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15 de abril 2015    /   IDEAS
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Cápsulas del tiempo (siempre con condón)

15 de abril 2015    /   IDEAS     por          
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Si usted decidiera sellar una caja de zapatos repleta de objetos que reflejaran fielmente su rutina cotidiana para que alguien dentro de mil años pudiera abrirla y hacerse a la idea de cómo somos aquí y ahora… ¿qué introduciría en la caja? ¿Y qué dejaría fuera?
¿Un smartphone?, ¿un euro?, ¿un condón?, ¿el abono transporte?, ¿algún recorte de prensa con la fecha del día?, ¿publicidad de un tele chino?, ¿unas bragas sucias?, ¿unos gayumbos limpios?, ¿la entrada para un concierto de los Rolling… ?
Aunque la práctica es más antigua, el término time capsule se acuñó en 1937 y tenía el propósito de enviar una comunicación a personas del futuro en una fecha en concreto. Hoy día se aplica también a descubrimientos no intencionados. Por lo general son recipientes con elementos y con información de nuestro día a día que decidimos ocultar para que un destinatario, normalmente desconocido, pueda imaginarse el mundo en que vivimos.
Hay dos tipos de cápsulas del tiempo: las que se ocultan para que lleguen de manera casual, y las que se planifican y se señalizan para que su custodia sea eficaz hasta el momento de su apertura siglos después, aunque las más modestas se diseñan para ser abiertas en cincuenta o en cien años.

El remitente jamás obtendrá ningún feedback del destinatario, porque entonces estaríamos hablando simplemente de un paquete postal con cierto retraso


No obstante, la Long Now Foundation, cuyas actividades bien merecerían otro artículo, presta atención a este tipo de asuntos. Se creó en 1996 para proteger de manera creativa el pensamiento a largo plazo, y ¡ojo!, que para esta gente, ¡benditos sean!, largo plazo significa un marco de hasta 10.000 años. Nada que ver con lo que un político medio considera con eso que denomina su cerebro.
Por su parte, la International Time Capsule Society, estima que hay cerca de 15.000 cápsulas del tiempo que aún no han sido abiertas. Su sede está en la Oglethorpe University, un edificio que parece extraído del universo de Harry Potter y que, sin embargo, se levanta en las afueras de Atlanta (Georgia, EE UU).
La cápsula del tiempo más grande y probablemente exagerada está en el mismo país, y fue un capricho de un próspero comerciante, un tal Harold Keith Davidson, que soñó con que sus nietos pudieran apreciar el modo de vida de 1975. En esa cápsula, que más bien podría ser un búnker, el bueno de Harold incluso introdujo un coche (ciertamente el más barato en aquellas fechas, un Chevy Vega). La cápsula pesa más de 45 toneladas, contiene más de 5.000 elementos y será abierta el 4 de julio de 2025 (sí, el 4 de julio, con banderitas, himno, barbacoa y todo lo demás).
A mi humilde entender, esa fecha tan próxima indica que Harold acaricia secretamente la idea de estar presente (ya centenario) para observar las reacciones de su descendencia, y eso traiciona en cierta manera el espíritu de lo que debe ser una cápsula del tiempo: un envío de información y de objetos y de contexto… hacia el futuro, pero de manera unidireccional. El remitente jamás obtendrá ningún feedback del destinatario, porque entonces estaríamos hablando simplemente de un paquete postal con cierto retraso.
En WikiHow, como siempre, disponen de algunos recursos para informar de cómo hacer nuestra propia cápsula del tiempo…  Algunos consejos son peregrinos, pero la intención es, cuando menos, simpática.
No es infrecuente que un chaval entierre en el jardín de su casa o de su barrio una cajita de madera o de cualquier otro material conteniendo algunos objetos de su constelación personal. Los niños no han desarrollado aún el sentido de la trascendencia que impregna las acciones de sus mayores, por lo que guardarán un muñequito, unos cromos con sus jugadores favoritos, quizá una chuche, una foto de su perro Pipo, una moneda de diez céntimos y un condón que ha robado de la cartera de su hermano mayor.
Cuando ese niño tenga cuarenta y siete años y algo le recuerde ese tesoro, lo más probable es que el lugar ya no sea accesible. Una mudanza, un derribo, un cambio urbanístico, una nueva carretera… Pero podría suceder que la cápsula sí sobreviviera… En ese caso, de todos los objetos solo la foto de Pipo lograría causar una honda emoción en nuestro protagonista.

