25 de noviembre 2014    /   ENTRETENIMIENTO
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Loucos de paixão: todo lo que no imaginas (y deberías conocer) sobre el Carnaval de Río de Janeiro

25 de noviembre 2014    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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«Tenéis dos meses para poneros enfermos, pero el 1 de febrero os quiero ver a todos en la Apoteosis, en el Sambódromo, para el ensayo técnico. Pase lo que pase, tenéis que estar allí». El coreógrafo de Portela, una de las escuelas de samba de Río de Janeiro con más solera, es categórico.
Se toman las cosas en serio en la Cidade do Samba, una macroinstalación en la zona portuaria de Río de Janeiro de 92.000 metros cuadrados, como decir 10 campos de fútbol. Aquí cada una de las 12 escuelas de samba del Grupo Especial, que se presentan para ser campeonas, posee su nave en la que se construyen los carros alegóricos.
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Todos los días, desde el mes de octubre, centenares de profesionales – carpinteros, artistas plásticos, costureras – trabajan a destajo bajo el más sigiloso secreto para forjar la escenografía del mayor espectáculo del mundo. Todos las noches, en el patio de 2.700 metros cuadrados se llevan a cabo los ensayos de las coreografías de distintas alas de cada escuela. Hablando en plata, miles de cariocas pasan por este recinto a lo largo de la semana para pagar su tributo al carnaval de forma voluntaria y entusiasta.

El desfile es solo la punta del iceberg de una fiesta que requiere la dedicación absoluta de sus participantes


Thiago Gotelip de Freitas, 30 años, es uno de ellos. Trabaja en el departamento de estadística de Hemorio, el banco de sangre de Río de Janeiro. A las 18.00 en punto, cuando sale del curro, su vida se transforma en un gran carnaval, porque Thiago ensaya todos los días de la semana para desfilar en ocho escuelas diferentes: Portela, Estácio de Sá, Viradouro, União da Ilha, Unidos da Tijuca, Unidos de Padre Miguel, Unidos de Bangu y União do Parque Curicica.
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Para conseguir esta hazaña olímpica, Thiago acude de lunes a viernes a la Cidade do Samba o al Sambódromo. «Los ensayos son básicos para coordinar una coreografía de hasta 100 personas que, normalmente no trabajan con el espectáculo», asegura. «Aquí danzamos, saltamos, cantamos… Ya desde los primeros ensayos hay que darlo todo», cuenta Mariana Silveira, pedagoga de 31 años, que también desfilará con ocho escuelas.
Son cinco meses en que los foliões, los adeptos al carnaval, dejan de lado su vida privada y se dedican a aportar su granito de arena a este gigantesco mosaico humano, que desfila durante dos días por la Avenida Marqués de Sapucaí, en el Sambódromo, ante la mirada atónita de millones de telespectadores en todo el planeta. El desfile es solo la punta del iceberg de una fiesta que requiere la dedicación absoluta de sus participantes.
«Todos los años esperamos a que salga el calendario del desfile para escoger en qué escuelas podemos salir», explica Marina. «Hay que coordinarse muy bien porque todo acontece en dos días, cuatro si contamos las escuelas del grupo B, el de acceso. Y sí, hacemos auténticas locuras, porque somos locos de verdad. Yo he llegado a desfilar en dos escuelas consecutivas. Es el delirio: sales de un desfile, tienes que cambiarte de ropa corriendo, dar toda la vuelta al Sambódromo y buscar tu ala en el desfile siguiente. Es de infarto. Tienes que colocar a una persona de confianza en un lugar estratégico para que te espere con el nuevo disfraz guardado en un saco, cambiarte a toda leche y entrar de nuevo en la Avenida. Es como estar en los bastidores de un teatro, pero al final siempre llegas a tiempo», añade entre risas.
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No satisfechos con su actividad carnavalesca, todos los fines de semana Thiago y Marina, amigos gracias a la samba, visitan las quadras de varias escuelas, es decir, los locales recreativos donde los miembros y simpatizantes se reúnen para escuchar música en vivo -samba obviamente-, comer feijoada (plato típico de Brasil a base de arroz, frijoles y carne) y admirar a las mulatas esculturales que, llenas de plumas, balancean sus cuerpos de diosas al ritmo de la samba.
¿Cómo resisten a tanta tralla? «Te tiene que gustar mucho la samba, si no, no aguantas. En realidad, comienzas a ensayar en un par de escuelas, los amigos te invitan en otras y cuando menos lo esperas, estás ensayando todos los días. Y el cuerpo se va acostumbrando», dice Thiago, que pertenece desde hace cinco años a esta casta selecta de cariocas loucos de paixão por el mayor carnaval del planeta.
No es para menos: la cifras de esta fiesta son apabullantes. Cada escuela del grupo especial tiene entre 2.500 y 4.000 componentes. Además, puede llevar de cinco a ocho carros alegóricos de hasta 13 metros de alto y 8,5 metros de largo. Los carros más grandes miden hasta 60 metros de profundidad, son empujados por 20 personas y pueden pesar hasta 40 kilos.
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En este gráfico se puede ver cómo funciona desfile.
Solo la batería tiene de 200 a 320 percusionistas. Y hay reglas para todo. Cada desfile debe durar por lo menos 65 minutos y, como máximo, 82 minutos. Por cada minuto de más hay una pérdida de 0,1 puntos. Todo es susceptible de dar o restar puntos: la batería, el samba-enredo, o sea, la letra de la canción, la actuación en conjunto, los carros alegóricos, los disfraces, los complementos y las personalidades destacadas, como la porta-bandera.

