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27 de julio 2017    /   IDEAS
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Cuando California era una isla

27 de julio 2017    /   IDEAS     por          
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Los primeros exploradores que se aventuraron entrando en el golfo de California e intentaron dilucidar si la aguja de tierra que conocemos ahora como Baja California estaba unida al resto del continente llegaron a la conclusión de que el terreno era una península y así lo reflejaron en los mapas. Y, sin embargo, durante el siglo XVII y parte del XVIII, la península fue representada por todos los cartógrafos de prestigio separada, como si fuese una isla.

La cadena de acontecimientos que llevó a este error puede resumirse en un dicho: no dejes que la realidad estropee una buena historia. Porque, al menos en la mentalidad de los cosmógrafos y exploradores de la era en la que España y Portugal se lanzaron a «descubrir» y repartirse el Nuevo Mundo, una isla era mucho mejor que una península.

Para comprender esto hay que olvidar todo lo que sabemos sobre el mundo y recordar que hubo un tiempo en el que estaba todo por explorar (siempre desde el punto de vista occidental). En aquel momento, las obras de Marco Polo y Mandeville (se creía que era alguien real), de los siglos XIII y XIV respectivamente, en las que narraban viajes por Asia llenos de monstruos y leyendas, eran consideradas biblias geográficas.

La propia Biblia lo era: Cristóbal Colón, por ejemplo, estaba convencido de estar en la entrada del paraíso terrenal cuando llegó al Orinoco (Américo Vespucio tenía ya una mentalidad más moderna y empírica, y su discurso iba más en la línea de «si existe el paraíso terrenal, está por aquí»).

Las islas, además, eran el objetivo de toda exploración, principalmente porque la cosmografía medieval y de la primera modernidad entendía que la tierra estaba formada por una gran masa continental (Europa, Asia y África) rodeada de islas. Las islas eran deseables por ser siempre lugares llenos de riquezas, habitados por nativos que, convenientemente, no las sabían apreciar.

Como cuenta Dora Beale Polk en el libro The Island of California, las leyendas de cuya credibilidad nadie dudaba hablaban de lugares de difícil acceso, de islas habitadas solo por mujeres grandes y guerreras (las amazonas, que dieron nombre al río y la jungla, y la propia isla Mujeres de México), de animales fantásticos. Y, sobre todo, de oro, plata y otros metales preciosos a raudales.

Esta obsesión con las islas y concepción de un mundo en el que no había otra opción hizo que, por ejemplo, durante mucho tiempo se intentase probar que América no era un continente y, cuando las exploraciones empezaron a encontrar una costa demasiado larga, muchos defendieron que entonces estaría unida a Asia por el noroeste para no romper la idea de una única masa continental y millones de islas. No es de extrañar que cuando Fortún Jiménez, el navegante enviado por Hernán Cortés a explorar la zona, desembarcó en la península de Baja California en 1534, creyese que era una isla.

El propio nombre de California lo deja claro: aparece por primera vez en el libro de caballerías Las sergas de Esplandián, continuación del Amadís de Gaula escrita por Garci Rodríguez de Montalvo. «Sabed que a la diestra mano de las Indias existe una isla llamada California muy cerca de un costado del Paraíso Terrenal; y estaba poblada por mujeres negras, sin que existiera allí un hombre, pues vivían a la manera de las amazonas», dice un pasaje. Publicado en 1510, es la prueba de que en aquel primer momento creyeron que era una isla y le pusieron el nombre inspirados por el libro. Porque, sí, los exploradores y navegantes de la época devoraban novelas de caballerías en las largas travesías. Eran los best-sellers del momento.

