fbpx
2 de septiembre 2019    /   BUSINESS
por
 

¿Valoramos correctamente los casos de éxito?

2 de septiembre 2019    /   BUSINESS     por          
Compártelo twitter facebook whatsapp
thumb image

No es cuestión de buscar culpables aunque los culpables repartamos cuota. Todos hemos contribuido a alimentar al Monstruo del Lago Entrepreneur. Pero muchas de las veces en las cuales alguien habla de un caso de éxito en el mundo de la empresa patria, el dios de los derechos laborales llora un poco allá en el cielo.

La última conversación de bar (muy buenas las bravas, Paco) se ha producido esta semana con la excusa de esta entrevista de Emprendedores.es a Óscar Pierre, fundador de Glovo. Para quien no viva en este planeta, Glovo es una start-up cuya misión es llevar cualquier cosa que se pueda llevar en bici o moto de un punto a otro de la ciudad en el menor tiempo posible. Algo así como la cronoescalada de Navacerrada de la Vuelta a España pero esquivando coches por la Gran Vía para llevarte una burger para la resaca.

En la entrevista, firmada por Isabel García Méndez, Óscar Pierre afirma que «en España tendemos a ‘matar’ a las empresas que triunfan». Y sobre esa condición de empresa triunfante habría que plantear algunas preguntas.

En 2018 Glovo facturó 75.2 millones de euros, con unas pérdidas de 90,4 millones de euros (cerca del doble de lo que ellos mismos previeron). La start-up levantó –¿de verdad no hay una palabra mejor que esta, que es sinónimo de birlar?– 285 millones de euros en los pocos años que lleva de vida y tiene previsto salir a bolsa en 2020. Olé por ellos.

El problema es que la definición de «caso de éxito» se centra siempre en quien dirige la empresa y nunca en la fuerza de trabajo que hace posible los beneficios de los accionistas. ¿Puede considerarse un caso de éxito un modelo de negocio como el de Glovo, basado en la precarización de sus trabajadores, en una horquilla mayoritaria de pagos que difícilmente alcanza el salario mínimo y en un grueso de trabajadores autónomos en condiciones que los juzgados han puesto en duda unas cuantas veces?

¿Puede considerarse un caso de éxito una empresa sin que sus asalariados disfruten de una situación desahogada? El problema, por supuesto, no es una cuestión de Glovo, sino de un modelo económico en el que el confeti se tira examinando balances de resultados (a veces ni eso) y sin preguntar a los currelas que sudan qué tal va por ahí abajo.

De hecho, la pregunta más dolorosa es si se puede alcanzar un modelo de negocio que convierta en billonarios a sus creadores sin que el beneficio se obtenga rompiendo eslabones débiles de la cadena de producción.

Óscar Pierre lo deja muy claro en la entrevista a Emprendedores.es. «Estamos generando riqueza en cualquier país, pero sobre todo en España, y aun así es donde nos cuesta más que se nos escuche. Pero es lo que hay y nuestra responsabilidad es seguir generando riqueza, crear una empresa sostenible y convertirnos en uno de los casos que, espero, cambie esta dinámica en España para que lleguemos a ser un país emprendedor a nivel digital».

Cuando el CEO de Glovo dice que «estamos generando riqueza», cabe preguntarse para quién. Para Pierre, la culpa es del mundo, que es muy testarudo con las leyes. Dice que lo que quiere su empresa es «un marco normativo adaptado a las nuevas relaciones laborales derivadas de la digitalización, sin destruir un modelo que se ha mostrado práctico y útil para todas las partes implicadas». ¿Con cuánta protección para el trabajador? ¿Con qué colchón para el que se lleva siempre los golpes, el miedo y la incertidumbre hacia el futuro?

Las respuestas a la entrevista, carentes de autocrítica, son la consecuencia lógica de otro deporte nacional que no es matar a las empresas de éxito: dorar la píldora al triunfador sin cuestionar a costa de qué se ha levantado el imperio.

Al final, algunos emprendedores han considerado que forman parte de una casta elegida con patente de corso para arrasar con el terreno en nombre del sacrosanto desarrollo económico. Y, por qué no, glorificar esa concepción tan feudal de la relaciones sociales y laborales de que «si te doy trabajo, no te quejes. O monta tú una empresa». Que es como que el taxista que te lleva a 140 km por hora te dice que si no te gusta cómo lo hace, que cojas tu propio coche.

Este contenido es una columna llamada El Piensódromo. La enviamos los viernes por email e incluye algún tipo de reflexión acerca del ecosistema que nos rodea y algunas recomendaciones culturales y lecturas adicionales. Si quieres recibirlo directamente en tu correo electrónico, puedes darte del alta en el formulario que hay aquí.

