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21 de junio 2019    /   CIENCIA
por
 Bharathi Kannan en Unsplash

La cara de pena de los perros: una ‘creación humana’ para ablandar a los humanos

21 de junio 2019    /   CIENCIA     por          Bharathi Kannan en Unsplash
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Hace 8.000 años ya había perros que vivían de manera más humana y satisfecha que algunos hombres. El investigador de la Universidad de Alberta (Canadá) Robert Losey halló bajo el suelo de Siberia una de las pruebas más antiguas de canes tratados como personas.

«Estaban cuidadosamente colocados en una fosa, algunos de ellos con collares decorativos, o junto a otros artículos como cucharas, con la idea de que potencialmente tenían almas y una vida futura», contó a Europa Press Losey, quien también descubrió tumbas compartidas: un hombre y sus dos perros aferrados para siempre.

8.000 años es solo la datación de este descubrimiento; la relación entre el hombre y el lobo, ancestro de todos los chuchos, es muy anterior (no se sabe con precisión, pero podría rondar los 30.000 años).

¿Cuál era el contenido de esa conexión para que muchos desearan compartir su eternidad con ellos? ¿Cómo pueden enlazarse así dos especies tan distantes, sin un lenguaje ni una morfología comunes?

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Es imposible concretarlo sin añadir a la ciencia algo de especulación, pero un grupo de científicos ha dado un paso más para comprenderlo.

Bajo el liderazgo de la Juliane Kaminski, psicóloga comparativa  del Centro de Cognición en Perros de la Universidad de Portsmouth, el equipo ha descubierto que estas mascotas desarrollaron una forma de comunicación destinada a ablandar a los humanos y que no existía en su ancestro común (ni siquiera en los primates).

PERROS CON MIRADA DE BEBÉS ETERNOS

Kaminski ha estudiado las diferencias entre perros y lobos en sus músculos faciales y en la forma de comunicarse con los humanos. Detectó que la musculatura era similar excepto en la zona de encima de los ojos, donde los perros tienen un músculo que ha servido durante siglos para meterse a los humanos en el bolsillo.

Destacaban dos diferencias, como explican en Ars Technica. Por un lado, un músculo retractor que tira de los ojos hacia las orejas y que aparece en algunos lobos, pero que poseen todos los perros y mejor desarrollado. Y, por otro, la pieza más sorprendente, casi ausente en los lobos: el levator anguli oculi medialis (LAOM), que sirve para levantar la ceja interna y confeccionar esa mueca de bebé eterno que derrite a los humanos.

Según los hallazgos del equipo, esta característica brotó después de que el ser humano domesticara al lobo. «Las cejas expresivas pueden ser el resultado de las preferencias inconscientes de los humanos que influyeron en la selección [de ejemplares] durante la domesticación», escribe Kaminski en la nota de prensa del estudio.

tristeza mascotas
Photo by Ryan Stone on Unsplash

«Cuando los perros hacen el movimiento», continúa, «parecen provocar un fuerte deseo en los humanos de cuidarlos. Esto daría a los perros que más mueven las cejas una ventaja de selección sobre los demás y reforzaría el rasgo de ojos de cachorrito para generaciones futuras».

Esta sofisticación facial agrandó también los ojos de los perros y otorgó a algunas razas un poder casi exclusivamente humano (algunos primates cuentan también con esta característica).

EL PODER DEL BLANCO DE LOS OJOS

En el curso de la prehistoria, hubo un momento en que la evolución pareció incurrir en errores: de pronto, prosperaron homínidos con los colmillos menos afilados, menos violentos y, en apariencia, más vulnerables a los depredadores.

Una de esas señas de debilidad fue el blanco de los ojos. Parecía un patinazo de la selección natural: era más difícil camuflarse con esos centímetros reflectantes en pleno rostro. Sin embargo, este rasgo multiplicaba la capacidad de cooperación entre individuos.

