Publicado: 09 de agosto 2023 08:07  /   CREATIVIDAD
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Carlos Barea: «La autoficción es una forma de contarte tu historia real, no la que te han contado»

Publicado: 09 de agosto 2023 08:07  /   CREATIVIDAD     por          
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Carlos Barea

La trayectoria ajetreada de Carlos Barea (Granada, 1987) da para llamarlo por muchos nombres, pero él prefiere sintetizar lo que hace en tres profesiones: escritor, editor y activista cultural. De identidades sabe más que muchos, de modo que así lo dejamos.

Empezó tirando cables, pasó por las aulas de Publicidad y Relaciones Públicas, fue alumno pionero del Máster en Estudios LGTBIQ+ de la Universidad Complutense de Madrid y hasta se adentró en el mundo académico, pero se desencantó con la rigidez estilística de unos ensayos que le impedían impregnar el lenguaje de subjetividad.

Su paso por el Máster en Escritura Creativa de Hotel Kafka le marcó el camino hacia lo que siempre quiso hacer: contar historias. En los libros encontró un formato asequible que podía empezar y terminar desde su escritorio. Hoy, sus idas y venidas coinciden en el mismo punto cardinal. Barea es, según él mismo, «un perfil siempre en torno a la literatura y con perspectiva LGTBIQ+ que intenta utilizar la literatura como herramienta de activismo».

Entre otras muchas cosas, eres profesor de escritura. Concretamente, de autoficción LGTBIQ+. Tú la defines como «una herramienta de supervivencia». ¿Qué supone escribir sobre sí mismo para un miembro del colectivo? 

Es una herramienta de supervivencia para la persona que escribe porque es una forma de exorcizar ciertos demonios; sirve para atenuar la homofobia interiorizada, para expresarse, para conocerse, para entenderse. Tú, como autor, necesitas explorarte mucho más que una persona no LGTBIQ+ porque durante muchísimo tiempo te han negado tu identidad.

[pullquote]«Es imposible leer la obra de Lorca sin tener en cuenta su homosexualidad. En sus figuras literarias, en su forma de tratar ciertos temas, su homosexualidad estaba ahí presente»[/pullquote]

A mí me gusta mucho utilizar el concepto de identidad narrativa, que es cómo construimos nuestra propia identidad a través del relato que nos contamos a nosotros mismos, pero también del que nos cuentan los demás. Al final, ese relato es el estándar y, entonces, tú lo primero que te planteas es echarte una novia si eres chico. La autoficción es una forma de contarte la historia real, no la que te han contado y que se supone que te tienes que contar a ti mismo.

Sirve como herramienta de supervivencia para los autores, pero también para quien lee, porque hay mucha falta de referentes LGTBIQ+. Para esa persona que está empezando a hacerse preguntas es muy útil coger un libro y decir: «Ostras, esta historia que me están contando es diferente de la que me han contado siempre. Es que como yo me siento se siente esta persona». Por eso tiene esa ambivalencia, porque es muy importante verse reflejado en la literatura, en la cultura y en todo lo que hay alrededor.

Escribir autoficción LGTBIQ+ también es llevarle la contraria a la tradición literaria, ¿no?

Aparte de ser una herramienta de supervivencia, también es una herramienta de recuperación. Los formatos de la autoficción, los diarios y las cartas, son testimonios escritos de personas.

En el curso de autoficción yo hablo muchísimo de Carmen Conde. Nadie la conoce. Fue un miembro de la Generación del 27, de las llamadas Sinsombrero, y, entre otras cosas, fue la primera mujer que ocupó un sillón en la Real Academia Española. Pero lo que nunca se cuenta es que tuvo una pareja que se llamaba Amanda Junquera con la que pasó el resto de su vida tras morir su marido, Antonio Oliver.

En todos sitios se habla de que Antonio inspiró la obra de Conde, y hace poco tiempo Ediciones Torremozas publicó dos obras de ella: el Epistolario, las cartas que le escribe a Amanda; y otra obra que se llama Poemas para Amanda. Pero luego viene el discurso de «no hace falta saber con quién se acuesta un autor». Claro, si no es heterosexual. Cuando hablamos de autores LGTBIQ+, ya ahí no importa. 

Pasa lo mismo también con Lorca. Es imposible leer la obra de Lorca sin tener en cuenta su homosexualidad. En sus figuras literarias, en su forma de tratar ciertos temas, su homosexualidad estaba ahí presente.

¿Es la autoficción LGTBIQ+ una herramienta política?