Cada escuela del grupo especial tiene entre 2.500 y 4.000 componentes


Además de un espectáculo grandioso, el carnaval es un negocio suculento que mueve mucho dinero. Este año los 920.000 turistas que recibió la ciudad gastaron la friolera de 764 millones de euros, un 10% más que en 2013. Las escuelas de samba, por su parte, invirtieron 161 millones de euros. Esto, según los datos oficiales. Porque en el Carnaval circulan ríos de dinero negro, a menudo de oscura procedencia, como el jogo do bicho, un juego de azar ilegal que ya ha causado numerosos escándalos sobre la financiación del carnaval.
Sin hablar de los fichajes de los carnavalescos, es decir, los responsables de la concepción de todo el desfile. Este año el archifamoso Paulo Barros recibió supuestamente 790.000 euros (2,5 millones de reales) para cambiarse de escuela, como si de un futbolista de raza se tratara. La locura no tiene límites. Solo el disfraz de la porta-bandera de la escuela Beija-Flor en el desfile de 2013 costó 100.000 reales (unos 32.000 euros).
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El carnaval también genera mucho empleo. En 2014 fueron creados 250.000 puestos de trabajo.  Cada año, Río de Janeiro se convierte en una enorme colmena, en la que miles de abejas trabajan durante meses en silencio para una hora de magia: desde figurinistas hasta costureras. Cada ala de cada escuela tiene vida propia: sus trajes y sus complementos proceden de un punto diferente de la ciudad, a menudo de un taller de una favela de la zona norte de Río. En el barrio de Santo Cristo, cerca de la Cidade do Samba, convertido en un hervidero de artesanos, es común ver a  personas transportando objetos curiosos, esqueletos de alambre, atrezzos…
Todo eso hace que, a partir del mes de junio, los cariocas vivan proyectados hacia el Carnaval del año siguiente. Es decir, en Río de Janeiro hace rato que es 2015. De hecho, todo el mundo se refiere al carnaval de 2014 como al del «año pasado».
En este eterno Carnaval, que dura prácticamente 12 meses, hay que tener un as en la manga para poder acompañar tantos ensayos. «Yo tengo la gran suerte de que mi jefe también es sambista y desfila con nosotros. Entonces si algún día tengo que salir antes para un ensayo especial, no suele haber problemas. Puedo compensar mi horario otro día», cuenta Thiago.

