7 de mayo 2020    /   IDEAS
por
 Rocío Cañero

¿Es mejor decir ‘burbuja’ (de protección) que ‘confinamiento’ (de preso)?

7 de mayo 2020    /   IDEAS     por          Rocío Cañero
Compártelo twitter facebook whatsapp
thumb image

Antes las distancias se medían en horas de avión y kilómetros en Google Maps. 
Era la escala más preciada: el viaje, lo exótico, la aventura.
Ahora las distancias se miden a ojo: «Que ese no se me acerque a menos de dos metros».
Es la escala más valiosa: la salud, la vida, la supervivencia.

El planeta se ha hecho inmenso porque ahora cruzar los Pirineos está a meses de distancia. Los alrededores de casa también han dado de sí. Hay que caminar a lo ancho, estirar el paso para no acercarte a nadie, alejarte de los desaprensivos que pasan por tu lado peinándote el perfil.

Eso ya es inaceptable: el espacio personal se ha ensanchado. Antes arrimarse mucho a alguien era irritante, molesto, maleducado. Hoy tocar a un desconocido es como apretar el botón nuclear. 

burbuja de protección

En casi todo el mundo han llamado a ese trecho salvavidas distancia social. Aunque a muchos no les gusta la expresión. Dicen que parece incitar a evitar las relaciones personales y ahora, más que nunca, las personas deben ayudarse y formar comunidad. El psicólogo de la Universidad de Stanford Jamil Zaki propone socialización distante (aunque… hum… mal arreglo tiene eso, porque el buen hombre no ha escogido una palabra muy cercana. Ha ido a por un clásico del reproche: «Estás frío y distante»).

Dicen que el error radica en que con la expresión distancia social lo que en realidad buscan es distancia física. Que corra el aire. Que nadie contagie a nadie. Por eso algunos proponen llamarlo distancia sanitaria.

Porque las palabras construyen escenarios. Transmiten sensaciones. Ponen de buen o de mal humor. Alegran o agrían la vida. La primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Arden, nunca usa palabras bélicas ni carcelarias ni terroríficas. Ella habla de burbujas: una voz amable que evoca protección y cuidado más que encierro y confinamiento.

«Nos interesa mucho que te quedes en casa, dentro de lo que llamamos tu burbuja, la burbuja de las personas con las que estarás durante las próximas cuatro semanas», dijo Arden en un directo en Facebook.

Aunque, ojo, esta retórica de unicornios no titubea en el mando. Ella misma anunció que la restricción de movimiento en Nueva Zelanda era una de las más estrictas del mundo. Y funcionó. Cuarentena dura en palabras de seda.

Antes las distancias se medían en horas de avión y kilómetros en Google Maps. 
Era la escala más preciada: el viaje, lo exótico, la aventura.
Ahora las distancias se miden a ojo: «Que ese no se me acerque a menos de dos metros».
Es la escala más valiosa: la salud, la vida, la supervivencia.

El planeta se ha hecho inmenso porque ahora cruzar los Pirineos está a meses de distancia. Los alrededores de casa también han dado de sí. Hay que caminar a lo ancho, estirar el paso para no acercarte a nadie, alejarte de los desaprensivos que pasan por tu lado peinándote el perfil.

Eso ya es inaceptable: el espacio personal se ha ensanchado. Antes arrimarse mucho a alguien era irritante, molesto, maleducado. Hoy tocar a un desconocido es como apretar el botón nuclear. 

burbuja de protección

En casi todo el mundo han llamado a ese trecho salvavidas distancia social. Aunque a muchos no les gusta la expresión. Dicen que parece incitar a evitar las relaciones personales y ahora, más que nunca, las personas deben ayudarse y formar comunidad. El psicólogo de la Universidad de Stanford Jamil Zaki propone socialización distante (aunque… hum… mal arreglo tiene eso, porque el buen hombre no ha escogido una palabra muy cercana. Ha ido a por un clásico del reproche: «Estás frío y distante»).

Dicen que el error radica en que con la expresión distancia social lo que en realidad buscan es distancia física. Que corra el aire. Que nadie contagie a nadie. Por eso algunos proponen llamarlo distancia sanitaria.

Porque las palabras construyen escenarios. Transmiten sensaciones. Ponen de buen o de mal humor. Alegran o agrían la vida. La primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Arden, nunca usa palabras bélicas ni carcelarias ni terroríficas. Ella habla de burbujas: una voz amable que evoca protección y cuidado más que encierro y confinamiento.

«Nos interesa mucho que te quedes en casa, dentro de lo que llamamos tu burbuja, la burbuja de las personas con las que estarás durante las próximas cuatro semanas», dijo Arden en un directo en Facebook.

Aunque, ojo, esta retórica de unicornios no titubea en el mando. Ella misma anunció que la restricción de movimiento en Nueva Zelanda era una de las más estrictas del mundo. Y funcionó. Cuarentena dura en palabras de seda.

Compártelo twitter facebook whatsapp
¿Por qué es bueno equivocarse?
Los niños que miraron de frente a la muerte
Los riesgos del pensamiento positivo
Diez buenas noticias sobre el coronavirus
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp
El rollo legal de las cookies

La Ley 34/2002 nos obliga a avisarte de que usamos cookies propias y de terceros (ni de cuartos ni de quintos) con objetivos estadísticos y de sesión y para mostrarte la 'publi' que nos da de comer. Tenemos una política de cookies majísima y bla bla bla. Si continúas navegando, asumimos que aceptas y que todo guay. Si no te parece bien, huye y vuelve por donde has venido, que nadie te obliga a entrar aquí. Pincha este enlace para conocer los detalles. Tranquilo, este mensaje solo sale una vez. Esperamos.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Publicidad