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13 de noviembre 2017    /   IDEAS
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¿Cuántos caballos tiene tu ordenador?

13 de noviembre 2017    /   IDEAS     por          
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La primera vez que el hombre se subió a un caballo descubrió algo prodigioso: que, gracias a él, conseguía llegar a cualquier lugar antes que los demás. En principio, este hecho no le pareció muy relevante, pero poco a poco se fue dando cuenta de las enormes ventajas que esa mayor velocidad respecto al resto de los humanos iba a proporcionarle: podía ganar más tiempo, podía atacar más rápido, podía llegar más lejos…

En definitiva, podía hacer más cosas y más deprisa.

Fue entonces cuando nuestra especie estableció la relación directa entre velocidad y poder. Un poder objetivo (las batallas las ganan quienes tienen más caballeros) y un poder simbólico (quien va a caballo está por encima de los demás). Así, el caballo, durante gran parte de nuestra historia, representó la cumbre de la rapidez y el estatus sobre la tierra.

Fue con la llegada de la industria del vapor cuando los equinos perdieron su hegemonía. La lógica que habían propiciado (domina el más veloz) acabó con ellos al ser sustituidos por las locomotoras primero y por los automóviles después.

Pero si los caballos casi se han extinguido, su mensaje, instaurado durante tantos siglos en nuestro inconsciente colectivo, continúa impoluto. Incluso más que antes, pues la disputa por una mayor rapidez se acabó generalizando en todos los medios de transporte.

Primero entre trasatlánticos, como el famoso Normandie ilustrado por Cassandre, que competía por ganar un nudo de velocidad respecto a sus competidores. Una obsesión en la que se invirtieron billones de dólares y que se vino debajo de golpe con la llegada de la industria aeronáutica.

En tierra, los coches comenzaron a competir entre sí en carreras organizadas, ante la certeza, por parte de sus fabricantes, de que el valor de cada marca estaría relacionado con su velocidad punta. Un sinsentido que nos sigue acompañando hoy en día, pues continuamos fabricando coches que poseen muchos más «caballos» de los que necesitan.

Ahora, la carrera por la velocidad se ha digitalizado. Ya no se trata de cuál es el caballo más rápido, sino cuál es el procesador más veloz. Y tampoco importa el trasatlántico que antes llegue a Nueva York (recordemos el Titanic) o el avión que lo haga en menos horas (recordemos el Concorde).

Las nuevas competiciones tienen que ver con la conexión en internet: la de descarga, la de subida, la de respuesta… Y lo curioso es que, con ellas, hemos entrado de nuevo en esa pugna en la que el ganador es el que llega antes, ya que con ello obtiene información, estatus y poder.

Un poder que consiste, en esencia, en saber las cosas un instante antes que los demás. Pero con eso es suficiente. Con eso ganas al enemigo en la contienda o a tu competidor en los negocios.

No importa a dónde nos lleve la tecnología cuántica, si alcanzaremos la velocidad de la luz o si la superaremos. Lo que cuenta es que al final, con cada nuevo avance, volveremos a sentir lo mismo de siempre: aquello que percibió el hombre hace milenios cuando, por primera vez, un caballo salvaje comenzó a galopar bajo sus piernas.

La primera vez que el hombre se subió a un caballo descubrió algo prodigioso: que, gracias a él, conseguía llegar a cualquier lugar antes que los demás. En principio, este hecho no le pareció muy relevante, pero poco a poco se fue dando cuenta de las enormes ventajas que esa mayor velocidad respecto al resto de los humanos iba a proporcionarle: podía ganar más tiempo, podía atacar más rápido, podía llegar más lejos…

En definitiva, podía hacer más cosas y más deprisa.

Fue entonces cuando nuestra especie estableció la relación directa entre velocidad y poder. Un poder objetivo (las batallas las ganan quienes tienen más caballeros) y un poder simbólico (quien va a caballo está por encima de los demás). Así, el caballo, durante gran parte de nuestra historia, representó la cumbre de la rapidez y el estatus sobre la tierra.

Fue con la llegada de la industria del vapor cuando los equinos perdieron su hegemonía. La lógica que habían propiciado (domina el más veloz) acabó con ellos al ser sustituidos por las locomotoras primero y por los automóviles después.

Pero si los caballos casi se han extinguido, su mensaje, instaurado durante tantos siglos en nuestro inconsciente colectivo, continúa impoluto. Incluso más que antes, pues la disputa por una mayor rapidez se acabó generalizando en todos los medios de transporte.

Primero entre trasatlánticos, como el famoso Normandie ilustrado por Cassandre, que competía por ganar un nudo de velocidad respecto a sus competidores. Una obsesión en la que se invirtieron billones de dólares y que se vino debajo de golpe con la llegada de la industria aeronáutica.

En tierra, los coches comenzaron a competir entre sí en carreras organizadas, ante la certeza, por parte de sus fabricantes, de que el valor de cada marca estaría relacionado con su velocidad punta. Un sinsentido que nos sigue acompañando hoy en día, pues continuamos fabricando coches que poseen muchos más «caballos» de los que necesitan.

Ahora, la carrera por la velocidad se ha digitalizado. Ya no se trata de cuál es el caballo más rápido, sino cuál es el procesador más veloz. Y tampoco importa el trasatlántico que antes llegue a Nueva York (recordemos el Titanic) o el avión que lo haga en menos horas (recordemos el Concorde).

Las nuevas competiciones tienen que ver con la conexión en internet: la de descarga, la de subida, la de respuesta… Y lo curioso es que, con ellas, hemos entrado de nuevo en esa pugna en la que el ganador es el que llega antes, ya que con ello obtiene información, estatus y poder.

Un poder que consiste, en esencia, en saber las cosas un instante antes que los demás. Pero con eso es suficiente. Con eso ganas al enemigo en la contienda o a tu competidor en los negocios.

No importa a dónde nos lleve la tecnología cuántica, si alcanzaremos la velocidad de la luz o si la superaremos. Lo que cuenta es que al final, con cada nuevo avance, volveremos a sentir lo mismo de siempre: aquello que percibió el hombre hace milenios cuando, por primera vez, un caballo salvaje comenzó a galopar bajo sus piernas.

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