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29 de octubre 2018    /   IDEAS
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Las ñatitas, las calaveras que ayudan a resolver crímenes en La Paz

29 de octubre 2018    /   IDEAS     por          
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No hay mejor detective que la muerte, nadie mejor para olfatear su propio rastro tenebroso, ni más capaz para adivinar sus propias trampas o  recuperar  los cadáveres extraviados que se le caen de los bolsillos.

Los policías de la Federación Especial de Lucha contra el Crimen (FELCC) de la ciudad de El Alto en Bolivia lo saben muy bien y, en lugar de competir con ella, están pensando en ponerla a nómina. Ha habido épocas en que Juanito y Juanita, los dos cráneos más conocidos del país, se convirtieron en los mejores agentes del mes.

No hay nadie en El Alto que no sepa dónde está la sede de la FELCC. La ciudad ha crecido desproporcionadamente en los últimos años, sus cerca de 900.000 habitantes la sitúan como la segunda en población de Bolivia tras Santa Cruz de la Sierra y superando a su gemela La Paz. Al mismo tiempo se ha convertido en la más peligrosa del país, con tasas próximas a un asesinato diario en 2016, según datos del Ministerio de Gobernación Boliviano.

Para parar esta avalancha la división de homicidios de El Alto cuenta con 11 agentes, un número que a primera vista parece insuficiente, sobre todo si tenemos en cuenta que dos de ellos están muertos.

Me habían prevenido de que el teniente Hinojosa de la división de Homicidios quería acabar de una vez por todas con este circo, que perjudicaba la imagen de su departamento, que la historia se había extendido demasiado y estaban empezando a llegar periodistas de medio mundo. Pero en lugar de eso nos recibe con amabilidad y dice que no hay inconveniente en verlos un rato.

Juanito trabaja al fondo de la oficina, en el rincón de una estantería y sepultado bajo una pila de archivadores. Hoy no lleva gafas de sol y en el rostro huesudo y amarillento destaca una mirada profunda, tan profunda que hay que escarbar una eternidad hasta llegar a sus oscuras pupilas de trapo. A su lado está Juanita, más pequeña y acicalada,  cubierta con un sombrero y rodeada de papelitos de colores, velas y guirnaldas.

Los dos han perdido más de la mitad de los dientes y huelen a humedad y a flores. Juanito y Juanita llevan en el departamento de homicidios más de 30 años, aunque pasan los días encerrados en urnas de cristal y últimamente solo salen en ocasiones especiales.

En Bolivia las llaman ñatitas (narices chatas); son cráneos humanos que muchos aimaras atesoran en sus hogares y a los que atribuyen poderes milagrosos. En muchas ocasiones los restos pertenecen a los propios familiares.

Este culto prehispánico que data del imperio Tiahuanaco (1500 a.C. – 1000 d.C,) alcanza su máxima expresión el 8 de noviembre, cuando cientos de personas reúnen a sus calaveras en el cementerio municipal de La Paz. Juanito y Juanita son, probablemente, las dos ñatitas más conocidas de un país que cuida y respeta a sus muertos con tanta convicción que es capaz de llevárselos a la casa o el trabajo.

El teniente Hinojosa sonríe al contemplar la pareja de cráneos: «Los agentes más antiguos cuentan en el departamento que Juanito fue el primero en llegar a la oficina. En vida fue un curandero muy conocido en El Alto al que la gente acudía para resolver sus problemas. Al morir, alguien debió descubrir donde estaba enterrado y lo sacó, supongo que se utilizaría en ceremonias para hacer brujería. Aquí la gente cree mucho en estas cosas. Decían que vivo también era infalible resolviendo robos y homicidios».

En La Paz hay cientos de ñatitas repartidas entre las casas y establecimientos públicos. Calaveras descarnadas presidiendo dormitorios, despensas y frigoríficos, un río de muerte extraído del subsuelo.

No todas corresponden a familiares, otras se adquieren en el mercado negro. Se espera a que el difunto cambie de nicho a los cinco años y luego se soborna al sepulturero para hacerse con el cráneo; o si no se tiene dinero, lo roba uno mismo.

La mayoría de familias las utilizan como reclamo para atrapar la buena suerte y les piden intermediación para resolver sus problemas ya sean de salud, económicos o amorosos. A cambio les ofrecen bebidas y cigarrillos e incluso en ocasiones especiales, como el cumpleaños del muerto, una banda de música que toque su canción favorita.

