21 de septiembre 2015    /   ENTRETENIMIENTO
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Las bondades del celibato

21 de septiembre 2015    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Una cosa es no follar porque no se puede y otra no follar porque no se quiere. Morrissey, el exvocalista vegetariano de The Smiths, es el máximo exponente de la gente que no folla porque no quiere, no porque no pueda. Ser casto tiene su punto sexy, si se me permite la contradicción.
Desde que tomé la decisión las mujeres (y algunos hombres muy perceptivos) me miran de otro modo, me siento acosado y codiciado. Saben que estoy fuera de su alcance, y eso me convierte en un objeto de deseo. Mi expareja, que sentía unos celos terribles al imaginarme con otra mujer, ha recibido con alborozo la noticia. Se acabó, no voy a follar con nadie.
Leí hace unos años a un lúcido, septuagenario y asexuado John Le Carre, ya saben el novelista autor de best sellers como La chica del tambor o El espía que surgió del frío, decir algo así como «Por fin me he liberado de la tiranía del sexo, ahora me puedo dedicar a cosas importantes». Lo dijo a una edad de setenta y tantos, pero Hugh Heffner o el ya desaparecido Anthony Queen han seguido usando su entrepierna hasta más allá de la ochentena. El primero de ellos sigue haciéndolo en su mansión de Playboy, frecuentada por Jack Nicholson, o en su momento Roman Polanski, folladores compulsivos donde los haya.

«Por fin me he liberado de la tiranía del sexo, ahora me puedo dedicar a cosas importantes»


Yo no sé si podré o no dedicarme a cosas importantes, pero mi decisión es firme. No más sexo con otras personas, por ahora me dedicaré a mí mismo. Si bien es cierto el viejo refrán castellano de «el roce hace el cariño» no es menos cierto que la ausencia conduce al olvido.
Quienes me siguen sabrán que hace tiempo publiqué en este medio mi reportaje en tres partes titulado De Badoo al cielo, acerca de las agencias de contactos y cuánto nos separan del amor. Así pues, mi vocación periodística «gonzo» queda acreditada, porque si hay algo más placentero que echar un polvo… es no echarlo. Claro, uno tarda unas décadas en comprender esto, y que nadie me tache de mojigato, mi reputación libertina me precede.
Los clientes de Ashley Madison que ven peligrar su estatus familiar porque unos hackers han accedido a las bases de datos de la multinacional de la infidelidad, se rasgan las vestiduras, y de hecho se han producido varios suicidios, pues el chantaje se está llevando a cabo con meticulosidad clínica. No quiero terminar así, por eso he comunicado a todos mis amigos y amigas que se acabó el sexo. Como mucho y en circunstancias excepcionales, podrán celebrarse besos. ¿Con lengua? Pues sí. Pero hasta ahí voy a llegar, ni un milímetro más.
Todo el dinero, energía, ilusión y emoción que de manera estéril invertimos en citas que no van a ninguna parte puede ser donado a alguna ONG o guardado en una hucha para causas más nobles.

Si hay algo más placentero que echar un polvo… es no echarlo


El onanismo es un estado de ánimo, para ellos y para ellas. Antes de concertar una cita estúpida que no conduce a ningún lugar más allá del orgasmo, es mejor procurarse uno mismo ese orgasmo. Si en los diez segundos siguientes persistimos en nuestro deseo de celebrar el encuentro con la otra persona es que la cosa tiene futuro. Pero, seamos sinceros, la mayoría de las citas se caen después de eyacular, y el deseo de huir a Nueva Zelanda después de correrse es algo muy extendido entre el varón medio.
Llevo un largo período de abstinencia pero para resistir mejor hay que elegir un objeto del deseo, alguien por quien romperíamos nuestros votos, algo así como una deidad privada que alimente nuestras ganas de vivir. Hace más de una década mi voto fue para Pamela Anderson, y juro que no hice el amor con ella mientras duraron mis pretensiones (ver).
Hoy mi voto de celibato es hacia otra diosa de mi iconografía personal cuya identidad no revelaré aquí, pero que ya quisiera Pamela Anderson. Y ustedes dirán: «Eso no es celibato, es fidelidad».
Bien, llámenlo como quieran, pero decir «no» es un placer. Y ahora, si me disculpan, voy a ver algo de porno y a alegrarme el día.

