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14 de enero 2017    /   ENTRETENIMIENTO
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Bromear en el trabajo puede catapultar tu estatus o marginarte

14 de enero 2017    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Ser bromista en el entorno laboral entraña peligros y también grandes oportunidades. Si eres capaz de hilvanar bien el chiste, puedes conseguir de un plumazo elevar tu prestigio y fraguarte una imagen de confianza. Pero un fracaso, una broma mal tirada, puede hundirte en el fango y condicionar, desde ese momento, el filtro por el que tus compañeros pasaran tus comentarios.

Una investigación publicada en el Journal of Personality and Social Psychology analiza cómo afecta el humor al tejido de las relaciones laborales y comprueba que es un arma sensible, de precisión. Sus conclusiones son reveladoras y aportan algunos consejos para que el tiro no nos salga por la culata.

Uno de los miembros del equipo, Maurice Schweitzer, cree que no nos tomamos suficientemente  en serio el humor: «El humor es omnipresente, nos rodea en todo momento, y sin embargo normalmente le prestamos poca atención formal», explica a Yorokobu. Se refiere a que desde el punto de vista científico (psicológico, laboral…) se ignora el conocimiento que el guaseo puede aportar sobre las relaciones humanas.

«Mucha gente asume, de manera errónea, que el humor es sólo ruido y que deberíamos concentrarnos únicamente en las herramientas serias que tenemos a mano; pero, en realidad, influencia profundamente nuestras percepciones», propone.

Uno de los primeros experimentos fue proponer a una serie de estudiantes que inventaran testimonios de clientes imaginarios de una empresa de eliminación de residuos de mascotas. Posteriormente, los participantes leyeron los escritos y calificaron a los autores de cada texto. Como recoge el portal Research Digest, uno de los que recibió mejores notas decía lo siguiente: «Muy profesional. Después de limpiar la caca, ni siquiera se molestaron cuando se enteraron de que no tenía mascota». Aquellas apreciaciones que desvariaban y se deslizaban hacia lo cómico recibieron puntuaciones más altas en cuanto al estatus, la confianza y la competencia. Uno parece más hábil e inteligente si sabe manejarse en el cachondeo.

«La gente con sentido del humor lleva consigo grandes destrezas», afirma Schweitzer, «creo que deberíamos atraer y entrenar a las personas en la capacidad de bromear, se trata de una habilidad social extremadamente importante».

Aquellas apreciaciones que desvariaban y se deslizaban hacia lo cómico recibieron puntuaciones más altas en cuanto al estatus, la confianza y la competencia

Cada chiste o comentario gracioso emitido en el entorno laboral entraña un riesgo, aunque, en el fondo, no necesariamente una intentona fallida resulta contraproducente. La horquilla es amplia. Los investigadores plantearon una entrevista de trabajo ficticia. Unos postulantes respondieron con tentativas humorísticas y otros, sencillamente, siguieron con seriedad el curso de las preguntas. El experimento volvió a respaldar a quienes conseguían levantar algunas risas y, además, arrojó un dato curioso y esperanzador, los comentarios grillo o western (esos que generan un silencio desértico atravesado por un matojo), a pesar de la incomodidad que pueden provocar en el emisor, no alcanzan a hundirte la imagen. Es más, lo que no te dan en estatus, te lo aportan en sensación de confianza en ti mismo.

El peligro acecha más allá. «Las bromas pueden fallar de diferentes maneras, las más complicadas son las que pueden ofender a alguien. Para que una broma funcione debe ser ligeramente ofensiva. Elegir el equilibrio correcto es muy difícil, esto nos enseña que el contexto importa. Las que son demasiado sosas fallan en provocar más risas; las demasiado osadas pueden fallar agraviando a los otros», resume el investigador.

Esto explica por qué, de manera tan natural, consideramos a los virtuosos en provocar carcajadas como personas más competentes. El lugar de trabajo añade complejidad a las ya complicadas relaciones sociales. Confluyen la relación de poder, el imperativo de proyectar una imagen que no es la espontánea en absoluto, la conveniencia de mantener un clima agradable por motivos de paz emocional e, incluso, de productividad. Los distintos niveles de jerarquía, hacia arriba y hacia abajo, requieren habilidad para combinar roles y comportamientos sin tropezarse. En este contexto sigilosamente hostil, hay que clavar la broma.

