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3 de septiembre 2019    /   CIENCIA
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Lo que opinas sobre el cambio climático depende más de tu postura política que de la evidencia

3 de septiembre 2019    /   CIENCIA     por          
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El lema de la Ilustración era Sapere aude (atrévete a saber). El de la Royal Society, Nullius in verba (no confíes en la palabra de nadie). Nadie pudo pronosticar que unas décadas más tarde el posmodernismo lo arrasaría todo. Ni que nacerían cosas como Twitter o Facebook (cámaras de ecos ideológicas masivas), o los memes, o las fake news, o ese eterno partido de fútbol en que se ha convertido la tensión derecha-izquierda, como si la derecha no necesitara a la izquierda para equilibrarse en según qué contextos y viceversa.

Poco ayuda la circuitería neuronal que todos llevamos de serie, forjada durante millones de años por la ciega y azarosa selección natural. Por todo eso, muchas de nuestras creencias son arbitrarias y se fundan no tanto en la evidencia y la razón como en una muestra de lealtad política a un pack ideológico ya dado. Este efecto es particularmente evidente en las posturas que mantenemos frente a ideas complejas e infiltradas de creencias como la evolución o el cambio climático.

TEST DE RELIGIOSIDAD

Para pronosticar la respuesta a una determinada pregunta, a veces es más útil hacer un test de religiosidad que uno de cultura científica. Por ejemplo, si se aduce que es la teoría de la evolución la que explica algún fenómeno natural, las personas adscritas a la ideología laica liberal reaccionarán más favorablemente que las adscritas a la ideología religiosa conservadora.

No importa tanto la cultura científica como este sesgo. Por eso, como explica el psicólogo cognitivo Steven Pinker en su libro En defensa de la Ilustración, cuando en la década de 1980 varios biólogos debatieron con creacionistas, se sorprendieron al encontrarse no tanto con «paletos fanáticos de la Biblia como litigantes bien informados que citaban investigaciones punteras para sembrar la incertidumbre acerca de la completitud de la ciencia».

En otras palabras, una vez que entramos a formar parte de un pack ideológico-político, no nos informaremos tanto para conocer la verdad como para reforzar los prejuicios que se defienden desde ese pack ideológico-político. O como lo resumió Benjamin Franklin: «Ser criaturas racionales resulta harto conveniente, pues nos permite encontrar o inventar una razón para todo aquello que se nos antoje».

Eso permite afirmar que encontraremos un buen número de personas cultas e informadas defendiendo asertos científicos diametralmente opuestos. Es lo que sucede, de hecho, con la idea de que las vacunas no son seguras. O que la homeopatía es algo más que agua con azúcar.

Sin embargo, uno de los temas más candentes donde puede observarse este fenómeno es el del cambio climático.

Cambio climático

LA POLÍTICA NOS IMPIDE RAZONAR

Hay un gran consenso científico sobre el calentamiento global, un consenso un poco menor sobre si este es antropogénico, es decir, propiciado por el ser humano, y un consenso todavía menor a propósito de las soluciones planteadas para combatirlo: ¿es mejor volvernos ascetas o diseñar tecnologías que reduzcan nuestra huella medioambiental como siempre ha ocurrido en los últimos cien años? (o como diría el economista Miguel Anxo Bastos: quién ha hecho más por el medio ambiente, ¿los ecologistas o el pendrive?).

Sin embargo, cuando se pregunta a la gente lo que opina sobre todas estas cuestiones, poco importa su grado de conocimiento científico. Hay gente culta que niega el calentamiento global. También la hay que lo afirma. Y también puede detectarse que, tras los argumentos para sustentar una u otra postura, hay muchas lagunas y saltos de fe.

Así pues, lo que predice la negación del cambio climático no es tanto la incultura científica como la ideología política, como demostró un estudio de 2015 en el que solo 10% de los republicanos conservadores estadounidenses estaba de acuerdo con que la Tierra se calienta debido a la actividad humana.

