fbpx
27 de mayo 2016    /   CREATIVIDAD
por
 

Burbucar: el lavacoches inspirado en un spa

27 de mayo 2016    /   CREATIVIDAD     por          
Compártelo twitter facebook whatsapp
thumb image

En 2014, Lina Toro decidió abrir su propio estudio de arquitectura e interiorismo. No era la primera vez. En 2003 había fundado junto con otros socios el estudio dosmasunoarquitectos pero, después de diez años y una crisis económica, los tiempos habían cambiado. Lo suficiente como para reinventarse y comenzar, si no de nuevo, sí con otra filosofía empresarial.

«Pertenezco a esa generación de arquitectos que creció profesionalmente bajo el cobijo del big-boom inmobiliario que nos brindó muchas oportunidades. En mi anterior estudio desarrollé junto a mis socios más de cien concursos y un fuerte trabajo editorial. Pudimos construir, pero el cliente era casi siempre la administración pública».

La crisis acabó con ese modelo de negocio y obligó a los estudios a tener que ir en busca del cliente privado. Un cliente al que apenas conocían y al que es necesario seducir para convencerle de que sus servicios son mejores que los de la competencia.

«Además de desarrollar ese trabajo de comunicación y de seducción a través de tu talento, incluso tuve que responsabilizarme de actuar como constructora: conocer el valor de las cosas para ofertarlas, saber gestionar y producir esas ideas que vendo. Así podía tener un control más completo y mi producto no dependería de terceros».

El problema es que, a pesar de todos esos esfuerzos, la incertidumbre sobre cuál será la decisión del cliente es total. De hecho, uno de los últimos trabajos realizados por Lina Toro surgió de una de esas decepciones: después de hacer una propuesta para renovar un gimnasio, el cliente dijo que no.

«Fue la típica situación kamikaze en la que nos vemos envueltos muchos arquitectos. Hacemos propuestas esperando seducir a un cliente, pero esta vez el cliente, un empresario muy interesado en la innovación, me dijo: mis socios han elegido otro proyecto. Sin embargo, tu trabajo me gusta mucho. Tengo un lavacoches».

Burbucar es un negocio de lavado de automóviles situado en los bajos de un edificio residencial de siete plantas en la calle Costa Rica de Madrid. Cuando Lina Toro acudió a verlo para conocer sus características, descubrió que el negocio no necesitaba un mero lavado de cara, sino un cambio radical.

«Era necesario un cambio de vestuario para sus trabajadores, un cambio de logo, mobiliario, señalética… Estaba claro que no era un proyecto de arquitectura, sino mucho más complejo».

A estas complicaciones se sumó el hecho de que el dueño del lavacoches necesitaba tener una buena idea encima de su mesa en un plazo de dos días. Además, una vez aprobado el proyecto, debía ejecutarse en el menor tiempo posible y sin cerrar ni un solo día el local. Para ello, Lina Toro tuvo que buscar una solución que fusionara arquitectura, diseño y técnica.

«Al cliente le enseñé tres imágenes para venderle la idea: una del bar Korova de La naranja mecánica, donde están Alex y sus amigos vestidos de blanco tomando leche con veloceta, para convencerle de que su establecimiento no sería tan solo un lavacoches, sino una escenografía. Otra imagen de la Didden Village de MVRDV, una vivienda atalaya de madera en Rotterdam protegida con pintura de poliuretano, para demostrarle que la solución técnica pasaba por una buena pintura. La última imagen fue la del mítico letrero de Las Vegas, para convencerle de que había que cambiar la imagen corporativa, y que eso empezaba un buen logo».

Además, se propuso hacer del lugar un espacio más diáfano eliminando las barreras que separaban a los peatones y los coches, se iluminó mejor el túnel de lavado, se quitaron los falsos techos del local para dejar a la vista los conductos de aire y se le dio más protagonismo a la depuradora para mostrar a los clientes una de los elementos que caracterizan a este lavacoches: «su preocupación por el medio ambiente materializado en un eficaz sistema de reciclado que permite reutilizar hasta un 80% del agua que se consume».

La reacción del cliente cuando Lina Toro le mostró su propuesta fue más que entusiasta. «De entrada le conquistó el color. Fue un flechazo». También le entusiasmó la idea de hacer del espacio, los trabajadores y los clientes un todo con sentido enseñando la trastienda del negocio, los diferentes pasos del proceso y ofreciendo un placer asociado a la espera.

