9 de octubre 2017    /   IDEAS
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Cuatro certezas para gestionar una crisis

9 de octubre 2017    /   IDEAS     por          
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Hace varias semanas que cierta angustia se ha apoderado de algunos de nosotros. En mi caso, la angustia brota especialmente cuando veo a personas que aprecio encendiéndose, alejándose. Es un concierto de desacuerdos que no había visto antes. Una escenografía tensa, afilada, que me ha hecho llorar más de una vez. Vivo con especial tristeza todo esto por mi peculiar geografía emocional.

Nací en Barcelona hace 41 años y siempre me he sentido catalán. Pero viví en Madrid casi quince años y allí encontré no solo algunos de los ingredientes claves que conforman mi ser, sino también algunas de las personas que más quiero.

También he pasado algunos años fuera y, si algo he ido encontrando en mis viajes —entre Madrid, Barcelona, París, Reus o Ginebra—es la certeza de que, en cuanto conoces a alguien de cerca y profundizas en su esencia, descubres preocupaciones e ilusiones tremendamente similares, crece la empatía —bendita palabra— y todas las capas de lejanías –idiomas, religiones, políticas, banderas— se diluyen en cariño.

Por todo esto, me decido a escribirme —escribirte—esta pequeña lista de certezas. Son las que me están ayudando a seguir siendo quien soy sin perder la esperanza o la fuerza. Son mi medicina diaria contra la pegajosa angustia.

Cuatro certezas

Mi primera certeza me recuerda que hay cosas que no puedo cambiar y cosas que sí que puedo cambiar. Y que no debo angustiarme por las primeras, sino centrarme en las segundas. Está en mis manos hablar serenamente con todos los que me quieran oír, transmitiéndoles calma y cariño. Tratar de comprender por qué piensan lo que piensan. Si me enciendo, apagarme antes de responder. Ejercer, en mi interior, el ejercicio de calma que desearía ver a mi alrededor. Esa es mi primera y principal misión en estos días. Y no pienso dejar de ejercerla.

Mi segunda certeza es que, más allá de políticas y leyes, de banderas o naciones, todos queremos convivir en paz, sintiéndonos felices, seguros y amados. Si perdemos nuestra convivencia, lo perdemos todo. Hay que cuidar y cultivar la convivencia como lo que realmente es: un bien preciado de todos. Todos.

Mi tercera certeza es que ninguna solución que no englobe a una amplia mayoría de ciudadanos, que no genere un gran consenso, puede ser nunca una buena solución.

Finalmente, mi cuarta certeza es que una comunicación honesta y empática, que construya puentes entre nosotros, expresándonos y escuchándonos mutuamente, es la mejor herramienta de que disponemos para gestionar nuestras diferencias.

De estas certezas nacen algunas acciones. Algo así como pequeñas «tareas» que me ayudan a orientarme entre tanta nube y discusión vacía.

He aquí mi hoja de ruta:

1. Cada vez que escucho a alguien defender un argumento que me parece abominable, me pregunto qué debe de haber vivido o experimentado esa persona para llegar a defenderlo. O qué parte de la realidad no he visto yo para opinar como opina él. Eso me ayuda a comprender mejor qué nos separa y detectar posibles puntos de entrada que puedan ayudarme a entablar una conversación con él y, quizás, rebajar su indignación e ira.

2. Cada vez que escucho a alguien defender un argumento que me parece acertado, trato de compartir con él las opiniones de otras personas que opinan lo contrario. Eso me ayuda a, eventualmente, hacerle —y hacerme— ver que siempre hay otra versión de los hechos. Y que ignorarla no suele ayudar a construir una mejor convivencia.

3. Trato de no compartir —en redes sociales, emails o mensajes personales— cualquier contenido que no pase dos filtros principales:

  • El filtro de veracidad —¿Tengo la certeza de que la noticia es cierta? Si no es así, no la comparto.
  • El filtro de empatía —¿Compartir esta información ayudará a que se calmen los ánimos y a tender puentes, o solo reafirmará las posturas de quienes ya se están enfrentando? Si la respuesta no es afirmativa, tampoco comparto.

