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5 de marzo 2018    /   IDEAS
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¿Por qué el campo es conservador y la ciudad progresista?

5 de marzo 2018    /   IDEAS     por          
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Esta es una característica global que se ha ido acrecentando con el paso de los siglos. En el imaginario colectivo, el campo siempre ha representado la naturalidad, la pureza, la bondad, la calma. Mientras que las grandes ciudades se han visto como la depravación, el riesgo, la miseria, la violencia.

En la antigua Roma, los próceres que podían permitírselo ya contaban con una segunda residencia en el campo para escapar de los males de la capital. Allí escribían loas a la madre naturaleza, que más tarde publicaban y archivaban en las bibliotecas de la ciudad que tanto aborrecían. De hecho, las quejas sobre la contaminación, que pareciera un problema reciente, ya pueden leerse en algunos de aquellos escritos conservados, por supuesto, en dichas bibliotecas.

Esta disociación se fue acrecentando con el paso del tiempo. En el Londres de Jack el Destripador, la incertidumbre, acompañada de la enigmática niebla y la insalubridad de los bajos fondos, consiguió que el concepto de gran urbe alcanzara el nivel de reputación más bajo de su historia.

Esto sucedía a finales del siglo XIX. Pero en la primera mitad del XX tampoco le fue mejor. Los bombardeos a las grandes ciudades durante la Segunda Guerra Mundial, que obligaron a enviar a los niños al campo, mantuvieron esa percepción dicotómica de campo-feliz, ciudad-desdichada que se ha mantenido hasta nuestros días.

Pero últimamente, con el análisis de las votaciones en las elecciones democráticas de diferentes países, comienza a vislumbrarse una nueva segmentación: la de la ciudad ilustrada frente al campo profundo en el que perviven las ideologías más reaccionarias.

Esta constatación ha resultado decepcionante para todos los que tenían idealizada la campiña como la última reserva de la bondad y la belleza. Pero resulta que son los habitantes de esas campiñas los que han llevado al poder a Donald Trump, han promovido el Brexit antiemigración o están fomentando los nacionalismos más excluyentes.

Porque, pese a todos sus problemas e inconvenientes, las grandes ciudades siempre han representado la vanguardia cultural de nuestras civilizaciones. Nacieron de la voluntad del ser humano de compartir su saber y su destino en un largo viaje que comenzó con la horda primitiva, siguió con la tribu, el poblado agrícola, los recintos feudales y los burgos artesanales.

Una vanguardia cultural que se ha amplificado ahora con la globalización. Y como consecuencia de ello comprobamos que, en este tema, tienen más en común Madrid, París, Washington o Bogotá que las profundas tierras de su entorno.

Podría decirse que todo esto comenzó con la Biblioteca de Alejandría. Pero ahora, la progresión tiene tanto que ver con la capacidad de acumular cultura (museos, auditorios, teatros, fundaciones, etc.) como con la voluntad de fomentarla. Un balance imprescindible que se reconoce en esas metrópolis en las que continentes y contenidos saben complementarse. Algo que no sucede en otras ciudades más pequeñas donde se construyen centros culturales para mayor gloria de los políticos locales, pero que luego apenas tienen con qué rellenarse.

La progresión cultural exige interacción. Y esta aumenta con el asentamiento de la población en un mismo lugar. Pero ello genera una tensión campo-ciudad que está acercándose a una más que probable singularidad demográfica. Me refiero al momento en que las grandes ciudades del planeta se sientan comunidades independientes y muy alejadas en sus intereses culturales, económicos y políticos de los intereses de las pequeñas poblaciones con las que en el pasado formaban esa gran colectividad llamada patria.

Esta es una característica global que se ha ido acrecentando con el paso de los siglos. En el imaginario colectivo, el campo siempre ha representado la naturalidad, la pureza, la bondad, la calma. Mientras que las grandes ciudades se han visto como la depravación, el riesgo, la miseria, la violencia.

En la antigua Roma, los próceres que podían permitírselo ya contaban con una segunda residencia en el campo para escapar de los males de la capital. Allí escribían loas a la madre naturaleza, que más tarde publicaban y archivaban en las bibliotecas de la ciudad que tanto aborrecían. De hecho, las quejas sobre la contaminación, que pareciera un problema reciente, ya pueden leerse en algunos de aquellos escritos conservados, por supuesto, en dichas bibliotecas.

Esta disociación se fue acrecentando con el paso del tiempo. En el Londres de Jack el Destripador, la incertidumbre, acompañada de la enigmática niebla y la insalubridad de los bajos fondos, consiguió que el concepto de gran urbe alcanzara el nivel de reputación más bajo de su historia.

