17 de marzo 2016    /   BUSINESS
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Cámaras a tutiplén: ¿Sirve para algo llenar una ciudad de cámaras de seguridad?

17 de marzo 2016    /   BUSINESS     por          
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Las cámaras se han desarrollado extraordinariamente desde que en la década de 1860 Matthew Brady recogiera los horrores de la Guerra de Secesión en placas fotográficas. Al principio, la cámara era un cachivache muy aparatoso que debía sostenerse sobre un trípode y debía esperar tiempos de exposición de varios minutos.

Ahora se están empezando a colocar cámaras en casi cualquier cosa, desde los semáforos a los salpicaderos de los coches, pasando por el uniforme de los agentes de policía. Las cámaras tienen el tamaño de un sensor del tamaño de un chip que cabe en cualquier recoveco. Incluso, muy pronto, podrán instalarse en una lente de contacto, como han probado ya investigadores coreanos en los ojos de conejos.

Pero ¿cómo está cambiando el tejido social de las ciudades debido a esta sobreexposición? ¿Estamos encaminados a convivir sin tanta intimidad a cambio de una mayor cuota de seguridad o las cosas no son tan intuitivas como parece?

Lo grabamos todo por usted

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En Rusia es común que los coches se equipen con una cámara para sobrevivir a los estafadores que provocan accidentes de tráfico para embolsarse el seguro. Pudiera parecernos una excentricidad de nuestros amigos del vodka, y en cierto modo lo es, pero si echamos un vistazo a nuestro alrededor descubriremos con asombro que las cámaras, públicas o privadas, están multiplicándose exponencialmente en todos los órdenes de la vida.

En Estados Unidos se estima que solo el número de cámaras de vigilancia alcanza los 30 millones, es decir, unas 4.000 millones de horas de grabación a la semana. Gran parte de estas grabaciones, además, son procesadas mediante algoritmos que detectan matrículas, caras de personas, e incluso si alguien está fumando. Solo en una calle de Nueva York, la Catorce, había 769 cámaras en 1998; en el año 2005 la cifra ascendió a las 2.397. China dispone de 1 cámara de vigilancia por cada 43 ciudadanos.

Es indiscutible que la presencia de cámaras disuade a los delincuentes y también nos hacen sentir más seguros (si nosotros somos los buenos). Pero quizá los logros obtenidos con las cámaras no son tan espectaculares como cabría suponer. Desde hace diez años, en Inglaterra la densidad de cámaras es altísima, pero en un informe de 2009 presentado por Scotland Yard, solo se resolvía un crimen al año por cada mil cámaras.

Las pruebas de que las cámaras, por sí mismas, reducen de forma importante la delincuencia o el desorden son escasas, como sugiere un estudio que tuvo en cuenta 36 artículos publicados en el Reino Unido, 10 en Estados Unidos y 1 en Holanda. En consecuencia, parece más efectivo que en una calle haya buen alumbrado, tiendas abiertas y escasos signos de abandono o vandalismo para que exista cierto orden, como expone la teoría de las ventanas rotas.

Las cámaras pueden ser útiles, pero no disponemos de suficiente evidencia para afirmar tajantemente que son extraordinariamente útiles. Y quizás deberíamos exigir un resultado «extraordinariamente útil» si, a cambio, estamos pagando el tributo de nuestra intimidad.

Nuestra propia versión de los hechos

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La llamada «surveillance» es la vigilancia desde arriba, desde estamentos superiores, gobiernos, administraciones, comercios, agentes de seguridad. Sin embargo, si bien la tecnología de las cámaras de vigilancia puede producirnos inquietud y resulta hasta cierto punto imparable, la ventaja para todos nosotros es que su tendencia a reducir costes democratiza su uso.

Por ello, como contramedida, ha nacido la «sousveillance», un término acuñado por Steven Mann, profesor de la universidad de Toronto. De este modo, gracias a esta vigilancia desde abajo o vigilancia inversa, podemos usar nuestras propias cámaras para presentar nuestra propia versión de los hechos frente a las autoridades competentes. Y, a la vez, podemos descubrir los excesos de las mismas. Algo así como la generalización de la paliza que sufrió Rodney King a manos de la policía de Los Ángeles.