4. He enriquecido abruptamente el abanico de medios de comunicación que leo, convirtiéndolo en una amalgama diversa y variada de todo tipo de discursos, nacionales e internacionales. Voces diversas que me ayudan a tomar conciencia de hasta qué punto es complejo el problema que nos atañe.

5. Me obligo —a diario— a pasar por la ingrata gimnasia de escuchar opiniones que no comparto, leerlas hasta el final, escudriñando foros de gentes que ni piensan ni sienten como yo. Sí, es incómodo a corto plazo. Pero lo hago convencido de que dicho ejercicio es tan beneficioso como estirar los músculos de mi cuerpo durante una sesión de yoga. Y que me ayudará a conformar una personalidad más dinámica y flexible. Más capaz de dialogar y encontrar puntos de acuerdo.

6. Trato de objetivizar al máximo las discusiones o debates en los que entro. Dos seres humanos podrían perder los nervios discutiendo sobre temas tan imposibles de medir o evaluar como que «España odia a los catalanes» o similares argumentos que solo sirven para distanciarnos. Llegados al caso, busco debates que sean objetivos, medibles. Que permitan construir más certezas y no más distancias.

7. No extrapolo mis experiencias personales a argumentos globales. El hecho de que yo salga a la calle y vea algo no es más que una mínima muestra de una realidad compleja, imposible de valorar a partir de una única experiencia vital, por muy mía que sea. Si algo nos enseña la ciencia y su método científico es que solo acumulando datos diversos, desde múltiples puntos de vista, podemos acercarnos a tener una visión más o menos fidedigna de lo que está ocurriendo a nuestro alrededor. Y así trato de hacerlo. No juzgo a la sociedad madrileña porque, una vez, un energúmeno me tachara mi nombre —Ignasi— y escribiera a su lado Ignacio. Ni tampoco juzgo a la sociedad catalana porque otro energúmeno, hace años, delante de mis propios ojos rompiese el retrovisor de un coche con matrícula de Madrid.

8. Cuando una discusión empieza a irse de las manos, freno, respiro hondo y me obligo a recordar algo personal, emotivo, que comparto con la persona que tengo delante. Puede ser una canción que ambos adoramos o un libro que leímos hace tiempo o un restaurante japonés. Da igual. Cualquier cosa sirve. Y, cuando la encuentro, la lanzo sin más. Se la recuerdo. Le sonrío. Le digo que le quiero. Que le aprecio. Que me sabe mal que nos enfademos. Algo tan trivial, tan básico, tiene un efecto balsámico en gran parte de los casos. Y ayuda a proseguir con el debate de maneras más constructivas.

9. Me recuerdo a diario que mis opiniones y argumentos no son entes rígidos e inalterables que configuran mi persona, sino que es al revés: es mi persona la que configura, despacio, mis opiniones. Y dado que vivir es intercambiar emociones e informaciones con cuantos nos rodean, es sano y aconsejable que nuestras opiniones cambien y evolucionen mientras estemos vivos, enriqueciéndose después de cada encuentro o vivencia. No es sabio quien defiende a capa y espada sus creencias, sino quien tiene la suficiente solidez interior para atreverse a cuestionarlas y modificarlas con el tiempo.

10. Pido disculpas sin miedo, sin pausa. Si alguien se siente herido, si alguien se distancia de mí, si alguien me echa en cara haberle hecho daño con algo que hice o dije le pido perdón. Asumo que probablemente cometí algún error. Reviso mis pasos y no me avergüenzo si, en ellos, aparecen trompicones y tropiezos.

Y es así, agarrado a mis cuatro certezas y a esta incompleta y parcial Hoja de Ruta, que transito por estos días y estas noches. Buscando tender puentes de empatía con quién sea que se me acerque. Por supuesto que no es fácil. Pese a todo, muchas tardes la oscuridad me envuelve y me atenaza. Mil dudas grisáceas embargan mi mente. Pero entonces me repito mi última Certeza secreta final —algo así como una posdata soleada o un superpoder solo utilizable en los peores momentos:

A veces, basta con una sola certeza lo suficientemente brillante para iluminar todas las dudas del mundo.