Sin embargo, lo cree el 78% de los demócratas liberales. Una encuesta de Gallup arroja porcentajes similares: el 69% de los republicanos dice que la amenaza del cambio climático es «exagerada», pero solo el 4% de los demócratas opina lo mismo. Además, solo el 35% de los republicanos cree que el cambio climático está causado por la actividad humana, frente al 89% de los demócratas.

¿Atesoran más conocimientos los demócratas liberales que los republicanos conservadores? No hay ninguna prueba de que eso sea así. La única diferencia entre ambos es el pack ideológico que han decidido defender con el fervor con el que un creyente protege a su deidad.

Cambio climático

Estos packs ideológicos tienen una parte arbitraria y otra fundada en las ideas colaterales e intuiciones morales que diferencian los ejes derecha/izquierda. Por ejemplo, el ecologismo, en sus inicios, era más bien una preocupación de las personas de derechas, y los de izquierdas solían burlarse de tamañas preocupaciones en vez de desatender lo prioritario: la pobreza o las diferencias de clase.

Más tarde, el ecologismo fue cambiando de bando, y a medida que lo hacía (y a medida que esta idea se relacionaba con la izquierda), los de derechas empezaron a renegar de ella para que sus colegas ideológicos les reconocieran fácilmente.

Ahora, por ejemplo, podemos ver cómo los de derechas minimizan el problema medioambiental, aduciendo que todo es mucho más complejo de lo que parece, y por contrapartida los de izquierdas lo exageran hasta el paroxismo, avisándonos de que llega el Apocalipsis, instrumentalizando una niña que llora o colando fotos falsas del incendio del Amazonas para argumentar que lo que hoy pasa es más grave que lo que pasaba antes.

Con todo, debajo de estas posturas hay también cimientos psicológicos y morales que favorecen que se acepte más fácilmente la idea. Por ejemplo, la selección natural no encaja bien con la idea de que todo está ordenado y tutelado por un Hacedor.

Del mismo modo, en lo tocante al medioambiente, el jurista Dan Kahan señala que «las posiciones sobre el cambio climático expresan valores (la preocupación comunitaria frente a la independencia individual; la abnegación prudente frente a la búsqueda heroica de recompensa; la humildad frente al ingenio; la armonía con la naturaleza frente al dominio sobre esta…».

Para sostener todo esto y que nuestra psique no se derrumbe en el intento, disponemos de elegantes sistemas de autoengaño y de lo que los psicólogos denominan «razonamiento motivado» (dirigir un argumento hacia una conclusión preferida en vez de dirigirlo hasta donde nos lleve).

Sazonémoslo todo con los algoritmos de las redes sociales, que nos empujan a encontrar personas que piensan más como nosotros, lo que propicia que las ideas se refuercen todavía más y, finalmente, con el partidismo político que ya ha se ha convertido en fanatismo deportivo: los niveles de testosterona se disparan o disminuyen en la noche electoral tal y como lo hacen los domingos en la Super Bowl, como señaló un estudio del año 2009.

Porque la política, y no otra cosa, es uno de los mayores generadores de ceguera intelectual; o directamente nos vuelve incapaces de razonar, como reflejan los muy gráficos títulos de estos dos artículos al respecto: La ciencia confirma que la política destruye tus capacidades matemáticas y Cómo la política nos vuelve estúpidos.

Y ya tenemos el plato perfectamente cocinado y ajustado a nuestro paladar. Y lo tragamos, como tragamos con cualquier idea. Ya, luego, haremos encaje psicológico de bolillos para que todo encaje y no alarme demasiado a nuestro detector de disonancia cognitiva. Así que, sí, atrévete a saber y todo eso, siempre que el saber sepa bien, claro.

El lema de la Ilustración era Sapere aude (atrévete a saber). El de la Royal Society, Nullius in verba (no confíes en la palabra de nadie). Nadie pudo pronosticar que unas décadas más tarde el posmodernismo lo arrasaría todo. Ni que nacerían cosas como Twitter o Facebook (cámaras de ecos ideológicas masivas), o los memes, o las fake news, o ese eterno partido de fútbol en que se ha convertido la tensión derecha-izquierda, como si la derecha no necesitara a la izquierda para equilibrarse en según qué contextos y viceversa.

