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14 de junio 2016    /   BUSINESS
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Cállate: si eres freelance, no puedes ser feliz

14 de junio 2016    /   BUSINESS     por          
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Omertà! Sealed lips ladies

and gentlemen! Our thing!

Tom Wolfe (Tiny Mummies!…)

Es un clamor casi diario, y todos los profesionales independientes tienen que escucharlo pacientemente y hasta asentir con aprobación: el empleo es inseguro y precario, los clientes van a sangrarte porque eres un proveedor minúsculo (¡Idiota! ¡Pagarás por trabajar!), los ingresos son bajísimos, la competencia es caníbal (¡No eres el primero que lo intenta!), las horas de trabajo se vuelven excesivas y detrás de la decisión de abandonar la gran empresa sólo pueden existir dos motivos verdaderos: el fracaso o la crisis. Ha llegado el momento de que los freelance felices y orgullosos rompan su silencio.

Lo primero que hay que decir es que cada vez son más los que eligen prescindir voluntariamente de la supervisión paternalista de un jefe al que no pueden admirar porque sólo se fascina de sí mismo, del ambiente pesado, requemado y cenizo de los sectores en reestructuración, de la burocracia friendly de la gran empresa o la gran administración (que, como los mafiosos de las películas, ofrecen ‘protección y seguridad’ a cambio de un buen pedazo de nuestras vidas) y de la pesadilla de las políticas de oficina como plato único para el desayuno, la comida y la cena. Visto así, no es extraño que asimilen el contrato indefinido con una especie de cadena perpetua prorrogable sin nostalgia posible. ¡Pero qué bien nos lo pasábamos en el patio de la prisión!

Existen muy pocos estudios sobre los profesionales independientes y cualificados (conocidos también como iPros) y muchos menos sobre aquellos a los que les encanta serlo: parece dar igual que la mitad de los freelance estadounidenses —más de 20 millones de personas— digan que no renunciarían por nada a seguir siéndolo, según las cifras de Freelancer Union y Upwork. Es una muestra más de que la sociedad, los políticos y las empresas desconfían de un segmento que cuestiona muchas de sus convicciones más arraigadas sobre el sueño laboral de cualquiera. Prefieren hablar exclusivamente del precariado o de la terrible condena de la temporalidad indeseada. Mejor lo malo conocido.

Cada vez son más los que eligen prescindir voluntariamente de la supervisión paternalista de un jefe

Los propios economistas no están mejor orientados. Ni saben dónde ubicar a los profesionales independientes (¿cómo van a ser empresarios si no tienen empresa y muchas veces no quieren tenerla?) ni han encontrado la forma de medir su impacto (¿qué van a aportar —y cómo vamos a medirlo— si no crean empleos directos?). Muchos altos directivos no los entienden porque están programados para no comprender que sus empleados los abandonen libremente en tiempos de turbulencias y no lo hagan ni para marcharse a la competencia ni para montar sus propias empresas.

Cuánta arrogancia

La existencia de los iPros también desafía las percepciones de unos emprendedores que, precisamente porque creen que carecen de prejuicios, son mucho menos conscientes y también menos capaces de combatirlos. Para ellos, un profesional independiente debe desear, por decreto, abrir su propia startup, desarrollarla rápidamente y bien ‘forrarse’ vendiéndola, bien mantenerse al frente de ella como el gran timonel de una idea fantástica con decenas (cuando no cientos) de trabajadores.

También para ellos, los profesionales independientes tienen que clasificarse, según sus categorías y los cánones que dictan sus ombligos, en emprendedores sin financiación, emprendedores sin ambición, emprendedores sin talento, emprendedores sin buenas ideas o emprendedores sin buenos socios. Silicon Valley tolera muchas razas, muchos credos, muchos proyectos y muchas tecnologías, pero no tolera lo que no entiende. Y es peligroso porque sólo se comprende a sí mismo y a los que son como él y por eso ansía redefinirlo todo (la palabra clave es disrupción) para reconstruirlo a su imagen y semejanza. Quieren ser Dios e imponer el monoteísmo.