Entonces respiro hondo. Recobro fuerzas. Y vuelvo a lanzarme a la bella y magnífica tarea de no permitir que ni el desánimo ni la ira me invadan. Al precioso ejercicio de comunicarme con quienes me rodean, tratando de construir espacios de convivencia en los que cohabiten el mayor número posible de personas.

¿Me ayudas a hacerlo?

Parlem?

¿Hablamos?

Hace varias semanas que cierta angustia se ha apoderado de algunos de nosotros. En mi caso, la angustia brota especialmente cuando veo a personas que aprecio encendiéndose, alejándose. Es un concierto de desacuerdos que no había visto antes. Una escenografía tensa, afilada, que me ha hecho llorar más de una vez. Vivo con especial tristeza todo esto por mi peculiar geografía emocional.

Nací en Barcelona hace 41 años y siempre me he sentido catalán. Pero viví en Madrid casi quince años y allí encontré no solo algunos de los ingredientes claves que conforman mi ser, sino también algunas de las personas que más quiero.

También he pasado algunos años fuera y, si algo he ido encontrando en mis viajes —entre Madrid, Barcelona, París, Reus o Ginebra—es la certeza de que, en cuanto conoces a alguien de cerca y profundizas en su esencia, descubres preocupaciones e ilusiones tremendamente similares, crece la empatía —bendita palabra— y todas las capas de lejanías –idiomas, religiones, políticas, banderas— se diluyen en cariño.

Por todo esto, me decido a escribirme —escribirte—esta pequeña lista de certezas. Son las que me están ayudando a seguir siendo quien soy sin perder la esperanza o la fuerza. Son mi medicina diaria contra la pegajosa angustia.

Cuatro certezas

Mi primera certeza me recuerda que hay cosas que no puedo cambiar y cosas que sí que puedo cambiar. Y que no debo angustiarme por las primeras, sino centrarme en las segundas. Está en mis manos hablar serenamente con todos los que me quieran oír, transmitiéndoles calma y cariño. Tratar de comprender por qué piensan lo que piensan. Si me enciendo, apagarme antes de responder. Ejercer, en mi interior, el ejercicio de calma que desearía ver a mi alrededor. Esa es mi primera y principal misión en estos días. Y no pienso dejar de ejercerla.

Mi segunda certeza es que, más allá de políticas y leyes, de banderas o naciones, todos queremos convivir en paz, sintiéndonos felices, seguros y amados. Si perdemos nuestra convivencia, lo perdemos todo. Hay que cuidar y cultivar la convivencia como lo que realmente es: un bien preciado de todos. Todos.

Mi tercera certeza es que ninguna solución que no englobe a una amplia mayoría de ciudadanos, que no genere un gran consenso, puede ser nunca una buena solución.

Finalmente, mi cuarta certeza es que una comunicación honesta y empática, que construya puentes entre nosotros, expresándonos y escuchándonos mutuamente, es la mejor herramienta de que disponemos para gestionar nuestras diferencias.

De estas certezas nacen algunas acciones. Algo así como pequeñas «tareas» que me ayudan a orientarme entre tanta nube y discusión vacía.

He aquí mi hoja de ruta:

1. Cada vez que escucho a alguien defender un argumento que me parece abominable, me pregunto qué debe de haber vivido o experimentado esa persona para llegar a defenderlo. O qué parte de la realidad no he visto yo para opinar como opina él. Eso me ayuda a comprender mejor qué nos separa y detectar posibles puntos de entrada que puedan ayudarme a entablar una conversación con él y, quizás, rebajar su indignación e ira.

2. Cada vez que escucho a alguien defender un argumento que me parece acertado, trato de compartir con él las opiniones de otras personas que opinan lo contrario. Eso me ayuda a, eventualmente, hacerle —y hacerme— ver que siempre hay otra versión de los hechos. Y que ignorarla no suele ayudar a construir una mejor convivencia.

3. Trato de no compartir —en redes sociales, emails o mensajes personales— cualquier contenido que no pase dos filtros principales:

  • El filtro de veracidad —¿Tengo la certeza de que la noticia es cierta? Si no es así, no la comparto.
  • El filtro de empatía —¿Compartir esta información ayudará a que se calmen los ánimos y a tender puentes, o solo reafirmará las posturas de quienes ya se están enfrentando? Si la respuesta no es afirmativa, tampoco comparto.

