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3 de marzo 2016    /   CREATIVIDAD
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Respeta el brutalismo (I) o los edificios que acabaron siendo símbolo de la distopía

3 de marzo 2016    /   CREATIVIDAD     por          
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Todo se está convirtiendo en ciencia ficción

Le Corbusier no tuvo ninguna duda cuando planteó la Unité d’Habitation de Marsella. Era 1947, acababa de terminar la II Guerra Mundial y vio un momento perfecto para desarrollar algunos de los conceptos que consideraba principales para la arquitectura moderna y que había ido escribiendo y publicando en el pasado. Como dice el crítico William J.R. Curtis, Le Corbusier es uno de los pocos creadores en la historia de la humanidad que generó un modelo completo del mundo. Desde el urbanismo a base de edificios aislados sobre grandes espacios verdes hasta las reglas de escala humana a través del Modulor. Y sí, también el material con el que se construirían sus obras: béton brut. Hormigón visto.

Unité d'Habitation de Marsella. Foto: Vincente Desjardins (CC)
Unité d’Habitation de Marsella. Foto: Vincente Desjardins (CC).

Auge

Se trataba de encontrar la belleza cruda, despojada de aderezos, ornamentos y recubrimientos, que respondiese a la verdadera naturaleza del material. Una belleza sin suavizar, en bruto. Así, la imagen exterior del edificio no respondía a la escala del hombre, sino a su propia condición intrínseca como espacio y como artefacto arquitectónico. De alguna manera, la Unité estaba pensada para vivirse desde dentro y la fachada solo era una respuesta a las necesidades funcionales, espaciales y emocionales del interior.

Crookesmoor
Cubierta de la Unité de Marsella. Foto: Crookesmoor (CC).
Michel-Georges Bernard
Corredor interior de la Unité. Foto: Michel-Georges Bernard (CC).

Tras la experiencia de Marsella, Le Corbusier construyó dos Unités más, una en Nantes y la otra en Berlín, pero la materialización de sus principios dio la vuelta al mundo. En obras propias como Chandigarh en la India o la Iglesia de Ronchamp en el este de Francia; pero también en edificios levantados por todo el globo.

De esos años es el Instituto Salk de Louis I. Kahn en California, el Banco de Londres y Sudamérica de Clorindo Testa en Buenos Aires, la sede de The Economist en Londres de Alison y Peter Smithson, el restaurante Los Manantiales de Felix Candela en Ciudad de México, el gimnasio de Kagawa de Kenzō Tange en Japón o Torres Blancas de Francisco Javier Sáenz de Oiza en Madrid.

Durante las décadas de los 50, 60 y 70 se construyeron algunas de las piezas más poderosas y más sugerentes de la arquitectura contemporánea, en un movimiento que el crítico británico Reyner Banham denominó ‘New Brutalism’ aunque posteriormente sería conocido sencillamente como brutalismo.

Naoyafujii
Gimnasio de la prefectura de Kagawa. Foto: Naoyafujii (CC).

Los arquitectos no adoptaron la etiqueta brutalista, y no porque fuese despectiva, pues en realidad no lo era. Para empezar porque venía del brut francés y no del brutal inglés. Pero sobre todo porque los críticos no lo consideraba un estilo sino una manifestación del ambiente intelectual de los jóvenes arquitectos de la época, que se enfrentaban a la disciplina con un enfoque de integridad moral, alejándose así de la excesiva ligereza y frivolidad que consideraban había caracterizado a la arquitectura del primer Movimiento Moderno.

De hecho, el libro de 1966 donde Banham populariza el término se llama «New Brutalism: Ethic or Aesthetic?» y en sus páginas realiza una defensa razonada de esta aproximación arquitectónica.

SAMEER_MUNDKUR
Instituto Salk en La Jolla. Foto: Sameer Mundkur (CC).
Lasdun
Real Colegio de Médicos en Londres. Obra de Denys Lasdun. Foto: RIBA (CC).

Caída

Sin embargo, a finales de los 70, la arquitectura brutalista había caído en desgracia. En primer lugar porque, efectivamente, la imagen externa de los edificios de hormigón visto no era precisamente amable ni de digestión fácil por el ciudadano convencional. Se diría que el mundo no estaba aún preparado para apreciar una expresión material directa y sin filtros. Se sentía amenazado por esas fachadas pulcras y herméticas.

Y en segundo lugar porque, en un ejercicio de pensamiento profundamente equivocado, se acusó a este tipo de arquitectura de provocar desigualdad social. Esto ocurrió porque el brutalismo fue abrazado sin reparos por instituciones gubernamentales y la mayoría de los edificios habitacionales de este tipo fueron destinados a vivienda social, normalmente para las clases económicas menos pudientes y construidas en zonas básicamente aisladas.