Hasta los más graciosos aterrizan en una nueva oficina con el freno echado. Primero hay que leer al interlocutor, adivinar sus grados de permisividad, calcular a partir de qué escalón de la osadía que requiere toda mofa se le activa la risa. Dar en el punto G de la carcajada. Soltar chistes, además, demuestra adaptabilidad, sosiego, confianza. Salvo en el caso de los cachondos sin empatía, aquellos que asumen que su sentido del humor es el único posible y sueltan una broma poniendo cara de broma, y si no te ríes, jamás piensan que te has ofendido o que no te hace gracia y te señalan con la barbilla descojonada, conminándote, mirándote como si te pasara algo, como si estuvieras roto. Estos desquician porque invaden tu libertad para elegir si sonríes o no. Se trata de una forma de agresión de baja intensidad.

El estatus de todos los que incurrieron en bromas de carácter sexual se desplomó, también en los casos en los que la tentativa cosechó éxitos e hizo reír al interlocutor.

Schweitzer aporta una clave: «Las bromas exitosas son violaciones benignas, violan algunas normas sociales, pero no son amenazantes. Hay que pensar en suposiciones o puntos de vista del mundo e idear maneras de desafiar esas opiniones sin ofender. Es importante que la gente se sienta segura (física y psicológicamente) cuando lo haces», aconseja.

El experimento siguió. Probaron con respuestas de mal gusto como insinuaciones de carácter sexual del tipo «eso es lo que me dijo ella». El estatus de todos los que incurrieron en ellas se desplomó, también en los casos en los que la tentativa cosechó éxitos e hizo reír al interlocutor. Confirmaron que el coste de oportunidad de dejar de hacerse el gracioso era menor que perjuicio que provoca triunfar con burlas desafortunadas.

«Aquí, algunos buenos temas para evitar en el trabajo», sintetiza el investigador, «bromas sobre enfermedades serias, sobre discapacidades físicas o mentales, eventos trágicos (especialmente cuando son cercanos en el tiempo) y temas con los que alguien sea muy sensible, por ejemplo, comentarios que amenacen el orgullo o la competencia de un compañero cuando está inseguro acerca de esas cosas». El camino entre el chiste y el estallido de risa debe ser lo más corto posible, no se puede obligar al oyente a dudar de si partirse el pecho, en ese caso, confronta sus principios y su sensibilidad. De modo que si eres militante del humor negro, más te vale dejarlo para casa o para los grupos de whatsapp donde compartes memes con otros enfermos como tú.

Ser bromista en el entorno laboral entraña peligros y también grandes oportunidades. Si eres capaz de hilvanar bien el chiste, puedes conseguir de un plumazo elevar tu prestigio y fraguarte una imagen de confianza. Pero un fracaso, una broma mal tirada, puede hundirte en el fango y condicionar, desde ese momento, el filtro por el que tus compañeros pasaran tus comentarios.

Una investigación publicada en el Journal of Personality and Social Psychology analiza cómo afecta el humor al tejido de las relaciones laborales y comprueba que es un arma sensible, de precisión. Sus conclusiones son reveladoras y aportan algunos consejos para que el tiro no nos salga por la culata.

Uno de los miembros del equipo, Maurice Schweitzer, cree que no nos tomamos suficientemente  en serio el humor: «El humor es omnipresente, nos rodea en todo momento, y sin embargo normalmente le prestamos poca atención formal», explica a Yorokobu. Se refiere a que desde el punto de vista científico (psicológico, laboral…) se ignora el conocimiento que el guaseo puede aportar sobre las relaciones humanas.

«Mucha gente asume, de manera errónea, que el humor es sólo ruido y que deberíamos concentrarnos únicamente en las herramientas serias que tenemos a mano; pero, en realidad, influencia profundamente nuestras percepciones», propone.

Uno de los primeros experimentos fue proponer a una serie de estudiantes que inventaran testimonios de clientes imaginarios de una empresa de eliminación de residuos de mascotas. Posteriormente, los participantes leyeron los escritos y calificaron a los autores de cada texto. Como recoge el portal Research Digest, uno de los que recibió mejores notas decía lo siguiente: «Muy profesional. Después de limpiar la caca, ni siquiera se molestaron cuando se enteraron de que no tenía mascota». Aquellas apreciaciones que desvariaban y se deslizaban hacia lo cómico recibieron puntuaciones más altas en cuanto al estatus, la confianza y la competencia. Uno parece más hábil e inteligente si sabe manejarse en el cachondeo.

«La gente con sentido del humor lleva consigo grandes destrezas», afirma Schweitzer, «creo que deberíamos atraer y entrenar a las personas en la capacidad de bromear, se trata de una habilidad social extremadamente importante».