Seamos o no partidarios de registrar nuestra versión de los hechos, cada vez hay más partidarios de hacerlo. Incluso de ir más allá y registrar absolutamente toda su vida, como una especie de Snapchat o Periscope funcionando las 24 horas del día. Los aficionados a documentar de este modo sus vidas se llaman lifeloggers.

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El abaratamiento en el almacenamiento de datos ya hace posible algo así. Todo lo que vemos, oímos, e incluso olemos y tocamos, podrá guardarse como en una bitácora personal. Para revisitar nuestros mejores momentos o discutir con la pareja si le fuimos infiel, tal y como sucede en el capítulo 1×03 de la serie Black Mirror. Para ejercer nuestro derecho a la contravigilancia. Por narcisimo. Porque las pautas de privacidad se están relajando y quizá desaparezcan, regresando a cómo éramos hace apenas unos siglos, tal y como explica ampliamente Jeff Jarvis en su libro Partes públicas.

Entregaremos nuestra intimidad por las buenas, o por las malas: si hay quien trata de preservarla, siempre habrá expertos que se dedicarán a violarla. Como Rastreador de Namorado, originaria de Brasil, una app que hackea el móvil e informa de todos los movimientos realizados registrados por el GPS, entre otros datos. También se puede hackear la cámara del móvil, la del portátil y hasta la de la televisión. En un mundo repleto de cámaras será un tanto irónico que no queramos ser grabados por cámaras. Como ponerle puertas y cancelas al campo.

Hace veinte años nadie habría apostado por que personas de todas las edades colgaran fotos y vídeos privados en Facebook. Dentro de veinte, quien no exponga su vida tal vez será tildado de ludita. O de que esconde algo malo. Imaginarlo da miedo, como todo lo que tiene que ver con el futuro.

Imágenes | Pixabay

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Las cámaras se han desarrollado extraordinariamente desde que en la década de 1860 Matthew Brady recogiera los horrores de la Guerra de Secesión en placas fotográficas. Al principio, la cámara era un cachivache muy aparatoso que debía sostenerse sobre un trípode y debía esperar tiempos de exposición de varios minutos.

Ahora se están empezando a colocar cámaras en casi cualquier cosa, desde los semáforos a los salpicaderos de los coches, pasando por el uniforme de los agentes de policía. Las cámaras tienen el tamaño de un sensor del tamaño de un chip que cabe en cualquier recoveco. Incluso, muy pronto, podrán instalarse en una lente de contacto, como han probado ya investigadores coreanos en los ojos de conejos.

Pero ¿cómo está cambiando el tejido social de las ciudades debido a esta sobreexposición? ¿Estamos encaminados a convivir sin tanta intimidad a cambio de una mayor cuota de seguridad o las cosas no son tan intuitivas como parece?

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En Rusia es común que los coches se equipen con una cámara para sobrevivir a los estafadores que provocan accidentes de tráfico para embolsarse el seguro. Pudiera parecernos una excentricidad de nuestros amigos del vodka, y en cierto modo lo es, pero si echamos un vistazo a nuestro alrededor descubriremos con asombro que las cámaras, públicas o privadas, están multiplicándose exponencialmente en todos los órdenes de la vida.

En Estados Unidos se estima que solo el número de cámaras de vigilancia alcanza los 30 millones, es decir, unas 4.000 millones de horas de grabación a la semana. Gran parte de estas grabaciones, además, son procesadas mediante algoritmos que detectan matrículas, caras de personas, e incluso si alguien está fumando. Solo en una calle de Nueva York, la Catorce, había 769 cámaras en 1998; en el año 2005 la cifra ascendió a las 2.397. China dispone de 1 cámara de vigilancia por cada 43 ciudadanos.

Es indiscutible que la presencia de cámaras disuade a los delincuentes y también nos hacen sentir más seguros (si nosotros somos los buenos). Pero quizá los logros obtenidos con las cámaras no son tan espectaculares como cabría suponer. Desde hace diez años, en Inglaterra la densidad de cámaras es altísima, pero en un informe de 2009 presentado por Scotland Yard, solo se resolvía un crimen al año por cada mil cámaras.