Además, en muchos casos, se tomó la parte más errónea del planteamiento urbanístico corbuseriano sin prestar atención a la calidad puramente arquitectónica. El resultado fueron cientos de bloques protosoviéticos que formaron guetos empobrecidos en el extrarradio de las grandes ciudades, desde la propia URSS hasta los projects estadounidenses.

Las propuestas arquitectónicas podrían contribuir en mayor o menor medida, pero no fueron las causantes únicas de la desigualdad económica. Fueron esencialmente las estrategias políticas las que condenaron a la Unité de Marsella o a los londinenses Robin Hood Gardens de los Smithson a la degradación social.

Homes_91_Baltimore_Projects
Projects de Baltimore en una fotografía circa 1954.

Pero daba igual, el público se tragó la explicación y edificios formidables fueron acusados de crear una sociedad poco menos que totalitaria. Ya en 1966 François Truffaut empleó el Alton West Estate de Londres como fondo del futuro desolador de Fahrenheit 451 y J.G. Ballard colocaba la acción de su novela de 1975 High-Rise en una suerte de rascacielos brutalista hipervitaminado.

Para los 80, el brutalismo, o más bien, una imagen deformada del brutalismo, se había convertido en símbolo de la ciencia ficción distópica. No hay más que pasear por las oscuras calles del Sprawl que William Gibson describía en Neuromante, el libro fundacional del cyberpunk, o sobrevolar esa ciudad de Los Ángeles de 2019 con la que Ridley Scott abría Blade Runner.

FAHRENHEIT
Fotograma de Fahrenheit 451. Imagen: Universal Pictures.
high_rise_novela
Fragmento de la portada de la primera edición de High-Rise.
PORTADA 2
Fotograma de la reciente adaptación de High-Rise. Imagen: StudioCanal.

La producción cultural de la década de los 80 no solo trajo el cyberpunk, las hombreras y el tecno-pop. También vio la eclosión del posmodernismo arquitectónico, nacido en parte como respuesta al brutalismo y padre de algunas de las mayores abominaciones edificatorias que podamos echarnos a los ojos.

Construcciones llenas de frontones, molduras y columnas neo-neoclásicas, neoegipcias y neorrenacentistas, pero hechas con muro cortina de vidrio y pinta de haber sido engendradas por una mezcla entre Mickey Mouse y el Doctor Maligno. Luego se desarrolló el high-tech —hijo directo del brutalismo—, el expresionismo estructural, el deconstructivismo y algún otro ‘ismo’ más, conformando así un panorama con más estilos que el heavy metal.

Pero como el dinosaurio de Monterroso, el hormigón seguía allí. Esperando a que lo redescubriésemos, esperando a que el hombre ajustase su sensibilidad y dejase de necesitar tamices para enfrentarse a construcciones que no eran fáciles, que eran ásperas e incluso antipáticas. Pero también eran honestas en su belleza.

Geisel Library, University of California San Diego La Jolla Campus San Diego, California

 

Todo se está convirtiendo en ciencia ficción

Le Corbusier no tuvo ninguna duda cuando planteó la Unité d’Habitation de Marsella. Era 1947, acababa de terminar la II Guerra Mundial y vio un momento perfecto para desarrollar algunos de los conceptos que consideraba principales para la arquitectura moderna y que había ido escribiendo y publicando en el pasado. Como dice el crítico William J.R. Curtis, Le Corbusier es uno de los pocos creadores en la historia de la humanidad que generó un modelo completo del mundo. Desde el urbanismo a base de edificios aislados sobre grandes espacios verdes hasta las reglas de escala humana a través del Modulor. Y sí, también el material con el que se construirían sus obras: béton brut. Hormigón visto.

Unité d'Habitation de Marsella. Foto: Vincente Desjardins (CC)
Unité d’Habitation de Marsella. Foto: Vincente Desjardins (CC).

Auge

Se trataba de encontrar la belleza cruda, despojada de aderezos, ornamentos y recubrimientos, que respondiese a la verdadera naturaleza del material. Una belleza sin suavizar, en bruto. Así, la imagen exterior del edificio no respondía a la escala del hombre, sino a su propia condición intrínseca como espacio y como artefacto arquitectónico. De alguna manera, la Unité estaba pensada para vivirse desde dentro y la fachada solo era una respuesta a las necesidades funcionales, espaciales y emocionales del interior.