¿Pero qué le pasa a ese zarrapastroso ejército de Pancho Villa que son los freelances?, se  preguntan bajo el sol metálico de Cupertino o Mountain View. ¿Acaso no les gusta vivir atados indefinidamente a nuestras salas de ping-pong, a los edificios planos como un CD o a nuestras zonas verdes trufadas de capitalismo zen? ¡Prefieren dormir en el suelo a trabajar por la noche como hacemos tantas veces nosotros para salvar el mundo! ¡Cuánta arrogancia freelance! ¡Cuánto elitismo!  

Les resulta indigerible que alguien prefiera subcontratar únicamente las tareas que no son el núcleo de su negocio y jamás el resto, aunque eso suponga no crecer como un culturista saturado de hormonas que busque una calidad casi artesanal en su trabajo más que pegar un sonoro pelotazo con una innovación memorable y disruptiva o que aspire a trabajar por pequeños proyectos y no al servicio de una gran misión (y un gran cliente y un Querido Líder) que lo absorba durante años como si fuera el desagüe de una trituradora.

Silicon Valley tolera muchas razas, muchos credos, muchos proyectos y muchas tecnologías, pero no tolera lo que no entiende

Es inevitable en este punto citar a los clásicos y aquí se impone mencionar a George Clooney en Abierto hasta el amanecer. Ante los clientes que quieren succionar por completo la atención, la imaginación y los deseos de un profesional independiente a largo plazo, la reacción interior de los freelances orgullosos de serlo es muy similar a la de Clooney cuando Salma Hayek, transmutada en criatura vampírica, le dice: «Bienvenido a la esclavitud». Clooney responde con su encanto habitual: «No, gracias; ya estuve casado una vez». Casado con el jefe que sólo se admiraba a sí mismo, con la empresa requemada por el fuego de la reestructuración, con el laberinto donde mueren por pura congelación las ideas revolucionarias.

A muchos emprendedores, especialmente en Estados Unidos, también les cuesta asimilar que estos profesionales exijan acceder a los servicios públicos que pagan con sus impuestos casi como un empleado por cuenta ajena o que busquen nuevos foros y plataformas (los colegios profesionales les parecen tan pretenciosos y aburridos como las grandes empresas para las que trabajan sus socios) y aliviar así la soledad colaborando con otros como ellos. No, Sam, no: eso no es ser un risk-taker. And I don’t like it at all!

Cazadores de mamuts

Oh, Sam, es verdad. Los iPros no suelen ser llaneros solitarios, ni sienten que estén librando una guerra contra el mundo para conquistar todas las conciencias o revolucionar todo el mercado, ni basan sus relaciones en la competencia cruda, sino en una mezcla de rivalidad y colaboración marcada por una especial relación de respeto y compromiso mutuo entre ellos y sus clientes. Tampoco tienen alergia al Estado porque sí, aunque se desesperen con los burócratas, los de la administración y los de esos mamuts petrificados, sepultados e inmensos —mucho menos bellos en realidad—, que son los departamentos de contabilidad de las multinacionales.  

En esta marea negra de incomprensión que aceptan como parte del paisaje, oscila el péndulo de su felicidad, tan cierto, poderoso y frágil como los latidos del corazón de un bebé. Miran a su alrededor y cuando les cuentan las mil penurias de muchos de sus colegas —dentro y fuera del paraíso quebradizo del contrato indefinido— cambian de color como camaleones. Se tiñen de oscuridad, dicen absurdamente que a ellos también les va mal, que viven aplastados por el mañana, un mañana que vete tú a saber si les traerá un mendrugo de pan a cambio de jornadas interminables. Casi se parecen a los desesperados estibadores del puerto de Nueva York en la Ley del silencio. Aquellos sí que eran falsos autónomos.