El periodista Daniel Mediavilla entrevistó para El País a Tobias Grossmann, investigador del instituto Max Planck de Antropología Evolutiva de Leipzig. Según él, los ojos en blanco hacía que las señales visuales funcionaran «especialmente bien en interacciones cercanas sin contacto físico, característica de muchas actividades humanas de colaboración». También favorece la comunicación en silencio, crucial en momentos de riesgo o caza.

Los cambios en la musculatura facial del perro, según el estudio de Kaminski, facilitan que los ojos de estas mascotas sean más grandes y que pueda asomar, en unas razas más que en otras, esa blancura del globo ocular tan humana. Otro motivo de hermanamiento.

30.000 años de separación entre una especie y su antecesora es muy poco tiempo como para que se manifiesten diferencias tan pronunciadas como las que se detectaron entre los ojos de los perros y los lobos.

«Creemos que estos cambios notablemente rápidos se pueden vincular directamente a la interacción social mejorada de los perros con los humanos», escribe Ana Burrows, experta en anatomía y coautora del artículo.

No hay pruebas, según Kandinski, para afirmar que los perros saben lo que hacen y que se componen un gesto blandito y triste para manipular a propósito a los humanos.

Sin embargo, en un estudio anterior, el mismo Centro de Cognición en Perros de la Universidad de Portsmouth comprobó que los canes reservaban esas expresiones lastimeras solo para cuando se sentían observados.

Además de la injerencia humana seleccionando apareamientos perrunos, puede haber otra explicación, que el tamaño de estos músculos crecieran, sencillamente, porque generación tras generación, los animales sintieran la necesidad de usarlos más. En cuyo caso, ¿por qué cambiaron el patrón de conducta?, ¿nos estaban imitando?

De cualquier modo, para que hoy los perros nos fulminen con subidones de azúcar, el ser humano ha debido de mantener durante siglos una predilección por los ejemplares que parecían más vulnerables y suplicantes.

Hace un mes se publicó la noticia de que en España había más perros que niños de 15 años. Sin percatarse, el ser humano ha ido esculpiendo durante milenios al hijo perfecto para la era del individualismo y la precariedad: más manipulable y aparentemente sumiso, más barato, y encima nos profesa una idolatría que jamás decae.

Hace 8.000 años ya había perros que vivían de manera más humana y satisfecha que algunos hombres. El investigador de la Universidad de Alberta (Canadá) Robert Losey halló bajo el suelo de Siberia una de las pruebas más antiguas de canes tratados como personas.

«Estaban cuidadosamente colocados en una fosa, algunos de ellos con collares decorativos, o junto a otros artículos como cucharas, con la idea de que potencialmente tenían almas y una vida futura», contó a Europa Press Losey, quien también descubrió tumbas compartidas: un hombre y sus dos perros aferrados para siempre.

8.000 años es solo la datación de este descubrimiento; la relación entre el hombre y el lobo, ancestro de todos los chuchos, es muy anterior (no se sabe con precisión, pero podría rondar los 30.000 años).

¿Cuál era el contenido de esa conexión para que muchos desearan compartir su eternidad con ellos? ¿Cómo pueden enlazarse así dos especies tan distantes, sin un lenguaje ni una morfología comunes?

Es imposible concretarlo sin añadir a la ciencia algo de especulación, pero un grupo de científicos ha dado un paso más para comprenderlo.

Bajo el liderazgo de la Juliane Kaminski, psicóloga comparativa  del Centro de Cognición en Perros de la Universidad de Portsmouth, el equipo ha descubierto que estas mascotas desarrollaron una forma de comunicación destinada a ablandar a los humanos y que no existía en su ancestro común (ni siquiera en los primates).

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Kaminski ha estudiado las diferencias entre perros y lobos en sus músculos faciales y en la forma de comunicarse con los humanos. Detectó que la musculatura era similar excepto en la zona de encima de los ojos, donde los perros tienen un músculo que ha servido durante siglos para meterse a los humanos en el bolsillo.