Sí, por supuesto. Es una herramienta política porque es un testimonio escrito y aun así se cuestiona. Sobre las obras de algunos autores homosexuales se dice que eran «amigos que se escribían con mucho cariño». Me parece una herramienta política porque, si no lo fuera, no se hubiera intentado esconder. Yo soy de Granada, estudié a Lorca por todos lados, y no me enteré de que era homosexual hasta que llegué a Madrid con 18 años. No estaba en los libros de texto, en los 90 era un tema totalmente tabú. 

Lorca se fue a Nueva York porque quería olvidar su ruptura con Emilio Aladrén, y ahí escribió Poeta en Nueva York, una de sus obras cumbre. Y eso nadie te lo dice. ¿Eso no influyó en su obra? ¿No es importante con quién se acostaba? Es posible que su final terrible tenga mucho que ver con que tenía un novio con el que se quería ir (Juan Ramírez de Lucas, el Rubio de Albacete), y eso nunca se ha contado. Y hay cartas, hay documentación que lo demuestra. Ya se puede negar la mayor, pero eso está escrito.

La identidad de las personas LGTBIQ+ —y, por tanto, también la autoficción— es una herramienta política porque rescata esas memorias olvidadas, de forma deliberada o no, en el momento en el que se intentan tapar todo el rato.

¿Qué ejemplos de autoficción LGTBIQ+ conocemos, aunque no lo sepamos, y cuáles nos estamos perdiendo?

En Paris-Austerlitz (Anagrama, 2016), Rafael Chirbes cuenta la ruptura con su novio François, que se estaba muriendo de sida en los años 80. Cuenta cómo agonizaba la relación, pero, al mismo tiempo, cómo vio morir a la persona con la que la mantuvo. Sus diarios se han publicado hace poco, y en ellos cuenta cómo tuvo sexo con hombres y la relación con François. Pero sí es verdad que Chirbes ya estaba fuera del armario.

Carlos Barea

Me gusta muchísimo citar El amor del revés, de Luisgé Martín (Anagrama, 2016). Creo que es una obra cumbre dentro de la autoficción LGTBIQ+ contemporánea. A modo de memorias, él cuenta cómo durante toda su vida intentó hacer todo lo posible por ser heterosexual. Él decía que había nacido como una cucaracha, al estilo kafkiano. Luego tiene un final feliz, porque se convierte en un salmón que llega a su destino contracorriente. Es una obra fundacional, básica, sobre todo para gays que empiezan a aceptarse y para conocer parte de la historia de los años 70 y 80. Porque la autoficción sirve también para poner en contexto una época que a veces olvidamos que estuvo ahí.

De fuera de España me gusta señalar Las malas, de Camila Sosa Villada (Tusquets, 2020). Es una mujer trans argentina que cuenta cómo ejercía la prostitución por las calles de Córdoba, en Argentina. Lo cuenta desde un lugar muy ficticio, un lugar más cómodo para la autora, que llega a utilizar el realismo mágico.

Este año parece que estás en todas las estanterías. Estamos haciendo esta entrevista en mayo y ya van tres libros nuevos en los que aparece tu nombre.

Mi filosofía siempre había sido publicar cada dos años, y de pronto, este año me he visto con muchas obras. Pero es verdad que ninguna es propiamente mía en su totalidad. 

A principios de año se publicó Flores para Lola (Egales y Dos Bigotes, 2023), un libro que coordinaste y que se centra en Lola Flores como abanderada del feminismo y defensora de los derechos LGTBIQ+. ¿Cómo la ves a ella ahora, después de publicarlo?

En Flores para Lola he escrito un capítulo, y mi labor principal ha sido la de coordinador. La sensación después de publicar el libro es que Lola es un personaje más complejo de lo que me imaginaba. Tenía veinte mil caras, en el mejor sentido de la palabra, y era una mujer que sabía manejar los medios muy bien, presentar un personaje pero mezclándolo con lo personal.

A esa intersección de personas tan compleja y curiosa es a la que nos hemos intentado acercar los autores, con un elemento más: cómo la leemos nosotros como figura pop. Somos todos menores de cuarenta años, algunos nacieron después de que ella muriera. Me parece muy interesante cómo ha influido esa figura desde una perspectiva pop en la vida de gente que nació después de su muerte.

[pullquote]El cine trash utiliza lo vulgar, lo infame, todo lo que no es socialmente aceptable para hacer películas. Por eso se le da la espalda, porque muestra la basura social[/pullquote]

También has escrito un relato homoerótico sobre «un tórrido encuentro veraniego entre las estanterías de un supermercado» (‘Plan B’, Tu boca en mi piel, Egales, 2023)

Es una colaboración con la editorial donde yo publiqué mi primera novela, Bendita tú eres (Egales, 2020). Mili Hernández, la editora, creía que iba siendo hora de renovar la literatura erótica gay con una antología de autores actuales para realzar de nuevo el género, porque hubo un momento en el que todo el mundo se pensaba que la literatura LGTBIQ+ era erótica o porno, y entonces se fue renegando un poco de ella.