Además de un espectáculo grandioso, el carnaval es un negocio suculento que mueve mucho dinero


«En mi caso, al ser profesora, tengo vacaciones de diciembre a febrero, lo cual facilita mi vida carnavalesca. Mi marido, que también ensaya en varias escuelas, es representante comercial y tiene un horario flexible que le permite vivir el carnaval a tope en los dos meses anteriores a la fiesta», explica Mariana. Su vida gira alrededor de la samba. Conoció a su marido en 2008 durante una feijoada de la escuela de su corazón, Portela. En esta misma escuela, en 2009, celebró el compromiso de casamiento, con música en vivo. En su boda, en 2011, tocó la batería de otra escuela de samba, Renacer de Jacarepaguá. «Toda nuestra historia, desde la primera mirada, aconteció en el marco del Carnaval», afirma Mariana con orgullo.
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La peor época para estos forofos es cuando el Carnaval acaba. «La primera semana es un alivio, porque por fin puedes dormir. Sin embargo, la segunda semana comienza la depresión y la saudade. No tienes la batería tocando, no hay actividad frenética… Gracias a Dios, la tercera semana ya hay las premiaciones y recomienza todo de nuevo. Después vienen las confraternizaciones, cuando las escuelas invitan a otras escuelas; de junio a septiembre es la época de la elección de la canción de cada escuela… y la maquinaria vuelve a estar en marcha. En un pis-pas estamos de nuevo en octubre con los ensayos», cuenta Thiago entre risas.
En los tres meses en los que las escuelas eligen su canción para el siguiente desfile, los compositores de Río de Janeiro llegan a presentar hasta 40 sambas diferentes en cada escuela. Esto multiplicado por 12, que es el número de las escuelas del Grupo Especial, sin olvidar las 15 escuelas del grupo de acceso. A cada ronda, los compositores se presentan en su escuela con un cortejo de cantantes, mulatas y fans en una fiesta que no tiene fin. Paralelamente, los candidatos a Rey Momo y Reina, la corte del carnaval de Río, pasan también por un largo proceso de selección que culmina en noviembre, con un fiestón en la Cidade do Samba.
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Difícilmente un europeo puede llegar a entender esa pasión que posee a los cariocas año tras año, mes tras mes, día tras día. «No se puede explicar con palabras. Nos mueve un sentimiento muy profundo. Hay que sentirlo», concluyen Mariana y Thiago.
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«En mi caso, al ser profesora, tengo vacaciones de diciembre a febrero, lo cual facilita mi vida carnavalesca. Mi marido, que también ensaya en varias escuelas, es representante comercial y tiene un horario flexible que le permite vivir el carnaval a tope en los dos meses anteriores a la fiesta», explica Mariana. Su vida gira alrededor de la samba. Conoció a su marido en 2008 durante una feijoada de la escuela de su corazón, Portela. En esta misma escuela, en 2009, celebró el compromiso de casamiento, con música en vivo. En su boda, en 2011, tocó la batería de otra escuela de samba, Renacer de Jacarepaguá. «Toda nuestra historia, desde la primera mirada, aconteció en el marco del Carnaval», afirma Mariana con orgullo.
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La peor época para estos forofos es cuando el Carnaval acaba. «La primera semana es un alivio, porque por fin puedes dormir. Sin embargo, la segunda semana comienza la depresión y la saudade. No tienes la batería tocando, no hay actividad frenética… Gracias a Dios, la tercera semana ya hay las premiaciones y recomienza todo de nuevo. Después vienen las confraternizaciones, cuando las escuelas invitan a otras escuelas; de junio a septiembre es la época de la elección de la canción de cada escuela… y la maquinaria vuelve a estar en marcha. En un pis-pas estamos de nuevo en octubre con los ensayos», cuenta Thiago entre risas.
En los tres meses en los que las escuelas eligen su canción para el siguiente desfile, los compositores de Río de Janeiro llegan a presentar hasta 40 sambas diferentes en cada escuela. Esto multiplicado por 12, que es el número de las escuelas del Grupo Especial, sin olvidar las 15 escuelas del grupo de acceso. A cada ronda, los compositores se presentan en su escuela con un cortejo de cantantes, mulatas y fans en una fiesta que no tiene fin. Paralelamente, los candidatos a Rey Momo y Reina, la corte del carnaval de Río, pasan también por un largo proceso de selección que culmina en noviembre, con un fiestón en la Cidade do Samba.
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Difícilmente un europeo puede llegar a entender esa pasión que posee a los cariocas año tras año, mes tras mes, día tras día. «No se puede explicar con palabras. Nos mueve un sentimiento muy profundo. Hay que sentirlo», concluyen Mariana y Thiago.
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«Tenéis dos meses para poneros enfermos, pero el 1 de febrero os quiero ver a todos en la Apoteosis, en el Sambódromo, para el ensayo técnico. Pase lo que pase, tenéis que estar allí». El coreógrafo de Portela, una de las escuelas de samba de Río de Janeiro con más solera, es categórico.
Se toman las cosas en serio en la Cidade do Samba, una macroinstalación en la zona portuaria de Río de Janeiro de 92.000 metros cuadrados, como decir 10 campos de fútbol. Aquí cada una de las 12 escuelas de samba del Grupo Especial, que se presentan para ser campeonas, posee su nave en la que se construyen los carros alegóricos.
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Todos los días, desde el mes de octubre, centenares de profesionales – carpinteros, artistas plásticos, costureras – trabajan a destajo bajo el más sigiloso secreto para forjar la escenografía del mayor espectáculo del mundo. Todos las noches, en el patio de 2.700 metros cuadrados se llevan a cabo los ensayos de las coreografías de distintas alas de cada escuela. Hablando en plata, miles de cariocas pasan por este recinto a lo largo de la semana para pagar su tributo al carnaval de forma voluntaria y entusiasta.