Las siguientes exploraciones de la zona se centraron en asentar colonias e intentar circunnavegar la «isla». Las dificultades para lograrlo (corrientes que provocaban naufragios, mal tiempo, nativos poco abiertos a la colonización) aumentaron por una parte el mito (las islas paradisíacas son de difícil acceso) y, por otra, empezaron a acabar con él: el delta del Colorado no era fácil de explorar, pero aquella manga de agua que se suponía que iría desde el norte del golfo hacia el oeste, convirtiendo California en una isla, no aparecía. Desde la costa oeste tampoco se encontraba la entrada a ese estrecho. Poco a poco se fue admitiendo, especialmente tras la expedición de Francisco de Ulloa en 1539-40, que lo más probable era que el golfo fuese un golfo y el río no se convirtiese en estrecho. Que California, en definitiva, fuese una península.

Los mapas de mediados del siglo XVI ya muestran a California unida al resto de Nueva España; además, se fue perdiendo el interés en la zona y el debate se apagó. Pero entonces los ingleses aparecieron en el mapa y despertaron la leyenda.

El pánico a una invasión inglesa

Lo que pasó en esa segunda mitad del siglo XVI en la Inglaterra de los Tudor fue que se preguntaron por qué estaban dejando que España y Portugal se repartieran el Nuevo Mundo y haciendo caso al designio papal del Tratado de Tordesillas, cuando ellos en realidad habían abandonado la iglesia católica hacía ya unos años y la autoridad papal no les incumbía. Ellos también querían hacerse con aquellas islas paradisíacas en las que todavía se creía situadas en el Mar del Sur (como conocían al océano Pacífico). Y, quizá si lograban encontrar el paso del Noroeste, una ruta más rápida por el norte de América en vez tener que rodear el estrecho de Magallanes, llegarían más rápido.

A los españoles les habían llegado noticias de todo esto cuando en 1577 la reina Isabel I de Inglaterra encargó a Francis Drake ir a por la costa del Pacífico. Él siguió la ruta habitual por el sur, pero su presencia sembró el pánico y los avistamientos de barcos ingleses se multiplicaron. Se cree que desembarcó en Baja California, pero cuando se fue, volviendo por Asia, se corrió la voz de que había vuelto por la ruta del norte: primero por el interior del golfo de California, que en realidad sería un estrecho, que conectaba a su vez con el estrecho de Anián, el todavía no descubierto paso del Noroeste. De pronto, California era una isla de nuevo y su golfo un estrecho que conectaba con el del norte. Si los ingleses habían podido volver por ahí a su país, nada les impedía usar esa ruta para atacar las colonias españolas en Nueva España.

A este miedo a un ataque inglés se sumaron los testimonios de varios monjes carmelitas que habían estado en expediciones por el golfo de California y aseguraron haber visto el estrecho e incluso haber rodeado la «isla». El principal culpable fue fray Antonio de la Ascensión, quien 20 años después de participar en la expedición de 1602 de Sebastián Vizcaíno escribió una relación algo imaginativa del viaje en forma de diario. Uno de los últimos capítulos defendía la insularidad de California como un hecho. ¿La única evidencia? Su palabra.

Como un buen bulo, el mito de la isla de California empezó a pasar de boca en boca y a repetirse hasta convertirse en cierto. Entre los que lo habían oído de alguien que había estado, a los que se lo había contado un indio y los que aseguraban haberlo visto con sus propios ojos, en poco tiempo toda la esfera española se lo creyó. ¿Cómo pasó a ser algo aceptado en toda Europa? Hubo dos vías principales: las traducciones de los diarios de los primeros exploradores, aquellos que todavía hablaban de una isla, que llegaron décadas más tarde a manos de ingleses, y los mapas españoles de la segunda etapa del mito confiscados en batallas navales. En 1622 aparece el primer mapa holandés con la isla bien separada y visible.

Fueron las siguientes exploraciones y una mentalidad que poco a poco iba abandonando la credulidad medieval los que acabaron con la leyenda, esta vez de forma definitiva. Entre el siglo XVII y e XVIII el tema era objeto de debate constante entre cosmógrafos y cartógrafos, con evidencias cada vez más claras en contra de la insularidad. En 1747 la controversia acabó a golpe de decreto real: «California no es una isla», declaraba en él Fernando VI. Habría que buscar el paraíso en otra parte.