Yo llevaba mucho tiempo sin escribir ficción, tenía mucho mono de jugar con las palabras. Y me pareció un juego muy divertido. 

Además, has participado en un libro sobre el cine de John Waters (¡Larga vida al Trash!, Dos Bigotes, 2023). ¿Quiénes son este cineasta y su elenco de dreamlanders? ¿Por qué se merece el director un libro como este?

John Waters es uno de los directores indies más importantes del cine americano, bajo mi punto de vista. Fue el máximo exponente del cine trash, un género muy denostado, pero que él llevó a la cumbre. Su estrella era Divine, una travesti de 120 kilos que en Pink Flamingos (John Waters, 1972) se come una caca de perro real. El cine trash utiliza lo vulgar, lo infame, todo lo que no es socialmente aceptable para hacer películas. Por eso se le da la espalda, porque muestra la basura social. De hecho, los dreamlanders eran un grupo de amigos de Baltimore que se dedicó a hacer cine sobre putas, travestis y maricones. 

John Waters fue capaz de llevar este cine a Hollywood. Yo vi Los asesinatos de mamá (Serial Mom, John Waters, 1972) de pequeño en Televisión Española. Con 13 o 14 años, en un pueblito de mil habitantes de Granada, yo de pronto vi que se podía hacer ese tipo de cine, que había una cara oculta de la cultura que yo estaba empezando a descubrir, y a mí eso me fascinó. Y he pasado de estar en mi habitación con 14 años viendo las películas de Divine a estar en un libro con toda la gente que para mí es un referente dentro de este tipo de cultura.

Está claro que tú no descansas nunca. ¿Qué viene ahora para Carlos Barea?

En septiembre viene una cosa parecida a la que he hecho con Lola Flores, con una figura muy importante, pero no lo puedo contar todavía porque hay muchas cosas pendientes. Pero sí puedo decir que es una de las figuras más importantes en la cultura LGTBIQ+ de nuestro país, y que ahora se cumplen 40 años de su muerte. Una figura olvidada, muy denostada. He reunido a una cantera de autores porque esta persona se merece un libro y necesitamos darle el lugar que se merece.

La trayectoria ajetreada de Carlos Barea (Granada, 1987) da para llamarlo por muchos nombres, pero él prefiere sintetizar lo que hace en tres profesiones: escritor, editor y activista cultural. De identidades sabe más que muchos, de modo que así lo dejamos.

Empezó tirando cables, pasó por las aulas de Publicidad y Relaciones Públicas, fue alumno pionero del Máster en Estudios LGTBIQ+ de la Universidad Complutense de Madrid y hasta se adentró en el mundo académico, pero se desencantó con la rigidez estilística de unos ensayos que le impedían impregnar el lenguaje de subjetividad.

Su paso por el Máster en Escritura Creativa de Hotel Kafka le marcó el camino hacia lo que siempre quiso hacer: contar historias. En los libros encontró un formato asequible que podía empezar y terminar desde su escritorio. Hoy, sus idas y venidas coinciden en el mismo punto cardinal. Barea es, según él mismo, «un perfil siempre en torno a la literatura y con perspectiva LGTBIQ+ que intenta utilizar la literatura como herramienta de activismo».

Entre otras muchas cosas, eres profesor de escritura. Concretamente, de autoficción LGTBIQ+. Tú la defines como «una herramienta de supervivencia». ¿Qué supone escribir sobre sí mismo para un miembro del colectivo? 

Es una herramienta de supervivencia para la persona que escribe porque es una forma de exorcizar ciertos demonios; sirve para atenuar la homofobia interiorizada, para expresarse, para conocerse, para entenderse. Tú, como autor, necesitas explorarte mucho más que una persona no LGTBIQ+ porque durante muchísimo tiempo te han negado tu identidad.

[pullquote]«Es imposible leer la obra de Lorca sin tener en cuenta su homosexualidad. En sus figuras literarias, en su forma de tratar ciertos temas, su homosexualidad estaba ahí presente»[/pullquote]

A mí me gusta mucho utilizar el concepto de identidad narrativa, que es cómo construimos nuestra propia identidad a través del relato que nos contamos a nosotros mismos, pero también del que nos cuentan los demás. Al final, ese relato es el estándar y, entonces, tú lo primero que te planteas es echarte una novia si eres chico. La autoficción es una forma de contarte la historia real, no la que te han contado y que se supone que te tienes que contar a ti mismo.