El desfile es solo la punta del iceberg de una fiesta que requiere la dedicación absoluta de sus participantes


Thiago Gotelip de Freitas, 30 años, es uno de ellos. Trabaja en el departamento de estadística de Hemorio, el banco de sangre de Río de Janeiro. A las 18.00 en punto, cuando sale del curro, su vida se transforma en un gran carnaval, porque Thiago ensaya todos los días de la semana para desfilar en ocho escuelas diferentes: Portela, Estácio de Sá, Viradouro, União da Ilha, Unidos da Tijuca, Unidos de Padre Miguel, Unidos de Bangu y União do Parque Curicica.
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Para conseguir esta hazaña olímpica, Thiago acude de lunes a viernes a la Cidade do Samba o al Sambódromo. «Los ensayos son básicos para coordinar una coreografía de hasta 100 personas que, normalmente no trabajan con el espectáculo», asegura. «Aquí danzamos, saltamos, cantamos… Ya desde los primeros ensayos hay que darlo todo», cuenta Mariana Silveira, pedagoga de 31 años, que también desfilará con ocho escuelas.
Son cinco meses en que los foliões, los adeptos al carnaval, dejan de lado su vida privada y se dedican a aportar su granito de arena a este gigantesco mosaico humano, que desfila durante dos días por la Avenida Marqués de Sapucaí, en el Sambódromo, ante la mirada atónita de millones de telespectadores en todo el planeta. El desfile es solo la punta del iceberg de una fiesta que requiere la dedicación absoluta de sus participantes.
«Todos los años esperamos a que salga el calendario del desfile para escoger en qué escuelas podemos salir», explica Marina. «Hay que coordinarse muy bien porque todo acontece en dos días, cuatro si contamos las escuelas del grupo B, el de acceso. Y sí, hacemos auténticas locuras, porque somos locos de verdad. Yo he llegado a desfilar en dos escuelas consecutivas. Es el delirio: sales de un desfile, tienes que cambiarte de ropa corriendo, dar toda la vuelta al Sambódromo y buscar tu ala en el desfile siguiente. Es de infarto. Tienes que colocar a una persona de confianza en un lugar estratégico para que te espere con el nuevo disfraz guardado en un saco, cambiarte a toda leche y entrar de nuevo en la Avenida. Es como estar en los bastidores de un teatro, pero al final siempre llegas a tiempo», añade entre risas.
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No satisfechos con su actividad carnavalesca, todos los fines de semana Thiago y Marina, amigos gracias a la samba, visitan las quadras de varias escuelas, es decir, los locales recreativos donde los miembros y simpatizantes se reúnen para escuchar música en vivo -samba obviamente-, comer feijoada (plato típico de Brasil a base de arroz, frijoles y carne) y admirar a las mulatas esculturales que, llenas de plumas, balancean sus cuerpos de diosas al ritmo de la samba.
¿Cómo resisten a tanta tralla? «Te tiene que gustar mucho la samba, si no, no aguantas. En realidad, comienzas a ensayar en un par de escuelas, los amigos te invitan en otras y cuando menos lo esperas, estás ensayando todos los días. Y el cuerpo se va acostumbrando», dice Thiago, que pertenece desde hace cinco años a esta casta selecta de cariocas loucos de paixão por el mayor carnaval del planeta.
No es para menos: la cifras de esta fiesta son apabullantes. Cada escuela del grupo especial tiene entre 2.500 y 4.000 componentes. Además, puede llevar de cinco a ocho carros alegóricos de hasta 13 metros de alto y 8,5 metros de largo. Los carros más grandes miden hasta 60 metros de profundidad, son empujados por 20 personas y pueden pesar hasta 40 kilos.
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En este gráfico se puede ver cómo funciona desfile.
Solo la batería tiene de 200 a 320 percusionistas. Y hay reglas para todo. Cada desfile debe durar por lo menos 65 minutos y, como máximo, 82 minutos. Por cada minuto de más hay una pérdida de 0,1 puntos. Todo es susceptible de dar o restar puntos: la batería, el samba-enredo, o sea, la letra de la canción, la actuación en conjunto, los carros alegóricos, los disfraces, los complementos y las personalidades destacadas, como la porta-bandera.