Crookesmoor
Cubierta de la Unité de Marsella. Foto: Crookesmoor (CC).
Michel-Georges Bernard
Corredor interior de la Unité. Foto: Michel-Georges Bernard (CC).

Tras la experiencia de Marsella, Le Corbusier construyó dos Unités más, una en Nantes y la otra en Berlín, pero la materialización de sus principios dio la vuelta al mundo. En obras propias como Chandigarh en la India o la Iglesia de Ronchamp en el este de Francia; pero también en edificios levantados por todo el globo.

De esos años es el Instituto Salk de Louis I. Kahn en California, el Banco de Londres y Sudamérica de Clorindo Testa en Buenos Aires, la sede de The Economist en Londres de Alison y Peter Smithson, el restaurante Los Manantiales de Felix Candela en Ciudad de México, el gimnasio de Kagawa de Kenzō Tange en Japón o Torres Blancas de Francisco Javier Sáenz de Oiza en Madrid.

Durante las décadas de los 50, 60 y 70 se construyeron algunas de las piezas más poderosas y más sugerentes de la arquitectura contemporánea, en un movimiento que el crítico británico Reyner Banham denominó ‘New Brutalism’ aunque posteriormente sería conocido sencillamente como brutalismo.

Naoyafujii
Gimnasio de la prefectura de Kagawa. Foto: Naoyafujii (CC).

Los arquitectos no adoptaron la etiqueta brutalista, y no porque fuese despectiva, pues en realidad no lo era. Para empezar porque venía del brut francés y no del brutal inglés. Pero sobre todo porque los críticos no lo consideraba un estilo sino una manifestación del ambiente intelectual de los jóvenes arquitectos de la época, que se enfrentaban a la disciplina con un enfoque de integridad moral, alejándose así de la excesiva ligereza y frivolidad que consideraban había caracterizado a la arquitectura del primer Movimiento Moderno.

De hecho, el libro de 1966 donde Banham populariza el término se llama «New Brutalism: Ethic or Aesthetic?» y en sus páginas realiza una defensa razonada de esta aproximación arquitectónica.

SAMEER_MUNDKUR
Instituto Salk en La Jolla. Foto: Sameer Mundkur (CC).
Lasdun
Real Colegio de Médicos en Londres. Obra de Denys Lasdun. Foto: RIBA (CC).

Caída

Sin embargo, a finales de los 70, la arquitectura brutalista había caído en desgracia. En primer lugar porque, efectivamente, la imagen externa de los edificios de hormigón visto no era precisamente amable ni de digestión fácil por el ciudadano convencional. Se diría que el mundo no estaba aún preparado para apreciar una expresión material directa y sin filtros. Se sentía amenazado por esas fachadas pulcras y herméticas.

Y en segundo lugar porque, en un ejercicio de pensamiento profundamente equivocado, se acusó a este tipo de arquitectura de provocar desigualdad social. Esto ocurrió porque el brutalismo fue abrazado sin reparos por instituciones gubernamentales y la mayoría de los edificios habitacionales de este tipo fueron destinados a vivienda social, normalmente para las clases económicas menos pudientes y construidas en zonas básicamente aisladas.

Además, en muchos casos, se tomó la parte más errónea del planteamiento urbanístico corbuseriano sin prestar atención a la calidad puramente arquitectónica. El resultado fueron cientos de bloques protosoviéticos que formaron guetos empobrecidos en el extrarradio de las grandes ciudades, desde la propia URSS hasta los projects estadounidenses.

Las propuestas arquitectónicas podrían contribuir en mayor o menor medida, pero no fueron las causantes únicas de la desigualdad económica. Fueron esencialmente las estrategias políticas las que condenaron a la Unité de Marsella o a los londinenses Robin Hood Gardens de los Smithson a la degradación social.

Homes_91_Baltimore_Projects
Projects de Baltimore en una fotografía circa 1954.

Pero daba igual, el público se tragó la explicación y edificios formidables fueron acusados de crear una sociedad poco menos que totalitaria. Ya en 1966 François Truffaut empleó el Alton West Estate de Londres como fondo del futuro desolador de Fahrenheit 451 y J.G. Ballard colocaba la acción de su novela de 1975 High-Rise en una suerte de rascacielos brutalista hipervitaminado.

Para los 80, el brutalismo, o más bien, una imagen deformada del brutalismo, se había convertido en símbolo de la ciencia ficción distópica. No hay más que pasear por las oscuras calles del Sprawl que William Gibson describía en Neuromante, el libro fundacional del cyberpunk, o sobrevolar esa ciudad de Los Ángeles de 2019 con la que Ridley Scott abría Blade Runner.