Una cosa es no follar porque no se puede y otra no follar porque no se quiere. Morrissey, el exvocalista vegetariano de The Smiths, es el máximo exponente de la gente que no folla porque no quiere, no porque no pueda. Ser casto tiene su punto sexy, si se me permite la contradicción.
Desde que tomé la decisión las mujeres (y algunos hombres muy perceptivos) me miran de otro modo, me siento acosado y codiciado. Saben que estoy fuera de su alcance, y eso me convierte en un objeto de deseo. Mi expareja, que sentía unos celos terribles al imaginarme con otra mujer, ha recibido con alborozo la noticia. Se acabó, no voy a follar con nadie.
Leí hace unos años a un lúcido, septuagenario y asexuado John Le Carre, ya saben el novelista autor de best sellers como La chica del tambor o El espía que surgió del frío, decir algo así como «Por fin me he liberado de la tiranía del sexo, ahora me puedo dedicar a cosas importantes». Lo dijo a una edad de setenta y tantos, pero Hugh Heffner o el ya desaparecido Anthony Queen han seguido usando su entrepierna hasta más allá de la ochentena. El primero de ellos sigue haciéndolo en su mansión de Playboy, frecuentada por Jack Nicholson, o en su momento Roman Polanski, folladores compulsivos donde los haya.

«Por fin me he liberado de la tiranía del sexo, ahora me puedo dedicar a cosas importantes»


Yo no sé si podré o no dedicarme a cosas importantes, pero mi decisión es firme. No más sexo con otras personas, por ahora me dedicaré a mí mismo. Si bien es cierto el viejo refrán castellano de «el roce hace el cariño» no es menos cierto que la ausencia conduce al olvido.
Quienes me siguen sabrán que hace tiempo publiqué en este medio mi reportaje en tres partes titulado De Badoo al cielo, acerca de las agencias de contactos y cuánto nos separan del amor. Así pues, mi vocación periodística «gonzo» queda acreditada, porque si hay algo más placentero que echar un polvo… es no echarlo. Claro, uno tarda unas décadas en comprender esto, y que nadie me tache de mojigato, mi reputación libertina me precede.
Los clientes de Ashley Madison que ven peligrar su estatus familiar porque unos hackers han accedido a las bases de datos de la multinacional de la infidelidad, se rasgan las vestiduras, y de hecho se han producido varios suicidios, pues el chantaje se está llevando a cabo con meticulosidad clínica. No quiero terminar así, por eso he comunicado a todos mis amigos y amigas que se acabó el sexo. Como mucho y en circunstancias excepcionales, podrán celebrarse besos. ¿Con lengua? Pues sí. Pero hasta ahí voy a llegar, ni un milímetro más.
Todo el dinero, energía, ilusión y emoción que de manera estéril invertimos en citas que no van a ninguna parte puede ser donado a alguna ONG o guardado en una hucha para causas más nobles.

Si hay algo más placentero que echar un polvo… es no echarlo


El onanismo es un estado de ánimo, para ellos y para ellas. Antes de concertar una cita estúpida que no conduce a ningún lugar más allá del orgasmo, es mejor procurarse uno mismo ese orgasmo. Si en los diez segundos siguientes persistimos en nuestro deseo de celebrar el encuentro con la otra persona es que la cosa tiene futuro. Pero, seamos sinceros, la mayoría de las citas se caen después de eyacular, y el deseo de huir a Nueva Zelanda después de correrse es algo muy extendido entre el varón medio.
Llevo un largo período de abstinencia pero para resistir mejor hay que elegir un objeto del deseo, alguien por quien romperíamos nuestros votos, algo así como una deidad privada que alimente nuestras ganas de vivir. Hace más de una década mi voto fue para Pamela Anderson, y juro que no hice el amor con ella mientras duraron mis pretensiones (ver).
Hoy mi voto de celibato es hacia otra diosa de mi iconografía personal cuya identidad no revelaré aquí, pero que ya quisiera Pamela Anderson. Y ustedes dirán: «Eso no es celibato, es fidelidad».
Bien, llámenlo como quieran, pero decir «no» es un placer. Y ahora, si me disculpan, voy a ver algo de porno y a alegrarme el día.

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