Cada escuela del grupo especial tiene entre 2.500 y 4.000 componentes


Además de un espectáculo grandioso, el carnaval es un negocio suculento que mueve mucho dinero. Este año los 920.000 turistas que recibió la ciudad gastaron la friolera de 764 millones de euros, un 10% más que en 2013. Las escuelas de samba, por su parte, invirtieron 161 millones de euros. Esto, según los datos oficiales. Porque en el Carnaval circulan ríos de dinero negro, a menudo de oscura procedencia, como el jogo do bicho, un juego de azar ilegal que ya ha causado numerosos escándalos sobre la financiación del carnaval.
Sin hablar de los fichajes de los carnavalescos, es decir, los responsables de la concepción de todo el desfile. Este año el archifamoso Paulo Barros recibió supuestamente 790.000 euros (2,5 millones de reales) para cambiarse de escuela, como si de un futbolista de raza se tratara. La locura no tiene límites. Solo el disfraz de la porta-bandera de la escuela Beija-Flor en el desfile de 2013 costó 100.000 reales (unos 32.000 euros).
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El carnaval también genera mucho empleo. En 2014 fueron creados 250.000 puestos de trabajo.  Cada año, Río de Janeiro se convierte en una enorme colmena, en la que miles de abejas trabajan durante meses en silencio para una hora de magia: desde figurinistas hasta costureras. Cada ala de cada escuela tiene vida propia: sus trajes y sus complementos proceden de un punto diferente de la ciudad, a menudo de un taller de una favela de la zona norte de Río. En el barrio de Santo Cristo, cerca de la Cidade do Samba, convertido en un hervidero de artesanos, es común ver a  personas transportando objetos curiosos, esqueletos de alambre, atrezzos…
Todo eso hace que, a partir del mes de junio, los cariocas vivan proyectados hacia el Carnaval del año siguiente. Es decir, en Río de Janeiro hace rato que es 2015. De hecho, todo el mundo se refiere al carnaval de 2014 como al del «año pasado».
En este eterno Carnaval, que dura prácticamente 12 meses, hay que tener un as en la manga para poder acompañar tantos ensayos. «Yo tengo la gran suerte de que mi jefe también es sambista y desfila con nosotros. Entonces si algún día tengo que salir antes para un ensayo especial, no suele haber problemas. Puedo compensar mi horario otro día», cuenta Thiago.