—¿Y Juanito cómo llegó aquí?

—En un retén policial. Nos incautamos un robo y apareció la ñatita. En aquella época estaba al frente de esto otro teniente y él «les tenía convicción». Los agentes les preguntaban cosas; dónde estaba guardado un cadáver, si un asesino estaba en tal o cuál barrio… Ella contestaba en función de la posición de las hojas de coca que les echábamos. Un día identificó al autor de un incendio y entonces empezaron a llegar colegas de otras ciudades para hacerles preguntas. Años después nos dejaron a Juanita en la puerta de la oficina. No sabemos exactamente a quién perteneció. Nos es útil porque la gente les tiene respeto. Durante mucho tiempo se utilizaron para los interrogatorios, las poníamos frente a los sospechosos, les entraba el miedo y acababan por confesar… Si eran culpables, claro. Algunos creían que íbamos a dejarlos encerrados toda la noche en el calabozo con ellos y  se morían  de miedo. Muchos creen que si mientes delante de una ñatita, solo te espera la muerte.

—¿Ahora ya no lo hacen?

El teniente Hinojosa, sale un momento para atender al teléfono. Los miembros del departamento van ocupando sus sitios, todos miran respetuosamente a las calaveras y alguno incluso se persigna. Uno de ellos me cuenta que la gente no para de llegar, les ponen velas y les piden que resuelvan los casos para los que ellos no encuentran solución.

—Algunos buscan recuperar los objetos que les han robado, otros les piden que nos ayuden a encontrar a los autores de los asesinatos de sus familiares —cuenta el teniente.

—¿Y no sienten presión por si al final son ellos quienes  acaban por llevarse todo el mérito?

—No, así la gente se tranquiliza y se ilusiona. Y además funcionan, muchos casos acaban por solucionarse. Pero solo si se les ha rogado con fuerza, hay que tener fe.

La Buenos Aires es una de las calles más largas de la ciudad de La Paz.Varios kilómetros de atascos y un océano de casas, negocios indefinidos y ladrillos sin enlucir.  Buscar una bruja en esta concentración humana sin tener señas concretas parece una empresa imposible. Hago el primer intento en la acera, una anciana aimara que vende recargas telefónicas responde con desgana:

—¿Te refieres a la casa de doña Anita? Cuatro cuadras hacia arriba, verás la cola de gente.

A la casa de doña Anita, bautizada con un nombre tan sonoro como El Templo la Muerte, le resulta difícil pasar desapercibida. Ya desde el callejón se  percibe el olor a madera quemada y el trajín de gente que entra y sale de la vivienda.

Es primera hora de la mañana y ya no cabe un alma más. Doña Anita, «una bruja buena», como la ha descrito una señora antes de entrar, está repantingada en un sillón tras una mesa de despacho, rodeada de velas y flores, como una virgen de 80 años. Reparte números con aire severo tras un gorro de lana y anteojos.

Sus clientes dicen que no hay problema, porque, aunque doña Anita se haga esperar, siempre pueden ir dándoles a «ellas» un avance de sus problemas. Ellas están una habitación en penumbra, forrada hasta el techo de papeles de periódico. Te observan desde el fondo entre un tufo a incienso y a cera derretida que desprende un centenar de velas.

Son 18, encerradas en cajas de cristal, algunas con gafas de sol y abrigadas con gorros que deben servir para protegerlas del frío, las bocas selladas con papel de plata y las cuencas de los ojos con esponjosas pupilas de algodón. Para que no te confundas ni les faltes el respeto por si tienes que dirigirte a ellas, llevan escrito el nombre al pie de su urna; Maria José, Freddy, Mariano, Eugenio, Pedro Achachilla, Víctor, El Caballero Poderoso, Jhenny, María José II….

Hay bancos a los lados y una decena de personas que se levanta de vez en cuando para dirigirse a su calavera favorita y rezarle un poco.

La gente empieza a llegar cada noche a las cuatro de la mañana y esperan en plena calle hasta que doña Anita se despierta y abre su consulta alrededor de las ocho, todos los días salvo martes y viernes; esos días son los más propicios para trabajar con la magia negra.

Ella se dedica a despejar maldiciones y atiende directamente en su casa. Hay cuitas amorosas, litigios familiares y un trasiego de chicos con carteras y uniformes de colegio, cargados con velas y paseando libros de texto. Estamos cerca la época de exámenes.