4. He enriquecido abruptamente el abanico de medios de comunicación que leo, convirtiéndolo en una amalgama diversa y variada de todo tipo de discursos, nacionales e internacionales. Voces diversas que me ayudan a tomar conciencia de hasta qué punto es complejo el problema que nos atañe.

5. Me obligo —a diario— a pasar por la ingrata gimnasia de escuchar opiniones que no comparto, leerlas hasta el final, escudriñando foros de gentes que ni piensan ni sienten como yo. Sí, es incómodo a corto plazo. Pero lo hago convencido de que dicho ejercicio es tan beneficioso como estirar los músculos de mi cuerpo durante una sesión de yoga. Y que me ayudará a conformar una personalidad más dinámica y flexible. Más capaz de dialogar y encontrar puntos de acuerdo.

6. Trato de objetivizar al máximo las discusiones o debates en los que entro. Dos seres humanos podrían perder los nervios discutiendo sobre temas tan imposibles de medir o evaluar como que «España odia a los catalanes» o similares argumentos que solo sirven para distanciarnos. Llegados al caso, busco debates que sean objetivos, medibles. Que permitan construir más certezas y no más distancias.

7. No extrapolo mis experiencias personales a argumentos globales. El hecho de que yo salga a la calle y vea algo no es más que una mínima muestra de una realidad compleja, imposible de valorar a partir de una única experiencia vital, por muy mía que sea. Si algo nos enseña la ciencia y su método científico es que solo acumulando datos diversos, desde múltiples puntos de vista, podemos acercarnos a tener una visión más o menos fidedigna de lo que está ocurriendo a nuestro alrededor. Y así trato de hacerlo. No juzgo a la sociedad madrileña porque, una vez, un energúmeno me tachara mi nombre —Ignasi— y escribiera a su lado Ignacio. Ni tampoco juzgo a la sociedad catalana porque otro energúmeno, hace años, delante de mis propios ojos rompiese el retrovisor de un coche con matrícula de Madrid.

8. Cuando una discusión empieza a irse de las manos, freno, respiro hondo y me obligo a recordar algo personal, emotivo, que comparto con la persona que tengo delante. Puede ser una canción que ambos adoramos o un libro que leímos hace tiempo o un restaurante japonés. Da igual. Cualquier cosa sirve. Y, cuando la encuentro, la lanzo sin más. Se la recuerdo. Le sonrío. Le digo que le quiero. Que le aprecio. Que me sabe mal que nos enfademos. Algo tan trivial, tan básico, tiene un efecto balsámico en gran parte de los casos. Y ayuda a proseguir con el debate de maneras más constructivas.

9. Me recuerdo a diario que mis opiniones y argumentos no son entes rígidos e inalterables que configuran mi persona, sino que es al revés: es mi persona la que configura, despacio, mis opiniones. Y dado que vivir es intercambiar emociones e informaciones con cuantos nos rodean, es sano y aconsejable que nuestras opiniones cambien y evolucionen mientras estemos vivos, enriqueciéndose después de cada encuentro o vivencia. No es sabio quien defiende a capa y espada sus creencias, sino quien tiene la suficiente solidez interior para atreverse a cuestionarlas y modificarlas con el tiempo.

10. Pido disculpas sin miedo, sin pausa. Si alguien se siente herido, si alguien se distancia de mí, si alguien me echa en cara haberle hecho daño con algo que hice o dije le pido perdón. Asumo que probablemente cometí algún error. Reviso mis pasos y no me avergüenzo si, en ellos, aparecen trompicones y tropiezos.

Y es así, agarrado a mis cuatro certezas y a esta incompleta y parcial Hoja de Ruta, que transito por estos días y estas noches. Buscando tender puentes de empatía con quién sea que se me acerque. Por supuesto que no es fácil. Pese a todo, muchas tardes la oscuridad me envuelve y me atenaza. Mil dudas grisáceas embargan mi mente. Pero entonces me repito mi última Certeza secreta final —algo así como una posdata soleada o un superpoder solo utilizable en los peores momentos:

A veces, basta con una sola certeza lo suficientemente brillante para iluminar todas las dudas del mundo.

