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22 de junio 2016    /   CREATIVIDAD
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Un grito de colores

22 de junio 2016    /   CREATIVIDAD     por          
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Comenzó como un grito de colores. Que sea un oxímoron no impide que haya gritos silenciosos, porque así fue. Para que no se enterasen. Aprovechando la estética. Para despistar. Como la creatividad no siempre está reñida con el miedo, las mujeres de las aldeas Ndebele, al norte de Sudáfrica, comenzaron a pintar sus casas de colores llamativos y con unos peculiares símbolos que hoy llegan a todo el mundo a través de la ropa de estilo étnico. Los colores de las casas Ndebele son intensos, llamativos. Pero hay un significado más allá de la estética, un código reservado a los habitantes de estas aldeas.

«Durante el apartheid era una forma de alertar del peligro», dice Marriam Mahlangu, de 57 años, desde Verena, la aldea en la que vive. Para esas ocasiones, se utilizaba el rojo. El verde significaba alegría y se solía emplear al final de una guerra o una hambruna, según explica. Mahlangu comparte apellido con Esther Mahlangu, la artista que ha llevado el arte mural a los cuadros, a los coches y ha expuesto por todo el mundo. Cuando pintó un BMW como si fuera una pared de su aldea, Esther Mahlangu se convirtió en la ndebele más famosa. La madre de Marriam, de hecho, se llama exactamente como ella, aunque no tengan lazos familiares.

Los colores de las casas Ndebele son intensos, llamativos. Pero hay un significado más allá de la estética, un código reservado a los habitantes de estas aldeas

‘Gogo’ (abuelita), como me pide su nieto que la llame para no enfadarla («las abuelas en África suelen molestarse cuando escuchan su nombre»), recuerda que en aquellos años difíciles lo normal era pintar las figuras en las paredes laterales de las casas, «donde no sería tan fácil para un recién llegado encontrar los mensajes». Los significados, explica, son compartidos generalmente por los ndebele. «Aquellos tiempos fueron muy duros para nosotros porque nos forzaron a trabajar para los blancos y, como recompensa, sólo recibíamos pap [un plato de maíz básico en su dieta, un mero acompañante como el pan o el arroz].

Solíamos huir a las montañas porque incluso los niños tenían que trabajar a la fuerza. Nos obligaron a hablar afrikaans en vez de nuestra lengua materna». Ahora Mahlangu por fin puede hablar el Isi Ndebele y además sabe un poco de inglés, que pronuncia con rotundidad y claridad para que los estruendosos grillos y una electricidad inestable nos permitan mantener una conversación por Skype con poco éxito.

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Marriam Mahlangu aprendió a pintar cuando tenía quince años y fue su abuela quien se encargó de prepararla para el trabajo que todavía realizaban todas las mujeres de la aldea. En 1972 pasó tres semanas pintando su casa de colores con la ayuda de su amiga de toda la vida, Emily Masombuka.

Pero las casas ndebele no sólo se pintan con motivo de la boda, sino que también pueden cambiar de color durante la pascua, navidad y en otras ocasiones especiales. «Además de cambiar colores, también se pueden añadir otros detalles», cuenta su nieto Kgosi Shagashe II Chiloane, de 27 años. Aunque tradicionalmente es un trabajo de mujeres, Kgosi tiene un proyecto junto a un amigo con el que pretende dar a conocer el arte de su cultura. Ndebele Movement es el resultado de esa unión a través de la cual dos amigos hacen música y han empezado a diseñar ropa. Por ahora, recogen ideas de las casas de la aldea, así como de otros diseñadores ndebele, y se reúnen en el garaje de la abuela de Kgosi hasta que puedan disponer de estudio propio.

Willy Mandla es la otra mitad de Ndebele Movement y asegura que en los 24 años que tiene nunca ha visto a un hombre pintar una vivienda. «Nosotros estamos copiando el estilo de las casas, los convertimos en patrones y los pasamos a la ropa», relata Mandla desde Verena.

Ahora es como una llamada, un talento. Ya no todas las mujeres quieren pintar su casa y a veces contratan a otras. Hay algunas que se dedican a hacerlo y se ganan así la vida

Aunque el estilo étnico inspirado por las casas ndebele se ha puesto de moda en el extranjero, Mandla aclara que «es raro ver a la gente de aquí con esa ropa en Sudáfrica. Es cara y difícil de conseguir para muchos de los habitantes de las zonas rurales. Para que este tipo de ropa tenga mayor repercusión en nuestra cultura, la música juega un papel crucial. La música es su pan de cada día, así que mezclar estos diseños con música ayuda. En cualquier tipo de moda, todo es arte, y la música es arte».