También hay casos desesperados. En la cola, la mujer que tiene el primer turno no para de manosear una fotografía que muestra con nerviosismo. Es de su hermana pequeña, desapareció hace unas semanas en un pueblo de la región del Beni y nadie sabe nada de ella.

La policía no parece estar haciendo mucho por resolver el caso y la zona está infectada de traficantes de órganos. Se teme lo peor. Las ñatitas de doña Ana son su última esperanza, todo el mundo le ha dicho que esta mujer es infalible.

Los clientes esperan en la cola, calentándose junto a los trozos de madera ardientes. De vez en cuando alguien abre la puerta y por ahí se cuela a ventarrones el frío insoportable del Altiplano que probablemente haya acudido para consultarle a las ñatitas algún mal de amores desafortunado.

Doña Anita supo que era especial desde muy pequeña, cuando un yatiri (brujo) de su pueblo descubrió que tenía un don para adivinar cosas y le pidió que lo utilizase para ayudar a los demás si no quería que le ocurriese una desgracia. Desde entonces se ha dedicado a ejercer una profesión que le encanta.

Lee las hojas de coca, celebra challas y misas, y adivina el porvenir, pero sobre todo habla por boca de sus ñatitas, que tienen tanto poder que saben manejarla como un poderoso ventrílocuo haría con su muñeco.

El primero en llegar fue Freddy. Lo trajo una vecina que lo tenía en su casa y ya no podía hacerse cargo de él. A Mariano se lo dio un curandero. De repente, un día aparecieron Pedro Achachilla, María José y Victor a la puerta de su casa y así hasta completar la colección. Ella cree que tiene un imán para las ñatitas y es un vehículo para comunicarse con la muerte. De vez en cuando siguen apareciendo cráneos a la puerta de su casa y su hospicio para calaveras crece cada vez más.

«Pronto tendré que llevarlos a otro sitio», dice. Ella no hace distinción en su clientela: «tenderos, cholitas, médicos, políticos, jueces y, por supuesto, también la policía». Muchos de ellos recurren a mí cuando no pueden resolver asesinatos o desapariciones. Cada ñatita sirve para una cosa y los mejores para delitos de sangre son Ángel o el Caballero Poderoso, «no suelen fallar».

Aunque no quiere dar nombres de policías no se resiste a contar el caso del alférez Wilfred Blanco, teniente de la Fuerza Naval.

«Desapareció y la policía nunca logró dar con él. Finalmente vino a verme su familia; las ñatitas hablaron y encontramos el cuerpo a los pocos días. Había sido arrojado a un barranco completamente destrozado. En el juicio quisieron llamarme a testificar porque les pareció sospechoso que yo supiese dónde estaba. Me negué a ir, al fin y al cabo yo no sé nada, solo hablo por medio de ellas».

—¿No le asusta a veces lo que las ñatitas le dicen?

—A veces me han  dicho cosas que no me atrevo ni a contar.

El día de las ñatitas se celebra justo una semana después del Día de Todos los Santos en el cementerio principal de La Paz. Uno de los propósitos es que la religión católica les bendiga a sus muertos;, sin embargo, la postura oficial de la Iglesia es que esos muertos deberían estar enterrados y que, si quieren, deberían bendecírselos ellos mismos.

El párroco Luis Valle hace ya cinco años que no celebra misa en honor a las calaveras. Eso sí, todos los bancos de la Iglesia están llenos este día. En las puertas colocan dos cubos enormes con agua bendita y al acabar sus dueños riegan los cráneos a brochazos. «En mi opinión esto es una profanación del cuerpo de Cristo y no debería permitirse», indica. «Además, muchas son robadas de este mismo cementerio».

Sus sermones no parecen surtir efecto y ese día el camposanto se ha llenado de calaveras. Muchas están totalmente cubiertas de pétalos de claveles. Hay bocas desdentadas y ennegrecidas con cuatro o cinco cigarrillos encendidos a la vez y bandas de música que les dedican a los muertos su canción preferida. También hay pintura de colores sobre el hueso, gafas de sol, gorros andinos y también la gorra de policía que le cubre al capitán Jordán los tres tiros que un día recibió en la cabeza.