Lina Toro y su equipo se pusieron manos a la obra y, a pesar de los pocos huecos que deja libres un horario de doce horas de lunes a sábado, en el plazo de un mes la obra estaba finalizada.

Una hazaña cuyo resultado se puede ver, además de acudiendo al local, a través de una serie de vídeos que presentan el proyecto de una forma poco habitual a como se acostumbra a hacer en un sector tan aparentemente serio y ortodoxo como la arquitectura.

«Llevaba varios días pensando cómo hacer el vídeo para este proyecto. Una noche de viernes, viendo el documental El arte de la colaboración: Steven Spielberg y John Williams, vi la escena de Vértigo donde James Stewart y Kim Novak se besan. Inmediatamente supe que quería descontextualizar el proyecto del vídeo de la imagen del lavacoches y mostrar el espacio a través de una situación totalmente ajena a su uso».

Tras dibujar un storyboard, Lina Toro compartió su idea con otros dos miembros de su equipo, Raquel Ruiz y Chema Sánchez-Laforet, quienes le hablaron del colectivo El Hijo Tonto, una compañía de teatro formada por arquitectos, músicos y literatos, entre otros profesionales. Dejó a un lado el storyboard hitchconiano para dar total libertad a El Hijo Tonto, que llevaron la idea de descontextualización al extremo: desaparecería el coche y aparecerían escenas más hedonistas relacionadas con el cuerpo.

«Creo que hay que confiar en el talento de la gente, así que cerré los ojos y dije: «que lo hagan». Efectivamente, la apuesta salió bien. Han creado una pieza bellísima, de altísima calidad visual y musical en la que participaron doce personas y que se rodó en uno de los días más fríos del año. El vídeo es en el fondo una herramienta que refuerza esa idea de que este proyecto no es sólo un lavacoches, sino un spa tecnificado donde perfectamente podría beberse leche con veloceta».

Fotografías: Miguel de Guzmán.

En 2014, Lina Toro decidió abrir su propio estudio de arquitectura e interiorismo. No era la primera vez. En 2003 había fundado junto con otros socios el estudio dosmasunoarquitectos pero, después de diez años y una crisis económica, los tiempos habían cambiado. Lo suficiente como para reinventarse y comenzar, si no de nuevo, sí con otra filosofía empresarial.

«Pertenezco a esa generación de arquitectos que creció profesionalmente bajo el cobijo del big-boom inmobiliario que nos brindó muchas oportunidades. En mi anterior estudio desarrollé junto a mis socios más de cien concursos y un fuerte trabajo editorial. Pudimos construir, pero el cliente era casi siempre la administración pública».

La crisis acabó con ese modelo de negocio y obligó a los estudios a tener que ir en busca del cliente privado. Un cliente al que apenas conocían y al que es necesario seducir para convencerle de que sus servicios son mejores que los de la competencia.

«Además de desarrollar ese trabajo de comunicación y de seducción a través de tu talento, incluso tuve que responsabilizarme de actuar como constructora: conocer el valor de las cosas para ofertarlas, saber gestionar y producir esas ideas que vendo. Así podía tener un control más completo y mi producto no dependería de terceros».

El problema es que, a pesar de todos esos esfuerzos, la incertidumbre sobre cuál será la decisión del cliente es total. De hecho, uno de los últimos trabajos realizados por Lina Toro surgió de una de esas decepciones: después de hacer una propuesta para renovar un gimnasio, el cliente dijo que no.

«Fue la típica situación kamikaze en la que nos vemos envueltos muchos arquitectos. Hacemos propuestas esperando seducir a un cliente, pero esta vez el cliente, un empresario muy interesado en la innovación, me dijo: mis socios han elegido otro proyecto. Sin embargo, tu trabajo me gusta mucho. Tengo un lavacoches».

Burbucar es un negocio de lavado de automóviles situado en los bajos de un edificio residencial de siete plantas en la calle Costa Rica de Madrid. Cuando Lina Toro acudió a verlo para conocer sus características, descubrió que el negocio no necesitaba un mero lavado de cara, sino un cambio radical.

«Era necesario un cambio de vestuario para sus trabajadores, un cambio de logo, mobiliario, señalética… Estaba claro que no era un proyecto de arquitectura, sino mucho más complejo».

A estas complicaciones se sumó el hecho de que el dueño del lavacoches necesitaba tener una buena idea encima de su mesa en un plazo de dos días. Además, una vez aprobado el proyecto, debía ejecutarse en el menor tiempo posible y sin cerrar ni un solo día el local. Para ello, Lina Toro tuvo que buscar una solución que fusionara arquitectura, diseño y técnica.

