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22 de febrero 2019    /   IDEAS
por
ilustracion  Daq Studio

Cuando los escoceses decidieron vivir en casas casi sin ventanas

22 de febrero 2019    /   IDEAS     por        ilustracion  Daq Studio
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¿Qué hay más inquietante que una ventana cegada? Son como unos ojos cerrados: podría ser que estuvieran durmiendo o… muertos. También nos transmite otra idea: pensamos que el huésped de esa casa ha sido emparedado o que es mejor que no veamos cómo es, cómo vive, qué cara pone cuando nos observa.

O tal vez se trata de un eremita tan concienzudo que no quiere volver al exterior, como quien desconecta la antena del televisor o el router de internet.

También una ventana cegada o tapiada transmite el mensaje de que se está tratando de contener el Mal, así en mayúsculas, como si fuera la mansión de Hill House o cualquier otra casa encantada. Largaos, huid lejos de esta entidad ectoplasmática que os quiere devorar el alma.

Con todo, Inglaterra, y sobre todo Escocia, están plagadas de ventanas cegadas por otro motivo mucho más pueril.

Una forma de calcular la riqueza

Las razones por las cuales el paisaje urbano presenta el aspecto actual son, en parte, caprichosas. Por ejemplo, los adoquines de las aceras de Lisboa, el célebre empedrado portugués, son como son de resultas de un terremoto que tuvo lugar en 1755.

Porque estos adoquines son los escombros de los edificios venidos abajo para así abaratar los costes de la reconstrucción de la ciudad. Y las icónicas escalinatas que hay para acceder a la puerta principal de muchas viviendas de Nueva York y otras ciudades se deben al exceso de excrementos que producían los caballos en el siglo XIX, el principal medio de transporte de la época. Para evitar la entrada de excrementos en casa era más apropiado evitar instalar la puerta de entrada a ras de suelo.

Lo mismo sucede cuando echamos un vistazo a las ventanas cegadas que proliferan en Inglaterra y Gales. Su existencia no se debe a algún heterodoxo estilo arquitectónico o algún ritual para repeler a los malos espíritus, sino única y exclusivamente a la picaresca. Y al hecho de que la arquitectura también responde a los incentivos fiscales.

En 1696, el rey Guillermo III introdujo una singular forma de calcular cuál sería el impuesto extra que debía pagar cada ciudadano a fin de sufragar los conflictos bélicos en los que estaba involucrado el reino y que vaciaba sus arcas a una velocidad alarmante.

Dado que entrevistar uno por a uno a todo el mundo para descubrir cuál era su patrimonio era un ímprobo trabajo y podía ser objeto de engaños diversos, y que estaba prohibida por ley la intrusión gubernamental en los asuntos privados, incluyendo las rentas, se pensó que una forma fácil de determinar la riqueza de una persona era contar el número de ventanas que tenía su hogar.

La lógica era simple: si tu casa tenía muchas ventanas es que tenías una casa grande, y si tenías una casa grande, es que eras más rico. De esta forma, un recaudador de impuestos podía pasar por delante de un inmueble, dedicar dos minutos a contar las ventanas y determinar el impuesto pertinente.

Como explica Eduardo Porter en su libro Todo tiene un precio, «los hogares que tenían hasta diez ventanas pagaban dos chelines. Las propiedades que tenían entre diez y veinte ventanas pagaban cuatro chelines y las que tenían más de veinte pagaban ocho».

Aire y luz

El impuesto a la ventana (window tax) representó una suma sustancial para la mayoría de las familias. En Londres, osciló entre aproximadamente el 30% de los alquileres de «casas más pequeñas en Baker Street» y de 40% a 50% en otras calles. Además era bastante injusto: muchas personas pobres vivían en bloques de viviendas que tenían muchas ventanas.

El mismo Adam Smith, en el que se considera el primer libro moderno de economía, La riqueza de las naciones, señalaba: «Una casa de 10 libras de alquiler en una población rural puede tener más ventanas que una casa de 500  libras de alquiler en Londres».

Sin embargo, cuanto más fácil sea el mecanismo por el que se establece el pago de un impuesto, más sencillo es sortearlo. Por ejemplo, cuando el gobierno australiano anunció en mayo de 2004 que pagaría 3.000 dólares a cada niño nacido después del 1 de julio para paliar la baja tasa de nacimientos, estos disminuyeron durante todo junio; y el 1 de julio Australia experimentó más nacimientos en un solo día que en las tres décadas anteriores.