Los primeros exploradores que se aventuraron entrando en el golfo de California e intentaron dilucidar si la aguja de tierra que conocemos ahora como Baja California estaba unida al resto del continente llegaron a la conclusión de que el terreno era una península y así lo reflejaron en los mapas. Y, sin embargo, durante el siglo XVII y parte del XVIII, la península fue representada por todos los cartógrafos de prestigio separada, como si fuese una isla.

La cadena de acontecimientos que llevó a este error puede resumirse en un dicho: no dejes que la realidad estropee una buena historia. Porque, al menos en la mentalidad de los cosmógrafos y exploradores de la era en la que España y Portugal se lanzaron a «descubrir» y repartirse el Nuevo Mundo, una isla era mucho mejor que una península.

Para comprender esto hay que olvidar todo lo que sabemos sobre el mundo y recordar que hubo un tiempo en el que estaba todo por explorar (siempre desde el punto de vista occidental). En aquel momento, las obras de Marco Polo y Mandeville (se creía que era alguien real), de los siglos XIII y XIV respectivamente, en las que narraban viajes por Asia llenos de monstruos y leyendas, eran consideradas biblias geográficas.

La propia Biblia lo era: Cristóbal Colón, por ejemplo, estaba convencido de estar en la entrada del paraíso terrenal cuando llegó al Orinoco (Américo Vespucio tenía ya una mentalidad más moderna y empírica, y su discurso iba más en la línea de «si existe el paraíso terrenal, está por aquí»).

Las islas, además, eran el objetivo de toda exploración, principalmente porque la cosmografía medieval y de la primera modernidad entendía que la tierra estaba formada por una gran masa continental (Europa, Asia y África) rodeada de islas. Las islas eran deseables por ser siempre lugares llenos de riquezas, habitados por nativos que, convenientemente, no las sabían apreciar.

Como cuenta Dora Beale Polk en el libro The Island of California, las leyendas de cuya credibilidad nadie dudaba hablaban de lugares de difícil acceso, de islas habitadas solo por mujeres grandes y guerreras (las amazonas, que dieron nombre al río y la jungla, y la propia isla Mujeres de México), de animales fantásticos. Y, sobre todo, de oro, plata y otros metales preciosos a raudales.

Esta obsesión con las islas y concepción de un mundo en el que no había otra opción hizo que, por ejemplo, durante mucho tiempo se intentase probar que América no era un continente y, cuando las exploraciones empezaron a encontrar una costa demasiado larga, muchos defendieron que entonces estaría unida a Asia por el noroeste para no romper la idea de una única masa continental y millones de islas. No es de extrañar que cuando Fortún Jiménez, el navegante enviado por Hernán Cortés a explorar la zona, desembarcó en la península de Baja California en 1534, creyese que era una isla.

El propio nombre de California lo deja claro: aparece por primera vez en el libro de caballerías Las sergas de Esplandián, continuación del Amadís de Gaula escrita por Garci Rodríguez de Montalvo. «Sabed que a la diestra mano de las Indias existe una isla llamada California muy cerca de un costado del Paraíso Terrenal; y estaba poblada por mujeres negras, sin que existiera allí un hombre, pues vivían a la manera de las amazonas», dice un pasaje. Publicado en 1510, es la prueba de que en aquel primer momento creyeron que era una isla y le pusieron el nombre inspirados por el libro. Porque, sí, los exploradores y navegantes de la época devoraban novelas de caballerías en las largas travesías. Eran los best-sellers del momento.