Por supuesto, la realidad de los iPros felices va por dentro. Perciben la forma en la que su buen hacer fortalece sus marcas día tras día, consolidan las relaciones con los clientes con los que se sienten a gusto trabajando (abandonarán las otras mucho antes de que se vuelvan tóxicas) y se ven reflejados en lo que hacen hasta el punto de que les cuesta distinguir a veces entre productos, servicios y creaciones (esto significa que, cuando les rechazan un trabajo, a veces se confunden creyendo que los censuran a ellos). Una ilustradora me dijo una vez: «Me pidieron que pusiese más color en un dibujo… ¡Más color! ¡En mi dibujo!». Puede intuirse lo que ella interpretó. Esos paletos le estaban exigiendo que se pintase las uñas de colores antes de amputarle la mano. ¡De colores! ¡A mí!

Los iPros felices perciben la forma en la que su buen hacer fortalece sus marcas día tras día, consolidan las relaciones con los clientes con los que se sienten a gusto trabajando y se ven reflejados en lo que hacen hasta el punto de que les cuesta distinguir a veces entre productos, servicios y creaciones

A veces, los trabajadores independientes exitosos dan tanta pena y fingen tan bien que les ofrecen un contrato indefinido por caridad o les dan explicaciones por no poder hacerlo. Obviamente, en una sociedad que los considera poco menos que un ‘expediente x’, no saben cómo rechazar la oferta sin parecer prepotentes o estúpidos. Oficialmente, ellos son unos sufridores…, pero a diferencia de otros, ellos sufren en público y estallan de alegría en privado. ¿Qué podría pasarles si por una vez dijeran la verdad…, si dejaran de reírse, como psicópatas, en silencio?

Probablemente, les ocurriría algo parecido a la anécdota que compartió conmigo uno de los mejores traductores de España, que había sido freelance mucho antes de que nadie utilizara el palabro en nuestro país. Me contó que hace años, dándole vueltas a un problema de traducción, cruzó sin mirar una gran calle del centro de Barcelona y lo atropelló una moto. Al mismo tiempo que los llevaban a los dos en la ambulancia —a él junto al conductor, porque no tenía más que rasguños, y al motorista, muy dolorido, en la camilla de la parte de atrás— siguió pensando en el complejo problema y encontró mágicamente la solución. Mientras sentía que la felicidad le recorría por las venas y gritaba para sus adentros «¡Eureka!», el conductor le dio su versión a un compañero: «Un “hijo de puta” había cruzado el semáforo en rojo».

 

Omertà! Sealed lips ladies

and gentlemen! Our thing!

Tom Wolfe (Tiny Mummies!…)

Es un clamor casi diario, y todos los profesionales independientes tienen que escucharlo pacientemente y hasta asentir con aprobación: el empleo es inseguro y precario, los clientes van a sangrarte porque eres un proveedor minúsculo (¡Idiota! ¡Pagarás por trabajar!), los ingresos son bajísimos, la competencia es caníbal (¡No eres el primero que lo intenta!), las horas de trabajo se vuelven excesivas y detrás de la decisión de abandonar la gran empresa sólo pueden existir dos motivos verdaderos: el fracaso o la crisis. Ha llegado el momento de que los freelance felices y orgullosos rompan su silencio.

Lo primero que hay que decir es que cada vez son más los que eligen prescindir voluntariamente de la supervisión paternalista de un jefe al que no pueden admirar porque sólo se fascina de sí mismo, del ambiente pesado, requemado y cenizo de los sectores en reestructuración, de la burocracia friendly de la gran empresa o la gran administración (que, como los mafiosos de las películas, ofrecen ‘protección y seguridad’ a cambio de un buen pedazo de nuestras vidas) y de la pesadilla de las políticas de oficina como plato único para el desayuno, la comida y la cena. Visto así, no es extraño que asimilen el contrato indefinido con una especie de cadena perpetua prorrogable sin nostalgia posible. ¡Pero qué bien nos lo pasábamos en el patio de la prisión!