Una estrategia similar afloró en toda Inglaterra: la gente empezó a tapiar o cegar sus ventanas para que el recaudador de impuestos no las contabilizara y así pagar menos. Si para fingir que uno es más pobre de lo que es solo es necesario tapar una ventana, ¿por qué no hacerlo?

No era solo que los ciudadanos quisieran pagar menos impuestos, sino que este resultaba impopular: parecía más bien un impuesto a la luz y al aire. ¿Qué pasaba si tenías una casa grande, pero que te gustaba muy bien iluminada y aireada? De hecho, las malas condiciones sanitarias derivadas de la falta de una ventilación apropiada y aire fresco fomentaron la propagación de numerosas enfermedades, entre las que se encontraron la gangrena y el tifus.

«El adagio ‘free as air’ se ha vuelto obsoleto por la Ley del Parlamento», dijo Charles Dickens en 1850. «Ni el aire ni la luz han estado libres desde la imposición del impuesto a la ventana. Estamos obligados a pagar por lo que la naturaleza proporciona abundantemente a todos». Afortunadamente, en julio de 1851, tras años de protestas, el impuesto fue derogado.

En ciudades como Edimburgo, esta práctica fue tan generalizada que, de repente, todo el paisaje urbano se llenó de ventanas cegadas. Ello se debe a que aquí llegó más tarde el impuesto, en 1784, pero su impulsor, William Pitt, lo triplicó.

Incluso algunos edificios empezaron a construirse con la planta superior carente de toda ventana, a modo de mazmorra elevada. Una demostración arquitectónica y muy gráfica de cómo un pequeño gesto puede tener repercusiones en la evaluación de costos y beneficios de toda la sociedad.

Actualmente, las zonas abandonadas tras el bum inmobiliario también nos ofrecen un paisaje de ventanas tapiadas. También la de algunos barrios deprimidos. O esos edificios okupados. Todas esas ventanas no existen por un impuesto. O quizá sí. De otra clase. Es lo que nos permite contemplar una ventana, irónicamente tapiada: cómo funciona la economía, los incentivos sociales y la naturaleza humana.

¿Qué hay más inquietante que una ventana cegada? Son como unos ojos cerrados: podría ser que estuvieran durmiendo o… muertos. También nos transmite otra idea: pensamos que el huésped de esa casa ha sido emparedado o que es mejor que no veamos cómo es, cómo vive, qué cara pone cuando nos observa.

O tal vez se trata de un eremita tan concienzudo que no quiere volver al exterior, como quien desconecta la antena del televisor o el router de internet.

También una ventana cegada o tapiada transmite el mensaje de que se está tratando de contener el Mal, así en mayúsculas, como si fuera la mansión de Hill House o cualquier otra casa encantada. Largaos, huid lejos de esta entidad ectoplasmática que os quiere devorar el alma.

Con todo, Inglaterra, y sobre todo Escocia, están plagadas de ventanas cegadas por otro motivo mucho más pueril.

Una forma de calcular la riqueza

Las razones por las cuales el paisaje urbano presenta el aspecto actual son, en parte, caprichosas. Por ejemplo, los adoquines de las aceras de Lisboa, el célebre empedrado portugués, son como son de resultas de un terremoto que tuvo lugar en 1755.

Porque estos adoquines son los escombros de los edificios venidos abajo para así abaratar los costes de la reconstrucción de la ciudad. Y las icónicas escalinatas que hay para acceder a la puerta principal de muchas viviendas de Nueva York y otras ciudades se deben al exceso de excrementos que producían los caballos en el siglo XIX, el principal medio de transporte de la época. Para evitar la entrada de excrementos en casa era más apropiado evitar instalar la puerta de entrada a ras de suelo.

Lo mismo sucede cuando echamos un vistazo a las ventanas cegadas que proliferan en Inglaterra y Gales. Su existencia no se debe a algún heterodoxo estilo arquitectónico o algún ritual para repeler a los malos espíritus, sino única y exclusivamente a la picaresca. Y al hecho de que la arquitectura también responde a los incentivos fiscales.

