29 de agosto 2013    /   CREATIVIDAD
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La muerte: miedo, juerga, mitos y ritos

29 de agosto 2013    /   CREATIVIDAD     por          
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La indeseable. La malquerida. La muerte es esa sombra que sigue al paso cuando descubres que no eres inmortal. La muerte es el único destino que nadie conoce y, aun así, todos van. El único destino sin destino. El lugar imposible de situar en el mapa y dibujado desde las fantasías más antiguas y la imaginación más remota. El tiempo acabó convirtiendo esas ilusiones en tradición cultural y, así, en cada lugar del planeta nació una certeza sobre el sino del muerto.

La China más tradicional no tiene miedo a la muerte. Las personas mayores van haciendo sus ataúdes, con paciencia y esmero, como el que construye un barco que cruzará el Eufrates. En Occidente la muerte es la desintegración más amarga jamás imaginada. La negación total, el apagón, la profundidad más ahogada en la nada.

En México la muerte es ambivalente. El Día de muertos (1 de noviembre) este país es una fiesta. No un festivo en el que llorar las ausencias. Es una fiesta de verdad. Una celebración alegre y colorida. Así es conocida en el mundo y así es, efectivamente, su esencia estética. Pero la muerte tiene puerta de atrás. En su vertiente existencial, igual que ocurre en medio mundo, da pavor. Esta dualidad y este “falso mito” de que los mexicanos no tienen miedo a la muerte está dibujado en 100 calaveras. Las ha diseñado Javier Henríquez y han sido expuestas por primera vez en Guadalajara (México).

El proyecto se titula CalaDeVeras y, como dice el diseñador Alejandro Magallanes en la presentación de la obra, “el título es una ironía del cliché maldito de ‘el mexicano se burla de la muerte’, que ni es cierto porque, la verdad, es mejor estar vivo». Quizá lo que varía en la esencia mexicana es la forma de afrontar la muerte. O, al menos, el modo en que se habla de ella. “Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios”, escribió Octavio Paz en El laberinto de la soledad. “El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente. Cierto, en su actitud hay quizá tanto miedo como en la de los otros; mas al menos no se esconde ni la esconde; la contempla cara a cara con impaciencia, desdén o ironía: Si me han de matar mañana, que me maten de una vez”.

Alejandro Magallanes: «El título de CalaDeVeras es una ironía del cliché maldito del mexicano se burla de la muerte»

Estaba Javier Henríquez en Puebla, apenas cinco años atrás, cuando amaneció un 1 de noviembre. Era el Día de muertos. La ciudad despertó en una fiesta. Era uno de esos días en los que la calle estaba llena de esqueletos de juguete, calaveras de azúcar y panes que simulan huesos humanos. Representaciones populares que, como decía Octavio Paz en El laberinto de la soledad, “son siempre burla de la vida, afirmación de la nadería e insignificancia de la humana existencia”.

En esto que Javier Henríquez salió a la calle y encontró una exposición de altares de muertos. “Empecé a observar la cantidad de objetos e historias que hay alrededor de la muerte”, cuenta el diseñador. “En ese momento pensé que quería explorar formas y texturas tomando la muerte como objeto de investigación. Aún no tenía una directriz clara pero sabía que tenía que hacer un proyecto inspirado en lo que había visto”.

Henríquez pensó en la muerte y su imaginación lo llevó hasta una calavera. Ese sería el comienzo. La imagen de una calaca haría de molde y a partir de ahí dejaría que empezara a ocurrir lo que que tuviera que ocurrir. “Tomé como lienzo la figura de un cráneo para hacer un recorrido de la historia, artesanía, fiestas y personajes populares mexicanos”, cuenta el director de arte.

Los primeros dibujos eran pura experimentación. “No estaban ligados a ninguna temática. Eran, más bien, una exploración gráfica. Pero, después, lo llevé a la identidad mexicana”, relata Henríquez. La figura del cráneo está tan ligada a la historia, literatura, música, danza, cine, arte y teatro de México que resultaba imposible disociar una cosa de la otra.