Entonces respiro hondo. Recobro fuerzas. Y vuelvo a lanzarme a la bella y magnífica tarea de no permitir que ni el desánimo ni la ira me invadan. Al precioso ejercicio de comunicarme con quienes me rodean, tratando de construir espacios de convivencia en los que cohabiten el mayor número posible de personas.

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Parlem?

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Opiniones 19
  • Esto es lo mejor que he leido en este momento tan dramatico. Dice mucho que lo mejor
    Que leo ultimamente no procede de politicos, procede de personas ‘normales’ como tú. Soy catalan, de tu quinta, y tambien he vivido, y vivo fuera de Barcelona . Identificado al
    100%.

  • Gracias Ignasi, siento mucha verdad en lo que expresas y mucho compromiso personal.
    Siendo española no catalana, adoro Cataluña, viajo con mucha frecuencia a Barcelona donde vive mi hijo y un buen puñado de amigos. Estos últimos dias navego entre la ira y la tristeza. Abogo por el diálogo, la empatía y la negociación cosa que veo dificil con los politicos que tenemos (que elejimos
    entre todos) Añado una certeza a las tuyas; el cambio vendrá desde dentro, no desde fuera, este mundo lo creamos entre todos y es responsabilidad compartida, Gracias otra vez por tu ejemplo.

  • Un texto muy bonito Ignasi, gracias!
    Mucha gente que conozco tendría que leer tus sabias palabras para darle la vuelta a la tortilla que parece que se les está quemando un poco. Me ha gustado mucho esta parte: «No es sabio quien defiende a capa y espada sus creencias, sino quien tiene la suficiente solidez interior para atreverse a cuestionarlas y modificarlas con el tiempo.»

  • Gracias Ignasi por tus palabras. Creo que las releeré semanalmente durante un tiempo…Soy argentina, hija de madrileño, bisnieta de gallegos. Vivo en Barcelona por elección, agradecida por la generosidad y vitalidad de la sociedad catalana. Sintiendo cercanos y empáticos a amigos de aquí y de allí. I tant que parlem! Por supuesto que hablamos!

  • Es fantástico lo que has escrito y te doy las gracias por mostrar tus sentimientos, vivencias, creencias, en resumen por mostrar tu vida.
    Seria fantástico que el «mundo» hiciera lo mismo que tu has hecho, mostrarse así de verdadero eso si, sin el componente de miedo que enturbian tus palabras.
    Y llegados a este punto una reflexión que me impone la historia de este mundo que no sabe mostrarse como tu.
    ¿Que pasa si «alguien» crea unas leyes que prohiben que digas lo que nos has escrito? Incluso que censuren que lo pienses.
    Y si el mismo patata que crea las leyes, tiene armas y estas armas las usa para amenazarte o amenazar a otros para que te amenazen?
    De momento tenemos la historia que tenemos y espero que algun dia podamos escribirla de otra manera.
    Repito, gracias por tu sinceridad y siento que te lo pases tan mal habiendo conocido tanto mundo.

  • Pues yo soy madrileña, aunque supongo que por cosas de la vida con vínculos cátalanes. Estoy de acuerdo con todo lo que expresas. Personalmente me parece que ‘alguien’ tiene mucho (demasiado) interés en que el pueblo se enfrente..:..y nosotros como tontos entramos al trapo. Solo espero que la cordura que nuestros dirigentes no han sabido demostrar…..nos entre al resto aunque solo sea porque veamos al de enfrente como lo que es: una persona más con sus defectos y sus virtudes y nos sepamos reconocer en ella.

  • Gràcies Ignasi. Quantes de les coses que dius les he sentit jo! Hi havia moments que em semblava que ho podia haver escrit jo (si en sabés tant). Em proposo difondre-ho a persones que creuen que sí i a d’altres que pensen que no i fins i tot a algunes que estan indecises, encara. Moltes gràcies de nou.

  • Estoy de acuerdo en que la empatia puede resolver los problemas de egoismo, soberbia e intolerancia que tanto abundan en nuestra sociedad. Pienso que se debe fomentar, ya que es la mejor solucion.