FAHRENHEIT
Fotograma de Fahrenheit 451. Imagen: Universal Pictures.
high_rise_novela
Fragmento de la portada de la primera edición de High-Rise.
PORTADA 2
Fotograma de la reciente adaptación de High-Rise. Imagen: StudioCanal.

La producción cultural de la década de los 80 no solo trajo el cyberpunk, las hombreras y el tecno-pop. También vio la eclosión del posmodernismo arquitectónico, nacido en parte como respuesta al brutalismo y padre de algunas de las mayores abominaciones edificatorias que podamos echarnos a los ojos.

Construcciones llenas de frontones, molduras y columnas neo-neoclásicas, neoegipcias y neorrenacentistas, pero hechas con muro cortina de vidrio y pinta de haber sido engendradas por una mezcla entre Mickey Mouse y el Doctor Maligno. Luego se desarrolló el high-tech —hijo directo del brutalismo—, el expresionismo estructural, el deconstructivismo y algún otro ‘ismo’ más, conformando así un panorama con más estilos que el heavy metal.

Pero como el dinosaurio de Monterroso, el hormigón seguía allí. Esperando a que lo redescubriésemos, esperando a que el hombre ajustase su sensibilidad y dejase de necesitar tamices para enfrentarse a construcciones que no eran fáciles, que eran ásperas e incluso antipáticas. Pero también eran honestas en su belleza.

Geisel Library, University of California San Diego La Jolla Campus San Diego, California

 

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Opiniones 41
  • Sin tener ninguna de idea de arquitectura, diseño, urbanismo, ni nada por el estilo, no puedo dejar de «opinar» que estos edificios son una agresión brutal a mi sentido de la estética. Por su volumen, por su diseño y especialmente por esa exposición obscena del hormigón. En definitiva, feo.
    Pero para gustos están los colores… incluso el gris del hormigón…

    • La belleza o fealdad es una cosa cultural. Nos enseñan desde pequeños lo que debe considerarse bonito y eso lleva a que, de adultos, no sepamos realmente decir si algo es bonito o es feo. Solo decimos una cosa u otra en función de un recuerdo.

      Y lo mismo ocurre entre diferentes culturas. Cuesta más distinguir lo bonito fuera de la tuya propia.

      Hay edificios brutalistas geniales. Pero mucha gente carece de criterio propio para apreciarlo.

      • Esto ya me ha jodido:
        «La belleza o fealdad es una cosa cultural.»
        NO. Los jodidos Neandertales ya flipaban con las flores, porque son bonitas. La estela de Hammurabi está en el Louvre porque la gente que se la encontró, que no tenía ni idea de qué ponía allí, pensó que aquello debía de ser importante. Cuando se descubrió el busto de Nefertiti, la belleza femenina era completamente distinta de la que se muestra en el busto. Pero a nadie se le ocurrió tirar el busto a la basura.
        La belleza tiene un gran componente cultural, pero el arte trasciende las barreras culturales.

        «Nos enseñan desde pequeños lo que debe considerarse bonito y eso lleva a que, de adultos, no sepamos realmente decir si algo es bonito o es feo.»
        Serás tú. Los adultos normales sabemos decir si algo es bonito o es feo.

        «Solo decimos una cosa u otra en función de un recuerdo.»
        Otra vez… si no tienes criterio o no has estudiado otras culturas, serás tú el que dice una cosa u otra en función de un recuerdo. La gente racional, la gente de mente abierta y la gente que aprende, tiene su propio criterio.

        Lo que a ti te jode es que según el criterio de personas racionales, cultas y abiertas de mente, que pueden ver más guapa a Maki Gotou que a Pamela Anderson, que disfrutan tanto un Ukiyo-e de Hokusai como un grabado de Goya… los edificios brutalistas siguen siendo feos de cojones, una aberración urbanística y un atentado de los arquitectos a la población en general.

        Más quisieras tú que no nos gustaran los edificios brutalistas porque no tenemos criterio.

        «Y lo mismo ocurre entre diferentes culturas. Cuesta más distinguir lo bonito fuera de la tuya propia.»
        A nadie con retinas funcionales le cuesta más trabajo decir que el Taj Mahal y el palacio imperial japonés, o incluso una humilde okiya de Gion, son preciosos, mientras que el brutalismo, que viene de nuestra cultura, es feo como robar a un huérfano tuberculoso.

        «Hay edificios brutalistas geniales. Pero mucha gente carece de criterio propio para apreciarlo.»
        Vamos, que el que no ve bonito lo que te gusta a ti es que no tiene criterio ni cultura.

        Pues lo siento: NO ES ASÍ. No nos gusta el brutalismo porque es antiestético, porque es feo, porque el hormigón se mancha de la hostia, y es una obsolescencia tras la invención de la monocapa; porque crea barrios con problemas sociales; porque potencia los megapelotazos urbanísticos; y sobre todo: porque IGNORA adrede las necesidades vitales de los seres humanos.

        El brutalismo está hecho para que se luzca el arquitecto, no para que vivan las personas. Y eso es lo peor que tiene, con diferencia.

        Dicho esto… ¿has visto el chalet tan majo donde vivía Le Corbusier? Pues ahí es donde quiere vivir la gente, o en un lugar lo más parecido posible a eso.

        Lo siento, pero es que estoy indignada. Como si no fuera bastante pretender vender edificios con un nulo respeto por las necesidades humanas, encima cuando se les dice que lo dejen, que son feos y que no queremos verlos, la respuesta es en plan postmodernista: «no existe lo bello y lo feo, es todo cultural» (entonces tampoco pueden ser bellos estos edificios); Y luego con que «no hay gente con criterio para apreciar el brutalismo». Vamos, que si no te gusta es que no tienes criterio.

        Encima de querer destrozar las ciudades, te llaman idiota por afeárselo. Lo que hay que aguantar.

        • Le Corbusier vivió toda su vida en París, en un apartamento de un edificio diseñado por él mismo. En Porte Molitor, concretamente.

          Y si me admite un consejo, lea usted un poco más antes de opinar tan alegremente, porque hace usted el ridiculo.

          • Mira, chaval, déjate de cuentos que te acaban de dar el baño de tu repajolera vida. Te han pasado por encima con una apisonadora dialéctica. Y en vez de hacer lo que debería todo ser humano racional, esto es, admitirlo o «chantar la mui», encima te cabreas con una pataleta infantil contra todos los argumentos que te han traído. Y para colmo, mintiendo. Porque está clarísimo que te han referido al CHALET de la Costa Azul donde vivió Le Corbusier, en Roquebrune-Cap-Martin… con lo de que «toda su vida vivió en un apartamento» hasta yo te puedo tirar las pruebas a la cara para humillarte aún más de lo que ya lo han hecho: sí, Le Corbusier vivió (también) en un chalet (lo que en francés se llama un «cabanon») ajardinado de madera vista, así que a callar y punto en boca. Que sí, que para los demás hormigonaco y para él, madera, plantas y playa (por cierto, murió ahogado mientras nadaba en la Costa Azul). En la vida, chaval, hay que asumir cuando has perdido y/o te han dado la del pulpo… y «dejar de meneallo». ¿Te ha quedado clarito? Pues eso.

          • Ah, encima, ¿mintiendo? ¿Cómo que «vivió «toda su vida» en un apartamento»? ¿Y los años en este sitio, fueron de la vida de otro?
            https://en.wikipedia.org/wiki/Le_Corbusier#Death

            Es que es de traca. Intentas vender lo invendible. Cuando alguien te dice amablemente (como el primer comentarista, Javier) que no lo ve… primero intentas destrozar el concepto de belleza, y luego básicamente le llamas «inculto sin criterio».

            Cuando te hago ver la incoherencia de Le Corbusier (bonita cabaña), ¡dices que no vivió allí! Pero, ¿no tienes ninguna verdad para defender tu postura?
            https://www.google.es/search?q=le+corbusier+cottage+outside&tbm=isch&tbo=u&source=univ&sa=X&ved=0ahUKEwjK_siw6anLAhWBPBQKHc3EB3sQsAQIHA&biw=1267&bih=693

            Moraleja: cuando alguien quiere defender el brutalismo, solamente puede negar que quienes están en contra tengan criterio y cultura, y además tienen que negar lo que es evidente y comprobable. Faltan los argumentos racionales y probados. De momento, todo son falacias ad hominem y negación de verdades que sí existen.

          • Hola, «cabanon» significa «cobertizo», no «chalet». El cabanon de vacaciones del Corbu media 13,39 m2. Eso no es un chalet. En realidad era un manifiesto, más que otra cosa.

          • Para José Antonio:

            Creo que equivoca el tiro, porque yo no soy Pau y esta es mi segunda intervención.

            En primer lugar, si comprueba el mensaje de Isabel en FB (https://www.facebook.com/groups/SATANemS/permalink/10156623412890581/?comment_id=10156625559870581&comment_tracking={%22tn%22%3A%22R1%22}) verá que dice: «él se fue a un chalet suizo con jardín». Como podrá comprobar mirando un sencillo mapa político, Cap Martin está en Francia, no en Suiza. De hecho, permítame refrescarle la memoria y decirle que Suiza, de momento, no tiene costa en el Mediterráneo.

            En segundo lugar, y como dice el comentarista anterior, el cabanon era una célula habitacional mínima en la que LC puso en práctica los estándares del Modulor, o sea, que medía 3.66 x 3.66 x 2.66. Quizá usted considere a eso un «chalet suizo muy majo», pero me temo que la traducción correcta de petit cabanon es «pequeño cobertizo» o «cabañita». Por cierto, LC pasaba allí parte de sus vacaciones, no era «donde vivía».

            En cualquier caso, entiendo que es difícil esperar que alguien sea capaz de entender el francés cuando tiene un conocimiento tan deficiente de la lengua castellana; pero sí que se podría esperar que, siendo tan profundamente ignorante(s), no fuese(n) usted(es) tan bocazas. Así al menos los demás no nos daríamos cuenta.

          • Mira, esto que le ha hecho Damián a José Antonio sí que es el baño de su vida. Claro que el tal José Antonio/Isabel habrán recibido tantas collejas desde la guardería hasta hoy que una más no la van a notar

  • Cuanto daño ha hecho Le Corbusier con sus ideas de crear edificios al margen de las necesidades de interaccion entre individuos. Sus barrios ideales se han convertido en lugares marginales en los que nadie aspira a vivid.

  • Mi enhorabuena por el artículo, engancha e invita a la profundización.
    Y disculpa la pregunta Pedro, pero de qué corriente era parte Alvar Aalto?
    Lo pregunto porque si te fijas en los característicos matices exteriores de sus obras y retiras ladrillo y madera obtienes algo inquietantemente semejante a lo que podemos ver.

    Gracias, y si no tienes tiempo para responder, no te aflijas, muy buen trabajo.

    • Hola,

      Como intento explicar en el artículo, hay que entender que los arquitectos no se autoconsideraron brutalistas, fue una etiqueta puesta desde fuera, sobre todo a construcciones más o menos rotundas y con una cierta exhibición exterior de la estructura, normalmente de hormigón. Sin embargo, hay obras de James Stirling que se consideraron ‘brick brutalism’ por estar hechas de ladrillo.
      En ese sentido, es posible que algunas piezas de Aalto, como el auditorio de Otaniemi puediesen ser vistas como brutalismo, pero casi siempre fue mucho más orgánico y articulado y menos rotundo en sus formas.

      Un saludo.

  • ¿No es la obra de Félix Candela un ejemplo de reinvención del hormigón en su época, más allá del brutalismo?
    Por otro lado, estoy de acuerdo con Javier, la arquitectura debe ser para todos, y en éstos tiempos que corren, ligera y renovable antes que eterna.

  • Soy el primero en decirlo? SEMS!
    El articulo va de arquitectura brutalista, asi que los iniciados ya deberian saben a que secta de internet corresponde esa sigla… 🙂

  • Qué manía con intentar defender los edificios brutalistas. Son una puta mierda, son asquerosos, y encima haciendo análisis antropológicos resulta que independientemente del dinero que tengan, la gente se suicida más y se droga más en ellos. Por no hablar de que la escasez de bajos comerciales hace que las zonas aledañas se hagan más peligrosas, al faltar el «vigilante anónimo».
    Habrá cosas peores que el brutalismo, sí. Pero el brutalismo es una puta mierda, que solamente puede gustarle al arquitecto que pretende fardar, y sobre todo al político que coge maletín para pegar el pelotazo urbanístico.
    Y no, no existe una belleza «antipática» pero «honesta». Si caen «antipáticos» es porque hacen daño a la vista, y esto no es por que sean de belleza «difícil», sino porque son feos como prender fuego a una guardería con los niños dentro. Sí, son más feos que pegarle a tu madre con un calcetín sudado, hay pocas cosas más feas que un edificio brutalista, y casi todas son cuadros de Bacon. Pero Bacon lo hacía adrede: pretendía revolverte las tripas.
    Lo que me jode del brutalismo y sus defensores es la puta manía de intentar convencer a seres humanos con retinas funcionales de que esos edificios son bellos y si no nos lo parecen es que no estamos educados. Y UNA PUTA MIERDA. No nos parecen bellos porque son feos de cojones.
    Y por cierto, de las fotos de edificios brutalistas que se han visto, lo bonito son la luz del cielo y el sol. Mira como tienen que sacar la foto a mediodía de un día de verano para que se vea algo bonito. ¿A que no ponéis una foto de eso en un día lloviendo o nublado? Porque el brutalismo nunca es bello, como mucho cuando tienes luz de verano a mediodía, deja de acojonar.
    Vamos, que el artículo muy bien escrito. Y dicho esto, estamos fritos de que los arquitectos intenten vendernos esto. Que si el brutalismo es bonito, que si a Cara Delevingne le quedan bien las cejas… Supongo que no vais a parar, pero allá donde vayáis iremos los seres humanos con gusto a deciros que si queréis hacer esas paridas, que sea donde no vivimos los demás.

    • Señora, tómese usted las sales que le va a dar algo!

      No hay más que ver la espeluznante combinación de ignorancia, verborrea y dificultades en la comprensión lectora que acaba de soltar. Dicho lo cual, iba a explicarle un par de conceptos, pero en vista de que a usted lo que le mola es el Sacre Coeur, pues casi que me ahorro el trabajo de intentar educar a alguien que disfruta con las horteradas.

      Un saludo y cuídese las cejas. Fíjese en lo bonitas que las tiene Cara Delavigne. 🙂

  • Vaya, la gente es tontica y le han comido la cabeza para que no le gusten los engendros brutalistas ni quiera vivir entre tablestacas de hormigón. Historia triste :_(

    • Sí. En la actualidad hay una fuerte corriente de reivindicación de edificios del brutalismo (lo contaré en la segunda parte del artículo), y las Unités, los Alton Estates y las obras de Stirling, por ejemplo, se están llenando de habitantes de clase media-alta porque las consideran casi como objetos de culto. De hecho, la Unité es Monumento Nacional en Francia.
      Sin embargo, el Barbican nunca fue un edificio especialmente despreciado, siempre se le tuvo más o menos en buena consideración. Lógico, porque no se contruyó en un extrarradio alejado ni se decicó a gueto de realojo.

      Un saludo.

  • «Para José Antonio:

    Creo que equivoca el tiro, porque yo no soy Pau y esta es mi segunda intervención.»

    Pues yo me he dirigido a «Damián». Y señal de que se ha dado cuenta porque me ha respondido, listillo. Primer zas.

    «Como podrá comprobar mirando un sencillo mapa político, Cap Martin está en Francia, no en Suiza.»

    Ni yo he dicho lo contrario.

    «De hecho, permítame refrescarle la memoria y decirle que Suiza, de momento, no tiene costa en el Mediterráneo.»

    Permítame decirle que eso se lo ha inventado USTED. He afirmado explícitamente que Roquebrune ESTÁ en la costa. No mienta.

    «En segundo lugar, y como dice el comentarista anterior, el cabanon era una célula habitacional mínima en la que LC puso en práctica los estándares del Modulor, o sea, que medía 3.66 x 3.66 x 2.66. Quizá usted considere a eso un “chalet suizo muy majo”, pero me temo que la traducción correcta de petit cabanon es “pequeño cobertizo” o “cabañita”. Por cierto, LC pasaba allí parte de sus vacaciones, no era “donde vivía”.»

    1) Yo he especificado «cabanon». Usted dirá o creerá que eso «no es un chalet». Pues no lo será para usted una vivienda de madera ajardinada al lado de la playa. Es lo mismo que se le está riñendo de que no entiende la apreciación de las personas por el asco hacia el abuso del hormigón brutalista. Donde las dan, las toman.

    2) Otra vez volviendo a mentir. Yo no he especificado en ningún momento que fuera en Suiza, eso lo ha interpretado USTED a partir de lo que otra persona haya dicho. Lo que haya dicho esa persona, lo ha dicho ella.

    3) No mis cojones que no «vivió en él un tiempo». Que usted no lo interprete así es SU problema… una vez más. Y pasó allí bastantes vacaciones. De hecho, le recuerdo que pintaba y diseñaba incluso allí.

    4) La obra de Le Corbusier tiene su mérito (experimental) pero como diseño habitacional deja muuuuuuucho que desear y no sólo en lo estético sino en lo funcional. Que muchas de sus obras eran un mojón, vaya. Y UNA de esas pruebas es el hecho de que para los demás diseñaba con mucho hormigón para habitar… peroél bien que se escapaba a su jardín. De de cogérsela con papel de fumar y atienda al concepto de lo que se le está intentando decir.

    «En cualquier caso, entiendo que es difícil esperar»

    Sí, esperar que ya van DOS baños. Y los que le quedan. Ahí queda para los lectores que pasen, lean y puedan comprobar.

    • Chacho, aquí lo único de lo que se están dando cuenta los lectores es que eres Isabel cambiando cutremente de nombre y también que eres una palurda de tomo y lomo. Eres nuestra Belén Esteban de Hacendado: cuanto más hablas, más palurda demuestras que eres y más nos reímos todos de ti.