Aquellas apreciaciones que desvariaban y se deslizaban hacia lo cómico recibieron puntuaciones más altas en cuanto al estatus, la confianza y la competencia

Cada chiste o comentario gracioso emitido en el entorno laboral entraña un riesgo, aunque, en el fondo, no necesariamente una intentona fallida resulta contraproducente. La horquilla es amplia. Los investigadores plantearon una entrevista de trabajo ficticia. Unos postulantes respondieron con tentativas humorísticas y otros, sencillamente, siguieron con seriedad el curso de las preguntas. El experimento volvió a respaldar a quienes conseguían levantar algunas risas y, además, arrojó un dato curioso y esperanzador, los comentarios grillo o western (esos que generan un silencio desértico atravesado por un matojo), a pesar de la incomodidad que pueden provocar en el emisor, no alcanzan a hundirte la imagen. Es más, lo que no te dan en estatus, te lo aportan en sensación de confianza en ti mismo.

El peligro acecha más allá. «Las bromas pueden fallar de diferentes maneras, las más complicadas son las que pueden ofender a alguien. Para que una broma funcione debe ser ligeramente ofensiva. Elegir el equilibrio correcto es muy difícil, esto nos enseña que el contexto importa. Las que son demasiado sosas fallan en provocar más risas; las demasiado osadas pueden fallar agraviando a los otros», resume el investigador.

Esto explica por qué, de manera tan natural, consideramos a los virtuosos en provocar carcajadas como personas más competentes. El lugar de trabajo añade complejidad a las ya complicadas relaciones sociales. Confluyen la relación de poder, el imperativo de proyectar una imagen que no es la espontánea en absoluto, la conveniencia de mantener un clima agradable por motivos de paz emocional e, incluso, de productividad. Los distintos niveles de jerarquía, hacia arriba y hacia abajo, requieren habilidad para combinar roles y comportamientos sin tropezarse. En este contexto sigilosamente hostil, hay que clavar la broma.

Hasta los más graciosos aterrizan en una nueva oficina con el freno echado. Primero hay que leer al interlocutor, adivinar sus grados de permisividad, calcular a partir de qué escalón de la osadía que requiere toda mofa se le activa la risa. Dar en el punto G de la carcajada. Soltar chistes, además, demuestra adaptabilidad, sosiego, confianza. Salvo en el caso de los cachondos sin empatía, aquellos que asumen que su sentido del humor es el único posible y sueltan una broma poniendo cara de broma, y si no te ríes, jamás piensan que te has ofendido o que no te hace gracia y te señalan con la barbilla descojonada, conminándote, mirándote como si te pasara algo, como si estuvieras roto. Estos desquician porque invaden tu libertad para elegir si sonríes o no. Se trata de una forma de agresión de baja intensidad.

El estatus de todos los que incurrieron en bromas de carácter sexual se desplomó, también en los casos en los que la tentativa cosechó éxitos e hizo reír al interlocutor.

Schweitzer aporta una clave: «Las bromas exitosas son violaciones benignas, violan algunas normas sociales, pero no son amenazantes. Hay que pensar en suposiciones o puntos de vista del mundo e idear maneras de desafiar esas opiniones sin ofender. Es importante que la gente se sienta segura (física y psicológicamente) cuando lo haces», aconseja.

El experimento siguió. Probaron con respuestas de mal gusto como insinuaciones de carácter sexual del tipo «eso es lo que me dijo ella». El estatus de todos los que incurrieron en ellas se desplomó, también en los casos en los que la tentativa cosechó éxitos e hizo reír al interlocutor. Confirmaron que el coste de oportunidad de dejar de hacerse el gracioso era menor que perjuicio que provoca triunfar con burlas desafortunadas.

«Aquí, algunos buenos temas para evitar en el trabajo», sintetiza el investigador, «bromas sobre enfermedades serias, sobre discapacidades físicas o mentales, eventos trágicos (especialmente cuando son cercanos en el tiempo) y temas con los que alguien sea muy sensible, por ejemplo, comentarios que amenacen el orgullo o la competencia de un compañero cuando está inseguro acerca de esas cosas». El camino entre el chiste y el estallido de risa debe ser lo más corto posible, no se puede obligar al oyente a dudar de si partirse el pecho, en ese caso, confronta sus principios y su sensibilidad. De modo que si eres militante del humor negro, más te vale dejarlo para casa o para los grupos de whatsapp donde compartes memes con otros enfermos como tú.

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Opiniones 2
  • En contextos prejuiciosos e intrigosos, las mentalidades crecieron en el rechazo y la inmadurez; por tanto aquellas realidades son inequivocamente marginantes; sin embargo, aún así el sentido del humor bienintencionado encuentra cauce de libertad e integridad, por el que vale la pena vivir.

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