2 de febrero 2018    /   DIGITAL
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Cacharros tecnológicos para nostálgicos del papel

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El mundillo digital parece a veces un adolescente que se reafirma a sí mismo peleándose con sus mayores. En el caso del periodismo, por ejemplo, ha existido tradicionalmente una extraña pelea de formatos entre los de digital y los de papel.

Claro está que se pelea por una misma audiencia (los que leen más en un formato leen menos en el otro), pero en realidad no deja de ser una pelea absurda: lo digital es otro formato, con otros recursos y otras técnicas. No por saber trabajar bien en uno de esos mundos se sabe trabajar en el otro. Podría decirse que, aunque se tomen como hermanos, son cosas muy distintas, como es distinto hacer radio o hacer televisión. Es una nueva especie, no la evolución de una antigua, si lo analizas en términos darwinianos.

En el mundillo editorial, el salto a lo digital fue complicado. De hecho, más allá de los ordenadores y los teléfonos móviles, se esperaba con cierta ansia el lanzamiento de las tablets como dispositivos que iban a servir de puente entre ambos bandos en conflicto. El razonamiento era sencillo: por tamaño y formato, una tablet es similar a un papel, así que sería perfecto para reproducir y evolucionar aquello que se hacía en revistas y periódicos.

Ocho años después del lanzamiento del primer iPad es evidente que no ha sido así. Es más, la reconversión de la industria editorial a lo digital ha sido tan lenta y mala que casi parece que nada puede salvarla de la crisis que arrastra, porque ella misma es su crisis.

En este tiempo, sin embargo, se han visto otras tendencias interesantes. Seguimos usando mucho los ordenadores, pero ya no son tan necesarios como antes. Tanto es así, que hay quien prescinde de ellos. Es más, las tablets no han emergido como dispositivos en sí mismos, sino que se han acercado a los ordenadores y se han hibridado con ellos: ahora las computadoras ultraportátiles parecen tablets, y las tablets parecen ordenadores. Dos especies que se van juntando y parece que acabarán uniendo sus líneas evolutivas.

Los móviles parecen los únicos dispositivos que crecen inmutables. Ahora ya no se quiere hacerlos cada vez más pequeños, sino más bien al revés: deben seguir siendo portátiles, pero con enormes pantallas –ya sin bordes ni esquinas– para usar cada vez más contenido audiovisual.

Alrededor, toda una pléyade de pequeños dispositivos que buscan ser la nueva disrupción: relojes inteligentes aún dependientes del móvil, altavoces que esconden asistentes domésticos, auriculares –y otros periféricos– inalámbricos… En general podría decirse que lo digital goza de tan buena salud que parece que lo impreso de toda la vida está condenado a morir.

Tecnología para nostálgicos del papel

Sin embargo, y es lo curioso, la gente sigue usando el papel. Lo de curioso viene porque lo digital tiene unas ventajas enormes, no ya como formato para la industria editorial, sino para la vida misma. Se ahorran costes, no hay impresiones, no hay inversión en transporte o almacenamiento, no hay excedentes tirados a la basura y –quizá lo más interesante no sea algo económico– nada queda desactualizado o corre el riesgo de destruirse.

El ejemplo más práctico de esa utilidad es el del periódico impreso a las 5 de la mañana, que ya a la hora del café es viejo porque, en realidad, lleva las noticias de ayer. O la enciclopedia que recoge con todo lujo de detalles información sobre alguien que ya no ocupa el cargo que ahí aparece; o la bandera de un país que acaba de sufrir variaciones importantes. El papel no sobrevive a cambios, ni errores, ni reestructuraciones: la palabra impresa queda grabada, y solo otra impresión puede enmendar lo hecho (salvo algunas impresoras capaces de borrar y reimprimir, que también las hay).