la apertura de esa cápsula que nos ponga frente a nuestro espejo del pasado debería estar supervisada por personal de apoyo psicológico


Quien más quien menos se ha enfrentado alguna vez a la apertura involuntaria de cápsulas de tiempo domésticas. Un cajón semioculto que nadie abría hace años, una carpeta que había caído tras el armario y que nadie se ocupó de recoger hasta que no se cambió el armario… O un bolso que hace tiempo que no usamos, quizá olvidado dentro de una maleta desde los tiempos del instituto… Contiene un pintalabios de un color imposible, horquillas, algunas monedas, un tampón, un papelito con un teléfono garabateado a boli, un paquete de chicles fósiles… y un condón caducado.
Panasonic y otra empresa japonesa, en 1968 se unieron para hacer una cápsula de tiempo que celebrara la Expo de 1970. Se enterró en Osaka, conteniendo más de dos mil elementos que trataran de reflejar la vida cotidiana en aquellos años. La elección de esos elementos recayó en ingenieros, historiadores y científicos y, por cierto, también había un condón… ¡de seda!
Imaginemos que en vez de un recipiente conteniendo objetos, la cápsula temporal es de índole neurológica. Es decir, que consiguiéramos aislar y enterrar en nuestra mente una muestra significativa de los aspectos más relevantes de nuestra personalidad; una instantánea de nuestra ideología, nuestros gustos, nuestros sentimientos, querencias, filias, fobias, ideas, ideales… en un momento muy concreto de nuestra biografía. Lo que los ingenieros de Apple han llamado y comercializado precisamente como Time Capsule ®  para congelar el estado del ordenador… pero aplicado a nuestro cerebro.
Años después, mediante hipnosis regresiva u otras técnicas podríamos abrir esa cápsula y comparar su contenido con el actual. Normalmente el tiempo actúa sobre nuestra personalidad como lo haría una catástrofe natural sobre una isla del Pacífico. Aunque en el primer caso el efecto es lento, resulta igualmente devastador y se lleva casi todo por delante, por lo que la apertura de esa cápsula que nos ponga frente a nuestro espejo del pasado debería estar supervisada por personal de apoyo psicológico.
¿Y el condón, me preguntarán? Si me permiten el paralelismo, un preservativo sí que es una cápsula del tiempo… Especialmente si está usado.
 
Imagen de portada: Voronin76/Shutterstock

Si usted decidiera sellar una caja de zapatos repleta de objetos que reflejaran fielmente su rutina cotidiana para que alguien dentro de mil años pudiera abrirla y hacerse a la idea de cómo somos aquí y ahora… ¿qué introduciría en la caja? ¿Y qué dejaría fuera?
¿Un smartphone?, ¿un euro?, ¿un condón?, ¿el abono transporte?, ¿algún recorte de prensa con la fecha del día?, ¿publicidad de un tele chino?, ¿unas bragas sucias?, ¿unos gayumbos limpios?, ¿la entrada para un concierto de los Rolling… ?
Aunque la práctica es más antigua, el término time capsule se acuñó en 1937 y tenía el propósito de enviar una comunicación a personas del futuro en una fecha en concreto. Hoy día se aplica también a descubrimientos no intencionados. Por lo general son recipientes con elementos y con información de nuestro día a día que decidimos ocultar para que un destinatario, normalmente desconocido, pueda imaginarse el mundo en que vivimos.
Hay dos tipos de cápsulas del tiempo: las que se ocultan para que lleguen de manera casual, y las que se planifican y se señalizan para que su custodia sea eficaz hasta el momento de su apertura siglos después, aunque las más modestas se diseñan para ser abiertas en cincuenta o en cien años.

El remitente jamás obtendrá ningún feedback del destinatario, porque entonces estaríamos hablando simplemente de un paquete postal con cierto retraso