Las pruebas de que las cámaras, por sí mismas, reducen de forma importante la delincuencia o el desorden son escasas, como sugiere un estudio que tuvo en cuenta 36 artículos publicados en el Reino Unido, 10 en Estados Unidos y 1 en Holanda. En consecuencia, parece más efectivo que en una calle haya buen alumbrado, tiendas abiertas y escasos signos de abandono o vandalismo para que exista cierto orden, como expone la teoría de las ventanas rotas.

Las cámaras pueden ser útiles, pero no disponemos de suficiente evidencia para afirmar tajantemente que son extraordinariamente útiles. Y quizás deberíamos exigir un resultado «extraordinariamente útil» si, a cambio, estamos pagando el tributo de nuestra intimidad.

Nuestra propia versión de los hechos

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La llamada «surveillance» es la vigilancia desde arriba, desde estamentos superiores, gobiernos, administraciones, comercios, agentes de seguridad. Sin embargo, si bien la tecnología de las cámaras de vigilancia puede producirnos inquietud y resulta hasta cierto punto imparable, la ventaja para todos nosotros es que su tendencia a reducir costes democratiza su uso.

Por ello, como contramedida, ha nacido la «sousveillance», un término acuñado por Steven Mann, profesor de la universidad de Toronto. De este modo, gracias a esta vigilancia desde abajo o vigilancia inversa, podemos usar nuestras propias cámaras para presentar nuestra propia versión de los hechos frente a las autoridades competentes. Y, a la vez, podemos descubrir los excesos de las mismas. Algo así como la generalización de la paliza que sufrió Rodney King a manos de la policía de Los Ángeles.

Seamos o no partidarios de registrar nuestra versión de los hechos, cada vez hay más partidarios de hacerlo. Incluso de ir más allá y registrar absolutamente toda su vida, como una especie de Snapchat o Periscope funcionando las 24 horas del día. Los aficionados a documentar de este modo sus vidas se llaman lifeloggers.

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El abaratamiento en el almacenamiento de datos ya hace posible algo así. Todo lo que vemos, oímos, e incluso olemos y tocamos, podrá guardarse como en una bitácora personal. Para revisitar nuestros mejores momentos o discutir con la pareja si le fuimos infiel, tal y como sucede en el capítulo 1×03 de la serie Black Mirror. Para ejercer nuestro derecho a la contravigilancia. Por narcisimo. Porque las pautas de privacidad se están relajando y quizá desaparezcan, regresando a cómo éramos hace apenas unos siglos, tal y como explica ampliamente Jeff Jarvis en su libro Partes públicas.

Entregaremos nuestra intimidad por las buenas, o por las malas: si hay quien trata de preservarla, siempre habrá expertos que se dedicarán a violarla. Como Rastreador de Namorado, originaria de Brasil, una app que hackea el móvil e informa de todos los movimientos realizados registrados por el GPS, entre otros datos. También se puede hackear la cámara del móvil, la del portátil y hasta la de la televisión. En un mundo repleto de cámaras será un tanto irónico que no queramos ser grabados por cámaras. Como ponerle puertas y cancelas al campo.

Hace veinte años nadie habría apostado por que personas de todas las edades colgaran fotos y vídeos privados en Facebook. Dentro de veinte, quien no exponga su vida tal vez será tildado de ludita. O de que esconde algo malo. Imaginarlo da miedo, como todo lo que tiene que ver con el futuro.

Imágenes | Pixabay

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Opiniones 7
  • Creo que en las sociedades “normales”, la privacidad está en los últimos puestos en cuanto a las preocupaciones de la gente. Me imagino que en países totalitarios la cosa cambia radicalmente. El caso más chungo será una sociedad normal que cambie a totalitaria y que por tanto tengan (el gobierno) toda la información disponible para clasificar a los buenos y malos ciudadanos en función del criterio que les de la gana.
    Otro aspecto a tener en cuenta es que la exposición continuada a cámaras y en redes sociales no supone ningún problema porque no ves a nadie. No eres consciente de estar siendo vigilado. En cambio vas a un pequeño pueblo y sentirás el peso de la mirada curiosa e incómoda de los locales sobre el forastero. Y soltarás la típica frase de “me gusta más el anonimato de vivir en una gran cuidad”…

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