Pero, nada, que el usuario sigue usando papel: libretitas, post-its, papeles en sucio… Llevar un ordenador o una tablet a una reunión para tomar notas es muy práctico, pero muchos siguen llevando su cuaderno y su bolígrafo para tales menesteres. Aunque eso implique que luego haya que pasarlo al ordenador. Será poco práctico, pero es la forma en que mucha gente aprendió a plasmar ideas, y hay ciertos hábitos que la tecnología no puede cortar de raíz.

Así las cosas, los fabricantes, que no son tontos, han intentado tirar del filón con productos tecnológicos llamados a seducir a los más reticentes. Un puente entre dos especies reñidas que el común de los consumidores aún no ha terminado de disociar del todo.

Es el caso, por ejemplo, de los creadores de RocketBook. Se trata de una libreta hecha con un polímero plástico que parece papel (algo más duro). La cosa es que tiene una superficie que permite la escritura con un modelo comercial de bolígrafo que permite su borrado. En sus primeras versiones, el borrado se hacía introduciendo la libreta en el microondas –el calor eliminaba la tinta–, pero en sus últimos lanzamientos han permitido que tanto el calor como la humedad sirvan para borrar –así que el rozamiento o una toallita bastan para dejar el papel blanco de nuevo–.

La compañía se aventuró a lanzar sus productos vía crowdfunding y no les fue nada mal. El atractivo fundamental era el del borrado y reutilización, aunque en realidad no era lo único. Las hojas vienen marcadas con puntos para facilitar la escritura… y para permitir el escaneo rápido de sus páginas. Al pie, una serie de símbolos sirven para conectar, mediante una app, con diversos servicios. Así, según la casilla que marques, puedes escanear como PDF la página que acabas de rellenar y enviarla por mail, o subirla a tu servicio favorito en la nube (Drive, Dropbox y demás).

En una línea similar trabajan los creadores de Evopaper, que en lugar de un cuaderno han lanzado una agenda de papel. Las páginas no vienen con fecha, de forma que el mismo producto vale para cualquier año –eso sí, el usuario es el que tiene que poner el día y el mes en cada página–.

El encanto de esta agenda es que dedica una doble página a cada día: a la derecha, espacio en blanco para anotar lo que se quiera –o hacer una línea temporal–; y a la izquierda, un diagrama con forma de esfera de reloj para rellenar eventos. A través de su app se puede escanear dicha esfera una vez rellenada y los eventos allí registrados, previo paso de verificación, se sincronizan con los calendarios deseados (de Apple o Google, por citar los más comunes).

De nuevo, la idea de combinar la anotación tradicional con sincronizar todos los eventos en la nube es el principal atractivo del producto. Eso y que tienen una línea de diseño muy similar a los atractivos Moleskine. La tecnología con diseño entra mejor.

Uno diría que en esta carrera por la digitalización hay grandes perdedores, y que uno podría ser precisamente Moleskine. Su producto, sin embargo, sobrevivía bien a la tendencia por dos motivos. El primero, ya citado, era el diseño; el segundo, el rollito retrohípster tan en boga hoy en día, también como tendencia contratecnológica.

Moleskine es un buen ejemplo de producto vendido a precio de oro por una sencilla cuestión de imagen. Es un poco como Nespresso: básicamente hacen café, pero le dan un rollo tan exclusivo al tema que acaba uno dispuesto a pagar las cápsulas y a comprar sus cafeteras. El producto, en ambos casos, va de la mano –las libretas son cómodas y el café está bueno–, pero no dejan de ser eso, libretas caras y café caro.

Pero también Moleskine ha querido evolucionar. Así, han lanzado su Smart Writing Set, que básicamente conecta sus cuadernos y agendas con tus calendarios online a través, en este caso, de un bolígrafo especial… a un precio muy Moleskine. También han lanzado sus propias apps –preciosas, solo para Apple y de pago– de notas, dibujos, calendario y diseños.