No obstante, la Long Now Foundation, cuyas actividades bien merecerían otro artículo, presta atención a este tipo de asuntos. Se creó en 1996 para proteger de manera creativa el pensamiento a largo plazo, y ¡ojo!, que para esta gente, ¡benditos sean!, largo plazo significa un marco de hasta 10.000 años. Nada que ver con lo que un político medio considera con eso que denomina su cerebro.
Por su parte, la International Time Capsule Society, estima que hay cerca de 15.000 cápsulas del tiempo que aún no han sido abiertas. Su sede está en la Oglethorpe University, un edificio que parece extraído del universo de Harry Potter y que, sin embargo, se levanta en las afueras de Atlanta (Georgia, EE UU).
La cápsula del tiempo más grande y probablemente exagerada está en el mismo país, y fue un capricho de un próspero comerciante, un tal Harold Keith Davidson, que soñó con que sus nietos pudieran apreciar el modo de vida de 1975. En esa cápsula, que más bien podría ser un búnker, el bueno de Harold incluso introdujo un coche (ciertamente el más barato en aquellas fechas, un Chevy Vega). La cápsula pesa más de 45 toneladas, contiene más de 5.000 elementos y será abierta el 4 de julio de 2025 (sí, el 4 de julio, con banderitas, himno, barbacoa y todo lo demás).
A mi humilde entender, esa fecha tan próxima indica que Harold acaricia secretamente la idea de estar presente (ya centenario) para observar las reacciones de su descendencia, y eso traiciona en cierta manera el espíritu de lo que debe ser una cápsula del tiempo: un envío de información y de objetos y de contexto… hacia el futuro, pero de manera unidireccional. El remitente jamás obtendrá ningún feedback del destinatario, porque entonces estaríamos hablando simplemente de un paquete postal con cierto retraso.
En WikiHow, como siempre, disponen de algunos recursos para informar de cómo hacer nuestra propia cápsula del tiempo…  Algunos consejos son peregrinos, pero la intención es, cuando menos, simpática.
No es infrecuente que un chaval entierre en el jardín de su casa o de su barrio una cajita de madera o de cualquier otro material conteniendo algunos objetos de su constelación personal. Los niños no han desarrollado aún el sentido de la trascendencia que impregna las acciones de sus mayores, por lo que guardarán un muñequito, unos cromos con sus jugadores favoritos, quizá una chuche, una foto de su perro Pipo, una moneda de diez céntimos y un condón que ha robado de la cartera de su hermano mayor.
Cuando ese niño tenga cuarenta y siete años y algo le recuerde ese tesoro, lo más probable es que el lugar ya no sea accesible. Una mudanza, un derribo, un cambio urbanístico, una nueva carretera… Pero podría suceder que la cápsula sí sobreviviera… En ese caso, de todos los objetos solo la foto de Pipo lograría causar una honda emoción en nuestro protagonista.

la apertura de esa cápsula que nos ponga frente a nuestro espejo del pasado debería estar supervisada por personal de apoyo psicológico


Quien más quien menos se ha enfrentado alguna vez a la apertura involuntaria de cápsulas de tiempo domésticas. Un cajón semioculto que nadie abría hace años, una carpeta que había caído tras el armario y que nadie se ocupó de recoger hasta que no se cambió el armario… O un bolso que hace tiempo que no usamos, quizá olvidado dentro de una maleta desde los tiempos del instituto… Contiene un pintalabios de un color imposible, horquillas, algunas monedas, un tampón, un papelito con un teléfono garabateado a boli, un paquete de chicles fósiles… y un condón caducado.
Panasonic y otra empresa japonesa, en 1968 se unieron para hacer una cápsula de tiempo que celebrara la Expo de 1970. Se enterró en Osaka, conteniendo más de dos mil elementos que trataran de reflejar la vida cotidiana en aquellos años. La elección de esos elementos recayó en ingenieros, historiadores y científicos y, por cierto, también había un condón… ¡de seda!
Imaginemos que en vez de un recipiente conteniendo objetos, la cápsula temporal es de índole neurológica. Es decir, que consiguiéramos aislar y enterrar en nuestra mente una muestra significativa de los aspectos más relevantes de nuestra personalidad; una instantánea de nuestra ideología, nuestros gustos, nuestros sentimientos, querencias, filias, fobias, ideas, ideales… en un momento muy concreto de nuestra biografía. Lo que los ingenieros de Apple han llamado y comercializado precisamente como Time Capsule ®  para congelar el estado del ordenador… pero aplicado a nuestro cerebro.
Años después, mediante hipnosis regresiva u otras técnicas podríamos abrir esa cápsula y comparar su contenido con el actual. Normalmente el tiempo actúa sobre nuestra personalidad como lo haría una catástrofe natural sobre una isla del Pacífico. Aunque en el primer caso el efecto es lento, resulta igualmente devastador y se lleva casi todo por delante, por lo que la apertura de esa cápsula que nos ponga frente a nuestro espejo del pasado debería estar supervisada por personal de apoyo psicológico.
¿Y el condón, me preguntarán? Si me permiten el paralelismo, un preservativo sí que es una cápsula del tiempo… Especialmente si está usado.
 
Imagen de portada: Voronin76/Shutterstock

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