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El mexicano investigó la muerte durante más de dos años. Lo hizo desde una perspectiva meramente estética. No buscaba el significado definitivo que ningún terrestre ha podido hallar. Y en el camino descubrió que “hay una parte lúdica”. Quizá por eso, como dice su amigo Alejandro Magallanes en el catálogo que reúne más de 80 de estas calaveras “se burla del folclor folclorizando” e “ilustra el cliché dentro del cliché”.

En estas calaveras están representadas figuras históricas, la cosmogonía de la cerámica tonalteca, una tehuana con huipil, un paliacate, un agave y varios personajes de la cultura popular mexicana. Cantinflas, el Subcomandante Marcos, Mauricio Garcés, el poeta Nezahualcóyotl, Pancho Villa, Frida Kahlo, Carlos Santana, Morelos, Zapata… Esta serie de ilustres son absolutamente absorbidos en CalaDeVeras por la cultura pop y se convierten en un juego de adivinanzas. “No hay lugar a la confusión, los personajes son totalmente reconocibles y lo emocionante radica justo en que la representación es precisa”, escribe Magallanes.

“Es un proyecto para todo el mundo”, apunta Henríquez en su estudio de Guadalajara. “Mi intención es que divierta a los niños y a los adultos. Que la exposición se pueda ver en familia y jueguen juntos a adivinar quién es cada personaje. El proyecto tiene una pretensión lúdica. No es nada pretencioso. Es popular”.

Todas las calacas nacieron de un boceto hecho a mano y solo al final fueron pasando, para sus remates, por el arte vectorial de la computadora. “Empleé varias técnicas (boli, lápiz, pincel…) y varios estilos (pixel art, puntillismo, caricatura…)”, explica el fundador del estudio Henríquez Lara.

Morir también tiene distintos estilos. La cultura occidental reduce el muerto a la nada. La cultura indígena americana quiso divisar un estadio ulterior. “En los altares de sus desaparecidos dejaban comida y objetos para su nueva vida. Lo entendían como una puerta que se abría a otro mundo. Estos productos les ayudaban a encontrar el camino y la trascendencia”, explica el dibujante. “Puede que de ahí venga esa tradición lúdica del Día de muertos en México”.

«Nos preocupa la trascendencia y eso nos mueve a hacer cosas. Queremos dejar un legado para ser recordados»

Pero a día de hoy, de esa creencia, muy a menudo, solo queda la actitud estética. “El mexicano también tiene miedo a la muerte porque no quiere dejar de existir. Es lo que realmente nos asusta. Nos preocupa la trascendencia y eso nos mueve a hacer cosas. Queremos dejar un legado para ser recordados”.

“La muerte se burla de nosotros: ¿Recordamos a nuestros muertos más allá de la cuarta o quinta generación que nos precede? ¿Hay suficientes leyendas de familia, retratos de los ancestros, hechos memorables, que salven del olvido mortal a la inmensa legión de los antepasados? Después de todo, hay treinta fantasmas detrás de cada individuo”, escribió Carlos Fuentes en su obra En esto creo.

La misteriosa. La incomprensible. La maldita. Puede que la muerte sea la incógnita mejor planeada en la historia de la humanidad. Pero, quizá, atacándola por los flancos, el misterio resulte cada vez más leve. El literato mexicano, en ese mismo libro, intentó explicar la muerte desde un sentido temporal. “Quizás no morimos del todo para el pasado, pero ciertamente morimos para el futuro. Quizás seamos recordados, pero nosotros mismos ya no recordaremos. Quizás muramos sabiendo todas las cosas del mundo, pero de ahora en adelante, nosotros mismos seremos cosa”, escribió Fuentes. “Vimos y fuimos vistos por el mundo. Ahora el mundo seguirá siendo visto, pero nosotros nos habremos vuelto invisibles. Puntuales o impuntuales, vivimos de acuerdo con los horarios de la vida. Pero la muerte es el tiempo sin horas”.