No es cuestión de buscar culpables aunque los culpables repartamos cuota. Todos hemos contribuido a alimentar al Monstruo del Lago Entrepreneur. Pero muchas de las veces en las cuales alguien habla de un caso de éxito en el mundo de la empresa patria, el dios de los derechos laborales llora un poco allá en el cielo.

La última conversación de bar (muy buenas las bravas, Paco) se ha producido esta semana con la excusa de esta entrevista de Emprendedores.es a Óscar Pierre, fundador de Glovo. Para quien no viva en este planeta, Glovo es una start-up cuya misión es llevar cualquier cosa que se pueda llevar en bici o moto de un punto a otro de la ciudad en el menor tiempo posible. Algo así como la cronoescalada de Navacerrada de la Vuelta a España pero esquivando coches por la Gran Vía para llevarte una burger para la resaca.

En la entrevista, firmada por Isabel García Méndez, Óscar Pierre afirma que «en España tendemos a ‘matar’ a las empresas que triunfan». Y sobre esa condición de empresa triunfante habría que plantear algunas preguntas.

En 2018 Glovo facturó 75.2 millones de euros, con unas pérdidas de 90,4 millones de euros (cerca del doble de lo que ellos mismos previeron). La start-up levantó –¿de verdad no hay una palabra mejor que esta, que es sinónimo de birlar?– 285 millones de euros en los pocos años que lleva de vida y tiene previsto salir a bolsa en 2020. Olé por ellos.

El problema es que la definición de «caso de éxito» se centra siempre en quien dirige la empresa y nunca en la fuerza de trabajo que hace posible los beneficios de los accionistas. ¿Puede considerarse un caso de éxito un modelo de negocio como el de Glovo, basado en la precarización de sus trabajadores, en una horquilla mayoritaria de pagos que difícilmente alcanza el salario mínimo y en un grueso de trabajadores autónomos en condiciones que los juzgados han puesto en duda unas cuantas veces?

¿Puede considerarse un caso de éxito una empresa sin que sus asalariados disfruten de una situación desahogada? El problema, por supuesto, no es una cuestión de Glovo, sino de un modelo económico en el que el confeti se tira examinando balances de resultados (a veces ni eso) y sin preguntar a los currelas que sudan qué tal va por ahí abajo.

De hecho, la pregunta más dolorosa es si se puede alcanzar un modelo de negocio que convierta en billonarios a sus creadores sin que el beneficio se obtenga rompiendo eslabones débiles de la cadena de producción.

Óscar Pierre lo deja muy claro en la entrevista a Emprendedores.es. «Estamos generando riqueza en cualquier país, pero sobre todo en España, y aun así es donde nos cuesta más que se nos escuche. Pero es lo que hay y nuestra responsabilidad es seguir generando riqueza, crear una empresa sostenible y convertirnos en uno de los casos que, espero, cambie esta dinámica en España para que lleguemos a ser un país emprendedor a nivel digital».

Cuando el CEO de Glovo dice que «estamos generando riqueza», cabe preguntarse para quién. Para Pierre, la culpa es del mundo, que es muy testarudo con las leyes. Dice que lo que quiere su empresa es «un marco normativo adaptado a las nuevas relaciones laborales derivadas de la digitalización, sin destruir un modelo que se ha mostrado práctico y útil para todas las partes implicadas». ¿Con cuánta protección para el trabajador? ¿Con qué colchón para el que se lleva siempre los golpes, el miedo y la incertidumbre hacia el futuro?

Las respuestas a la entrevista, carentes de autocrítica, son la consecuencia lógica de otro deporte nacional que no es matar a las empresas de éxito: dorar la píldora al triunfador sin cuestionar a costa de qué se ha levantado el imperio.

Al final, algunos emprendedores han considerado que forman parte de una casta elegida con patente de corso para arrasar con el terreno en nombre del sacrosanto desarrollo económico. Y, por qué no, glorificar esa concepción tan feudal de la relaciones sociales y laborales de que «si te doy trabajo, no te quejes. O monta tú una empresa». Que es como que el taxista que te lleva a 140 km por hora te dice que si no te gusta cómo lo hace, que cojas tu propio coche.

Este contenido es una columna llamada El Piensódromo. La enviamos los viernes por email e incluye algún tipo de reflexión acerca del ecosistema que nos rodea y algunas recomendaciones culturales y lecturas adicionales. Si quieres recibirlo directamente en tu correo electrónico, puedes darte del alta en el formulario que hay aquí.

Compártelo twitter facebook whatsapp
Las historias de valor de un grupo de (semidesconocidas) exploradoras que no tuvieron miedo a intentarlo
Historia de las oficinas: verdaderas novedades y falsas moderneces
Mi hotel está salado
Un encendido elogio de la “frialdad” japonesa
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *