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2 de octubre 2018    /   CREATIVIDAD
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Canciones de los 80 para inspirarte a escribir cuentos y novelas

2 de octubre 2018    /   CREATIVIDAD     por          
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Podemos inspirarnos en el pop-rock español de los años 80 para escribir comienzos de relatos y novelas. Estas letras colocan al público en un tiempo y un lugar con un puñado de palabras:

Arde la calle al sol de poniente,
hay tribus ocultas cerca del río
esperando que caiga la noche.

Escuela de calor (1984), Radio Futura

«Arde la calle» es una expresión sencilla y poderosa: evoca una ola de calor, asfalto quemado, sudor y desgana.

El comienzo intriga. Fuera de la canción sugiere una distopía, una guerra de bandas o una historia de vampiros.

Una calle de París
no es tan sólo oro lo que allí perdí,
una apuesta al corazón
Nunca juegues si solo queda tu honor.
Y ahora hay una habitación
con un cuadro y un colchón.

Una calle de París (1987), Duncan Dhu

«Una calle de París» como una calle en Tokio o Manhattan: más que lugares, estados emocionales.

Imaginamos la calle con colores insultantes de día, con pintores y gendarmes, cafés coquetos, bicicletas con baguettes… Por la noche, antigua, incluso hoy.

«Una habitación con un cuadro y un colchón» nos lleva al estudio de un artista pobre. Tiene que ser artista. Es el comienzo de una historia de decadencia y quién sabe si de resurrección.

París tiene la magia de un país lejano. Acoge cuentos fantásticos:

Cae la noche y amanece en París
en el dia en que todo ocurrió
como un sueño de loco sin fin
la fortuna se ha reído de ti.

Sorprendido espiando
el lobo escapa aullando
y es mordido, por el mago del Siam.

La luna llena sobre París
ha transformado en hombre a Dennis.

Rueda por los bares del bulevar
se ha alojado en un sucio hostal.

Mientras está cenando
junto a él se ha sentado
una joven, con la que irá a contemplar
la luna llena sobre París

Lobo hombre en París (1984), La Unión

¿Cómo llegó el lobo a la ciudad? No importa. Es la lógica del«sueño de un loco sin fin»: las posibilidades son infinitas. Tampoco importa a quién espiaba el lobo ni dónde el mago mordió a Dennis. Puede ser en un circo a las afueras, un burdel o un callejón donde el mago deja de serlo.

La canción-relato avanza precipitada como una narración de Sherezade: lo que importa es hilar, hilar, hilar…

El lobo se ha alojado en un sucio hostal… como hombre. Pudo haber llegado desnudo o con ropa tendida o del mago o, como es un sueño, la transformación fue instantánea.

Hilar, hilar, hilar… Como hila un detective privado a la policía. Un asunto turbio:

La interrogué en el camerino
sobre la muerte de René,
me contestó con evasivas,
no sé, no sé, no sé, no sé.

Vámonos, me dijo,
tengo que hablarte de unas
perlas ensangrentadas,
flores pisoteadas.

René fue solo un instrumento,
una fachada nada más.
A mí me llegará el momento,
me dijo con tranquilidad.

La acompañé hasta su casa,
nos despedimos sin hablar.
Aquella fue la última noche.
Tres tiros le hicieron callar.

Recordé su frase, aquella historia
sobre perlas ensangrentadas
flores pisoteadas.

Perlas ensangrentadas (1983), Alaska y Dinarama

«La interrogué en el camerino sobre la muerte de René», sabe a blanco y negro, a rostro de Bogart con el viejo doblaje de El halcón maltés o El sueño eterno.

«Un camerino», «una casa»sin adjetivos. Ya los pone el público en la cabeza.

Un crimen no importa dónde (ahora no).

Aquella fue la última noche.

Un testimonio que inculpa o exculpa al narrador. Letra con final abierto:

Recordé su frase, aquella historia sobre perlas ensangrentadas…

Un final como principio de novela con un millón de dudas. Como las dudas que sugiere el periodista que emula al poeta relatando un crimen vulgar:

Ella lo vio salir de allí,
ahora sabía la verdad y se decidió.
Loca de celos le siguió,
tras apuntar la dirección,
resistiéndose a llorar.

