9 de octubre 2017    /   BUSINESS
por
 

El capitalismo influye sobre las palabras que nombran los colores

9 de octubre 2017    /   BUSINESS     por          
Compártelo twitter facebook whatsapp
thumb image

El tomate es rojo; la hierba es verde; el sol, amarillo y el cielo es… ¿azul? No necesariamente. Un nuevo estudio realizado entre una tribu de cazadores y recolectores de la Amazonia ha demostrado que el azul no es precisamente el primero que mencionan cuando se les pregunta de qué color es el cielo.

Estos resultados han provocado que la comunidad científica se replantee las teorías que afirman que la capacidad para describir los colores tiene una explicación biológica. En la misma medida, esto ha supuesto que se vean reforzadas las investigaciones que sostienen que el desarrollo del lenguaje está estrechamente vinculado a la cultura y el entorno en el que surge.

La tribu objeto del estudio es la de los Tsimane. Esa comunidad de cazadores y recolectores boliviana habita en zonas de la selva amazónica, por lo que su contacto con otros grupos humanos ha sido muy escaso. Una situación que ha provocado que su lenguaje haya surgido sin apenas intercambio con otras comunidades.

Entre las características del lenguaje de los Tsimane se encuentra que la variedad de palabras que hacen referencia a los colores es muy reducida, al menos en comparación con idiomas como el inglés, el portugués o el castellano.

Aunque el lenguaje de los Tsimane comparte con otros idiomas términos para referirse a blanco, negro y rojo –porque remiten a tres conceptos presentes en cualquier cultura como son la oscuridad, la claridad y la sangre– o utilizar colores fríos para describir el paisaje y cálidos para los objetos cotidianos, lo cierto es que en otros aspectos difieren diametralmente.

Una de las principales diferencias entre el idioma de los Tsimane y el inglés, el español o el portugués deriva de las características de las sociedades en las que se hablan esos idiomas. En las comunidades industrializadas, por ejemplo, una de las maneras de diferenciar un objeto exactamente igual a otro es el color.

Además, en esas sociedades el color está relacionado con comportamientos humanos como el acto de elegir. Ante una gama de productos iguales con diferentes colores, como un automóvil, el individuo optará entre uno u otro informando al interlocutor mediante una palabra que haga referencia directa al color: «Quiero el coche… verde».

En el caso de las sociedades agrícolas la situación es diferente. Sobre todo, porque no hay una amplia variedad de cosas exactamente iguales que requieran de palabras para diferenciarlos entre sí. En caso de que las hubiera, la elección del color no es algo que dependa del usuario o de manufactura industrial, sino que está sujeta a procesos naturales.

Por esa razón, Edward Gibson, científico del MIT de Massachussets y responsable del estudio, concluye que el hecho de que los Tsimane no asocien el color azul con el cielo no radica en un problema de percepción.

«Los cazadores recolectores ven los mismos colores que percibimos nosotros», explica. «La diferencia es que ellos no necesitan etiquetar o dar nombre a todos esos colores como les sucede a los habitantes de sociedades industrializadas».

El tomate es rojo; la hierba es verde; el sol, amarillo y el cielo es… ¿azul? No necesariamente. Un nuevo estudio realizado entre una tribu de cazadores y recolectores de la Amazonia ha demostrado que el azul no es precisamente el primero que mencionan cuando se les pregunta de qué color es el cielo.

Estos resultados han provocado que la comunidad científica se replantee las teorías que afirman que la capacidad para describir los colores tiene una explicación biológica. En la misma medida, esto ha supuesto que se vean reforzadas las investigaciones que sostienen que el desarrollo del lenguaje está estrechamente vinculado a la cultura y el entorno en el que surge.

La tribu objeto del estudio es la de los Tsimane. Esa comunidad de cazadores y recolectores boliviana habita en zonas de la selva amazónica, por lo que su contacto con otros grupos humanos ha sido muy escaso. Una situación que ha provocado que su lenguaje haya surgido sin apenas intercambio con otras comunidades.

Entre las características del lenguaje de los Tsimane se encuentra que la variedad de palabras que hacen referencia a los colores es muy reducida, al menos en comparación con idiomas como el inglés, el portugués o el castellano.

Aunque el lenguaje de los Tsimane comparte con otros idiomas términos para referirse a blanco, negro y rojo –porque remiten a tres conceptos presentes en cualquier cultura como son la oscuridad, la claridad y la sangre– o utilizar colores fríos para describir el paisaje y cálidos para los objetos cotidianos, lo cierto es que en otros aspectos difieren diametralmente.

Una de las principales diferencias entre el idioma de los Tsimane y el inglés, el español o el portugués deriva de las características de las sociedades en las que se hablan esos idiomas. En las comunidades industrializadas, por ejemplo, una de las maneras de diferenciar un objeto exactamente igual a otro es el color.

Además, en esas sociedades el color está relacionado con comportamientos humanos como el acto de elegir. Ante una gama de productos iguales con diferentes colores, como un automóvil, el individuo optará entre uno u otro informando al interlocutor mediante una palabra que haga referencia directa al color: «Quiero el coche… verde».

En el caso de las sociedades agrícolas la situación es diferente. Sobre todo, porque no hay una amplia variedad de cosas exactamente iguales que requieran de palabras para diferenciarlos entre sí. En caso de que las hubiera, la elección del color no es algo que dependa del usuario o de manufactura industrial, sino que está sujeta a procesos naturales.

Por esa razón, Edward Gibson, científico del MIT de Massachussets y responsable del estudio, concluye que el hecho de que los Tsimane no asocien el color azul con el cielo no radica en un problema de percepción.

«Los cazadores recolectores ven los mismos colores que percibimos nosotros», explica. «La diferencia es que ellos no necesitan etiquetar o dar nombre a todos esos colores como les sucede a los habitantes de sociedades industrializadas».

¡Yorokobu gratis en formato digital!

Lee gratis la revista de Here Comes the Sun haciendo clic aquí.

Compártelo twitter facebook whatsapp
Las palabras llanas determinan la entonación del español
El monólogo que ayuda a los jóvenes a identificar la violencia de género llega en libro
«Esto es cerveza, sin esnobismos ni tonterías»
Falsos mitos del sexo en verano
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp
Opiniones 1
  • En relación a esto, hay un libro maravilloso, que supongo que conocéis llamado «Azul, historia de un color» de Michel Pastoureau. Es un estudioso del color, y tiene varios libros que tratan el tema. Son una auténtica delicia. Ahora estoy leyendo «Los colores de nuestros recuerdos», os lo recomiendo muchísimo… Os hará reconectar con la propia memoria desde un lugar nuevo… ¡al menos así ha sido para mí! Saludos y felicidades por el artículo y la revista.

  • Comentarios cerrados.

    Publicidad