Sirve como herramienta de supervivencia para los autores, pero también para quien lee, porque hay mucha falta de referentes LGTBIQ+. Para esa persona que está empezando a hacerse preguntas es muy útil coger un libro y decir: «Ostras, esta historia que me están contando es diferente de la que me han contado siempre. Es que como yo me siento se siente esta persona». Por eso tiene esa ambivalencia, porque es muy importante verse reflejado en la literatura, en la cultura y en todo lo que hay alrededor.

Escribir autoficción LGTBIQ+ también es llevarle la contraria a la tradición literaria, ¿no?

Aparte de ser una herramienta de supervivencia, también es una herramienta de recuperación. Los formatos de la autoficción, los diarios y las cartas, son testimonios escritos de personas.

En el curso de autoficción yo hablo muchísimo de Carmen Conde. Nadie la conoce. Fue un miembro de la Generación del 27, de las llamadas Sinsombrero, y, entre otras cosas, fue la primera mujer que ocupó un sillón en la Real Academia Española. Pero lo que nunca se cuenta es que tuvo una pareja que se llamaba Amanda Junquera con la que pasó el resto de su vida tras morir su marido, Antonio Oliver.

En todos sitios se habla de que Antonio inspiró la obra de Conde, y hace poco tiempo Ediciones Torremozas publicó dos obras de ella: el Epistolario, las cartas que le escribe a Amanda; y otra obra que se llama Poemas para Amanda. Pero luego viene el discurso de «no hace falta saber con quién se acuesta un autor». Claro, si no es heterosexual. Cuando hablamos de autores LGTBIQ+, ya ahí no importa. 

Pasa lo mismo también con Lorca. Es imposible leer la obra de Lorca sin tener en cuenta su homosexualidad. En sus figuras literarias, en su forma de tratar ciertos temas, su homosexualidad estaba ahí presente.

¿Es la autoficción LGTBIQ+ una herramienta política?

Sí, por supuesto. Es una herramienta política porque es un testimonio escrito y aun así se cuestiona. Sobre las obras de algunos autores homosexuales se dice que eran «amigos que se escribían con mucho cariño». Me parece una herramienta política porque, si no lo fuera, no se hubiera intentado esconder. Yo soy de Granada, estudié a Lorca por todos lados, y no me enteré de que era homosexual hasta que llegué a Madrid con 18 años. No estaba en los libros de texto, en los 90 era un tema totalmente tabú. 

Lorca se fue a Nueva York porque quería olvidar su ruptura con Emilio Aladrén, y ahí escribió Poeta en Nueva York, una de sus obras cumbre. Y eso nadie te lo dice. ¿Eso no influyó en su obra? ¿No es importante con quién se acostaba? Es posible que su final terrible tenga mucho que ver con que tenía un novio con el que se quería ir (Juan Ramírez de Lucas, el Rubio de Albacete), y eso nunca se ha contado. Y hay cartas, hay documentación que lo demuestra. Ya se puede negar la mayor, pero eso está escrito.

La identidad de las personas LGTBIQ+ —y, por tanto, también la autoficción— es una herramienta política porque rescata esas memorias olvidadas, de forma deliberada o no, en el momento en el que se intentan tapar todo el rato.

¿Qué ejemplos de autoficción LGTBIQ+ conocemos, aunque no lo sepamos, y cuáles nos estamos perdiendo?

En Paris-Austerlitz (Anagrama, 2016), Rafael Chirbes cuenta la ruptura con su novio François, que se estaba muriendo de sida en los años 80. Cuenta cómo agonizaba la relación, pero, al mismo tiempo, cómo vio morir a la persona con la que la mantuvo. Sus diarios se han publicado hace poco, y en ellos cuenta cómo tuvo sexo con hombres y la relación con François. Pero sí es verdad que Chirbes ya estaba fuera del armario.

Carlos Barea

Me gusta muchísimo citar El amor del revés, de Luisgé Martín (Anagrama, 2016). Creo que es una obra cumbre dentro de la autoficción LGTBIQ+ contemporánea. A modo de memorias, él cuenta cómo durante toda su vida intentó hacer todo lo posible por ser heterosexual. Él decía que había nacido como una cucaracha, al estilo kafkiano. Luego tiene un final feliz, porque se convierte en un salmón que llega a su destino contracorriente. Es una obra fundacional, básica, sobre todo para gays que empiezan a aceptarse y para conocer parte de la historia de los años 70 y 80. Porque la autoficción sirve también para poner en contexto una época que a veces olvidamos que estuvo ahí.