Cómo pudiste hacerme esto a mí,
yo, que te hubiese querido hasta el fin,
sé que te arrepentirás.

La calle desierta, la noche ideal,
un coche sin luces no pudo esquivar,
un golpe certero y todo
terminó entre ellos de repente.

Ella no quiso ni mirar,
nunca daría marcha atrás,
una y no más, Santo Tomás.

Cómo pudiste hacerme esto a mí (1984), Alaska y Dinarama

Relato acelerado antes del cierre de las rotativas,

ella,

un coche sin luces,

noche,

calle desierta…

Quién, qué, cuándo, dónde… y por qué«lo vio salir de allí».

Faltan los nombres propios y de los lugares. Quedarían para el cuerpo de la noticia, para la segunda página de la novela. Aquí importa la declaración preliminar de la asesina:

Cómo pudiste hacerme esto a mí,
yo que te hubiese querido hasta el fin,
sé que te arrepentirás.

Un juicio podría aclarar las circunstancias. Causas que se remontan a los principios de la pareja, cuando se dejan pasar por alto detalles nimios pero reveladores.

Otros crímenes no tienen claros porqués, como en los relatos del viejo Oeste de novelitas baratas que compraba papá y technicolor en televisión sábados por la tarde (cuando no ponían Tarzán):

El pistolero ha llegado ya a la ciudad
se ha apodado el Tuerto, su profesión es matar.
El pueblo entero ha volado, nadie quiere salir.
En el salón el barman dejó ya de servir.

Y yo sé que esta vez sin duda viene a por mí,
algo tendré que hacer, sí,
¡acabaré con él!

Su sonrisa es tan falsa como el Judas aquel,
su mirada la más fría que puedas conocer.
En su cintura hay más balas que en todo un arsenal,
en su revólver más muescas que en la barra del bar,
es el más sucio y rápido en disparar.

Y yo sé que esta vez sin duda viene a por mí,
algo tendré que hacer, sí,
¡acabaré con él!

El Tuerto acaba de entrar por la puerta del salón,
con una seña me indica lo desgraciado que soy.
Ya sé que con el sheriff no se puede contar;
su lema: «siempre la ley« y para él no es legal.
Es el más sucio y rápido en disparar.

Y yo sé que esta vez sin duda viene a por mí,
algo tendré que hacer, sí,
¡acabaré con él!

Sí, ¡acabaré con él!
Sí sí, ¡acabaré con él!

El pistolero (1983), Pistones

«El pistolero ha llegado ya a la ciudad». El érase una vez de los tiempos del Colt 45.

El Tuerto, profesión matar, sonrisa falsa, en la cintura un arsenal… Escueta presentación al estilo El Bueno, el Feo y el Malo.

Los temas clásicos: el pueblo que huye; el sheriff cobarde, viejo o borracho, qué importa, no está. Todos tenemos en la cabeza un sheriff, un tendero bajo un cartel de GROCERIES, un barman, un chino bajo LAUNDRY, dos chicas en un balcón con el letrero SALOON…

Y la decisión de un héroe:

viene a por mí,
algo tendré que hacer, sí
¡acabaré con él!

Esto es un principio, a la fuerza, porque el héroe no puede morir… Y si muere, con honor. Pero antes, botella en mano, relata a la maestra lo que pasó cinco años antes, en Alabama o Tennessee… «Sue, no soy quién tu crees».

Relato que será vulgar si es un tema de dinero o será épico si hay un amor truncado. «Pocas cosas conmueven tanto como ver a un hombre fuerte llorando», escribió Somerset Maugham. (Bogart, otra vez, Bogart y la botella en el centro de la pantalla en Casablanca, remember Paris…).