Existen muy pocos estudios sobre los profesionales independientes y cualificados (conocidos también como iPros) y muchos menos sobre aquellos a los que les encanta serlo: parece dar igual que la mitad de los freelance estadounidenses —más de 20 millones de personas— digan que no renunciarían por nada a seguir siéndolo, según las cifras de Freelancer Union y Upwork. Es una muestra más de que la sociedad, los políticos y las empresas desconfían de un segmento que cuestiona muchas de sus convicciones más arraigadas sobre el sueño laboral de cualquiera. Prefieren hablar exclusivamente del precariado o de la terrible condena de la temporalidad indeseada. Mejor lo malo conocido.

Cada vez son más los que eligen prescindir voluntariamente de la supervisión paternalista de un jefe

Los propios economistas no están mejor orientados. Ni saben dónde ubicar a los profesionales independientes (¿cómo van a ser empresarios si no tienen empresa y muchas veces no quieren tenerla?) ni han encontrado la forma de medir su impacto (¿qué van a aportar —y cómo vamos a medirlo— si no crean empleos directos?). Muchos altos directivos no los entienden porque están programados para no comprender que sus empleados los abandonen libremente en tiempos de turbulencias y no lo hagan ni para marcharse a la competencia ni para montar sus propias empresas.

Cuánta arrogancia

La existencia de los iPros también desafía las percepciones de unos emprendedores que, precisamente porque creen que carecen de prejuicios, son mucho menos conscientes y también menos capaces de combatirlos. Para ellos, un profesional independiente debe desear, por decreto, abrir su propia startup, desarrollarla rápidamente y bien ‘forrarse’ vendiéndola, bien mantenerse al frente de ella como el gran timonel de una idea fantástica con decenas (cuando no cientos) de trabajadores.

También para ellos, los profesionales independientes tienen que clasificarse, según sus categorías y los cánones que dictan sus ombligos, en emprendedores sin financiación, emprendedores sin ambición, emprendedores sin talento, emprendedores sin buenas ideas o emprendedores sin buenos socios. Silicon Valley tolera muchas razas, muchos credos, muchos proyectos y muchas tecnologías, pero no tolera lo que no entiende. Y es peligroso porque sólo se comprende a sí mismo y a los que son como él y por eso ansía redefinirlo todo (la palabra clave es disrupción) para reconstruirlo a su imagen y semejanza. Quieren ser Dios e imponer el monoteísmo.

¿Pero qué le pasa a ese zarrapastroso ejército de Pancho Villa que son los freelances?, se  preguntan bajo el sol metálico de Cupertino o Mountain View. ¿Acaso no les gusta vivir atados indefinidamente a nuestras salas de ping-pong, a los edificios planos como un CD o a nuestras zonas verdes trufadas de capitalismo zen? ¡Prefieren dormir en el suelo a trabajar por la noche como hacemos tantas veces nosotros para salvar el mundo! ¡Cuánta arrogancia freelance! ¡Cuánto elitismo!  

Les resulta indigerible que alguien prefiera subcontratar únicamente las tareas que no son el núcleo de su negocio y jamás el resto, aunque eso suponga no crecer como un culturista saturado de hormonas que busque una calidad casi artesanal en su trabajo más que pegar un sonoro pelotazo con una innovación memorable y disruptiva o que aspire a trabajar por pequeños proyectos y no al servicio de una gran misión (y un gran cliente y un Querido Líder) que lo absorba durante años como si fuera el desagüe de una trituradora.

Silicon Valley tolera muchas razas, muchos credos, muchos proyectos y muchas tecnologías, pero no tolera lo que no entiende

Es inevitable en este punto citar a los clásicos y aquí se impone mencionar a George Clooney en Abierto hasta el amanecer. Ante los clientes que quieren succionar por completo la atención, la imaginación y los deseos de un profesional independiente a largo plazo, la reacción interior de los freelances orgullosos de serlo es muy similar a la de Clooney cuando Salma Hayek, transmutada en criatura vampírica, le dice: «Bienvenido a la esclavitud». Clooney responde con su encanto habitual: «No, gracias; ya estuve casado una vez». Casado con el jefe que sólo se admiraba a sí mismo, con la empresa requemada por el fuego de la reestructuración, con el laberinto donde mueren por pura congelación las ideas revolucionarias.