  • muy buen artículo ya que cumple dos misiones: informar/formar por un lado, y también una puesta en práctica de lo aprendido por otro lado. Más escritos así deberían darse a conocer y compartir, compartir. Por mi parte ya te he colgado en las redes donde tengo un rinconcito. Y a ver cómo me lo monto -la informática no es mi fuerte- para poder copiar-y-pegarte en mi blog si me autorizas. Moltes gracies. ah! la teva web molt original.

  • Gracias Ignasi por compartir tu sensata hoja de ruta y tus certezas. Somos muchos y cualquier conflicto es muy complejo y difícil de entender con nuestra limitada perspectiva cotidiana. Creo que deberíamos enseñar a nuestros hijos a debatir con empatía, de manera empírica y sosegada. Sólo así podremos construir una sociedad mejor. Ojalá aprendamos todos de esto y se resuelva de la mejor manera posible para todos…

  • ¡Cómo me han gustado estas reflexiones¡ ¡Bravo! También he vivido fuera de Barcelona quince años y en ese tiempo he podido estrechar lazos con quienes nos hemos querido simplemente como personas, y no lo he conseguido tanto cuando el orígen y la cultura que comporta ha jugado un papel mayor que el aprecio de los valores personales. Desde el reconocimiento de que esa realidad me afecta tanto a mí como a los otros, me alegra haberme encontrado con esas reflexiones tan lúcidas, Ignasi.
    He escrito algo estos días sobre esos valores de comprensión y entendimiento mutuo que modestamente me permito adjuntar, porque en el fondo coinciden en esa reflexión.
    https://mail.google.com/mail/u/2/?ui=2&ik=dff56595e2&view=att&th=15f271616f64ffbe&attid=0.1&disp=inline&safe=1&zw