En los relatos de desamor alguien muere, alguien no embarca a última hora o alguien se baja de la pareja antes de la siguiente estación… estación decadencia; estación de penitencia, con personajes sin fuerzas para hablar de sí mismos, convertidos en objetos de maledicencias:

Hace tiempo que vive en un cuento
del cual no quiere salir.
Encantada, duerme con la almohada
y se olvidó de reír.

Dicen que es la bruja
con tacón de aguja,
aliada de Lucifer.
Cuentan que era estrella
pero la botella acabó con ella
hasta hacerla enloquecer

Stop, mi hada, estrella invitada
víctima del desamor.
Sube al coche, reina de la noche
y olvida tu malhumor

Embrujada vive encadenada,
a un viejo televisor,
ideas a manta,
cuentan que fue musa,
de algún mediocre pintor.

Todo era derroche,
reina de la noche,
¿quien te ha visto y quién te ve?

Embrujada (1983), Tino Casal

Retrato de una mujer rota encerrada en su palacio: Gloria Swanson de El crepúsculo de los dioses; Bette Davis de ¿Qué fue de Baby Jane?:

vive en cuento del cual no quiere salir

Retrato imperfecto tomado de conversaciones aquí y allá, de viejas chismosas, de tenderos que entretienen a la clientela, de madres que asustan a los críos para que obedezcan, de jovencitos en Halloween:

Dicen que es la bruja
con tacón de aguja,
Aliada de Lucifer
Cuentan que era estrella
pero la botella acabó con ella
hasta hacerla enloquecer

Artista en constante decadencia, con ideas a manta, ideas para demostrar que es una estrella. Ejemplo de frase de Groucho: «Partiendo de la nada alcanzó las más altas cotas de miseria». De «musa de un mediocre pintor» a «encadenada a un viejo televisor».

Este «viejo televisor» (viejo ya entonces, en 1986) es todo el atrezzo que el público necesita saber. Nos dice que Hada es una mujer sin recursos, de una casa vieja, anclada en el tiempo, cuando la bruja era un hada con sueños.

Relato hilado de medias verdades y medias mentiras, de coger carrerilla y parar cuando falten las fuerzas. Ya luego vendrán los porqués, después del arranque. Lo primero es lo primero: ir al grano… hilar, hilar, hilar…

Podemos inspirarnos en el pop-rock español de los años 80 para escribir comienzos de relatos y novelas. Estas letras colocan al público en un tiempo y un lugar con un puñado de palabras:

Arde la calle al sol de poniente,
hay tribus ocultas cerca del río
esperando que caiga la noche.

Escuela de calor (1984), Radio Futura

«Arde la calle» es una expresión sencilla y poderosa: evoca una ola de calor, asfalto quemado, sudor y desgana.

El comienzo intriga. Fuera de la canción sugiere una distopía, una guerra de bandas o una historia de vampiros.

Una calle de París
no es tan sólo oro lo que allí perdí,
una apuesta al corazón
Nunca juegues si solo queda tu honor.
Y ahora hay una habitación
con un cuadro y un colchón.

Una calle de París (1987), Duncan Dhu

«Una calle de París» como una calle en Tokio o Manhattan: más que lugares, estados emocionales.

Imaginamos la calle con colores insultantes de día, con pintores y gendarmes, cafés coquetos, bicicletas con baguettes… Por la noche, antigua, incluso hoy.

«Una habitación con un cuadro y un colchón» nos lleva al estudio de un artista pobre. Tiene que ser artista. Es el comienzo de una historia de decadencia y quién sabe si de resurrección.

París tiene la magia de un país lejano. Acoge cuentos fantásticos:

Cae la noche y amanece en París
en el dia en que todo ocurrió
como un sueño de loco sin fin
la fortuna se ha reído de ti.

Sorprendido espiando
el lobo escapa aullando
y es mordido, por el mago del Siam.

La luna llena sobre París
ha transformado en hombre a Dennis.

Rueda por los bares del bulevar
se ha alojado en un sucio hostal.