      No hagas caso a los demás, tú sigue dando pena todo lo que quieras, que lo estamos disfrutando de lo lindo. Vamos! Ánimo qué tú puedes!

    • Para José Antonio/Isabel:

      A ver, que no, pedazo de ignorante. En el primer comentario usted ha escrito literalmente «en un chalet (lo que en francés se llama un “cabanon”)»
      «Chalet» en francés se llama «chalet», porque precisamente es una palabra francesa. «Cabanon», como ya le hemos dicho dos veces, significa «cobertizo».

      En otro orden de cosas, en vista de la patética colección de estupideces que soltaba en su primer comentario hacia mí y que no tenían nada que ver conmigo, sumado a la primera estupidez de su último comentario, he pensado: «Este tipo cree realmente que yo soy Pau». Así que echando un vistazo al estilo de escritura, los párrafos y el uso de las mayúsculas, he pensado que quizá el comentario de arriba tiene razón y, en efecto, usted e Isabel son la misma persona y, por tanto, cree que todo el mundo necesita estrategias tan infantiles y tan cobardes como hacerse clones en Internet para apoyar sus propios mensajes. No me lo terminaba de creer, así que he vuelto a su mensaje de Facebook y —¡sorpresa!— había editado convenientemente el «chalet suizo» por «casita de madera con jardín». Y, curiosamente, la última edición se produce justamente a las 03:56 AM, es decir, exactamente 8 minutos después de que, ejem, «José Antonio» escribiese su último comentario aquí.

      El problema es que es usted tan triste y tan analfabeta que no sabe que el historial de Facebook es visible, así que me he tomado la molestia de obtener una imagen del momento en el que la pillan con el carrito del helao para que, de hecho, todos los lectores vean el ridículo constante que está usted haciendo: http://i.imgur.com/zXBvD5Y.jpg

      Mire, sería usted la viva imagen de la necedad humana si no fuese por la tremenda lástima y compasión que produce ver su comportamiento. Tiene usted un evidente problema de falta de autoestima, un acusado complejo de inferioridad y un desequilibrio generalizado, así que hágase un favor, aléjese de Internet y busque ayuda en alguna consulta psicológica o psiquiátrica. Créame que la necesita.

  • Demasiado tarde y demasiado breve, este artículo. Hace años que el brutalismo fue satanizado en la saga «Satán es mi Señor», de Vicisitud y Sordidez. No hay nada que hacer frente a las incontables aberraciones que allí exponen, amigo.

  • Me encanta el tono condescendiente que adquieres para con el público.

    Básicamente defiendes, que un edificio se puede hacer bonito (lo anterior) o feo (brutalista) y que si esto último no nos gusta es culpa nuestra porque no entendemos el elevado genio de los grandes arquitectos.

    Lo siento, no puedo mostrarme más en desacuerdo con lo escrito. Aquí lo que veo es el intento de hacernos comulgar con ruedas de molino, donde la única explicación y «autocrítica» que ha hecho el sector sobre un estilo fallido ha sido achacarlo a la incomprensión condescendiente del público.

  • Un arquitectura brutalmente impactantante. Como se suele decir: los estilos y modas, para bien o para mal, vuelven con el tiempo. Quizás dentro de unos años volvamos a construir con este estilo tan agresivo a la vista. Personalmente desearía al menos innovar en el uso de materiales.

  • A ver, desde mi punto de vista, el brutalismo no es eso. Para mí, brutalismo es la arquitectura que deja ver elementos estructurales, y los usa como elementos estéticos, como el Centro Pompidou en París.

    Puedo estar en un error, así que agradecería comentarios constructivos..

  • Totalmente de acuerdo, el brutalismo es una aberración, la sensibilidad humana no responde a esos criterios y nada tiene que ver con un gusto cultural, sino a la pura sensibilidad humana, estoy tan indignado como tú, durante la última mitad del siglo XX han aparecido aberraciones de este estilo como hongos por ciudades bien planificadas, estéticamente bellas, Londres, Madrid, París, Berlín, Atenas y un largo etc de ciudades, y lo peor que los arquitectos en su burbuja siguen lamentándose de que a la gente no le gustan este tipo de edificios porque son demasiado «modernos» para nuestra atrasada sensibilidad… bien, ya han pasado 50 años, ya no cuela, el brutalismo es terriblemente feo y antiestético, y atenta contra los preceptos básicos de la belleza. Los propios arquitectos deberían plantearse de una santa vez por qué para el ser humano llega a tener más reclamo y más belleza incluso ruinas tales como el Partenón o el Coliseo, que estas supuestas «obras de arte»

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