secesión que de la permanencia en la Unión Europea. El porcentaje fue muy ajustado: 51,9% en favor de la salida y 48,1% en contra. Si comparamos el número de los votantes en favor del Brexit con los 64,88 millones de habitantes del Reino Unido o con los 508,45 millones de habitantes de la Unión se observa cómo la decisión de una minoría puede afectar seriamente la vida de un número muy superior de personas.

La situación producida por el referéndum es apasionante desde el punto de vista de la filosofía política, pues se plantean nuevamente las mismas preguntas que ya se propusieron en la antigüedad. Esbozaré simplemente tres de ellas.

Durante la campaña, los políticos del Brexit prometieron 350 millones de libras semanales para el sistema nacional de salud. Se trataba del importe, eso decían, de la contribución británica a la Unión Europea. Sin embargo, en cuanto ganaron el referéndum reconocieron la inviabilidad de la promesa sobre la que pivotaron sus discursos. Este supuesto concierne a la cuestión clásica de qué ocurre cuando los electores ejercen su voto en condiciones de ignorancia, sea esta causada bien por incapacidad propia, bien por mentira ajena. La solución que Platón propuso en su obra La República fue la del gobierno del filósofo-rey, lo que no se aparta mucho de cuando en la actualidad se imponen gobiernos de tecnócratas o cuando algunas voces aseguran que el voto de una persona analfabeta no debe tener el mismo valor que el de un universitario.

Por otra parte, Escocia, Irlanda del Norte, Gibraltar y Londres votaron en contra del Brexit. Algunas opiniones reclaman que no es legítimo que la decisión mayoritaria global les afecte a ellos en particular. Subyace en este tema el derecho de autodeterminación: si el Reino Unido tiene derecho a la secesión de Europa, ¿por qué Escocia no lo tiene frente al Reino Unido para así seguir en la Unión? Si Cataluña tiene derecho a un referéndum, ¿por qué no lo tiene Lérida con respecto a Cataluña? ¿Y por qué no el Valle de Arán con respecto a Lérida. ¿Cuál es el territorio mínimo donde termina el ejercicio de la autodeterminación? De esta manera, y sin entrar en otras cuestiones sobre legitimidad identitaria o histórica, o en razones económicas, el derecho de autodeterminación incurre en una fractalidad que no se sabe dónde finaliza.

Por último, los votos partidarios de la salida de Europa parecen provenir de las viejas generaciones, mientras que las nuevas son partidarias de permanecer en la Unión. Se argumenta que los jóvenes sufrirán la secesión durante un mayor tiempo que sus mayores, a quienes por naturaleza les quedan menos años de vida. Ya en 1984 el filósofo británico Derek Parfit se planteó en su obra Reasons and Persons una pregunta muy concreta: ¿qué peso hemos de dar a los intereses de las generaciones futuras? ¿Qué responsabilidad tenemos frente a las futuras generaciones? Parfit partió en su análisis del mismo supuesto que el Brexit, una hipotética situación en la que el electorado pudiera optar por una de dos posibilidades, y no llegó a dar ninguna solución puesto que no se puede conocer de antemano cuál de las dos opciones hubiera sido finalmente la opción más conveniente.

En realidad, las tres preguntas anteriores no tienen por objeto la situación británica actual, sino que son cuestiones plenamente vigentes en el día a día de cualquier sistema democrático. La búsqueda de las respuestas demuestra la perpetua vigencia de la denostada filosofía y nos enseña el apoyo que podemos obtener de los maestros para la más difícil de las labores: el permanente aprender a pensar.

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