María Mamani pertenece a una cofradía que venera al capitán y a otras ñatitas. Me cuenta que el capitán fue un conocido agente de policía que murió hace 20 años tiroteado en una operación donde intentaba atrapar a varios traficantes de cocaína.

Después alguien desenterró el cráneo y se lo dio a una familia del barrio. El capitán comenzó a tener cada vez más seguidores porque es infalible resolviendo temas de robos, crímenes y desapariciones. Nos protege. Además posee la facultad de tener admiradores tanto en el cuerpo de policía como en el sindicato de delincuentes.

El escritor y periodista Álex Ayala relata en su libro Los mercaderes del Che: grandes hazañas de personajes minúsculos cómo se realizó un año una fiesta en honor al capitán. «Se habían formado dos columnas, una frente a la otra. La primera, con ladrones y otra gente de mal vivir. Y la otra, con oficiales. El ambiente estaba tenso. Casi nadie hablaba. Hasta el brindis. Después, alguien fue a comprar cajas de cerveza y todos se mezclaron de repente».

María confirma el hecho. «Al principio ambos se miraban de reojo, pero al final, cuando salió la cerveza, terminaron por reírse y marcharse a chambear todos juntos».

El Día de las Ñatitas los agentes de la FELCC hacen una pausa para recibir al padre Tomás. Este, y al contrario que su colega del cementerio, no tiene ningún inconveniente en que a la ceremonia asistan todos los agentes, sin distinción entre vivos o muertos. Juanito y Juanita escuchan relucientes y engalanados el sermón, la misa de hoy se celebra en su honor. El padre pide que Dios proteja a todos los agentes en el difícil trabajo que desempeñan. Al acabar aprovecha para tomarse un cafecito con ellos. «No creo que esto haga daño a nadie, al final es como todo, hay que tener fe».

El corro de agentes se disuelve rápido, acaban de llamar con un aviso de dos cadáveres en una zanja próxima de la ciudad. Todo indica que podría tratarse de un par de alcohólicos.

La jornada laboral se reanuda y el teniente Hinojosa se despide. Los agentes se dispersan a toda prisa y me quedo solo un momento junto al altar. Juanito y Juanita parecen sonreír desde sus urnas, como si les alegrase volver al trabajo. Complacidos de husmear una vez más su propio perfume, el rastro inconfundible y eterno de la muerte.

No hay mejor detective que la muerte, nadie mejor para olfatear su propio rastro tenebroso, ni más capaz para adivinar sus propias trampas o  recuperar  los cadáveres extraviados que se le caen de los bolsillos.

Los policías de la Federación Especial de Lucha contra el Crimen (FELCC) de la ciudad de El Alto en Bolivia lo saben muy bien y, en lugar de competir con ella, están pensando en ponerla a nómina. Ha habido épocas en que Juanito y Juanita, los dos cráneos más conocidos del país, se convirtieron en los mejores agentes del mes.

No hay nadie en El Alto que no sepa dónde está la sede de la FELCC. La ciudad ha crecido desproporcionadamente en los últimos años, sus cerca de 900.000 habitantes la sitúan como la segunda en población de Bolivia tras Santa Cruz de la Sierra y superando a su gemela La Paz. Al mismo tiempo se ha convertido en la más peligrosa del país, con tasas próximas a un asesinato diario en 2016, según datos del Ministerio de Gobernación Boliviano.

Para parar esta avalancha la división de homicidios de El Alto cuenta con 11 agentes, un número que a primera vista parece insuficiente, sobre todo si tenemos en cuenta que dos de ellos están muertos.

Me habían prevenido de que el teniente Hinojosa de la división de Homicidios quería acabar de una vez por todas con este circo, que perjudicaba la imagen de su departamento, que la historia se había extendido demasiado y estaban empezando a llegar periodistas de medio mundo. Pero en lugar de eso nos recibe con amabilidad y dice que no hay inconveniente en verlos un rato.

Juanito trabaja al fondo de la oficina, en el rincón de una estantería y sepultado bajo una pila de archivadores. Hoy no lleva gafas de sol y en el rostro huesudo y amarillento destaca una mirada profunda, tan profunda que hay que escarbar una eternidad hasta llegar a sus oscuras pupilas de trapo. A su lado está Juanita, más pequeña y acicalada,  cubierta con un sombrero y rodeada de papelitos de colores, velas y guirnaldas.

