22 de marzo 2018    /   IDEAS
por
ilustracion  Ana Galvañ

La odisea de ser calvo

22 de marzo 2018    /   IDEAS     por        ilustracion  Ana Galvañ
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Dos calvos y un calvo en prórroga. El calvo en prórroga ya es calvo desde el punto de vista ontológico, pero ha conseguido afianzarse en algún tratamiento más o menos eficaz. Ostenta un ligerísimo control sobre el ritmo de su caída: la ha ralentizado y eso le permite poner a punto su subjetividad, humorizar el drama y llegar a los treinta años sin que le huela la cabeza a crema solar desde marzo hasta octubre.

El calvo uno y el calvo dos aleccionan al primero: no te gastes el dinero en mierdas, dicen. Si se te tiene que caer, se te va a caer, teorizan. Yo estoy contentísimo de haberme afeitado, expresa uno; y el otro, que él también, que hasta se gusta más así que con pelo; de verdad, de verdad, corean mientras se abrochan la chaqueta. El precalvo dice sí-sí todo el rato; quiere dejar el tema; abre la puerta de la calle: «Bueno, ¿bajamos?». «Vamos», corean los otros de nuevo. Los dos reversos de Sansón cogen cada uno su gorrita, se la calan bien y salen al rellano.

Cada día, miles de personas neutralizan y desechan horas de argumentos dignificando la alopecia al ensartarse dentro de la gorra, el gorro, el sombrero. Sus vidas cambiaron el día en que salieron del dermatólogo con dos palabras punzándoles el pecho; dos palabras que descubrieron por primera vez en Dr. Google y que leyeron con miedo, como si fuera un conjuro de magia negra: «alopecia androgénica».

Ya nada será igual desde ese momento. Solo es cuestión de tiempo que a uno se le caigan el cabello y los apodos. Oficialmente, pasará a llamarse «este chico que es así, calvo». O «calvito», que es peor porque trasluce piedad. Un extraño mecanismo este de llamarte «calvito» aunque midas dos metros; lo dicen con buena fe, como si al usar el diminutivo te poblaran un poco la cabeza.
Cambia la percepción, el sistema cognitivo se alerta.
El precalvo se convierte en un experto en cabezas. Detecta los cueros cabelludos afectados, incluso en sus estadios más primitivos; identifica la horma de drenaje de cada cráneo; se compara; analiza la ropa y la conducta de los despejados consolidados y busca detectar su nivel de tolerancia emocional al despelleje. Reflexiona, contempla variables. Por ejemplo: «Si eres calvo y rubio y de ojos claros, no queda tan mal», «si eres blanco de piel y de pelo muy oscuro, queda de pena». O desfallece inútilmente: «Ojalá fuera negro».

Unos cuantos datos: en el mundo, a partir de los 25 años, la cabeza de uno de cada cuatro hombres empieza a desertizarse. Con más de 50, el porcentaje alcanza el 50%. Hay un 60% de desafortunados a los que el proceso se les adelanta a los 20 años. Los datos a nivel mundial son engañosos: existen etnias maravillosas de hoja perenne. En el mundo se gastan al año unos 3.500 millones de dólares en tratamientos, y en 2016, 65.000 extranjeros volaron hasta Turquía para abonarse el huerto.

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La alopecia no es cosa de broma. Bueno, en realidad sí, pero eso no impide que los afectados se desorienten, sientan resquebrajarse su identidad y se encierren en casa. Ocurre, sobre todo, durante el proceso de adaptación. Luis Antón, psicólogo del Instituto de Psicoterapias Avanzadas, ha recibido pacientes de este tipo: «Genera problemas de autoestima, depresión y ansiedad debido a la influencia social de la estética. Piensan que serán menos atractivos físicamente, les provoca preocupación y falta de confianza», explica. Aun así no son tantos los que acuden al terapeuta.
Las relaciones sociales pueden resentirse: «He visto gente que tiene menos conductas de buscar pareja o de salir por ahí y relacionarse, sobre todo en los entornos en que el físico es más importante», cuenta Antón.

En una sociedad histéricamente esteticista, la calvicie ha empezado a vivirse con angustia. Es, quizás, la primera vez en que el hombre padece la asfixia del cuestionamiento que la mujer lleva sintiendo toda la vida con el peso. No se trata de grados; la gordura o la calvicie confeccionan socialmente una etiqueta, una categoría que te define y que se confunde con la enfermedad en tanto que se aborda con un léxico sanitario: ¿es curable?, ¿hay medicación?