Lo de usar un lápiz especial para digitalizar contenido no es nuevo. A pesar de que Steve Jobs abominara de la idea hace muchos años, se ha usado como ayuda para tocar y usar muchos dispositivos, fundamentalmente tablets, pero también móviles. Ahora, ya sin Steve Jobs, hasta Apple se ha apuntado al carro, para su iPad Pro, de algo muy similar a lo que Microsoft hizo para su ordenador-tablet bautizada como Surface.

En esos casos el lápiz está pensado para dibujar directamente sobre la pantalla, una adaptación similar a la que ha hecho Wacom al orientarse menos a lo profesional y más al usuario medio con modelos como Bamboo. Lo de tomar notas y escribir funciona también, pero no es tan usable.

Hay, sin embargo, dispositivos pensados exclusivamente para ello. Es el caso de reMarkable, que se presenta directamente como «la tablet para la gente que prefiere el papel». Básicamente es eso, un cuaderno de notas escondido en una tablet en la que escribir encima.

Aunque, claro, la gente que quiere usar papel igual también quiere usar bolígrafos normales y no versiones tecnológicas adaptadas, que además de caras pueden ser frágiles y un tanto aparatosas. Para ellos existen también soluciones, aunque de nuevo más centradas en el diseño y el dibujo que en la escritura natural.

Es el caso de The Slate, un anillo para lápices y bolígrafos. Su uso es sencillo: lo pones en tu pluma –o bolígrafo o lápiz– favorito y dibujas. El anillo lee los movimientos y los traslada a la pantalla, digitalizando cada trazo, y eso vale tanto para dibujar como para dar color.

La propuesta pasa por invertir lo que se suele hacer: no es escribir o dibujar sobre un dispositivo, ni usar un dispositivo como herramienta de dibujo. Es, sencillamente, un detector de movimiento para capturar un proceso tradicional de escritura o dibujo y plasmarlo en la pantalla.

Por cierto, lo de ahorrar costes de lo digital frente al papel es más bien teórico. Algunos de estos dispositivos son algo caros (aunque no prohibitivos). Todo depende de cómo de nostálgico del papel seas…

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El mundillo digital parece a veces un adolescente que se reafirma a sí mismo peleándose con sus mayores. En el caso del periodismo, por ejemplo, ha existido tradicionalmente una extraña pelea de formatos entre los de digital y los de papel.

Claro está que se pelea por una misma audiencia (los que leen más en un formato leen menos en el otro), pero en realidad no deja de ser una pelea absurda: lo digital es otro formato, con otros recursos y otras técnicas. No por saber trabajar bien en uno de esos mundos se sabe trabajar en el otro. Podría decirse que, aunque se tomen como hermanos, son cosas muy distintas, como es distinto hacer radio o hacer televisión. Es una nueva especie, no la evolución de una antigua, si lo analizas en términos darwinianos.

En el mundillo editorial, el salto a lo digital fue complicado. De hecho, más allá de los ordenadores y los teléfonos móviles, se esperaba con cierta ansia el lanzamiento de las tablets como dispositivos que iban a servir de puente entre ambos bandos en conflicto. El razonamiento era sencillo: por tamaño y formato, una tablet es similar a un papel, así que sería perfecto para reproducir y evolucionar aquello que se hacía en revistas y periódicos.

Ocho años después del lanzamiento del primer iPad es evidente que no ha sido así. Es más, la reconversión de la industria editorial a lo digital ha sido tan lenta y mala que casi parece que nada puede salvarla de la crisis que arrastra, porque ella misma es su crisis.

En este tiempo, sin embargo, se han visto otras tendencias interesantes. Seguimos usando mucho los ordenadores, pero ya no son tan necesarios como antes. Tanto es así, que hay quien prescinde de ellos. Es más, las tablets no han emergido como dispositivos en sí mismos, sino que se han acercado a los ordenadores y se han hibridado con ellos: ahora las computadoras ultraportátiles parecen tablets, y las tablets parecen ordenadores. Dos especies que se van juntando y parece que acabarán uniendo sus líneas evolutivas.

