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20 de diciembre 2018    /   IDEAS
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La única forma de estar en lo cierto es cambiar de opinión

20 de diciembre 2018    /   IDEAS     por          
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Hay una tendencia generalizada entre las personas a aferrarse al primer impulso, a la primera corazonada. Sigue tu instinto, podríamos escuchar en un spot de perfumes. El problema es que el mundo no funciona así. En primer lugar, porque el mundo es demasiado complicado. En segundo lugar, porque nosotros somos demasiado imperfectos.

Por esa razón, deberíamos empezar a sospechar de nosotros mismos si hace mucho tiempo que no cambiamos de opinión sobre un asunto.

Cambiar la respuesta

Una vez tomamos un camino nos cuesta plantearlos otro diferente. Y cuanto más tiempo llevamos recorriendo ese camino, más fatigoso resulta retroceder. Por eso, a partir de determinada edad nos resulta muy difícil cambiar de religión o de ideología política, así como cualquier otra convicción muy arraigada. Cuanto más tiempo pasa, el arraigo no solo es mayor, sino que nuestro cerebro es menos flexible.

Y ya ni siquiera es permeable a los datos que refutan tales convicciones, como demostró una investigación del Instituto del Cerebro y la Creatividad de la Universidad del Sur de California, que se llevó a cabo mediante resonancias magnéticas en 40 personas.

Nos aferramos a las primeras ideas que pasaron por nuestra cabeza como si, por ser las más rápidas, fueran las verdaderas

Consecuencia de ello: incluso nuestros gustos estéticos tienden a fosilizarse, como evidenció una encuesta a mil británicos sobre sus hábitos de escucha realizado por la plataforma de streaming Deezer.

Los resultados sugieren que la edad pico para descubrir nueva música es de 24 años. A partir de entonces, cada vez es más difícil que el usuario descubra nuevas tendencias musicales. Los patrones son similares en otra investigación como la realizada en 2015 por el responsable de producto en Spotify Ajay Kalia, que puso la fecha límite en los 33 años de edad.

De alguna manera, se nos atrofia la necesidad de explorar. Pero, sobre todo, nos volvemos reacios a repensar lo que ya sabíamos. Eso quedó perfectamente reflejado en lo que nos cuesta cambiar la respuesta que hemos dado en un test, porque tendemos a pensar que cambiar de respuesta es un error en sí mismo.

Sin embargo, tras 70 años de investigación, el cambio de respuestas prueba que la mayoría de los cambios que se realizan son de una respuesta errónea a una correcta, lo que mejora la puntuación del test. Y esto es cierto con independencia del test en cuestión: sea de múltiple elección o verdadero-falso, con un tiempo límite o sin él.

Así lo demuestran decenas de estudios al respecto, como los de Prinsell y Ramsey (1994). Lo más aterrador es que, incluso informando a los estudiantes de los resultados de estos estudios, continúan aferrándose a sus primeras respuestas. Como si fueran más auténticas simplemente porque fueron las primeras que les pasaron por la cabeza.

Quien cambia de opinión no parece tener principios. Mantenerse inamovible en un error, sin embargo, parece ser más romántico, más honesto, más puro. La tozudez se asocia incluso a la confianza en las ideas, al amor por determinadas ideas.

Por el contrario, reservamos todo un ramillete de términos despectivos para quienes aducen un cambio de opinión en función de nuevas circunstancias o una reflexión más profunda: veleta, chaquetero, falto de personalidad, desnortado, gregario, veleidoso, voluble, antojadizo… Porque cambiar de opinión se asocia a un pensamiento débil y muchos corean a Alaska cuando canta lo de que «yo soy así y así seguiré, nunca cambiaré».

La única posición verdadera es la que está en eterno movimiento

A esta aversión al cambio de opinión se suma otro sesgo cognitivo: nos sentimos más responsables de nuestras acciones que de nuestras inacciones. En otras palabras, si nos debemos equivocar en algo, que sea por no actuar.

Monty Hall

Esta tendencia permite explicar por qué nos cuesta tanto resolver el llamado problema de Monty Hall. El problema plantea que hay tres puertas; detrás de una hay un coche y detrás de las otras dos hay cabras. Puedes escoger una puerta, la número 1, por ejemplo. Entonces alguien (que sabe lo que hay detrás de cada puerta y que no quiere que te lleves el coche) abre otra, la número 3 (que esconde una cabra), y te pregunta si quieres cambiar de puerta.

La intuición nos dice que la probabilidad de acierto sigue siendo la misma tanto si nos mantenemos firmes en nuestra primera elección como si cambiamos la puerta. La lógica, sin embargo, impone que la probabilidad de acertar aumenta si cambiamos de puerta.

Esta manera de proceder puede extrapolarse a todas las opiniones, no solo las que vertemos en un simple test o un concurso de puertas en la que podemos ganar un coche. Además, cambiando de opinión también podemos tener ideas más interesantes y profundas, porque estamos obligados a reanalizar lo que pensamos.

El conocimiento sobre cualquier asunto puede verse como un acercamiento a su verdad intrínseca en un perpetuo movimiento en espiral: tenemos una posición, profundizamos en ella y avanzamos circularmente para tener otra que quizá sea diametralmente opuesta… pero si seguimos profundizando, volvemos a tener la misma opinión del principio, aunque con mejores argumentos.

En todo ese periplo nos aproximamos cada vez más al núcleo de la verdad. Porque cambiamos de opinión en un test. Porque rectificamos una sentencia. Porque cambiamos de puerta tras elegir la primera. Y así concluimos que la única posición verdadera es la que está en eterno movimiento. Cambiar, cambiar y cambiar. Y nunca dejar de hacerlo.