Mientras está cenando
junto a él se ha sentado
una joven, con la que irá a contemplar
la luna llena sobre París

Lobo hombre en París (1984), La Unión

¿Cómo llegó el lobo a la ciudad? No importa. Es la lógica del«sueño de un loco sin fin»: las posibilidades son infinitas. Tampoco importa a quién espiaba el lobo ni dónde el mago mordió a Dennis. Puede ser en un circo a las afueras, un burdel o un callejón donde el mago deja de serlo.

La canción-relato avanza precipitada como una narración de Sherezade: lo que importa es hilar, hilar, hilar…

El lobo se ha alojado en un sucio hostal… como hombre. Pudo haber llegado desnudo o con ropa tendida o del mago o, como es un sueño, la transformación fue instantánea.

Hilar, hilar, hilar… Como hila un detective privado a la policía. Un asunto turbio:

La interrogué en el camerino
sobre la muerte de René,
me contestó con evasivas,
no sé, no sé, no sé, no sé.

Vámonos, me dijo,
tengo que hablarte de unas
perlas ensangrentadas,
flores pisoteadas.

René fue solo un instrumento,
una fachada nada más.
A mí me llegará el momento,
me dijo con tranquilidad.

La acompañé hasta su casa,
nos despedimos sin hablar.
Aquella fue la última noche.
Tres tiros le hicieron callar.

Recordé su frase, aquella historia
sobre perlas ensangrentadas
flores pisoteadas.

Perlas ensangrentadas (1983), Alaska y Dinarama

«La interrogué en el camerino sobre la muerte de René», sabe a blanco y negro, a rostro de Bogart con el viejo doblaje de El halcón maltés o El sueño eterno.

«Un camerino», «una casa»sin adjetivos. Ya los pone el público en la cabeza.

Un crimen no importa dónde (ahora no).

Aquella fue la última noche.

Un testimonio que inculpa o exculpa al narrador. Letra con final abierto:

Recordé su frase, aquella historia sobre perlas ensangrentadas…

Un final como principio de novela con un millón de dudas. Como las dudas que sugiere el periodista que emula al poeta relatando un crimen vulgar:

Ella lo vio salir de allí,
ahora sabía la verdad y se decidió.
Loca de celos le siguió,
tras apuntar la dirección,
resistiéndose a llorar.

Cómo pudiste hacerme esto a mí,
yo, que te hubiese querido hasta el fin,
sé que te arrepentirás.

La calle desierta, la noche ideal,
un coche sin luces no pudo esquivar,
un golpe certero y todo
terminó entre ellos de repente.

Ella no quiso ni mirar,
nunca daría marcha atrás,
una y no más, Santo Tomás.

Cómo pudiste hacerme esto a mí (1984), Alaska y Dinarama

Relato acelerado antes del cierre de las rotativas,

ella,

un coche sin luces,

noche,

calle desierta…

Quién, qué, cuándo, dónde… y por qué«lo vio salir de allí».

Faltan los nombres propios y de los lugares. Quedarían para el cuerpo de la noticia, para la segunda página de la novela. Aquí importa la declaración preliminar de la asesina:

Cómo pudiste hacerme esto a mí,
yo que te hubiese querido hasta el fin,
sé que te arrepentirás.

Un juicio podría aclarar las circunstancias. Causas que se remontan a los principios de la pareja, cuando se dejan pasar por alto detalles nimios pero reveladores.

Otros crímenes no tienen claros porqués, como en los relatos del viejo Oeste de novelitas baratas que compraba papá y technicolor en televisión sábados por la tarde (cuando no ponían Tarzán):

El pistolero ha llegado ya a la ciudad
se ha apodado el Tuerto, su profesión es matar.
El pueblo entero ha volado, nadie quiere salir.
En el salón el barman dejó ya de servir.

Y yo sé que esta vez sin duda viene a por mí,
algo tendré que hacer, sí,
¡acabaré con él!

Su sonrisa es tan falsa como el Judas aquel,
su mirada la más fría que puedas conocer.
En su cintura hay más balas que en todo un arsenal,
en su revólver más muescas que en la barra del bar,
es el más sucio y rápido en disparar.

Y yo sé que esta vez sin duda viene a por mí,
algo tendré que hacer, sí,
¡acabaré con él!