Poco ayuda la circuitería neuronal que todos llevamos de serie, forjada durante millones de años por la ciega y azarosa selección natural. Por todo eso, muchas de nuestras creencias son arbitrarias y se fundan no tanto en la evidencia y la razón como en una muestra de lealtad política a un pack ideológico ya dado. Este efecto es particularmente evidente en las posturas que mantenemos frente a ideas complejas e infiltradas de creencias como la evolución o el cambio climático.

TEST DE RELIGIOSIDAD

Para pronosticar la respuesta a una determinada pregunta, a veces es más útil hacer un test de religiosidad que uno de cultura científica. Por ejemplo, si se aduce que es la teoría de la evolución la que explica algún fenómeno natural, las personas adscritas a la ideología laica liberal reaccionarán más favorablemente que las adscritas a la ideología religiosa conservadora.

No importa tanto la cultura científica como este sesgo. Por eso, como explica el psicólogo cognitivo Steven Pinker en su libro En defensa de la Ilustración, cuando en la década de 1980 varios biólogos debatieron con creacionistas, se sorprendieron al encontrarse no tanto con «paletos fanáticos de la Biblia como litigantes bien informados que citaban investigaciones punteras para sembrar la incertidumbre acerca de la completitud de la ciencia».

En otras palabras, una vez que entramos a formar parte de un pack ideológico-político, no nos informaremos tanto para conocer la verdad como para reforzar los prejuicios que se defienden desde ese pack ideológico-político. O como lo resumió Benjamin Franklin: «Ser criaturas racionales resulta harto conveniente, pues nos permite encontrar o inventar una razón para todo aquello que se nos antoje».

Eso permite afirmar que encontraremos un buen número de personas cultas e informadas defendiendo asertos científicos diametralmente opuestos. Es lo que sucede, de hecho, con la idea de que las vacunas no son seguras. O que la homeopatía es algo más que agua con azúcar.

Sin embargo, uno de los temas más candentes donde puede observarse este fenómeno es el del cambio climático.

Cambio climático

LA POLÍTICA NOS IMPIDE RAZONAR

Hay un gran consenso científico sobre el calentamiento global, un consenso un poco menor sobre si este es antropogénico, es decir, propiciado por el ser humano, y un consenso todavía menor a propósito de las soluciones planteadas para combatirlo: ¿es mejor volvernos ascetas o diseñar tecnologías que reduzcan nuestra huella medioambiental como siempre ha ocurrido en los últimos cien años? (o como diría el economista Miguel Anxo Bastos: quién ha hecho más por el medio ambiente, ¿los ecologistas o el pendrive?).

Sin embargo, cuando se pregunta a la gente lo que opina sobre todas estas cuestiones, poco importa su grado de conocimiento científico. Hay gente culta que niega el calentamiento global. También la hay que lo afirma. Y también puede detectarse que, tras los argumentos para sustentar una u otra postura, hay muchas lagunas y saltos de fe.

Así pues, lo que predice la negación del cambio climático no es tanto la incultura científica como la ideología política, como demostró un estudio de 2015 en el que solo 10% de los republicanos conservadores estadounidenses estaba de acuerdo con que la Tierra se calienta debido a la actividad humana.

Sin embargo, lo cree el 78% de los demócratas liberales. Una encuesta de Gallup arroja porcentajes similares: el 69% de los republicanos dice que la amenaza del cambio climático es «exagerada», pero solo el 4% de los demócratas opina lo mismo. Además, solo el 35% de los republicanos cree que el cambio climático está causado por la actividad humana, frente al 89% de los demócratas.

¿Atesoran más conocimientos los demócratas liberales que los republicanos conservadores? No hay ninguna prueba de que eso sea así. La única diferencia entre ambos es el pack ideológico que han decidido defender con el fervor con el que un creyente protege a su deidad.