Los dos han perdido más de la mitad de los dientes y huelen a humedad y a flores. Juanito y Juanita llevan en el departamento de homicidios más de 30 años, aunque pasan los días encerrados en urnas de cristal y últimamente solo salen en ocasiones especiales.

En Bolivia las llaman ñatitas (narices chatas); son cráneos humanos que muchos aimaras atesoran en sus hogares y a los que atribuyen poderes milagrosos. En muchas ocasiones los restos pertenecen a los propios familiares.

Este culto prehispánico que data del imperio Tiahuanaco (1500 a.C. – 1000 d.C,) alcanza su máxima expresión el 8 de noviembre, cuando cientos de personas reúnen a sus calaveras en el cementerio municipal de La Paz. Juanito y Juanita son, probablemente, las dos ñatitas más conocidas de un país que cuida y respeta a sus muertos con tanta convicción que es capaz de llevárselos a la casa o el trabajo.

El teniente Hinojosa sonríe al contemplar la pareja de cráneos: «Los agentes más antiguos cuentan en el departamento que Juanito fue el primero en llegar a la oficina. En vida fue un curandero muy conocido en El Alto al que la gente acudía para resolver sus problemas. Al morir, alguien debió descubrir donde estaba enterrado y lo sacó, supongo que se utilizaría en ceremonias para hacer brujería. Aquí la gente cree mucho en estas cosas. Decían que vivo también era infalible resolviendo robos y homicidios».

En La Paz hay cientos de ñatitas repartidas entre las casas y establecimientos públicos. Calaveras descarnadas presidiendo dormitorios, despensas y frigoríficos, un río de muerte extraído del subsuelo.

No todas corresponden a familiares, otras se adquieren en el mercado negro. Se espera a que el difunto cambie de nicho a los cinco años y luego se soborna al sepulturero para hacerse con el cráneo; o si no se tiene dinero, lo roba uno mismo.

La mayoría de familias las utilizan como reclamo para atrapar la buena suerte y les piden intermediación para resolver sus problemas ya sean de salud, económicos o amorosos. A cambio les ofrecen bebidas y cigarrillos e incluso en ocasiones especiales, como el cumpleaños del muerto, una banda de música que toque su canción favorita.

—¿Y Juanito cómo llegó aquí?

—En un retén policial. Nos incautamos un robo y apareció la ñatita. En aquella época estaba al frente de esto otro teniente y él «les tenía convicción». Los agentes les preguntaban cosas; dónde estaba guardado un cadáver, si un asesino estaba en tal o cuál barrio… Ella contestaba en función de la posición de las hojas de coca que les echábamos. Un día identificó al autor de un incendio y entonces empezaron a llegar colegas de otras ciudades para hacerles preguntas. Años después nos dejaron a Juanita en la puerta de la oficina. No sabemos exactamente a quién perteneció. Nos es útil porque la gente les tiene respeto. Durante mucho tiempo se utilizaron para los interrogatorios, las poníamos frente a los sospechosos, les entraba el miedo y acababan por confesar… Si eran culpables, claro. Algunos creían que íbamos a dejarlos encerrados toda la noche en el calabozo con ellos y  se morían  de miedo. Muchos creen que si mientes delante de una ñatita, solo te espera la muerte.

—¿Ahora ya no lo hacen?

El teniente Hinojosa, sale un momento para atender al teléfono. Los miembros del departamento van ocupando sus sitios, todos miran respetuosamente a las calaveras y alguno incluso se persigna. Uno de ellos me cuenta que la gente no para de llegar, les ponen velas y les piden que resuelvan los casos para los que ellos no encuentran solución.

—Algunos buscan recuperar los objetos que les han robado, otros les piden que nos ayuden a encontrar a los autores de los asesinatos de sus familiares —cuenta el teniente.

—¿Y no sienten presión por si al final son ellos quienes  acaban por llevarse todo el mérito?

—No, así la gente se tranquiliza y se ilusiona. Y además funcionan, muchos casos acaban por solucionarse. Pero solo si se les ha rogado con fuerza, hay que tener fe.

La Buenos Aires es una de las calles más largas de la ciudad de La Paz.Varios kilómetros de atascos y un océano de casas, negocios indefinidos y ladrillos sin enlucir.  Buscar una bruja en esta concentración humana sin tener señas concretas parece una empresa imposible. Hago el primer intento en la acera, una anciana aimara que vende recargas telefónicas responde con desgana:

—¿Te refieres a la casa de doña Anita? Cuatro cuadras hacia arriba, verás la cola de gente.