El Tuerto acaba de entrar por la puerta del salón,
con una seña me indica lo desgraciado que soy.
Ya sé que con el sheriff no se puede contar;
su lema: «siempre la ley« y para él no es legal.
Es el más sucio y rápido en disparar.

Y yo sé que esta vez sin duda viene a por mí,
algo tendré que hacer, sí,
¡acabaré con él!

Sí, ¡acabaré con él!
Sí sí, ¡acabaré con él!

El pistolero (1983), Pistones

«El pistolero ha llegado ya a la ciudad». El érase una vez de los tiempos del Colt 45.

El Tuerto, profesión matar, sonrisa falsa, en la cintura un arsenal… Escueta presentación al estilo El Bueno, el Feo y el Malo.

Los temas clásicos: el pueblo que huye; el sheriff cobarde, viejo o borracho, qué importa, no está. Todos tenemos en la cabeza un sheriff, un tendero bajo un cartel de GROCERIES, un barman, un chino bajo LAUNDRY, dos chicas en un balcón con el letrero SALOON…

Y la decisión de un héroe:

viene a por mí,
algo tendré que hacer, sí
¡acabaré con él!

Esto es un principio, a la fuerza, porque el héroe no puede morir… Y si muere, con honor. Pero antes, botella en mano, relata a la maestra lo que pasó cinco años antes, en Alabama o Tennessee… «Sue, no soy quién tu crees».

Relato que será vulgar si es un tema de dinero o será épico si hay un amor truncado. «Pocas cosas conmueven tanto como ver a un hombre fuerte llorando», escribió Somerset Maugham. (Bogart, otra vez, Bogart y la botella en el centro de la pantalla en Casablanca, remember Paris…).

En los relatos de desamor alguien muere, alguien no embarca a última hora o alguien se baja de la pareja antes de la siguiente estación… estación decadencia; estación de penitencia, con personajes sin fuerzas para hablar de sí mismos, convertidos en objetos de maledicencias:

Hace tiempo que vive en un cuento
del cual no quiere salir.
Encantada, duerme con la almohada
y se olvidó de reír.

Dicen que es la bruja
con tacón de aguja,
aliada de Lucifer.
Cuentan que era estrella
pero la botella acabó con ella
hasta hacerla enloquecer

Stop, mi hada, estrella invitada
víctima del desamor.
Sube al coche, reina de la noche
y olvida tu malhumor

Embrujada vive encadenada,
a un viejo televisor,
ideas a manta,
cuentan que fue musa,
de algún mediocre pintor.

Todo era derroche,
reina de la noche,
¿quien te ha visto y quién te ve?

Embrujada (1983), Tino Casal

Retrato de una mujer rota encerrada en su palacio: Gloria Swanson de El crepúsculo de los dioses; Bette Davis de ¿Qué fue de Baby Jane?:

vive en cuento del cual no quiere salir

Retrato imperfecto tomado de conversaciones aquí y allá, de viejas chismosas, de tenderos que entretienen a la clientela, de madres que asustan a los críos para que obedezcan, de jovencitos en Halloween:

Dicen que es la bruja
con tacón de aguja,
Aliada de Lucifer
Cuentan que era estrella
pero la botella acabó con ella
hasta hacerla enloquecer

Artista en constante decadencia, con ideas a manta, ideas para demostrar que es una estrella. Ejemplo de frase de Groucho: «Partiendo de la nada alcanzó las más altas cotas de miseria». De «musa de un mediocre pintor» a «encadenada a un viejo televisor».

Este «viejo televisor» (viejo ya entonces, en 1986) es todo el atrezzo que el público necesita saber. Nos dice que Hada es una mujer sin recursos, de una casa vieja, anclada en el tiempo, cuando la bruja era un hada con sueños.

Relato hilado de medias verdades y medias mentiras, de coger carrerilla y parar cuando falten las fuerzas. Ya luego vendrán los porqués, después del arranque. Lo primero es lo primero: ir al grano… hilar, hilar, hilar…

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