En 1696, el rey Guillermo III introdujo una singular forma de calcular cuál sería el impuesto extra que debía pagar cada ciudadano a fin de sufragar los conflictos bélicos en los que estaba involucrado el reino y que vaciaba sus arcas a una velocidad alarmante.

Dado que entrevistar uno por a uno a todo el mundo para descubrir cuál era su patrimonio era un ímprobo trabajo y podía ser objeto de engaños diversos, y que estaba prohibida por ley la intrusión gubernamental en los asuntos privados, incluyendo las rentas, se pensó que una forma fácil de determinar la riqueza de una persona era contar el número de ventanas que tenía su hogar.

La lógica era simple: si tu casa tenía muchas ventanas es que tenías una casa grande, y si tenías una casa grande, es que eras más rico. De esta forma, un recaudador de impuestos podía pasar por delante de un inmueble, dedicar dos minutos a contar las ventanas y determinar el impuesto pertinente.

Como explica Eduardo Porter en su libro Todo tiene un precio, «los hogares que tenían hasta diez ventanas pagaban dos chelines. Las propiedades que tenían entre diez y veinte ventanas pagaban cuatro chelines y las que tenían más de veinte pagaban ocho».

Aire y luz

El impuesto a la ventana (window tax) representó una suma sustancial para la mayoría de las familias. En Londres, osciló entre aproximadamente el 30% de los alquileres de «casas más pequeñas en Baker Street» y de 40% a 50% en otras calles. Además era bastante injusto: muchas personas pobres vivían en bloques de viviendas que tenían muchas ventanas.

El mismo Adam Smith, en el que se considera el primer libro moderno de economía, La riqueza de las naciones, señalaba: «Una casa de 10 libras de alquiler en una población rural puede tener más ventanas que una casa de 500  libras de alquiler en Londres».

Sin embargo, cuanto más fácil sea el mecanismo por el que se establece el pago de un impuesto, más sencillo es sortearlo. Por ejemplo, cuando el gobierno australiano anunció en mayo de 2004 que pagaría 3.000 dólares a cada niño nacido después del 1 de julio para paliar la baja tasa de nacimientos, estos disminuyeron durante todo junio; y el 1 de julio Australia experimentó más nacimientos en un solo día que en las tres décadas anteriores.

Una estrategia similar afloró en toda Inglaterra: la gente empezó a tapiar o cegar sus ventanas para que el recaudador de impuestos no las contabilizara y así pagar menos. Si para fingir que uno es más pobre de lo que es solo es necesario tapar una ventana, ¿por qué no hacerlo?

No era solo que los ciudadanos quisieran pagar menos impuestos, sino que este resultaba impopular: parecía más bien un impuesto a la luz y al aire. ¿Qué pasaba si tenías una casa grande, pero que te gustaba muy bien iluminada y aireada? De hecho, las malas condiciones sanitarias derivadas de la falta de una ventilación apropiada y aire fresco fomentaron la propagación de numerosas enfermedades, entre las que se encontraron la gangrena y el tifus.

«El adagio ‘free as air’ se ha vuelto obsoleto por la Ley del Parlamento», dijo Charles Dickens en 1850. «Ni el aire ni la luz han estado libres desde la imposición del impuesto a la ventana. Estamos obligados a pagar por lo que la naturaleza proporciona abundantemente a todos». Afortunadamente, en julio de 1851, tras años de protestas, el impuesto fue derogado.

En ciudades como Edimburgo, esta práctica fue tan generalizada que, de repente, todo el paisaje urbano se llenó de ventanas cegadas. Ello se debe a que aquí llegó más tarde el impuesto, en 1784, pero su impulsor, William Pitt, lo triplicó.

Incluso algunos edificios empezaron a construirse con la planta superior carente de toda ventana, a modo de mazmorra elevada. Una demostración arquitectónica y muy gráfica de cómo un pequeño gesto puede tener repercusiones en la evaluación de costos y beneficios de toda la sociedad.

Actualmente, las zonas abandonadas tras el bum inmobiliario también nos ofrecen un paisaje de ventanas tapiadas. También la de algunos barrios deprimidos. O esos edificios okupados. Todas esas ventanas no existen por un impuesto. O quizá sí. De otra clase. Es lo que nos permite contemplar una ventana, irónicamente tapiada: cómo funciona la economía, los incentivos sociales y la naturaleza humana.

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