A muchos emprendedores, especialmente en Estados Unidos, también les cuesta asimilar que estos profesionales exijan acceder a los servicios públicos que pagan con sus impuestos casi como un empleado por cuenta ajena o que busquen nuevos foros y plataformas (los colegios profesionales les parecen tan pretenciosos y aburridos como las grandes empresas para las que trabajan sus socios) y aliviar así la soledad colaborando con otros como ellos. No, Sam, no: eso no es ser un risk-taker. And I don’t like it at all!

Cazadores de mamuts

Oh, Sam, es verdad. Los iPros no suelen ser llaneros solitarios, ni sienten que estén librando una guerra contra el mundo para conquistar todas las conciencias o revolucionar todo el mercado, ni basan sus relaciones en la competencia cruda, sino en una mezcla de rivalidad y colaboración marcada por una especial relación de respeto y compromiso mutuo entre ellos y sus clientes. Tampoco tienen alergia al Estado porque sí, aunque se desesperen con los burócratas, los de la administración y los de esos mamuts petrificados, sepultados e inmensos —mucho menos bellos en realidad—, que son los departamentos de contabilidad de las multinacionales.  

En esta marea negra de incomprensión que aceptan como parte del paisaje, oscila el péndulo de su felicidad, tan cierto, poderoso y frágil como los latidos del corazón de un bebé. Miran a su alrededor y cuando les cuentan las mil penurias de muchos de sus colegas —dentro y fuera del paraíso quebradizo del contrato indefinido— cambian de color como camaleones. Se tiñen de oscuridad, dicen absurdamente que a ellos también les va mal, que viven aplastados por el mañana, un mañana que vete tú a saber si les traerá un mendrugo de pan a cambio de jornadas interminables. Casi se parecen a los desesperados estibadores del puerto de Nueva York en la Ley del silencio. Aquellos sí que eran falsos autónomos.

Por supuesto, la realidad de los iPros felices va por dentro. Perciben la forma en la que su buen hacer fortalece sus marcas día tras día, consolidan las relaciones con los clientes con los que se sienten a gusto trabajando (abandonarán las otras mucho antes de que se vuelvan tóxicas) y se ven reflejados en lo que hacen hasta el punto de que les cuesta distinguir a veces entre productos, servicios y creaciones (esto significa que, cuando les rechazan un trabajo, a veces se confunden creyendo que los censuran a ellos). Una ilustradora me dijo una vez: «Me pidieron que pusiese más color en un dibujo… ¡Más color! ¡En mi dibujo!». Puede intuirse lo que ella interpretó. Esos paletos le estaban exigiendo que se pintase las uñas de colores antes de amputarle la mano. ¡De colores! ¡A mí!

Los iPros felices perciben la forma en la que su buen hacer fortalece sus marcas día tras día, consolidan las relaciones con los clientes con los que se sienten a gusto trabajando y se ven reflejados en lo que hacen hasta el punto de que les cuesta distinguir a veces entre productos, servicios y creaciones

A veces, los trabajadores independientes exitosos dan tanta pena y fingen tan bien que les ofrecen un contrato indefinido por caridad o les dan explicaciones por no poder hacerlo. Obviamente, en una sociedad que los considera poco menos que un ‘expediente x’, no saben cómo rechazar la oferta sin parecer prepotentes o estúpidos. Oficialmente, ellos son unos sufridores…, pero a diferencia de otros, ellos sufren en público y estallan de alegría en privado. ¿Qué podría pasarles si por una vez dijeran la verdad…, si dejaran de reírse, como psicópatas, en silencio?