Destacaban dos diferencias, como explican en Ars Technica. Por un lado, un músculo retractor que tira de los ojos hacia las orejas y que aparece en algunos lobos, pero que poseen todos los perros y mejor desarrollado. Y, por otro, la pieza más sorprendente, casi ausente en los lobos: el levator anguli oculi medialis (LAOM), que sirve para levantar la ceja interna y confeccionar esa mueca de bebé eterno que derrite a los humanos.

Según los hallazgos del equipo, esta característica brotó después de que el ser humano domesticara al lobo. «Las cejas expresivas pueden ser el resultado de las preferencias inconscientes de los humanos que influyeron en la selección [de ejemplares] durante la domesticación», escribe Kaminski en la nota de prensa del estudio.

tristeza mascotas
Photo by Ryan Stone on Unsplash

«Cuando los perros hacen el movimiento», continúa, «parecen provocar un fuerte deseo en los humanos de cuidarlos. Esto daría a los perros que más mueven las cejas una ventaja de selección sobre los demás y reforzaría el rasgo de ojos de cachorrito para generaciones futuras».

Esta sofisticación facial agrandó también los ojos de los perros y otorgó a algunas razas un poder casi exclusivamente humano (algunos primates cuentan también con esta característica).

EL PODER DEL BLANCO DE LOS OJOS

En el curso de la prehistoria, hubo un momento en que la evolución pareció incurrir en errores: de pronto, prosperaron homínidos con los colmillos menos afilados, menos violentos y, en apariencia, más vulnerables a los depredadores.

Una de esas señas de debilidad fue el blanco de los ojos. Parecía un patinazo de la selección natural: era más difícil camuflarse con esos centímetros reflectantes en pleno rostro. Sin embargo, este rasgo multiplicaba la capacidad de cooperación entre individuos.

El periodista Daniel Mediavilla entrevistó para El País a Tobias Grossmann, investigador del instituto Max Planck de Antropología Evolutiva de Leipzig. Según él, los ojos en blanco hacía que las señales visuales funcionaran «especialmente bien en interacciones cercanas sin contacto físico, característica de muchas actividades humanas de colaboración». También favorece la comunicación en silencio, crucial en momentos de riesgo o caza.

Los cambios en la musculatura facial del perro, según el estudio de Kaminski, facilitan que los ojos de estas mascotas sean más grandes y que pueda asomar, en unas razas más que en otras, esa blancura del globo ocular tan humana. Otro motivo de hermanamiento.

30.000 años de separación entre una especie y su antecesora es muy poco tiempo como para que se manifiesten diferencias tan pronunciadas como las que se detectaron entre los ojos de los perros y los lobos.

«Creemos que estos cambios notablemente rápidos se pueden vincular directamente a la interacción social mejorada de los perros con los humanos», escribe Ana Burrows, experta en anatomía y coautora del artículo.

No hay pruebas, según Kandinski, para afirmar que los perros saben lo que hacen y que se componen un gesto blandito y triste para manipular a propósito a los humanos.

Sin embargo, en un estudio anterior, el mismo Centro de Cognición en Perros de la Universidad de Portsmouth comprobó que los canes reservaban esas expresiones lastimeras solo para cuando se sentían observados.

Además de la injerencia humana seleccionando apareamientos perrunos, puede haber otra explicación, que el tamaño de estos músculos crecieran, sencillamente, porque generación tras generación, los animales sintieran la necesidad de usarlos más. En cuyo caso, ¿por qué cambiaron el patrón de conducta?, ¿nos estaban imitando?

De cualquier modo, para que hoy los perros nos fulminen con subidones de azúcar, el ser humano ha debido de mantener durante siglos una predilección por los ejemplares que parecían más vulnerables y suplicantes.

Hace un mes se publicó la noticia de que en España había más perros que niños de 15 años. Sin percatarse, el ser humano ha ido esculpiendo durante milenios al hijo perfecto para la era del individualismo y la precariedad: más manipulable y aparentemente sumiso, más barato, y encima nos profesa una idolatría que jamás decae.

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