Además de un espectáculo grandioso, el carnaval es un negocio suculento que mueve mucho dinero


«En mi caso, al ser profesora, tengo vacaciones de diciembre a febrero, lo cual facilita mi vida carnavalesca. Mi marido, que también ensaya en varias escuelas, es representante comercial y tiene un horario flexible que le permite vivir el carnaval a tope en los dos meses anteriores a la fiesta», explica Mariana. Su vida gira alrededor de la samba. Conoció a su marido en 2008 durante una feijoada de la escuela de su corazón, Portela. En esta misma escuela, en 2009, celebró el compromiso de casamiento, con música en vivo. En su boda, en 2011, tocó la batería de otra escuela de samba, Renacer de Jacarepaguá. «Toda nuestra historia, desde la primera mirada, aconteció en el marco del Carnaval», afirma Mariana con orgullo.
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La peor época para estos forofos es cuando el Carnaval acaba. «La primera semana es un alivio, porque por fin puedes dormir. Sin embargo, la segunda semana comienza la depresión y la saudade. No tienes la batería tocando, no hay actividad frenética… Gracias a Dios, la tercera semana ya hay las premiaciones y recomienza todo de nuevo. Después vienen las confraternizaciones, cuando las escuelas invitan a otras escuelas; de junio a septiembre es la época de la elección de la canción de cada escuela… y la maquinaria vuelve a estar en marcha. En un pis-pas estamos de nuevo en octubre con los ensayos», cuenta Thiago entre risas.
En los tres meses en los que las escuelas eligen su canción para el siguiente desfile, los compositores de Río de Janeiro llegan a presentar hasta 40 sambas diferentes en cada escuela. Esto multiplicado por 12, que es el número de las escuelas del Grupo Especial, sin olvidar las 15 escuelas del grupo de acceso. A cada ronda, los compositores se presentan en su escuela con un cortejo de cantantes, mulatas y fans en una fiesta que no tiene fin. Paralelamente, los candidatos a Rey Momo y Reina, la corte del carnaval de Río, pasan también por un largo proceso de selección que culmina en noviembre, con un fiestón en la Cidade do Samba.
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Difícilmente un europeo puede llegar a entender esa pasión que posee a los cariocas año tras año, mes tras mes, día tras día. «No se puede explicar con palabras. Nos mueve un sentimiento muy profundo. Hay que sentirlo», concluyen Mariana y Thiago.
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La peor época para estos forofos es cuando el Carnaval acaba. «La primera semana es un alivio, porque por fin puedes dormir. Sin embargo, la segunda semana comienza la depresión y la saudade. No tienes la batería tocando, no hay actividad frenética… Gracias a Dios, la tercera semana ya hay las premiaciones y recomienza todo de nuevo. Después vienen las confraternizaciones, cuando las escuelas invitan a otras escuelas; de junio a septiembre es la época de la elección de la canción de cada escuela… y la maquinaria vuelve a estar en marcha. En un pis-pas estamos de nuevo en octubre con los ensayos», cuenta Thiago entre risas.
En los tres meses en los que las escuelas eligen su canción para el siguiente desfile, los compositores de Río de Janeiro llegan a presentar hasta 40 sambas diferentes en cada escuela. Esto multiplicado por 12, que es el número de las escuelas del Grupo Especial, sin olvidar las 15 escuelas del grupo de acceso. A cada ronda, los compositores se presentan en su escuela con un cortejo de cantantes, mulatas y fans en una fiesta que no tiene fin. Paralelamente, los candidatos a Rey Momo y Reina, la corte del carnaval de Río, pasan también por un largo proceso de selección que culmina en noviembre, con un fiestón en la Cidade do Samba.
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