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6 de julio 2018    /   IDEAS
por
ilustracion  Buba Viedma

Cecilia Payne-Gaposchkin, la mujer que descifró la composición de las estrellas

6 de julio 2018    /   IDEAS     por        ilustracion  Buba Viedma
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Nadie jamás supo cómo eran las estrellas por dentro hasta que lo descubrió Cecilia Payne-Gaposchkin. Después de mucho mirar al cielo, en 1925, la astrónoma británica enunció que estos astros ardían como un demonio.

Había pasado días y noches mirando a través de su telescopio, había realizado cientos de ecuaciones y había llegado a la conclusión de que la composición de una estrella poco tenía que ver con la de la Tierra.

Las estrellas, dijo, estaban atiborradas de dos elementos químicos. Pero a lo loco; en una cantidad que nadie podía imaginar. Esos astros que aparecían en las noches claras estaban formados por un gas que ni olía ni tenía color, que ardía como una zarza cabreada y que era el más sílfide y etéreo de la tabla periódica: el hidrógeno.

Cecilia Payne-Gaposchkin

El otro, más discreto, era el helio. Ocupaba menos espacio dentro de las estrellas y, además, como gas noble, no solo carecía de olor y color. Tampoco explotaba ni se dejaba congelar. Era como una porción de aire que prefería no dar problemas.

Los astrónomos, al leer su investigación, aclamaron: «Esta es la mejor tesis de Astronomía de toda la historia».

Hasta que los académicos pronunciaron esa frase, Cecilia Payne-Gaposchkin (1900-1979) tuvo que mover cielo y tierra. Mucho más que si se hubiese llamado Cecilio. Aunque en la Universidad de Cambridge brillaba más que las estrellas, no le dieron un título. ¿Qué era eso de otorgar una licenciatura a una cosa con faldas?

Decepcionada, viajó a EEUU para ver si allí tener dos tetas no era una afrenta a la ciencia. En 1923 consiguió una beca para estudiar en el Harvard College Observatory y allí escribió su tesis sobre la ardentía estelar. Ahí trabajó por un sueldo raquítico hasta que en 1938, por fin, le dieron el título de astrónoma.

Pero no hubo macho que jamás pudiera robar el esplendor de su vida. Payne-Gaposchkin dijo al recibir el Premio Henry Norris Russell: «La recompensa del joven científico es la excitación y emoción que se siente al ser la primera persona en la historia en ver o entender una cosa nueva».

Nadie jamás supo cómo eran las estrellas por dentro hasta que lo descubrió Cecilia Payne-Gaposchkin. Después de mucho mirar al cielo, en 1925, la astrónoma británica enunció que estos astros ardían como un demonio.

Había pasado días y noches mirando a través de su telescopio, había realizado cientos de ecuaciones y había llegado a la conclusión de que la composición de una estrella poco tenía que ver con la de la Tierra.

Las estrellas, dijo, estaban atiborradas de dos elementos químicos. Pero a lo loco; en una cantidad que nadie podía imaginar. Esos astros que aparecían en las noches claras estaban formados por un gas que ni olía ni tenía color, que ardía como una zarza cabreada y que era el más sílfide y etéreo de la tabla periódica: el hidrógeno.

Cecilia Payne-Gaposchkin

El otro, más discreto, era el helio. Ocupaba menos espacio dentro de las estrellas y, además, como gas noble, no solo carecía de olor y color. Tampoco explotaba ni se dejaba congelar. Era como una porción de aire que prefería no dar problemas.

Los astrónomos, al leer su investigación, aclamaron: «Esta es la mejor tesis de Astronomía de toda la historia».

Hasta que los académicos pronunciaron esa frase, Cecilia Payne-Gaposchkin (1900-1979) tuvo que mover cielo y tierra. Mucho más que si se hubiese llamado Cecilio. Aunque en la Universidad de Cambridge brillaba más que las estrellas, no le dieron un título. ¿Qué era eso de otorgar una licenciatura a una cosa con faldas?

Decepcionada, viajó a EEUU para ver si allí tener dos tetas no era una afrenta a la ciencia. En 1923 consiguió una beca para estudiar en el Harvard College Observatory y allí escribió su tesis sobre la ardentía estelar. Ahí trabajó por un sueldo raquítico hasta que en 1938, por fin, le dieron el título de astrónoma.

Pero no hubo macho que jamás pudiera robar el esplendor de su vida. Payne-Gaposchkin dijo al recibir el Premio Henry Norris Russell: «La recompensa del joven científico es la excitación y emoción que se siente al ser la primera persona en la historia en ver o entender una cosa nueva».

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Opiniones 2
  • Enhorabuena a Mar Abad, y también al ilustrador, por este precioso (pero brevísimo!) artículo. La inspiradora historia de Cecilia Payne-Gaposchkin me ha hecho recordar a otra gran científica pionera y revolucionaria en su campo, Marie Tharp, la geóloga y cartógrafa que creó el primer mapa del lecho de los océanos. Para quien se atreva a leerlo en inglés, recomiendo el libro «Soundings: The Story of the Remarkable Woman Who Mapped the Ocean Floor», de Hali Felt, un apasionante ensayo biográfico sobre la vida de esta increíble científica. También existe un delicioso cómic ilustrado por Raúl Colón: «Solving the Puzzle Under the Sea: Marie Tharp Maps the Ocean Floor».

    Un par de artículos sobre ella:

    https://mujeresconciencia.com/2016/06/29/marie-tharp-la-geologoa-dio-luz-color-al-fondo-oceanico/

    http://www.elmundo.es/baleares/2016/06/15/5761865222601dc12e8b45dc.html

    Un corto de animación sobre Marie Tharp: «Marie Tharp: Uncovering the Secrets of the Ocean Floor»:
    https://www.youtube.com/watch?v=TgfYjS0OTWw

  • La ciencia, la ingeniería y la tecnología no pueden permitirse prescindir de la mitad de los humanos, de la creatividad humana, de la intuición humana, de la observación humana, de la inteligencia humana y de la laboriosidad humana como ha ocurrido hasta ahora pese a la «liberación» de la mujer post 68 o 75 del siglo pasado.

    A los hombres se les debe incentivar y obligar a ser más «madres» (sin que las juezas o fiscalas o clichés les impidan ejercer su paternidad en condiciones de igualdad) y a las mujeres ser más «ingenieros» y «científicos» . El cambio de paradigma está en infantil y en la educación primaria, actuando sobre padres, madres y docentes. El robot educativo y personal con IA tiene que ser más humano para hacer el proceso irreversible y mas acelerado.

    A menudo el cambio de mentalidad en pro de la igualdad efectiva es mucho más urgente en el género femenino que en el masculino, contradiciendo el tópico imperante. Las máquinas y robots sociales utilizan indistintamente ambos géneros y no padecen estos problemas ancestrales de ser humano. Es la herramienta más estratégica y revolucionaria para incentivar las vocaciones STEAM en condiciones de igualdad de género.

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