Probablemente, les ocurriría algo parecido a la anécdota que compartió conmigo uno de los mejores traductores de España, que había sido freelance mucho antes de que nadie utilizara el palabro en nuestro país. Me contó que hace años, dándole vueltas a un problema de traducción, cruzó sin mirar una gran calle del centro de Barcelona y lo atropelló una moto. Al mismo tiempo que los llevaban a los dos en la ambulancia —a él junto al conductor, porque no tenía más que rasguños, y al motorista, muy dolorido, en la camilla de la parte de atrás— siguió pensando en el complejo problema y encontró mágicamente la solución. Mientras sentía que la felicidad le recorría por las venas y gritaba para sus adentros «¡Eureka!», el conductor le dio su versión a un compañero: «Un “hijo de puta” había cruzado el semáforo en rojo».

 

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Opiniones 7
  • ¡Me ha encantado! Coincido contigo en eso de que los profesionales independientes son considerados casi un «expediente x», pero a la vez, no me extraña. En el contexto laboral actual de España parece que o dedicas tu tiempo trabajando en una gran empresa, o lo inviertes en crear una. Vías como la de los profesionales independientes exigen tener las cosas muy claras y estar libre de prejuicios. Parece que las medidas de flexibilidad laboral van dirigidas siempre a modificar un mismo sistema, en vez de a ampliar las formas de combinar vida laboral y personal. Pero todo se andará.

  • Cierto que cuando el empleo es inseguro y precario, ser freelance es muy duro. Tube esa experiencia en España y no volveria a ello por nada del mundo. En lugares donde hay abundante trabajo no es asi al menos que tu quieras montartelo mal.

    Hace tres años que soy (contractor) freelance en Canada y trabajando para empresas canadienses o norte americanas y, al contrario de lo que me pasaba en España, no quiero volver al contrato fijo ni loco.

    El articulo mezcla dos situaciones muy diferentes, una donde muchos directivos no entienden que quieras ser freenlance (supongo que habla de España) y donde la fiscalidad y la administracion te sangran y otra donde se entiende porque es habitual (Norte America, quiza otros paises pero los desconozco) y porque el fisco y la burocracia te lo ponen mas facil .

    Por los comentarios que hace de Estados Unidos me da que el autor toca de oido.

    Y un respeto al ejército de Pancho Villa! 😀

  • Genial, de veras… Sólo un reproche: ¿por qué, por qué, por qué (tres veces si…) has descubierto nuestro secreto? Ahora algún satisfecho directivo nos mirará con suspicacia, intentando comprender la causa de nuestra felicidad. Pero nuestro secreto está a buen recaudo: resulta tan obvio y evidente que no puede verlo, lo que es un nuevo motivo de satisfacción para nosotros, «desdichados» freelances.
    P.D.: escribo esto mientras trabajo en una terraza, en bermudas y mocasines, rodeado de agresivos ejecutivos, de traje y corbata. Y me imagino lo que pensarán de mI, que supongo es lo que yo pensé muchos años de los freelances 😉

  • Una forma de pensar bastante limitada. La felicidad, al igual que el gusto, depende de cada quien. A algunos les gusta el color verde, a otros les gusta los de su mismo sexo, otros trabajarn freelance y otros buscan estabilidad. Es patetico que juzgues la forma pensar de otros en base a tu experiencia.

  • Soy autónoma, madre y feliz… arrancas con mucho esfuerzo y un día tienes la posibilidad de crecer… coger una persona, crear «una empresa». La misma sociedad que te dijo que era normal que no pudieras criar a tu hijo porque a una jefa gilipollas se le pasaba por la punta de nariz ponerte una reunión a las 7 y media de la tarde (que 10 minutos después de las 7 y media llamaba para anular), la misma sociedad que me dijo que sola y con un niño debía buscar estabilidad económica, esa misma sociedad, me dijo: claro, crece, tienes talento para montar una empresa, coge una persona o dos, clientes más grandes, no desperdicies la oportunidad de «ganar más»… No lo hice y gano mucho más todos los días, escojo proyectos que me gustan, estudio, cambio de clientes cuando no estoy a gusto, disfruto haciendo las cosas como creo conveniente, me organizo mis horas, mis comidas, mi ocio y en qué me voy a encabezonar por cuánto tiempo… soy freelance o autónoma, soy madre y estoy muy satisfecha con mi vida y con mi trabajo.

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