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3 de febrero 2017    /   CREATIVIDAD
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Hay que cazar a los monstruos

3 de febrero 2017    /   CREATIVIDAD     por          
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Aquí va una historia.

Hace cerca de treinta años, un grupo de niños preparaba solemnemente cada salida a la calle. Los fines de semana de Cabo de Gata eran generosos con el sol en invierno y permitían gastar la infancia sin necesidad de encerrarse bajo techo.

Esos niños se calzaban unas Chiruca indestructibles que antes de ser un hit montañero fueron un hit de mercadillo. Cogían los arcos hechos con cañas y cuerdas y las flechas seleccionadas entre las varillas más rectas que caían del cielo tras estallar los cohetes de la feria.

Tras la puerta de la calle lo que había era aire y libertad; todo un microdesierto de dunas que no tardaría en extinguirse a lomos de camiones que se las llevaban como áridos para la construcción.

Entre aquellas montañas de arena crecían, además de cañaverales, tarays, lagartijas y flamencos, un universo de bestias dispuesto a ser atrapado por las rudimentarias e inútiles trampas hechas con botellas de plástico y cordeles.

Aquellos niños, nosotros, salíamos cabalgando en viejas bicis de cross como si fuéramos Ángeles del Infierno. Y salíamos a cazar monstruos. Esa era nuestra manera de ser intrépidos como un goonie, o de ser un héroe como Indiana Jones, o de formar el equipo perfecto como si fuéramos cazafantasmas. Esa era nuestra tribu y nuestro continente.

Por eso, más allá de consistencias de guion o de construcción de personajes, muchos hijos de los ochenta sonríen al ver Strangers Things, porque conecta con el aventurero que queríamos ser.

Desde hace unos días, cuando se pronunció este discurso, lo que era una filia convencional por una serie cualquiera se ha convertido en militancia, porque esos niños que éramos han tomado partido para dejar claro el tipo de mundo por el que luchan.

Estamos unidos porque todos somos seres humanos que estamos juntos en este terrible, doloroso, dichoso, excitante y misterioso viaje que es estar vivos. Expulsaremos a los abusones, protegeremos a los raros y a los marginados, a los que no tienen hogar. Iremos más allá de las mentiras. Cazaremos monstruos.

Ha pasado mucho tiempo y ya no hacemos un refugio con viejos tablones; hemos dejado de declarar guerras con dátiles verdes como munición arrojadiza; hemos dejado de hacer hogueras al atardecer y hemos dejado de jugar partidos de fútbol en la arena cuyo campeón era el que aguantaba en pie durante más tiempo.

Pero no deberíamos olvidar a los monstruos a los que vencíamos antes de volver a casa, exhaustos, para cenar un bocata de tortilla francesa y morir en la cama. Esos monstruos son ahora reales y quieren acabar con el mundo que conocemos, con nuestro invierno soleado perfecto, con un universo en el que todos somos cazafantasmas y luchamos en la misma tribu para que la diversión y la empatía no mueran. Debemos cazar a los monstruos.

PD. Wynona, gracias por tanto.

5894372e140ba0560d8b4639

Un par de articulitos más para el bote


Querido joven de hoy: amplía tu vocabulario con palabras chanantes de ayer, hoy y siempre. Y todo gratis.

El Piensódromo es una newsletter que enviamos cada viernes con unas cuantas sugerencias de lectura para el fin de semana. Organizamos esos enlaces en forma de historia porque hacerlo en forma de edificio de Cañatrava nos salía mucho más caro. Si quieres recibir este email cada viernes, puedes darte de alta en este sencillo formulario.

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Hace cerca de treinta años, un grupo de niños preparaba solemnemente cada salida a la calle. Los fines de semana de Cabo de Gata eran generosos con el sol en invierno y permitían gastar la infancia sin necesidad de encerrarse bajo techo.

Esos niños se calzaban unas Chiruca indestructibles que antes de ser un hit montañero fueron un hit de mercadillo. Cogían los arcos hechos con cañas y cuerdas y las flechas seleccionadas entre las varillas más rectas que caían del cielo tras estallar los cohetes de la feria.

Tras la puerta de la calle lo que había era aire y libertad; todo un microdesierto de dunas que no tardaría en extinguirse a lomos de camiones que se las llevaban como áridos para la construcción.

Entre aquellas montañas de arena crecían, además de cañaverales, tarays, lagartijas y flamencos, un universo de bestias dispuesto a ser atrapado por las rudimentarias e inútiles trampas hechas con botellas de plástico y cordeles.

Aquellos niños, nosotros, salíamos cabalgando en viejas bicis de cross como si fuéramos Ángeles del Infierno. Y salíamos a cazar monstruos. Esa era nuestra manera de ser intrépidos como un goonie, o de ser un héroe como Indiana Jones, o de formar el equipo perfecto como si fuéramos cazafantasmas. Esa era nuestra tribu y nuestro continente.

Por eso, más allá de consistencias de guion o de construcción de personajes, muchos hijos de los ochenta sonríen al ver Strangers Things, porque conecta con el aventurero que queríamos ser.

Desde hace unos días, cuando se pronunció este discurso, lo que era una filia convencional por una serie cualquiera se ha convertido en militancia, porque esos niños que éramos han tomado partido para dejar claro el tipo de mundo por el que luchan.

Estamos unidos porque todos somos seres humanos que estamos juntos en este terrible, doloroso, dichoso, excitante y misterioso viaje que es estar vivos. Expulsaremos a los abusones, protegeremos a los raros y a los marginados, a los que no tienen hogar. Iremos más allá de las mentiras. Cazaremos monstruos.

Ha pasado mucho tiempo y ya no hacemos un refugio con viejos tablones; hemos dejado de declarar guerras con dátiles verdes como munición arrojadiza; hemos dejado de hacer hogueras al atardecer y hemos dejado de jugar partidos de fútbol en la arena cuyo campeón era el que aguantaba en pie durante más tiempo.

Pero no deberíamos olvidar a los monstruos a los que vencíamos antes de volver a casa, exhaustos, para cenar un bocata de tortilla francesa y morir en la cama. Esos monstruos son ahora reales y quieren acabar con el mundo que conocemos, con nuestro invierno soleado perfecto, con un universo en el que todos somos cazafantasmas y luchamos en la misma tribu para que la diversión y la empatía no mueran. Debemos cazar a los monstruos.

PD. Wynona, gracias por tanto.

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