La publicidad de productos anticaída calca la de las pócimas adelgazantes o antiedad: ninguno funciona (los que funcionan, curiosamente, no se publicitan); todos los spots confirman tu sospecha de que la gente se dedica a vigilarte la cabeza («Lo notas. Lo notan», perpetra Pilexil) y no te ofrecen una solución real, sino un consuelo: el sentimiento de que la cuestión depende de tu voluntad.

Pero una cosa es que las mujeres se castiguen hasta encajar en el canon (que bueno), y otra que lo hagan los hombres (por ahí ya no). Hubo una reacción masiva para resignificar a los cogotes rutilantes (igual que ocurrió con las canas o la barriga masculinas). La ciencia metió mano. Florecieron estudios esperanzadores como los emprendidos por Albert E. Mannes de la Universidad de Pensilvania, que concluyó que las mujeres ven «más atractivos, más fuertes, altos y viriles» a los hombres sin pelo (sin ningún pelo, a quienes adolecen de tonsura se les veía más débiles). El estudio es un acto desesperado, como comprarse un descapotable en cualquier circunstancia de la vida. Efectivamente, Albert E. Mannes, el autor, es calvo.

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Otro estudio, este para pelones modosos, aceptaba que se perdía atractivo, pero indicaba que se ganaba en inteligencia, en apariencia de fidelidad y de buen padre: un desastre. El caso es que la academia ha ido ofreciendo un menú customizable de porcentajes y resultados para apaciguarnos.
Pese al esfuerzo, los ensombrerados de a pie sufren. Miran, paranoicos, los ojos del otro (de la otra, sobre todo) al conversar y se crispan como gatos si detectan que sus pupilas apuntan por encima de su frente. Si alguien, con cariño y buena fe, les acaricia la cabeza en plena diáspora capilar, no sienten el gesto como una carantoña, sino que entran en pánico como si una tarántula merodeara por su cráneo.

Otra forma de consolar a un calvo, muy mediática, es enseñarle a otros despejados célebres, o sea, a tipos más ricos, con más horas de gimnasio, con estilistas a su disposición y años de bagaje y asesoramiento en el uso del lenguaje corporal. Otra maniobra burda, como si el hecho aislado de tener pelo te hiciera comparable a Brad Pit.

A los precalvos que necesitan amparo, solo les sirven de consuelo otros precalvos de su condición. Entre ellos, se hermanan al instante porque saben, al verse, que disponen de un buen recital de bromas y de burlas que jamás tolerarían a un melenudo recio. Las burlas, expresadas entre ellos, se aceptan con gusto porque, además, dejan en el aire una sensación de que no importa tanto tener la cabeza limpia, de que incluso mola. Hay que señalar que calvos y precalvos no son necesariamente aliados. A los segundos les ofende a veces la naturalidad y la seguridad de los primeros.

Por todo el mundo, hay foros como Recuperar el Pelo o Hairlostalk que se han convertido en clubs de alopécicos anónimos. En cada conversación se encuentra suavidad, asertividad, entrega, amor. También hay palabras de dureza («rápate y deja de llorar»), pero siempre se las percibe algodonadas de pura solidaridad. Allí se recomiendan tratamientos, productos, terapias, actitudes; se envían fotos de la evolución de la coronilla y se celebran las crecidas: «Estás hecho un melenudo», expresan.

Lo crucial es el amor propio; si uno se siente seguro, los demás (las demás) olfatearán su seguridad como si fuera colonia Hugo Boss o Invictus, o alguna de esas en cuyos anuncios las mujeres se desmayan al paso de una virilidad catártica. Tú dictas la forma en que te ven los otros. Esa es la actitud. En concreto, la actitud con que se ha visto a muchos hombres sentados en un avión camino de Turquía con más de 3.000 euros en el bolsillo.

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Dos calvos y un calvo en prórroga. El calvo en prórroga ya es calvo desde el punto de vista ontológico, pero ha conseguido afianzarse en algún tratamiento más o menos eficaz. Ostenta un ligerísimo control sobre el ritmo de su caída: la ha ralentizado y eso le permite poner a punto su subjetividad, humorizar el drama y llegar a los treinta años sin que le huela la cabeza a crema solar desde marzo hasta octubre.

El calvo uno y el calvo dos aleccionan al primero: no te gastes el dinero en mierdas, dicen. Si se te tiene que caer, se te va a caer, teorizan. Yo estoy contentísimo de haberme afeitado, expresa uno; y el otro, que él también, que hasta se gusta más así que con pelo; de verdad, de verdad, corean mientras se abrochan la chaqueta. El precalvo dice sí-sí todo el rato; quiere dejar el tema; abre la puerta de la calle: «Bueno, ¿bajamos?». «Vamos», corean los otros de nuevo. Los dos reversos de Sansón cogen cada uno su gorrita, se la calan bien y salen al rellano.