Las siguientes exploraciones de la zona se centraron en asentar colonias e intentar circunnavegar la «isla». Las dificultades para lograrlo (corrientes que provocaban naufragios, mal tiempo, nativos poco abiertos a la colonización) aumentaron por una parte el mito (las islas paradisíacas son de difícil acceso) y, por otra, empezaron a acabar con él: el delta del Colorado no era fácil de explorar, pero aquella manga de agua que se suponía que iría desde el norte del golfo hacia el oeste, convirtiendo California en una isla, no aparecía. Desde la costa oeste tampoco se encontraba la entrada a ese estrecho. Poco a poco se fue admitiendo, especialmente tras la expedición de Francisco de Ulloa en 1539-40, que lo más probable era que el golfo fuese un golfo y el río no se convirtiese en estrecho. Que California, en definitiva, fuese una península.

Los mapas de mediados del siglo XVI ya muestran a California unida al resto de Nueva España; además, se fue perdiendo el interés en la zona y el debate se apagó. Pero entonces los ingleses aparecieron en el mapa y despertaron la leyenda.

El pánico a una invasión inglesa

Lo que pasó en esa segunda mitad del siglo XVI en la Inglaterra de los Tudor fue que se preguntaron por qué estaban dejando que España y Portugal se repartieran el Nuevo Mundo y haciendo caso al designio papal del Tratado de Tordesillas, cuando ellos en realidad habían abandonado la iglesia católica hacía ya unos años y la autoridad papal no les incumbía. Ellos también querían hacerse con aquellas islas paradisíacas en las que todavía se creía situadas en el Mar del Sur (como conocían al océano Pacífico). Y, quizá si lograban encontrar el paso del Noroeste, una ruta más rápida por el norte de América en vez tener que rodear el estrecho de Magallanes, llegarían más rápido.

A los españoles les habían llegado noticias de todo esto cuando en 1577 la reina Isabel I de Inglaterra encargó a Francis Drake ir a por la costa del Pacífico. Él siguió la ruta habitual por el sur, pero su presencia sembró el pánico y los avistamientos de barcos ingleses se multiplicaron. Se cree que desembarcó en Baja California, pero cuando se fue, volviendo por Asia, se corrió la voz de que había vuelto por la ruta del norte: primero por el interior del golfo de California, que en realidad sería un estrecho, que conectaba a su vez con el estrecho de Anián, el todavía no descubierto paso del Noroeste. De pronto, California era una isla de nuevo y su golfo un estrecho que conectaba con el del norte. Si los ingleses habían podido volver por ahí a su país, nada les impedía usar esa ruta para atacar las colonias españolas en Nueva España.

A este miedo a un ataque inglés se sumaron los testimonios de varios monjes carmelitas que habían estado en expediciones por el golfo de California y aseguraron haber visto el estrecho e incluso haber rodeado la «isla». El principal culpable fue fray Antonio de la Ascensión, quien 20 años después de participar en la expedición de 1602 de Sebastián Vizcaíno escribió una relación algo imaginativa del viaje en forma de diario. Uno de los últimos capítulos defendía la insularidad de California como un hecho. ¿La única evidencia? Su palabra.

Como un buen bulo, el mito de la isla de California empezó a pasar de boca en boca y a repetirse hasta convertirse en cierto. Entre los que lo habían oído de alguien que había estado, a los que se lo había contado un indio y los que aseguraban haberlo visto con sus propios ojos, en poco tiempo toda la esfera española se lo creyó. ¿Cómo pasó a ser algo aceptado en toda Europa? Hubo dos vías principales: las traducciones de los diarios de los primeros exploradores, aquellos que todavía hablaban de una isla, que llegaron décadas más tarde a manos de ingleses, y los mapas españoles de la segunda etapa del mito confiscados en batallas navales. En 1622 aparece el primer mapa holandés con la isla bien separada y visible.

Fueron las siguientes exploraciones y una mentalidad que poco a poco iba abandonando la credulidad medieval los que acabaron con la leyenda, esta vez de forma definitiva. Entre el siglo XVII y e XVIII el tema era objeto de debate constante entre cosmógrafos y cartógrafos, con evidencias cada vez más claras en contra de la insularidad. En 1747 la controversia acabó a golpe de decreto real: «California no es una isla», declaraba en él Fernando VI. Habría que buscar el paraíso en otra parte.

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