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12 de junio 2014    /   ENTRETENIMIENTO
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Y tú más: ¡Burro! ¡Asno!

12 de junio 2014    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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«Borriquito como tú, tururú, que no sabes ni la u, tururú, borriquito como tú, tururú, yo sé más que tú». Así, con esa maestría en los versos y esa complejidad de rima deleitó Peret los oídos de nuestros padres hace ya unos añitos. Y así, con esta sabiduría popular que me caracteriza, os introduzco el insulto de hoy.


Antes, una reflexión. ¡Vaya tipejos que somos los humanos que, en lugar de agradecer a este animal todos los servicios y ayuda prestada a nuestra raza desde hace siglos, usamos su nombre para insultar al prójimo! Ya nos vale. Fin de la reflexión y al grano.
Si a alguien le llamamos burro, queremos decir con ello que es una persona ruda, ignorante y cerril. «Hombre o niño bruto e incivil», redunda el diccionario. También ocurre lo mismo con su sinónimo, asno. Sin embargo, fue esta segunda palabra (asno) la que primero se usó como insulto ya en la época de los romanos. De hecho, para ellos, aunque resultaba imprescindible para las labores del campo, el asno era un animal holgazán, estúpido y obstinado. Así que no es de extrañar que aplicado a un humano resultara bastante molesto.
Tal era la burla que hacían los romanos unos sobre otros cuando se lo llamaban, que no contentos con la voz añadían también a la injuria el aspaviento. ¿De dónde creéis, si no, que viene el gesto que consiste en colocar los pulgares sobre las sienes y mover las palmas de las manos en señal de burla? Pues de imitar con ello el movimiento de las orejas del burro. Ya veis, no hemos inventado nada.
Así pues, el asno estuvo relacionado con lo zafio, lo rústico y lo simple. Nos explica también Pancracio Celdrán en El gran libro de los insultos que «a su mala reputación en la tradición clásica contribuyó la costumbre egipcia de representar al hombre necio y de servil condición con una figura humana rematada en cabeza de asno». Y por su condición apegada al campo y al trabajo rudo, enseguida se le asoció con el campesino, con el gañán.
Dice don Pancracio que parte de su mala fama viene también del enorme tamaño de su pene (el del asno, no el de don Pancracio) y a su desaforado apetito sexual. Esto ya no puedo asegurarlo: mis conocimientos zoológicos y biológicos no llegan a tanto. Pero algo tendrá que ver porque alguna vez escuché a un viejo decir, hablando de un matrimonio que iba ya por el sexto hijo, y con bastante desprecio en sus palabras: «¡Míralos, como los burros, todo el día subidos uno encima del otro!».
Asno, que no os lo he comentado antes, proviene del latín asinus.
Pero en castellano es burro el término que más ha triunfado, tanto para el insulto como para el nombre común del rucio. Y es, en realidad, un apócope de borrico, así pues su origen etimológico está en burricus, que significaba caballo pequeño.
Para Covarrubias (Tesoro de la lengua castellana), borrico puede venir, a su vez, de borra, que «es el pelo corto de la res que aún no se puede esquilar en vellón». Por tanto, es probable, opinaba el buen Sebastián, que el borrico se llamara así porque tenía ese tipo de pelo, y que además «burro y borrico se pudieron dezir del color burro, que es entre bermejo y pardo, que ordinariamente son desta color los burros». Bueno, es una teoría. Ahí la dejamos.
Lo cierto es que se empezó a usar como equivalente de asno en el siglo XV, aunque no siempre estuvo cargado de negatividad, como su sinónimo. No faltan historias en las que el burro (o la burra) aparecen como bastante más sabios y sensatos que sus dueños. Incluso en la Biblia se le considera como un paradigma de laboriosidad y sensatez. Aristóteles, para más ahondar en el buen nombre del pollino, cuenta en su Historia natural que carece de maldad porque no tiene hiel, lo que le hace inepto para la guerra. Bien mirado, no es un defecto sino una virtud. ¡Fuera líos!
Así pues, queridos niños, antes de volver a insultar a alguien llamándole burro o asno, sería mejor que en lugar de ver un animal tozudo y simple, rememoréis a Platero o al amigo de Shrek. ¿A que ya los veis con otros ojos y no os parece tan malo que os lo llamen? Seamos justos y limpiemos su buen nombre.
Foto: Yiorgos GR – Shutterstock

«Borriquito como tú, tururú, que no sabes ni la u, tururú, borriquito como tú, tururú, yo sé más que tú». Así, con esa maestría en los versos y esa complejidad de rima deleitó Peret los oídos de nuestros padres hace ya unos añitos. Y así, con esta sabiduría popular que me caracteriza, os introduzco el insulto de hoy.