Cada día, miles de personas neutralizan y desechan horas de argumentos dignificando la alopecia al ensartarse dentro de la gorra, el gorro, el sombrero. Sus vidas cambiaron el día en que salieron del dermatólogo con dos palabras punzándoles el pecho; dos palabras que descubrieron por primera vez en Dr. Google y que leyeron con miedo, como si fuera un conjuro de magia negra: «alopecia androgénica».

Ya nada será igual desde ese momento. Solo es cuestión de tiempo que a uno se le caigan el cabello y los apodos. Oficialmente, pasará a llamarse «este chico que es así, calvo». O «calvito», que es peor porque trasluce piedad. Un extraño mecanismo este de llamarte «calvito» aunque midas dos metros; lo dicen con buena fe, como si al usar el diminutivo te poblaran un poco la cabeza.
Cambia la percepción, el sistema cognitivo se alerta.
El precalvo se convierte en un experto en cabezas. Detecta los cueros cabelludos afectados, incluso en sus estadios más primitivos; identifica la horma de drenaje de cada cráneo; se compara; analiza la ropa y la conducta de los despejados consolidados y busca detectar su nivel de tolerancia emocional al despelleje. Reflexiona, contempla variables. Por ejemplo: «Si eres calvo y rubio y de ojos claros, no queda tan mal», «si eres blanco de piel y de pelo muy oscuro, queda de pena». O desfallece inútilmente: «Ojalá fuera negro».

Unos cuantos datos: en el mundo, a partir de los 25 años, la cabeza de uno de cada cuatro hombres empieza a desertizarse. Con más de 50, el porcentaje alcanza el 50%. Hay un 60% de desafortunados a los que el proceso se les adelanta a los 20 años. Los datos a nivel mundial son engañosos: existen etnias maravillosas de hoja perenne. En el mundo se gastan al año unos 3.500 millones de dólares en tratamientos, y en 2016, 65.000 extranjeros volaron hasta Turquía para abonarse el huerto.

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La alopecia no es cosa de broma. Bueno, en realidad sí, pero eso no impide que los afectados se desorienten, sientan resquebrajarse su identidad y se encierren en casa. Ocurre, sobre todo, durante el proceso de adaptación. Luis Antón, psicólogo del Instituto de Psicoterapias Avanzadas, ha recibido pacientes de este tipo: «Genera problemas de autoestima, depresión y ansiedad debido a la influencia social de la estética. Piensan que serán menos atractivos físicamente, les provoca preocupación y falta de confianza», explica. Aun así no son tantos los que acuden al terapeuta.
Las relaciones sociales pueden resentirse: «He visto gente que tiene menos conductas de buscar pareja o de salir por ahí y relacionarse, sobre todo en los entornos en que el físico es más importante», cuenta Antón.

En una sociedad histéricamente esteticista, la calvicie ha empezado a vivirse con angustia. Es, quizás, la primera vez en que el hombre padece la asfixia del cuestionamiento que la mujer lleva sintiendo toda la vida con el peso. No se trata de grados; la gordura o la calvicie confeccionan socialmente una etiqueta, una categoría que te define y que se confunde con la enfermedad en tanto que se aborda con un léxico sanitario: ¿es curable?, ¿hay medicación?

La publicidad de productos anticaída calca la de las pócimas adelgazantes o antiedad: ninguno funciona (los que funcionan, curiosamente, no se publicitan); todos los spots confirman tu sospecha de que la gente se dedica a vigilarte la cabeza («Lo notas. Lo notan», perpetra Pilexil) y no te ofrecen una solución real, sino un consuelo: el sentimiento de que la cuestión depende de tu voluntad.

Pero una cosa es que las mujeres se castiguen hasta encajar en el canon (que bueno), y otra que lo hagan los hombres (por ahí ya no). Hubo una reacción masiva para resignificar a los cogotes rutilantes (igual que ocurrió con las canas o la barriga masculinas). La ciencia metió mano. Florecieron estudios esperanzadores como los emprendidos por Albert E. Mannes de la Universidad de Pensilvania, que concluyó que las mujeres ven «más atractivos, más fuertes, altos y viriles» a los hombres sin pelo (sin ningún pelo, a quienes adolecen de tonsura se les veía más débiles). El estudio es un acto desesperado, como comprarse un descapotable en cualquier circunstancia de la vida. Efectivamente, Albert E. Mannes, el autor, es calvo.