De fuera de España me gusta señalar Las malas, de Camila Sosa Villada (Tusquets, 2020). Es una mujer trans argentina que cuenta cómo ejercía la prostitución por las calles de Córdoba, en Argentina. Lo cuenta desde un lugar muy ficticio, un lugar más cómodo para la autora, que llega a utilizar el realismo mágico.

Este año parece que estás en todas las estanterías. Estamos haciendo esta entrevista en mayo y ya van tres libros nuevos en los que aparece tu nombre.

Mi filosofía siempre había sido publicar cada dos años, y de pronto, este año me he visto con muchas obras. Pero es verdad que ninguna es propiamente mía en su totalidad. 

A principios de año se publicó Flores para Lola (Egales y Dos Bigotes, 2023), un libro que coordinaste y que se centra en Lola Flores como abanderada del feminismo y defensora de los derechos LGTBIQ+. ¿Cómo la ves a ella ahora, después de publicarlo?

En Flores para Lola he escrito un capítulo, y mi labor principal ha sido la de coordinador. La sensación después de publicar el libro es que Lola es un personaje más complejo de lo que me imaginaba. Tenía veinte mil caras, en el mejor sentido de la palabra, y era una mujer que sabía manejar los medios muy bien, presentar un personaje pero mezclándolo con lo personal.

A esa intersección de personas tan compleja y curiosa es a la que nos hemos intentado acercar los autores, con un elemento más: cómo la leemos nosotros como figura pop. Somos todos menores de cuarenta años, algunos nacieron después de que ella muriera. Me parece muy interesante cómo ha influido esa figura desde una perspectiva pop en la vida de gente que nació después de su muerte.

[pullquote]El cine trash utiliza lo vulgar, lo infame, todo lo que no es socialmente aceptable para hacer películas. Por eso se le da la espalda, porque muestra la basura social[/pullquote]

También has escrito un relato homoerótico sobre «un tórrido encuentro veraniego entre las estanterías de un supermercado» (‘Plan B’, Tu boca en mi piel, Egales, 2023)

Es una colaboración con la editorial donde yo publiqué mi primera novela, Bendita tú eres (Egales, 2020). Mili Hernández, la editora, creía que iba siendo hora de renovar la literatura erótica gay con una antología de autores actuales para realzar de nuevo el género, porque hubo un momento en el que todo el mundo se pensaba que la literatura LGTBIQ+ era erótica o porno, y entonces se fue renegando un poco de ella.

Yo llevaba mucho tiempo sin escribir ficción, tenía mucho mono de jugar con las palabras. Y me pareció un juego muy divertido. 

Además, has participado en un libro sobre el cine de John Waters (¡Larga vida al Trash!, Dos Bigotes, 2023). ¿Quiénes son este cineasta y su elenco de dreamlanders? ¿Por qué se merece el director un libro como este?

John Waters es uno de los directores indies más importantes del cine americano, bajo mi punto de vista. Fue el máximo exponente del cine trash, un género muy denostado, pero que él llevó a la cumbre. Su estrella era Divine, una travesti de 120 kilos que en Pink Flamingos (John Waters, 1972) se come una caca de perro real. El cine trash utiliza lo vulgar, lo infame, todo lo que no es socialmente aceptable para hacer películas. Por eso se le da la espalda, porque muestra la basura social. De hecho, los dreamlanders eran un grupo de amigos de Baltimore que se dedicó a hacer cine sobre putas, travestis y maricones. 

John Waters fue capaz de llevar este cine a Hollywood. Yo vi Los asesinatos de mamá (Serial Mom, John Waters, 1972) de pequeño en Televisión Española. Con 13 o 14 años, en un pueblito de mil habitantes de Granada, yo de pronto vi que se podía hacer ese tipo de cine, que había una cara oculta de la cultura que yo estaba empezando a descubrir, y a mí eso me fascinó. Y he pasado de estar en mi habitación con 14 años viendo las películas de Divine a estar en un libro con toda la gente que para mí es un referente dentro de este tipo de cultura.

Está claro que tú no descansas nunca. ¿Qué viene ahora para Carlos Barea?

En septiembre viene una cosa parecida a la que he hecho con Lola Flores, con una figura muy importante, pero no lo puedo contar todavía porque hay muchas cosas pendientes. Pero sí puedo decir que es una de las figuras más importantes en la cultura LGTBIQ+ de nuestro país, y que ahora se cumplen 40 años de su muerte. Una figura olvidada, muy denostada. He reunido a una cantera de autores porque esta persona se merece un libro y necesitamos darle el lugar que se merece.

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