Hay una tendencia generalizada entre las personas a aferrarse al primer impulso, a la primera corazonada. Sigue tu instinto, podríamos escuchar en un spot de perfumes. El problema es que el mundo no funciona así. En primer lugar, porque el mundo es demasiado complicado. En segundo lugar, porque nosotros somos demasiado imperfectos.

Por esa razón, deberíamos empezar a sospechar de nosotros mismos si hace mucho tiempo que no cambiamos de opinión sobre un asunto.

Cambiar la respuesta

Una vez tomamos un camino nos cuesta plantearlos otro diferente. Y cuanto más tiempo llevamos recorriendo ese camino, más fatigoso resulta retroceder. Por eso, a partir de determinada edad nos resulta muy difícil cambiar de religión o de ideología política, así como cualquier otra convicción muy arraigada. Cuanto más tiempo pasa, el arraigo no solo es mayor, sino que nuestro cerebro es menos flexible.

Y ya ni siquiera es permeable a los datos que refutan tales convicciones, como demostró una investigación del Instituto del Cerebro y la Creatividad de la Universidad del Sur de California, que se llevó a cabo mediante resonancias magnéticas en 40 personas.

Nos aferramos a las primeras ideas que pasaron por nuestra cabeza como si, por ser las más rápidas, fueran las verdaderas

Consecuencia de ello: incluso nuestros gustos estéticos tienden a fosilizarse, como evidenció una encuesta a mil británicos sobre sus hábitos de escucha realizado por la plataforma de streaming Deezer.

Los resultados sugieren que la edad pico para descubrir nueva música es de 24 años. A partir de entonces, cada vez es más difícil que el usuario descubra nuevas tendencias musicales. Los patrones son similares en otra investigación como la realizada en 2015 por el responsable de producto en Spotify Ajay Kalia, que puso la fecha límite en los 33 años de edad.

De alguna manera, se nos atrofia la necesidad de explorar. Pero, sobre todo, nos volvemos reacios a repensar lo que ya sabíamos. Eso quedó perfectamente reflejado en lo que nos cuesta cambiar la respuesta que hemos dado en un test, porque tendemos a pensar que cambiar de respuesta es un error en sí mismo.

Sin embargo, tras 70 años de investigación, el cambio de respuestas prueba que la mayoría de los cambios que se realizan son de una respuesta errónea a una correcta, lo que mejora la puntuación del test. Y esto es cierto con independencia del test en cuestión: sea de múltiple elección o verdadero-falso, con un tiempo límite o sin él.

Así lo demuestran decenas de estudios al respecto, como los de Prinsell y Ramsey (1994). Lo más aterrador es que, incluso informando a los estudiantes de los resultados de estos estudios, continúan aferrándose a sus primeras respuestas. Como si fueran más auténticas simplemente porque fueron las primeras que les pasaron por la cabeza.

Quien cambia de opinión no parece tener principios. Mantenerse inamovible en un error, sin embargo, parece ser más romántico, más honesto, más puro. La tozudez se asocia incluso a la confianza en las ideas, al amor por determinadas ideas.

Por el contrario, reservamos todo un ramillete de términos despectivos para quienes aducen un cambio de opinión en función de nuevas circunstancias o una reflexión más profunda: veleta, chaquetero, falto de personalidad, desnortado, gregario, veleidoso, voluble, antojadizo… Porque cambiar de opinión se asocia a un pensamiento débil y muchos corean a Alaska cuando canta lo de que «yo soy así y así seguiré, nunca cambiaré».

La única posición verdadera es la que está en eterno movimiento

A esta aversión al cambio de opinión se suma otro sesgo cognitivo: nos sentimos más responsables de nuestras acciones que de nuestras inacciones. En otras palabras, si nos debemos equivocar en algo, que sea por no actuar.

Monty Hall

Esta tendencia permite explicar por qué nos cuesta tanto resolver el llamado problema de Monty Hall. El problema plantea que hay tres puertas; detrás de una hay un coche y detrás de las otras dos hay cabras. Puedes escoger una puerta, la número 1, por ejemplo. Entonces alguien (que sabe lo que hay detrás de cada puerta y que no quiere que te lleves el coche) abre otra, la número 3 (que esconde una cabra), y te pregunta si quieres cambiar de puerta.

La intuición nos dice que la probabilidad de acierto sigue siendo la misma tanto si nos mantenemos firmes en nuestra primera elección como si cambiamos la puerta. La lógica, sin embargo, impone que la probabilidad de acertar aumenta si cambiamos de puerta.

Esta manera de proceder puede extrapolarse a todas las opiniones, no solo las que vertemos en un simple test o un concurso de puertas en la que podemos ganar un coche. Además, cambiando de opinión también podemos tener ideas más interesantes y profundas, porque estamos obligados a reanalizar lo que pensamos.

El conocimiento sobre cualquier asunto puede verse como un acercamiento a su verdad intrínseca en un perpetuo movimiento en espiral: tenemos una posición, profundizamos en ella y avanzamos circularmente para tener otra que quizá sea diametralmente opuesta… pero si seguimos profundizando, volvemos a tener la misma opinión del principio, aunque con mejores argumentos.

En todo ese periplo nos aproximamos cada vez más al núcleo de la verdad. Porque cambiamos de opinión en un test. Porque rectificamos una sentencia. Porque cambiamos de puerta tras elegir la primera. Y así concluimos que la única posición verdadera es la que está en eterno movimiento. Cambiar, cambiar y cambiar. Y nunca dejar de hacerlo.

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