A la casa de doña Anita, bautizada con un nombre tan sonoro como El Templo la Muerte, le resulta difícil pasar desapercibida. Ya desde el callejón se  percibe el olor a madera quemada y el trajín de gente que entra y sale de la vivienda.

Es primera hora de la mañana y ya no cabe un alma más. Doña Anita, «una bruja buena», como la ha descrito una señora antes de entrar, está repantingada en un sillón tras una mesa de despacho, rodeada de velas y flores, como una virgen de 80 años. Reparte números con aire severo tras un gorro de lana y anteojos.

Sus clientes dicen que no hay problema, porque, aunque doña Anita se haga esperar, siempre pueden ir dándoles a «ellas» un avance de sus problemas. Ellas están una habitación en penumbra, forrada hasta el techo de papeles de periódico. Te observan desde el fondo entre un tufo a incienso y a cera derretida que desprende un centenar de velas.

Son 18, encerradas en cajas de cristal, algunas con gafas de sol y abrigadas con gorros que deben servir para protegerlas del frío, las bocas selladas con papel de plata y las cuencas de los ojos con esponjosas pupilas de algodón. Para que no te confundas ni les faltes el respeto por si tienes que dirigirte a ellas, llevan escrito el nombre al pie de su urna; Maria José, Freddy, Mariano, Eugenio, Pedro Achachilla, Víctor, El Caballero Poderoso, Jhenny, María José II….

Hay bancos a los lados y una decena de personas que se levanta de vez en cuando para dirigirse a su calavera favorita y rezarle un poco.

La gente empieza a llegar cada noche a las cuatro de la mañana y esperan en plena calle hasta que doña Anita se despierta y abre su consulta alrededor de las ocho, todos los días salvo martes y viernes; esos días son los más propicios para trabajar con la magia negra.

Ella se dedica a despejar maldiciones y atiende directamente en su casa. Hay cuitas amorosas, litigios familiares y un trasiego de chicos con carteras y uniformes de colegio, cargados con velas y paseando libros de texto. Estamos cerca la época de exámenes.

También hay casos desesperados. En la cola, la mujer que tiene el primer turno no para de manosear una fotografía que muestra con nerviosismo. Es de su hermana pequeña, desapareció hace unas semanas en un pueblo de la región del Beni y nadie sabe nada de ella.

La policía no parece estar haciendo mucho por resolver el caso y la zona está infectada de traficantes de órganos. Se teme lo peor. Las ñatitas de doña Ana son su última esperanza, todo el mundo le ha dicho que esta mujer es infalible.

Los clientes esperan en la cola, calentándose junto a los trozos de madera ardientes. De vez en cuando alguien abre la puerta y por ahí se cuela a ventarrones el frío insoportable del Altiplano que probablemente haya acudido para consultarle a las ñatitas algún mal de amores desafortunado.

Doña Anita supo que era especial desde muy pequeña, cuando un yatiri (brujo) de su pueblo descubrió que tenía un don para adivinar cosas y le pidió que lo utilizase para ayudar a los demás si no quería que le ocurriese una desgracia. Desde entonces se ha dedicado a ejercer una profesión que le encanta.

Lee las hojas de coca, celebra challas y misas, y adivina el porvenir, pero sobre todo habla por boca de sus ñatitas, que tienen tanto poder que saben manejarla como un poderoso ventrílocuo haría con su muñeco.

El primero en llegar fue Freddy. Lo trajo una vecina que lo tenía en su casa y ya no podía hacerse cargo de él. A Mariano se lo dio un curandero. De repente, un día aparecieron Pedro Achachilla, María José y Victor a la puerta de su casa y así hasta completar la colección. Ella cree que tiene un imán para las ñatitas y es un vehículo para comunicarse con la muerte. De vez en cuando siguen apareciendo cráneos a la puerta de su casa y su hospicio para calaveras crece cada vez más.

«Pronto tendré que llevarlos a otro sitio», dice. Ella no hace distinción en su clientela: «tenderos, cholitas, médicos, políticos, jueces y, por supuesto, también la policía». Muchos de ellos recurren a mí cuando no pueden resolver asesinatos o desapariciones. Cada ñatita sirve para una cosa y los mejores para delitos de sangre son Ángel o el Caballero Poderoso, «no suelen fallar».

