10 de marzo 2016    /   IDEAS
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Cambie usted de idea

10 de marzo 2016    /   IDEAS     por          
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Al menos, hágalo de vez en cuando. No se aferre a sus viejas convicciones como si fueran recuerdos de familia, porque la fidelidad a una postura está sobrevalorada. Antes del advenimiento de internet se podía mantener una opinión y luego cambiarla sin que quedara constancia más allá de nuestros seres próximos, pero ahora esto es imposible, y a veces esa hemeroteca personal es un lastre que nos paraliza a la hora de alterar alguna de nuestras convicciones anteriores.

Borre de su catálogo de frases hechas construcciones como «Yo siempre he dicho que… » y reemplácelas por «Donde dije digo, digo Diego». ¡Así se habla! No sea usted rehén de palabras que pronunció en otro contexto, en otro momento, ante otra persona y probablemente confundido por la noche.

Mudar de parecer es tan saludable como introducir en la lavadora nuestra ropa interior sucia, añadir el detergente y pulsar el botón del programa elegido

Rectificar es de sabios. Yo iría más allá; rectificar implica que la nueva opinión es mejor que la anterior, «más recta», pero en realidad basta con que sea diferente y que la reemplace. Con los años la grasa se adhiere a nuestra anatomía con admirable tozudez, ganamos kilos, nuestro rostro es surcado por arrugas cada vez más profundas, nuestro cabello o bien desaparece o se torna blanco, plateado o, en el peor de los casos, amarillo. Así pues, si nuestro cuerpo cambia con tan inexorable precisión, ¿por qué no habría de hacerlo nuestro equipaje ideológico?

Mudar de parecer es tan saludable como introducir en la lavadora nuestra ropa interior sucia, añadir el detergente y pulsar el botón del programa elegido. Tras el lavado, son las mismas prendas, pero huelen a jabón. Aunque algunas se pierdan, se rasguen o aparezcan con los colores alterados.

Sea chaquetero. De usted dirán primero que es impredecible, para terminar llamándole adorable y divertido. Nada despierta tanto interés como una persona que siempre sorprende, y ese interés palpable que va a suscitar en su círculo de conocidos y familiares va a incrementar de manera considerable su autoestima.

Si nuestro cuerpo cambia con tan inexorable precisión, ¿por qué no habría de hacerlo nuestro equipaje ideológico?

Vire su ideología o, mejor aún, renuncie a ella. En nombre de las ideologías se han cometido atrocidades, no sea usted cómplice de esas páginas negras de la historia. El empecinamiento y la constancia se nos venden como virtudes cuando en realidad son obstáculos en nuestro desarrollo y en nuestra libertad personal, pues la coherencia es una trampa que nos ata de pies y manos, y que nos obliga a decir lo que se espera oír de nosotros.

Olvídese de su color favorito, de su estrella de Hollywood preferida o del guiso que más le gusta. O mejor, cámbielos cada día. Esas fijaciones son rémoras de la infancia, cuando necesitábamos definir una identidad que nos protegiera de los brutos en el patio de colegio o en las aulas. Pero ahora es usted un adulto y puede cambiar de idea las veces que le dé la gana.

Si los líderes del mundo modificaran sus opiniones con más frecuencia, sería mucho el sufrimiento que nos ahorraríamos y muchas las guerras que se evitarían.

Había pensado terminar el artículo con una cita de Nietzsche sobre la futilidad de posicionarse ante cualquier suceso o corriente de pensamiento, pero he cambiado de idea.

Al menos, hágalo de vez en cuando. No se aferre a sus viejas convicciones como si fueran recuerdos de familia, porque la fidelidad a una postura está sobrevalorada. Antes del advenimiento de internet se podía mantener una opinión y luego cambiarla sin que quedara constancia más allá de nuestros seres próximos, pero ahora esto es imposible, y a veces esa hemeroteca personal es un lastre que nos paraliza a la hora de alterar alguna de nuestras convicciones anteriores.

Borre de su catálogo de frases hechas construcciones como «Yo siempre he dicho que… » y reemplácelas por «Donde dije digo, digo Diego». ¡Así se habla! No sea usted rehén de palabras que pronunció en otro contexto, en otro momento, ante otra persona y probablemente confundido por la noche.

Mudar de parecer es tan saludable como introducir en la lavadora nuestra ropa interior sucia, añadir el detergente y pulsar el botón del programa elegido

Rectificar es de sabios. Yo iría más allá; rectificar implica que la nueva opinión es mejor que la anterior, «más recta», pero en realidad basta con que sea diferente y que la reemplace. Con los años la grasa se adhiere a nuestra anatomía con admirable tozudez, ganamos kilos, nuestro rostro es surcado por arrugas cada vez más profundas, nuestro cabello o bien desaparece o se torna blanco, plateado o, en el peor de los casos, amarillo. Así pues, si nuestro cuerpo cambia con tan inexorable precisión, ¿por qué no habría de hacerlo nuestro equipaje ideológico?

Mudar de parecer es tan saludable como introducir en la lavadora nuestra ropa interior sucia, añadir el detergente y pulsar el botón del programa elegido. Tras el lavado, son las mismas prendas, pero huelen a jabón. Aunque algunas se pierdan, se rasguen o aparezcan con los colores alterados.

Sea chaquetero. De usted dirán primero que es impredecible, para terminar llamándole adorable y divertido. Nada despierta tanto interés como una persona que siempre sorprende, y ese interés palpable que va a suscitar en su círculo de conocidos y familiares va a incrementar de manera considerable su autoestima.

Si nuestro cuerpo cambia con tan inexorable precisión, ¿por qué no habría de hacerlo nuestro equipaje ideológico?

Vire su ideología o, mejor aún, renuncie a ella. En nombre de las ideologías se han cometido atrocidades, no sea usted cómplice de esas páginas negras de la historia. El empecinamiento y la constancia se nos venden como virtudes cuando en realidad son obstáculos en nuestro desarrollo y en nuestra libertad personal, pues la coherencia es una trampa que nos ata de pies y manos, y que nos obliga a decir lo que se espera oír de nosotros.

Olvídese de su color favorito, de su estrella de Hollywood preferida o del guiso que más le gusta. O mejor, cámbielos cada día. Esas fijaciones son rémoras de la infancia, cuando necesitábamos definir una identidad que nos protegiera de los brutos en el patio de colegio o en las aulas. Pero ahora es usted un adulto y puede cambiar de idea las veces que le dé la gana.

Si los líderes del mundo modificaran sus opiniones con más frecuencia, sería mucho el sufrimiento que nos ahorraríamos y muchas las guerras que se evitarían.

Había pensado terminar el artículo con una cita de Nietzsche sobre la futilidad de posicionarse ante cualquier suceso o corriente de pensamiento, pero he cambiado de idea.

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Opiniones 5
  • Excelente articulo. Felicidades. Todos deberíamos aprender a desaprender. Como bien lo dices, el empecinamiento se presenta más como obstáculo que como virtud…

  • Comentarios cerrados.

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