Antes, una reflexión. ¡Vaya tipejos que somos los humanos que, en lugar de agradecer a este animal todos los servicios y ayuda prestada a nuestra raza desde hace siglos, usamos su nombre para insultar al prójimo! Ya nos vale. Fin de la reflexión y al grano.
Si a alguien le llamamos burro, queremos decir con ello que es una persona ruda, ignorante y cerril. «Hombre o niño bruto e incivil», redunda el diccionario. También ocurre lo mismo con su sinónimo, asno. Sin embargo, fue esta segunda palabra (asno) la que primero se usó como insulto ya en la época de los romanos. De hecho, para ellos, aunque resultaba imprescindible para las labores del campo, el asno era un animal holgazán, estúpido y obstinado. Así que no es de extrañar que aplicado a un humano resultara bastante molesto.
Tal era la burla que hacían los romanos unos sobre otros cuando se lo llamaban, que no contentos con la voz añadían también a la injuria el aspaviento. ¿De dónde creéis, si no, que viene el gesto que consiste en colocar los pulgares sobre las sienes y mover las palmas de las manos en señal de burla? Pues de imitar con ello el movimiento de las orejas del burro. Ya veis, no hemos inventado nada.
Así pues, el asno estuvo relacionado con lo zafio, lo rústico y lo simple. Nos explica también Pancracio Celdrán en El gran libro de los insultos que «a su mala reputación en la tradición clásica contribuyó la costumbre egipcia de representar al hombre necio y de servil condición con una figura humana rematada en cabeza de asno». Y por su condición apegada al campo y al trabajo rudo, enseguida se le asoció con el campesino, con el gañán.
Dice don Pancracio que parte de su mala fama viene también del enorme tamaño de su pene (el del asno, no el de don Pancracio) y a su desaforado apetito sexual. Esto ya no puedo asegurarlo: mis conocimientos zoológicos y biológicos no llegan a tanto. Pero algo tendrá que ver porque alguna vez escuché a un viejo decir, hablando de un matrimonio que iba ya por el sexto hijo, y con bastante desprecio en sus palabras: «¡Míralos, como los burros, todo el día subidos uno encima del otro!».
Asno, que no os lo he comentado antes, proviene del latín asinus.
Pero en castellano es burro el término que más ha triunfado, tanto para el insulto como para el nombre común del rucio. Y es, en realidad, un apócope de borrico, así pues su origen etimológico está en burricus, que significaba caballo pequeño.
Para Covarrubias (Tesoro de la lengua castellana), borrico puede venir, a su vez, de borra, que «es el pelo corto de la res que aún no se puede esquilar en vellón». Por tanto, es probable, opinaba el buen Sebastián, que el borrico se llamara así porque tenía ese tipo de pelo, y que además «burro y borrico se pudieron dezir del color burro, que es entre bermejo y pardo, que ordinariamente son desta color los burros». Bueno, es una teoría. Ahí la dejamos.
Lo cierto es que se empezó a usar como equivalente de asno en el siglo XV, aunque no siempre estuvo cargado de negatividad, como su sinónimo. No faltan historias en las que el burro (o la burra) aparecen como bastante más sabios y sensatos que sus dueños. Incluso en la Biblia se le considera como un paradigma de laboriosidad y sensatez. Aristóteles, para más ahondar en el buen nombre del pollino, cuenta en su Historia natural que carece de maldad porque no tiene hiel, lo que le hace inepto para la guerra. Bien mirado, no es un defecto sino una virtud. ¡Fuera líos!
Así pues, queridos niños, antes de volver a insultar a alguien llamándole burro o asno, sería mejor que en lugar de ver un animal tozudo y simple, rememoréis a Platero o al amigo de Shrek. ¿A que ya los veis con otros ojos y no os parece tan malo que os lo llamen? Seamos justos y limpiemos su buen nombre.
Foto: Yiorgos GR – Shutterstock

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