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La indeseable. La malquerida. La muerte es esa sombra que sigue al paso cuando descubres que no eres inmortal. La muerte es el único destino que nadie conoce y, aun así, todos van. El único destino sin destino. El lugar imposible de situar en el mapa y dibujado desde las fantasías más antiguas y la imaginación más remota. El tiempo acabó convirtiendo esas ilusiones en tradición cultural y, así, en cada lugar del planeta nació una certeza sobre el sino del muerto.

La China más tradicional no tiene miedo a la muerte. Las personas mayores van haciendo sus ataúdes, con paciencia y esmero, como el que construye un barco que cruzará el Eufrates. En Occidente la muerte es la desintegración más amarga jamás imaginada. La negación total, el apagón, la profundidad más ahogada en la nada.

En México la muerte es ambivalente. El Día de muertos (1 de noviembre) este país es una fiesta. No un festivo en el que llorar las ausencias. Es una fiesta de verdad. Una celebración alegre y colorida. Así es conocida en el mundo y así es, efectivamente, su esencia estética. Pero la muerte tiene puerta de atrás. En su vertiente existencial, igual que ocurre en medio mundo, da pavor. Esta dualidad y este “falso mito” de que los mexicanos no tienen miedo a la muerte está dibujado en 100 calaveras. Las ha diseñado Javier Henríquez y han sido expuestas por primera vez en Guadalajara (México).

El proyecto se titula CalaDeVeras y, como dice el diseñador Alejandro Magallanes en la presentación de la obra, “el título es una ironía del cliché maldito de ‘el mexicano se burla de la muerte’, que ni es cierto porque, la verdad, es mejor estar vivo». Quizá lo que varía en la esencia mexicana es la forma de afrontar la muerte. O, al menos, el modo en que se habla de ella. “Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios”, escribió Octavio Paz en El laberinto de la soledad. “El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente. Cierto, en su actitud hay quizá tanto miedo como en la de los otros; mas al menos no se esconde ni la esconde; la contempla cara a cara con impaciencia, desdén o ironía: Si me han de matar mañana, que me maten de una vez”.

Alejandro Magallanes: «El título de CalaDeVeras es una ironía del cliché maldito del mexicano se burla de la muerte»

Estaba Javier Henríquez en Puebla, apenas cinco años atrás, cuando amaneció un 1 de noviembre. Era el Día de muertos. La ciudad despertó en una fiesta. Era uno de esos días en los que la calle estaba llena de esqueletos de juguete, calaveras de azúcar y panes que simulan huesos humanos. Representaciones populares que, como decía Octavio Paz en El laberinto de la soledad, “son siempre burla de la vida, afirmación de la nadería e insignificancia de la humana existencia”.

Estaba Javier Henríquez en Puebla, apenas cinco años atrás, cuando amaneció un 1 de noviembre. Era el Día de muertos. La ciudad despertó en una fiesta. Era uno de esos días en los que la calle estaba llena de esqueletos de juguete, calaveras de azúcar y panes que simulan huesos humanos. Representaciones populares que, como decía Octavio Paz en El laberinto de la soledad, “son siempre burla de la vida, afirmación de la nadería e insignificancia de la humana existencia”.

En esto que Javier Henríquez salió a la calle y encontró una exposición de altares de muertos. “Empecé a observar la cantidad de objetos e historias que hay alrededor de la muerte”, cuenta el diseñador. “En ese momento pensé que quería explorar formas y texturas tomando la muerte como objeto de investigación. Aún no tenía una directriz clara pero sabía que tenía que hacer un proyecto inspirado en lo que había visto”.

Henríquez pensó en la muerte y su imaginación lo llevó hasta una calavera. Ese sería el comienzo. La imagen de una calaca haría de molde y a partir de ahí dejaría que empezara a ocurrir lo que que tuviera que ocurrir. “Tomé como lienzo la figura de un cráneo para hacer un recorrido de la historia, artesanía, fiestas y personajes populares mexicanos”, cuenta el director de arte.

Los primeros dibujos eran pura experimentación. “No estaban ligados a ninguna temática. Eran, más bien, una exploración gráfica. Pero, después, lo llevé a la identidad mexicana”, relata Henríquez. La figura del cráneo está tan ligada a la historia, literatura, música, danza, cine, arte y teatro de México que resultaba imposible disociar una cosa de la otra.