Para Marriam Mahlangu, pintar estas viviendas es cosa de mujeres porque «es su deber cuidar la casa y preparar a las más jóvenes para que lo hagan, mientras que el marido trabaja en el campo y caza». No obstante, su hija no ha pintado la suya ni tiene ningún interés en hacerlo. No resulta tan extraño hoy, asegura Mahlangu. «Ahora es como una llamada, un talento. Ya no todas las mujeres quieren pintar su casa y a veces contratan a otras. Hay algunas que se dedican a hacerlo y se ganan así la vida», detalla.

Mahlangu ha sabido adaptarse al paso del tiempo y, del mismo modo que no reprocha a su hija que no pinte su casa, tampoco le sorprende que sea su nieto quien se dedique a extender este tipo de arte típicamente femenino, algo que considera «bien aceptado pero raro». «Me parece bueno que lo haga porque eso significa que los jóvenes aprecian lo propio. Poner estos dibujos en ropa es una buena forma de conectar rápidamente con más gente. Las imágenes hoy viajan rápido, así que la gente podría descubrir que estos diseños se tomaron de las casas. Eso permite que este arte siga creciendo y que no se vaya a olvidar fácilmente», relata.

ndebele2

Mahlangu, además de pintar su casa, también hace collares, anillos, pendientes y pulseras con las figuras geométricas y colores que aplica a las paredes.

Parte del empeño de Kgosi por extender esta peculiaridad de su cultura surge de la poca implicación de las mujeres ndebele en esta moda a nivel internacional. «Realmente, no está repercutiendo en las mujeres locales porque, lo que se vende en el extranjero con estampados de las casas lo hacen fuera y prácticamente no está beneficiando a nuestras mujeres».

Aunque su abuela no le ha enseñado directamente, porque no es lo habitual instruir a un niño en este arte, Kgosi lleva tiempo observando lo que hacen su madre, su abuela y su bisabuela. Después de fijarse mucho en sus pinturas, ha empezado a aplicar lo que veía a unos diseños que espera empezar a mostrar a finales de año.

 

 

Comenzó como un grito de colores. Que sea un oxímoron no impide que haya gritos silenciosos, porque así fue. Para que no se enterasen. Aprovechando la estética. Para despistar. Como la creatividad no siempre está reñida con el miedo, las mujeres de las aldeas Ndebele, al norte de Sudáfrica, comenzaron a pintar sus casas de colores llamativos y con unos peculiares símbolos que hoy llegan a todo el mundo a través de la ropa de estilo étnico. Los colores de las casas Ndebele son intensos, llamativos. Pero hay un significado más allá de la estética, un código reservado a los habitantes de estas aldeas.

«Durante el apartheid era una forma de alertar del peligro», dice Marriam Mahlangu, de 57 años, desde Verena, la aldea en la que vive. Para esas ocasiones, se utilizaba el rojo. El verde significaba alegría y se solía emplear al final de una guerra o una hambruna, según explica. Mahlangu comparte apellido con Esther Mahlangu, la artista que ha llevado el arte mural a los cuadros, a los coches y ha expuesto por todo el mundo. Cuando pintó un BMW como si fuera una pared de su aldea, Esther Mahlangu se convirtió en la ndebele más famosa. La madre de Marriam, de hecho, se llama exactamente como ella, aunque no tengan lazos familiares.

Los colores de las casas Ndebele son intensos, llamativos. Pero hay un significado más allá de la estética, un código reservado a los habitantes de estas aldeas

‘Gogo’ (abuelita), como me pide su nieto que la llame para no enfadarla («las abuelas en África suelen molestarse cuando escuchan su nombre»), recuerda que en aquellos años difíciles lo normal era pintar las figuras en las paredes laterales de las casas, «donde no sería tan fácil para un recién llegado encontrar los mensajes». Los significados, explica, son compartidos generalmente por los ndebele. «Aquellos tiempos fueron muy duros para nosotros porque nos forzaron a trabajar para los blancos y, como recompensa, sólo recibíamos pap [un plato de maíz básico en su dieta, un mero acompañante como el pan o el arroz].

Solíamos huir a las montañas porque incluso los niños tenían que trabajar a la fuerza. Nos obligaron a hablar afrikaans en vez de nuestra lengua materna». Ahora Mahlangu por fin puede hablar el Isi Ndebele y además sabe un poco de inglés, que pronuncia con rotundidad y claridad para que los estruendosos grillos y una electricidad inestable nos permitan mantener una conversación por Skype con poco éxito.