Esto sucedía a finales del siglo XIX. Pero en la primera mitad del XX tampoco le fue mejor. Los bombardeos a las grandes ciudades durante la Segunda Guerra Mundial, que obligaron a enviar a los niños al campo, mantuvieron esa percepción dicotómica de campo-feliz, ciudad-desdichada que se ha mantenido hasta nuestros días.

Pero últimamente, con el análisis de las votaciones en las elecciones democráticas de diferentes países, comienza a vislumbrarse una nueva segmentación: la de la ciudad ilustrada frente al campo profundo en el que perviven las ideologías más reaccionarias.

Esta constatación ha resultado decepcionante para todos los que tenían idealizada la campiña como la última reserva de la bondad y la belleza. Pero resulta que son los habitantes de esas campiñas los que han llevado al poder a Donald Trump, han promovido el Brexit antiemigración o están fomentando los nacionalismos más excluyentes.

Porque, pese a todos sus problemas e inconvenientes, las grandes ciudades siempre han representado la vanguardia cultural de nuestras civilizaciones. Nacieron de la voluntad del ser humano de compartir su saber y su destino en un largo viaje que comenzó con la horda primitiva, siguió con la tribu, el poblado agrícola, los recintos feudales y los burgos artesanales.

Una vanguardia cultural que se ha amplificado ahora con la globalización. Y como consecuencia de ello comprobamos que, en este tema, tienen más en común Madrid, París, Washington o Bogotá que las profundas tierras de su entorno.

Podría decirse que todo esto comenzó con la Biblioteca de Alejandría. Pero ahora, la progresión tiene tanto que ver con la capacidad de acumular cultura (museos, auditorios, teatros, fundaciones, etc.) como con la voluntad de fomentarla. Un balance imprescindible que se reconoce en esas metrópolis en las que continentes y contenidos saben complementarse. Algo que no sucede en otras ciudades más pequeñas donde se construyen centros culturales para mayor gloria de los políticos locales, pero que luego apenas tienen con qué rellenarse.

La progresión cultural exige interacción. Y esta aumenta con el asentamiento de la población en un mismo lugar. Pero ello genera una tensión campo-ciudad que está acercándose a una más que probable singularidad demográfica. Me refiero al momento en que las grandes ciudades del planeta se sientan comunidades independientes y muy alejadas en sus intereses culturales, económicos y políticos de los intereses de las pequeñas poblaciones con las que en el pasado formaban esa gran colectividad llamada patria.

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Opiniones 5
  • Menuda chorrada, decir que las ciudades son el fruto de la necesidad de compartir conocimiento es un simplismo romanticón de cojones.
    Para eso hay que olvidarse de la necesidad de la centralización del poder, o la necesidad de defenderse de otras naciones.

  • Acumular cultura y ya de paso todos los recursos. El miedo a perder el poder o a quedarse atrás en la foto “Paris, Washington, Madrid” hace que las capitales esquilmen su entorno. Se quedan con sus jóvenes, con todas las empresas y toda la cultura. Luego claro, no se sienten identificadas con el campo y con las provincias. Contad toda la realidad del centralismo. Parece que las unicas opciones que nos deja a los jóvenes de provincias es elegir entre emigrar a la capital o aceptar la estulticia de vivir en la periferia. Y perpetuar el ciclo capital buena-campo malo.

  • Me parece muy simple y obvio este analisis. Faltaria una reflexion un poquito mas profunda sobre cual es el rol de las ciudades en todo este asunto. No sera que la ciudad florece y tiene sus magnifica cultura gracias a la explotacion de los recursos y el trabajo, nunca reconocido, de la gente del campo? no sera que quien cosecha la lechuga que te comes esta harta de currar por dos monedas para que tu te des la gran vida de citadino te voy a explicar como es la vida, sin haber jamas hundidos tus manos en la tierra? Deberian tener un poco mas de respeto al momento de escribir un articulo, tanto hacia el referenciado como hacia el lector. Una desilusion, suelo disfrutar de su revista.

  • Tal vez a la urbe se le olvida que una de sus necesidades básicas, comer, la cubre gracias al campo y se olvida de revertir todos los logros que comentas hacia él, en lugar de ello se mira a sí mismo y no ayuda al campo en su evolución. El que tiene que cultivar la tierra no tiene el tiempo libre que tiene el de la urbe para dedicarlo a lo que comentas.

  • MUCHAS GRACIAS POR EL ARTÍCULO. Los que han comentado quejándose han hablado de que hay otras cuestiones que exponer, pero no han rebatido lo que se dice en este artículo. El progresismo se da más en las ciudades y en los pueblos la gente es muy conservadora, es una realidad. Yo siempre había hablado muy bien del pueblo, la tranquilidad, la gente que se saluda como una familia, pero últimamente he ido viendo esta cuestión y me he dado cuenta de que prefiero la ciudad. Con estas cuestiones siempre se está generalizando, por supuesto, pero EN GENERAL es así.

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