Aunque no quiere dar nombres de policías no se resiste a contar el caso del alférez Wilfred Blanco, teniente de la Fuerza Naval.

«Desapareció y la policía nunca logró dar con él. Finalmente vino a verme su familia; las ñatitas hablaron y encontramos el cuerpo a los pocos días. Había sido arrojado a un barranco completamente destrozado. En el juicio quisieron llamarme a testificar porque les pareció sospechoso que yo supiese dónde estaba. Me negué a ir, al fin y al cabo yo no sé nada, solo hablo por medio de ellas».

—¿No le asusta a veces lo que las ñatitas le dicen?

—A veces me han  dicho cosas que no me atrevo ni a contar.

El día de las ñatitas se celebra justo una semana después del Día de Todos los Santos en el cementerio principal de La Paz. Uno de los propósitos es que la religión católica les bendiga a sus muertos;, sin embargo, la postura oficial de la Iglesia es que esos muertos deberían estar enterrados y que, si quieren, deberían bendecírselos ellos mismos.

El párroco Luis Valle hace ya cinco años que no celebra misa en honor a las calaveras. Eso sí, todos los bancos de la Iglesia están llenos este día. En las puertas colocan dos cubos enormes con agua bendita y al acabar sus dueños riegan los cráneos a brochazos. «En mi opinión esto es una profanación del cuerpo de Cristo y no debería permitirse», indica. «Además, muchas son robadas de este mismo cementerio».

Sus sermones no parecen surtir efecto y ese día el camposanto se ha llenado de calaveras. Muchas están totalmente cubiertas de pétalos de claveles. Hay bocas desdentadas y ennegrecidas con cuatro o cinco cigarrillos encendidos a la vez y bandas de música que les dedican a los muertos su canción preferida. También hay pintura de colores sobre el hueso, gafas de sol, gorros andinos y también la gorra de policía que le cubre al capitán Jordán los tres tiros que un día recibió en la cabeza.

María Mamani pertenece a una cofradía que venera al capitán y a otras ñatitas. Me cuenta que el capitán fue un conocido agente de policía que murió hace 20 años tiroteado en una operación donde intentaba atrapar a varios traficantes de cocaína.

Después alguien desenterró el cráneo y se lo dio a una familia del barrio. El capitán comenzó a tener cada vez más seguidores porque es infalible resolviendo temas de robos, crímenes y desapariciones. Nos protege. Además posee la facultad de tener admiradores tanto en el cuerpo de policía como en el sindicato de delincuentes.

El escritor y periodista Álex Ayala relata en su libro Los mercaderes del Che: grandes hazañas de personajes minúsculos cómo se realizó un año una fiesta en honor al capitán. «Se habían formado dos columnas, una frente a la otra. La primera, con ladrones y otra gente de mal vivir. Y la otra, con oficiales. El ambiente estaba tenso. Casi nadie hablaba. Hasta el brindis. Después, alguien fue a comprar cajas de cerveza y todos se mezclaron de repente».

María confirma el hecho. «Al principio ambos se miraban de reojo, pero al final, cuando salió la cerveza, terminaron por reírse y marcharse a chambear todos juntos».

El Día de las Ñatitas los agentes de la FELCC hacen una pausa para recibir al padre Tomás. Este, y al contrario que su colega del cementerio, no tiene ningún inconveniente en que a la ceremonia asistan todos los agentes, sin distinción entre vivos o muertos. Juanito y Juanita escuchan relucientes y engalanados el sermón, la misa de hoy se celebra en su honor. El padre pide que Dios proteja a todos los agentes en el difícil trabajo que desempeñan. Al acabar aprovecha para tomarse un cafecito con ellos. «No creo que esto haga daño a nadie, al final es como todo, hay que tener fe».

El corro de agentes se disuelve rápido, acaban de llamar con un aviso de dos cadáveres en una zanja próxima de la ciudad. Todo indica que podría tratarse de un par de alcohólicos.

La jornada laboral se reanuda y el teniente Hinojosa se despide. Los agentes se dispersan a toda prisa y me quedo solo un momento junto al altar. Juanito y Juanita parecen sonreír desde sus urnas, como si les alegrase volver al trabajo. Complacidos de husmear una vez más su propio perfume, el rastro inconfundible y eterno de la muerte.

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