«Al cliente le enseñé tres imágenes para venderle la idea: una del bar Korova de La naranja mecánica, donde están Alex y sus amigos vestidos de blanco tomando leche con veloceta, para convencerle de que su establecimiento no sería tan solo un lavacoches, sino una escenografía. Otra imagen de la Didden Village de MVRDV, una vivienda atalaya de madera en Rotterdam protegida con pintura de poliuretano, para demostrarle que la solución técnica pasaba por una buena pintura. La última imagen fue la del mítico letrero de Las Vegas, para convencerle de que había que cambiar la imagen corporativa, y que eso empezaba un buen logo».

Además, se propuso hacer del lugar un espacio más diáfano eliminando las barreras que separaban a los peatones y los coches, se iluminó mejor el túnel de lavado, se quitaron los falsos techos del local para dejar a la vista los conductos de aire y se le dio más protagonismo a la depuradora para mostrar a los clientes una de los elementos que caracterizan a este lavacoches: «su preocupación por el medio ambiente materializado en un eficaz sistema de reciclado que permite reutilizar hasta un 80% del agua que se consume».

La reacción del cliente cuando Lina Toro le mostró su propuesta fue más que entusiasta. «De entrada le conquistó el color. Fue un flechazo». También le entusiasmó la idea de hacer del espacio, los trabajadores y los clientes un todo con sentido enseñando la trastienda del negocio, los diferentes pasos del proceso y ofreciendo un placer asociado a la espera.

Lina Toro y su equipo se pusieron manos a la obra y, a pesar de los pocos huecos que deja libres un horario de doce horas de lunes a sábado, en el plazo de un mes la obra estaba finalizada.

Una hazaña cuyo resultado se puede ver, además de acudiendo al local, a través de una serie de vídeos que presentan el proyecto de una forma poco habitual a como se acostumbra a hacer en un sector tan aparentemente serio y ortodoxo como la arquitectura.

«Llevaba varios días pensando cómo hacer el vídeo para este proyecto. Una noche de viernes, viendo el documental El arte de la colaboración: Steven Spielberg y John Williams, vi la escena de Vértigo donde James Stewart y Kim Novak se besan. Inmediatamente supe que quería descontextualizar el proyecto del vídeo de la imagen del lavacoches y mostrar el espacio a través de una situación totalmente ajena a su uso».

Tras dibujar un storyboard, Lina Toro compartió su idea con otros dos miembros de su equipo, Raquel Ruiz y Chema Sánchez-Laforet, quienes le hablaron del colectivo El Hijo Tonto, una compañía de teatro formada por arquitectos, músicos y literatos, entre otros profesionales. Dejó a un lado el storyboard hitchconiano para dar total libertad a El Hijo Tonto, que llevaron la idea de descontextualización al extremo: desaparecería el coche y aparecerían escenas más hedonistas relacionadas con el cuerpo.

«Creo que hay que confiar en el talento de la gente, así que cerré los ojos y dije: «que lo hagan». Efectivamente, la apuesta salió bien. Han creado una pieza bellísima, de altísima calidad visual y musical en la que participaron doce personas y que se rodó en uno de los días más fríos del año. El vídeo es en el fondo una herramienta que refuerza esa idea de que este proyecto no es sólo un lavacoches, sino un spa tecnificado donde perfectamente podría beberse leche con veloceta».

Fotografías: Miguel de Guzmán.

Compártelo twitter facebook whatsapp
¿Vender marcas con publicidad? No, mejor con arte
La muerte y el miedo también son cosas de niños
Los cómics mudos de ‘The DaneMen’ nos muestran el acoso diario del absurdo
Isaac Asimov: ¿De dónde proceden las ideas?
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

El rollo legal de las cookies

La Ley 34/2002 nos obliga a avisarte de que usamos cookies propias y de terceros (ni de cuartos ni de quintos) con objetivos estadísticos y de sesión y para mostrarte la 'publi' que nos da de comer. Tenemos una política de cookies majísima y bla bla bla. Si continúas navegando, asumimos que aceptas y que todo guay. Si no te parece bien, huye y vuelve por donde has venido, que nadie te obliga a entrar aquí. Pincha este enlace para conocer los detalles. Tranquilo, este mensaje solo sale una vez. Esperamos.

ACEPTAR
Aviso de cookies