Los móviles parecen los únicos dispositivos que crecen inmutables. Ahora ya no se quiere hacerlos cada vez más pequeños, sino más bien al revés: deben seguir siendo portátiles, pero con enormes pantallas –ya sin bordes ni esquinas– para usar cada vez más contenido audiovisual.

Alrededor, toda una pléyade de pequeños dispositivos que buscan ser la nueva disrupción: relojes inteligentes aún dependientes del móvil, altavoces que esconden asistentes domésticos, auriculares –y otros periféricos– inalámbricos… En general podría decirse que lo digital goza de tan buena salud que parece que lo impreso de toda la vida está condenado a morir.

Tecnología para nostálgicos del papel

Sin embargo, y es lo curioso, la gente sigue usando el papel. Lo de curioso viene porque lo digital tiene unas ventajas enormes, no ya como formato para la industria editorial, sino para la vida misma. Se ahorran costes, no hay impresiones, no hay inversión en transporte o almacenamiento, no hay excedentes tirados a la basura y –quizá lo más interesante no sea algo económico– nada queda desactualizado o corre el riesgo de destruirse.

El ejemplo más práctico de esa utilidad es el del periódico impreso a las 5 de la mañana, que ya a la hora del café es viejo porque, en realidad, lleva las noticias de ayer. O la enciclopedia que recoge con todo lujo de detalles información sobre alguien que ya no ocupa el cargo que ahí aparece; o la bandera de un país que acaba de sufrir variaciones importantes. El papel no sobrevive a cambios, ni errores, ni reestructuraciones: la palabra impresa queda grabada, y solo otra impresión puede enmendar lo hecho (salvo algunas impresoras capaces de borrar y reimprimir, que también las hay).

Pero, nada, que el usuario sigue usando papel: libretitas, post-its, papeles en sucio… Llevar un ordenador o una tablet a una reunión para tomar notas es muy práctico, pero muchos siguen llevando su cuaderno y su bolígrafo para tales menesteres. Aunque eso implique que luego haya que pasarlo al ordenador. Será poco práctico, pero es la forma en que mucha gente aprendió a plasmar ideas, y hay ciertos hábitos que la tecnología no puede cortar de raíz.

Así las cosas, los fabricantes, que no son tontos, han intentado tirar del filón con productos tecnológicos llamados a seducir a los más reticentes. Un puente entre dos especies reñidas que el común de los consumidores aún no ha terminado de disociar del todo.

Es el caso, por ejemplo, de los creadores de RocketBook. Se trata de una libreta hecha con un polímero plástico que parece papel (algo más duro). La cosa es que tiene una superficie que permite la escritura con un modelo comercial de bolígrafo que permite su borrado. En sus primeras versiones, el borrado se hacía introduciendo la libreta en el microondas –el calor eliminaba la tinta–, pero en sus últimos lanzamientos han permitido que tanto el calor como la humedad sirvan para borrar –así que el rozamiento o una toallita bastan para dejar el papel blanco de nuevo–.

La compañía se aventuró a lanzar sus productos vía crowdfunding y no les fue nada mal. El atractivo fundamental era el del borrado y reutilización, aunque en realidad no era lo único. Las hojas vienen marcadas con puntos para facilitar la escritura… y para permitir el escaneo rápido de sus páginas. Al pie, una serie de símbolos sirven para conectar, mediante una app, con diversos servicios. Así, según la casilla que marques, puedes escanear como PDF la página que acabas de rellenar y enviarla por mail, o subirla a tu servicio favorito en la nube (Drive, Dropbox y demás).

En una línea similar trabajan los creadores de Evopaper, que en lugar de un cuaderno han lanzado una agenda de papel. Las páginas no vienen con fecha, de forma que el mismo producto vale para cualquier año –eso sí, el usuario es el que tiene que poner el día y el mes en cada página–.