calvo2

Otro estudio, este para pelones modosos, aceptaba que se perdía atractivo, pero indicaba que se ganaba en inteligencia, en apariencia de fidelidad y de buen padre: un desastre. El caso es que la academia ha ido ofreciendo un menú customizable de porcentajes y resultados para apaciguarnos.
Pese al esfuerzo, los ensombrerados de a pie sufren. Miran, paranoicos, los ojos del otro (de la otra, sobre todo) al conversar y se crispan como gatos si detectan que sus pupilas apuntan por encima de su frente. Si alguien, con cariño y buena fe, les acaricia la cabeza en plena diáspora capilar, no sienten el gesto como una carantoña, sino que entran en pánico como si una tarántula merodeara por su cráneo.

Otra forma de consolar a un calvo, muy mediática, es enseñarle a otros despejados célebres, o sea, a tipos más ricos, con más horas de gimnasio, con estilistas a su disposición y años de bagaje y asesoramiento en el uso del lenguaje corporal. Otra maniobra burda, como si el hecho aislado de tener pelo te hiciera comparable a Brad Pit.

A los precalvos que necesitan amparo, solo les sirven de consuelo otros precalvos de su condición. Entre ellos, se hermanan al instante porque saben, al verse, que disponen de un buen recital de bromas y de burlas que jamás tolerarían a un melenudo recio. Las burlas, expresadas entre ellos, se aceptan con gusto porque, además, dejan en el aire una sensación de que no importa tanto tener la cabeza limpia, de que incluso mola. Hay que señalar que calvos y precalvos no son necesariamente aliados. A los segundos les ofende a veces la naturalidad y la seguridad de los primeros.

Por todo el mundo, hay foros como Recuperar el Pelo o Hairlostalk que se han convertido en clubs de alopécicos anónimos. En cada conversación se encuentra suavidad, asertividad, entrega, amor. También hay palabras de dureza («rápate y deja de llorar»), pero siempre se las percibe algodonadas de pura solidaridad. Allí se recomiendan tratamientos, productos, terapias, actitudes; se envían fotos de la evolución de la coronilla y se celebran las crecidas: «Estás hecho un melenudo», expresan.

Lo crucial es el amor propio; si uno se siente seguro, los demás (las demás) olfatearán su seguridad como si fuera colonia Hugo Boss o Invictus, o alguna de esas en cuyos anuncios las mujeres se desmayan al paso de una virilidad catártica. Tú dictas la forma en que te ven los otros. Esa es la actitud. En concreto, la actitud con que se ha visto a muchos hombres sentados en un avión camino de Turquía con más de 3.000 euros en el bolsillo.

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Opiniones 9
  • Eres un hijo de puta. Me he visto identificado (como precalvo que soy) en el 100% de artículo. O eres un calvo/precalvo que conoce de primera mano las condiciones de tener la azotea perjudicada, o eres muy muy bueno. En cualquier caso, ha sido como leer acerca de mí mismo. Vete a tomar por culo. Cada día más fan de esta revista.

  • Hola! Sabíais que la alopecia también la pueden tener las mujeres?? Lo que pasa que ellas suelen llevar peluca para ocultarse, no pueden ser calvas sin más…

  • Pero hoy en día hay injertos, y cada vez van a más baratos. Se los está haciendo todo dios. En poco tiempo, la calvicie no será ningún problema.

  • Pero hoy en día hay injertos, y cada vez van a más baratos. Se los está haciendo todo dios. En poco tiempo, la calvicie no será ningún problema.

  • #baldproud de toda la vida ( yo soy mestizo, solo tengo el rodapié) desde que no tengo pelo. Ligo
    No hay más preguntas señoría.

  • Pero hoy en día hay injertos, y cada vez van a más baratos. Se los está haciendo todo dios. En poco tiempo, la calvicie no será ningún problema.

  • ¿De verdad es lícito reírse del calvo? ¿De dónde sale esa máxima social carente de respeto y de solidaridad? Dinos cuál es tu defecto y hagamos bromas crueles a tu costa, es divertido. Que los tuertos anuncien gafas progresivas, que los jorobados porten el último modelo de mochila, o que varios cojos posen con zapatillas flexibles y ligeras con las que romper todos los records de velocidad.
    Y también he echado en falta el caso de la alopecia femenina, esa que se padece en secreto, se comprende socialmente, se separa del caso masculino, se ayuda a enmascarar y se ampara, por la única (y suficiente razón) de que afecta a la mujer. Aunque lo mismo me equivoco y a ellas, las calvas y precalvas, se han partido de risa con el artículo. Divertidísimo.

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