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El mexicano investigó la muerte durante más de dos años. Lo hizo desde una perspectiva meramente estética. No buscaba el significado definitivo que ningún terrestre ha podido hallar. Y en el camino descubrió que “hay una parte lúdica”. Quizá por eso, como dice su amigo Alejandro Magallanes en el catálogo que reúne más de 80 de estas calaveras “se burla del folclor folclorizando” e “ilustra el cliché dentro del cliché”.

En estas calaveras están representadas figuras históricas, la cosmogonía de la cerámica tonalteca, una tehuana con huipil, un paliacate, un agave y varios personajes de la cultura popular mexicana. Cantinflas, el Subcomandante Marcos, Mauricio Garcés, el poeta Nezahualcóyotl, Pancho Villa, Frida Kahlo, Carlos Santana, Morelos, Zapata… Esta serie de ilustres son absolutamente absorbidos en CalaDeVeras por la cultura pop y se convierten en un juego de adivinanzas. “No hay lugar a la confusión, los personajes son totalmente reconocibles y lo emocionante radica justo en que la representación es precisa”, escribe Magallanes.

“Es un proyecto para todo el mundo”, apunta Henríquez en su estudio de Guadalajara. “Mi intención es que divierta a los niños y a los adultos. Que la exposición se pueda ver en familia y jueguen juntos a adivinar quién es cada personaje. El proyecto tiene una pretensión lúdica. No es nada pretencioso. Es popular”.

Todas las calacas nacieron de un boceto hecho a mano y solo al final fueron pasando, para sus remates, por el arte vectorial de la computadora. “Empleé varias técnicas (boli, lápiz, pincel…) y varios estilos (pixel art, puntillismo, caricatura…)”, explica el fundador del estudio Henríquez Lara.

Morir también tiene distintos estilos. La cultura occidental reduce el muerto a la nada. La cultura indígena americana quiso divisar un estadio ulterior. “En los altares de sus desaparecidos dejaban comida y objetos para su nueva vida. Lo entendían como una puerta que se abría a otro mundo. Estos productos les ayudaban a encontrar el camino y la trascendencia”, explica el dibujante. “Puede que de ahí venga esa tradición lúdica del Día de muertos en México”.

«Nos preocupa la trascendencia y eso nos mueve a hacer cosas. Queremos dejar un legado para ser recordados»

Pero a día de hoy, de esa creencia, muy a menudo, solo queda la actitud estética. “El mexicano también tiene miedo a la muerte porque no quiere dejar de existir. Es lo que realmente nos asusta. Nos preocupa la trascendencia y eso nos mueve a hacer cosas. Queremos dejar un legado para ser recordados”.

“La muerte se burla de nosotros: ¿Recordamos a nuestros muertos más allá de la cuarta o quinta generación que nos precede? ¿Hay suficientes leyendas de familia, retratos de los ancestros, hechos memorables, que salven del olvido mortal a la inmensa legión de los antepasados? Después de todo, hay treinta fantasmas detrás de cada individuo”, escribió Carlos Fuentes en su obra En esto creo.

La misteriosa. La incomprensible. La maldita. Puede que la muerte sea la incógnita mejor planeada en la historia de la humanidad. Pero, quizá, atacándola por los flancos, el misterio resulte cada vez más leve. El literato mexicano, en ese mismo libro, intentó explicar la muerte desde un sentido temporal. “Quizás no morimos del todo para el pasado, pero ciertamente morimos para el futuro. Quizás seamos recordados, pero nosotros mismos ya no recordaremos. Quizás muramos sabiendo todas las cosas del mundo, pero de ahora en adelante, nosotros mismos seremos cosa”, escribió Fuentes. “Vimos y fuimos vistos por el mundo. Ahora el mundo seguirá siendo visto, pero nosotros nos habremos vuelto invisibles. Puntuales o impuntuales, vivimos de acuerdo con los horarios de la vida. Pero la muerte es el tiempo sin horas”.

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