El encanto de esta agenda es que dedica una doble página a cada día: a la derecha, espacio en blanco para anotar lo que se quiera –o hacer una línea temporal–; y a la izquierda, un diagrama con forma de esfera de reloj para rellenar eventos. A través de su app se puede escanear dicha esfera una vez rellenada y los eventos allí registrados, previo paso de verificación, se sincronizan con los calendarios deseados (de Apple o Google, por citar los más comunes).

De nuevo, la idea de combinar la anotación tradicional con sincronizar todos los eventos en la nube es el principal atractivo del producto. Eso y que tienen una línea de diseño muy similar a los atractivos Moleskine. La tecnología con diseño entra mejor.

Uno diría que en esta carrera por la digitalización hay grandes perdedores, y que uno podría ser precisamente Moleskine. Su producto, sin embargo, sobrevivía bien a la tendencia por dos motivos. El primero, ya citado, era el diseño; el segundo, el rollito retrohípster tan en boga hoy en día, también como tendencia contratecnológica.

Moleskine es un buen ejemplo de producto vendido a precio de oro por una sencilla cuestión de imagen. Es un poco como Nespresso: básicamente hacen café, pero le dan un rollo tan exclusivo al tema que acaba uno dispuesto a pagar las cápsulas y a comprar sus cafeteras. El producto, en ambos casos, va de la mano –las libretas son cómodas y el café está bueno–, pero no dejan de ser eso, libretas caras y café caro.

Pero también Moleskine ha querido evolucionar. Así, han lanzado su Smart Writing Set, que básicamente conecta sus cuadernos y agendas con tus calendarios online a través, en este caso, de un bolígrafo especial… a un precio muy Moleskine. También han lanzado sus propias apps –preciosas, solo para Apple y de pago– de notas, dibujos, calendario y diseños.

Lo de usar un lápiz especial para digitalizar contenido no es nuevo. A pesar de que Steve Jobs abominara de la idea hace muchos años, se ha usado como ayuda para tocar y usar muchos dispositivos, fundamentalmente tablets, pero también móviles. Ahora, ya sin Steve Jobs, hasta Apple se ha apuntado al carro, para su iPad Pro, de algo muy similar a lo que Microsoft hizo para su ordenador-tablet bautizada como Surface.

En esos casos el lápiz está pensado para dibujar directamente sobre la pantalla, una adaptación similar a la que ha hecho Wacom al orientarse menos a lo profesional y más al usuario medio con modelos como Bamboo. Lo de tomar notas y escribir funciona también, pero no es tan usable.

Hay, sin embargo, dispositivos pensados exclusivamente para ello. Es el caso de reMarkable, que se presenta directamente como «la tablet para la gente que prefiere el papel». Básicamente es eso, un cuaderno de notas escondido en una tablet en la que escribir encima.

Aunque, claro, la gente que quiere usar papel igual también quiere usar bolígrafos normales y no versiones tecnológicas adaptadas, que además de caras pueden ser frágiles y un tanto aparatosas. Para ellos existen también soluciones, aunque de nuevo más centradas en el diseño y el dibujo que en la escritura natural.

Es el caso de The Slate, un anillo para lápices y bolígrafos. Su uso es sencillo: lo pones en tu pluma –o bolígrafo o lápiz– favorito y dibujas. El anillo lee los movimientos y los traslada a la pantalla, digitalizando cada trazo, y eso vale tanto para dibujar como para dar color.

La propuesta pasa por invertir lo que se suele hacer: no es escribir o dibujar sobre un dispositivo, ni usar un dispositivo como herramienta de dibujo. Es, sencillamente, un detector de movimiento para capturar un proceso tradicional de escritura o dibujo y plasmarlo en la pantalla.

Por cierto, lo de ahorrar costes de lo digital frente al papel es más bien teórico. Algunos de estos dispositivos son algo caros (aunque no prohibitivos). Todo depende de cómo de nostálgico del papel seas…

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