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Marriam Mahlangu aprendió a pintar cuando tenía quince años y fue su abuela quien se encargó de prepararla para el trabajo que todavía realizaban todas las mujeres de la aldea. En 1972 pasó tres semanas pintando su casa de colores con la ayuda de su amiga de toda la vida, Emily Masombuka.

Pero las casas ndebele no sólo se pintan con motivo de la boda, sino que también pueden cambiar de color durante la pascua, navidad y en otras ocasiones especiales. «Además de cambiar colores, también se pueden añadir otros detalles», cuenta su nieto Kgosi Shagashe II Chiloane, de 27 años. Aunque tradicionalmente es un trabajo de mujeres, Kgosi tiene un proyecto junto a un amigo con el que pretende dar a conocer el arte de su cultura. Ndebele Movement es el resultado de esa unión a través de la cual dos amigos hacen música y han empezado a diseñar ropa. Por ahora, recogen ideas de las casas de la aldea, así como de otros diseñadores ndebele, y se reúnen en el garaje de la abuela de Kgosi hasta que puedan disponer de estudio propio.

Willy Mandla es la otra mitad de Ndebele Movement y asegura que en los 24 años que tiene nunca ha visto a un hombre pintar una vivienda. «Nosotros estamos copiando el estilo de las casas, los convertimos en patrones y los pasamos a la ropa», relata Mandla desde Verena.

Ahora es como una llamada, un talento. Ya no todas las mujeres quieren pintar su casa y a veces contratan a otras. Hay algunas que se dedican a hacerlo y se ganan así la vida

Aunque el estilo étnico inspirado por las casas ndebele se ha puesto de moda en el extranjero, Mandla aclara que «es raro ver a la gente de aquí con esa ropa en Sudáfrica. Es cara y difícil de conseguir para muchos de los habitantes de las zonas rurales. Para que este tipo de ropa tenga mayor repercusión en nuestra cultura, la música juega un papel crucial. La música es su pan de cada día, así que mezclar estos diseños con música ayuda. En cualquier tipo de moda, todo es arte, y la música es arte».

Para Marriam Mahlangu, pintar estas viviendas es cosa de mujeres porque «es su deber cuidar la casa y preparar a las más jóvenes para que lo hagan, mientras que el marido trabaja en el campo y caza». No obstante, su hija no ha pintado la suya ni tiene ningún interés en hacerlo. No resulta tan extraño hoy, asegura Mahlangu. «Ahora es como una llamada, un talento. Ya no todas las mujeres quieren pintar su casa y a veces contratan a otras. Hay algunas que se dedican a hacerlo y se ganan así la vida», detalla.

Mahlangu ha sabido adaptarse al paso del tiempo y, del mismo modo que no reprocha a su hija que no pinte su casa, tampoco le sorprende que sea su nieto quien se dedique a extender este tipo de arte típicamente femenino, algo que considera «bien aceptado pero raro». «Me parece bueno que lo haga porque eso significa que los jóvenes aprecian lo propio. Poner estos dibujos en ropa es una buena forma de conectar rápidamente con más gente. Las imágenes hoy viajan rápido, así que la gente podría descubrir que estos diseños se tomaron de las casas. Eso permite que este arte siga creciendo y que no se vaya a olvidar fácilmente», relata.

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Mahlangu, además de pintar su casa, también hace collares, anillos, pendientes y pulseras con las figuras geométricas y colores que aplica a las paredes.

Parte del empeño de Kgosi por extender esta peculiaridad de su cultura surge de la poca implicación de las mujeres ndebele en esta moda a nivel internacional. «Realmente, no está repercutiendo en las mujeres locales porque, lo que se vende en el extranjero con estampados de las casas lo hacen fuera y prácticamente no está beneficiando a nuestras mujeres».

Aunque su abuela no le ha enseñado directamente, porque no es lo habitual instruir a un niño en este arte, Kgosi lleva tiempo observando lo que hacen su madre, su abuela y su bisabuela. Después de fijarse mucho en sus pinturas, ha empezado a aplicar lo que veía a unos diseños que espera empezar a mostrar a finales de año.

 

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Opiniones 2
    • Las aldeas ndebele están en el norte. Verena, de donde son quienes aparecen en el artículo, está en la provincia de Gauteng. También hay en Zymbabwe.

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