Cambio climático

Estos packs ideológicos tienen una parte arbitraria y otra fundada en las ideas colaterales e intuiciones morales que diferencian los ejes derecha/izquierda. Por ejemplo, el ecologismo, en sus inicios, era más bien una preocupación de las personas de derechas, y los de izquierdas solían burlarse de tamañas preocupaciones en vez de desatender lo prioritario: la pobreza o las diferencias de clase.

Más tarde, el ecologismo fue cambiando de bando, y a medida que lo hacía (y a medida que esta idea se relacionaba con la izquierda), los de derechas empezaron a renegar de ella para que sus colegas ideológicos les reconocieran fácilmente.

Ahora, por ejemplo, podemos ver cómo los de derechas minimizan el problema medioambiental, aduciendo que todo es mucho más complejo de lo que parece, y por contrapartida los de izquierdas lo exageran hasta el paroxismo, avisándonos de que llega el Apocalipsis, instrumentalizando una niña que llora o colando fotos falsas del incendio del Amazonas para argumentar que lo que hoy pasa es más grave que lo que pasaba antes.

Con todo, debajo de estas posturas hay también cimientos psicológicos y morales que favorecen que se acepte más fácilmente la idea. Por ejemplo, la selección natural no encaja bien con la idea de que todo está ordenado y tutelado por un Hacedor.

Del mismo modo, en lo tocante al medioambiente, el jurista Dan Kahan señala que «las posiciones sobre el cambio climático expresan valores (la preocupación comunitaria frente a la independencia individual; la abnegación prudente frente a la búsqueda heroica de recompensa; la humildad frente al ingenio; la armonía con la naturaleza frente al dominio sobre esta…».

Para sostener todo esto y que nuestra psique no se derrumbe en el intento, disponemos de elegantes sistemas de autoengaño y de lo que los psicólogos denominan «razonamiento motivado» (dirigir un argumento hacia una conclusión preferida en vez de dirigirlo hasta donde nos lleve).

Sazonémoslo todo con los algoritmos de las redes sociales, que nos empujan a encontrar personas que piensan más como nosotros, lo que propicia que las ideas se refuercen todavía más y, finalmente, con el partidismo político que ya ha se ha convertido en fanatismo deportivo: los niveles de testosterona se disparan o disminuyen en la noche electoral tal y como lo hacen los domingos en la Super Bowl, como señaló un estudio del año 2009.

Porque la política, y no otra cosa, es uno de los mayores generadores de ceguera intelectual; o directamente nos vuelve incapaces de razonar, como reflejan los muy gráficos títulos de estos dos artículos al respecto: La ciencia confirma que la política destruye tus capacidades matemáticas y Cómo la política nos vuelve estúpidos.

Y ya tenemos el plato perfectamente cocinado y ajustado a nuestro paladar. Y lo tragamos, como tragamos con cualquier idea. Ya, luego, haremos encaje psicológico de bolillos para que todo encaje y no alarme demasiado a nuestro detector de disonancia cognitiva. Así que, sí, atrévete a saber y todo eso, siempre que el saber sepa bien, claro.

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Opiniones 2
  • Lo único relevante es si existe consenso CIENTÍFICO sobre el hecho de que el calentamiento tiene origen antropogénico. Si ese consenso entre CIENTÍFICOS, cuya financiación no dependa del sentido de los resultados, no existe, entonces, no me calienten la cabeza. En el artículo se habla de ello, pero se omite el dato numérico de cual es ese consenso.

  • Completamente de acuerdo con el comentario de Francisco Torres…de acuerdo a este artículo estamos viviendo la película Matrix y tenemos nada más dos opciones: píldora azul o píldora roja…el ser humano es más complejo que eso y la Ciencia puede acercarnos a la exactitud de aclarar las sombras de la cultura, psicología e ideología de la «cuna» siempre que dicha Ciencia no se vea empañada por los intereses de algún grupo en particular.

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