    Recordando a Pablo Ardisana: conversaciones sobre Cataluña

    Aún no me había decidido a escribir algo sobre Pablo Ardisana desde su cercana ausencia.
    He ido leyendo muchas cosas que se han ido escribiendo sobre Pablo, y no me parecía que yo pudiera aportar nada más ni mejor. Sin embargo, lo cierto es que no me gustaba la idea de dejar pasar el tiempo sin hacerlo. Debía encontrar un motivo nuevo, más allá de su figura literaria, sin caer en un relato personal que no interesara a nadie más que a mí y, tal vez, a nuestro limitado entorno más próximo. Pensé que su interés por Cataluña podía aportar algo menos conocido de él.
    Mi relación con Pablo ha ido acompañada siempre de una intención mutua en compartir opiniones de nuestras parcelas de interés, experiencia, saber y, sobre todo, de nuestro entorno vital. Así es que su curiosidad en conocer de primera mano detalles y sensaciones sobre mi tierra natal, Cataluña, estaba a menudo presente en nuestros encuentros en Hontoria, Naves, Cuevas, Puente Nuevo . . . Mis raíces paternas asturianas y la permanente voluntad de compartir y transmitir las calidades de mi tierra estaban en el origen de nuestro aprecio y estima mutuos: corazón y cabeza; sentimiento y razonamiento; orígenes y realidad en el mismo encuentro.
    Me gusta recordar su curiosidad por conocer la esencia de la privilegiada combinación entre el suave mediterráneo Empordà de mi madre y la bella escultura natural de la Peñamellera y el Llanes de mi padre. Rica alquimia entre Josep Plá, Celso Amieva, Pín de Pría…
    Pablo, intelectual-poeta rural, como solía autodefinirse, había ido sustituyendo con el paso del tiempo, tal vez desengañado, su análisis global sobre la evolución de la sociedad, por una ácida crítica puntual y persistente hacia lo que consideraba que pudiera salirse de un esperado comportamiento en las personas, y más aún si eran socialmente relevantes, en particular los políticos. Desde su atalaya de “Allorales” (Hontoria) lamentaba que lo rural estuviera relegado deshonrosamente a un segundo plano en las prioridades por no atraer réditos políticos en el corto plazo.
    A Pablo le gustaba que le hablara de Cataluña porque, con mi apreciación de los diferentes aspectos de la sociedad catalana, le facilitaba contrastar sus fuentes de información, empezando por los aspectos históricos, siguiendo por los culturales, los políticos y, sobre todo, lo que conveníamos en llamar ‘pálpito socia’. ¡Cuánto hubiéramos hablado ahora!
    Recuerdo mi sorpresa cuando en un encuentro en Naves, era julio del 2010, me espetara que “Puyol salvó a España”. Yo creí con sorpresa que pretendía que abordáramos la discusión sobre el papel histórico del ex -presidente catalán, hasta que me aclaró que se refería a Carles Puyol, el bravo futbolista de la selección española. Cuestión de pronunciación.
    En efecto, nada más lejos de su interés que enredarse demasiado en la discusión sobre comportamientos de políticos y sus intereses individuales, cuyo análisis de la realidad de esa lógica había abandonado hacía ya tiempo.
    Su interés en participar en discusiones sobre temas comunes (y en particular el fútbol), le conectaba con la gente que frecuentaba el ágora rural de Casa Raúl de Naves, paréntesis vital de su persistente actividad intelectual.
    Aclarado el marco deportivo de la discusión, aquello condujo a conversaciones sobre el insuficiente papel de los catalanes en diferentes momentos y aspectos de la historia política reciente de España, en contraste con su importancia en el ámbito empresarial, cultural y deportivo, algo de compleja pero cierta explicación. ¿Falta de implicación, lejanía cultural, o tal vez una cuestión de mutua desconfianza histórica?
    A Pablo le intentaba convencer del error de interpretar que el nacionalismo catalán se alimentaba de una auto-convicción de superioridad. Si eso fuera cierto podríamos hablar también de un nacionalismo asturiano basado en esa misma aparente convicción. En efecto, en contextos favorables a ensalzar las indudables particularidades de la esencia del asturiano, he podido leer y escuchar cosas como que Dionisio de la Huerta, creador del popular Descenso del Sella, era “asturiano de corazón, y catalán de casualidad”, o la frase introductoria de una conferencia del gran poeta asturiano Antonio Gamoneda a la que asistí en el Centro asturiano de Bruselas: “Estoy acompañado probablemente de asturianos; no obstante, si alguien de los presentes no lo fuere debería procurar alcanzar tal condición”. Bien, en realidad siempre me ha parecido que estas y otras citas no son más que reflejos de la constatación de un indisimulado orgullo de pertenencia identitaria que suele acompañar al asturiano allá donde esté.
    En la literatura también encontrábamos puntos de encuentro y de contraste entre corrientes sociales y culturales.
    En el “Rexurdimiento” de la literatura asturiana, al que Pablo pertenece, y la “Renaixença” cultural catalana encontramos puntos de similitud en la sensibilidad por elevar la presencia literaria de parajes y elementos de la vida rural. Así, en su poema “La vaca númberos”, Pablo lamentaba el anonimato al que habían conducido, sin retorno, los procesos industriales en la identificación animal, anulando esa proximidad casi humana del trato cercano en las pequeñas granjas y cuadras, mediante elementos neutros de identificación en los crotales colgantes de orejas vacunas:
    “Nin Mora, nin Noble, nin Clavela,
    asina agora Gilda VI-Citation-Beliant.
    ../.. Nengun rapaz llíndia mientres cancia:
    el toque elléctricu sustituyó a la música.
    Nin el toru, mansamente huracanáu,
    cubrirá, gocioso, el to deseu.
    ../.. Yá nun vas al riu de los remansos
    a bebete a ti mesma. Y nun güelves
    a la corte mullida de felechu y rosada.
    ../.. Y cásique te miden hasta’l pelo
    pa facete númberos: cuntabilidá.”

    En la literatura catalana seleccionábamos, en contraste con la realidad inapelable de su “vaca númberos”, la sensibilidad por la “humanización” del entorno natural del poema de la “vaca cega” de Joan Maragall:
    “Topant de cap en una i altra soca,
    avançant d’esma pel camí de l’aigua,
    s’en ve la vaca tota sola.És cega.
    ../.. Topa de morro en l’esmolada pica
    i recula afrontada . . . Però torna
    i abaixa el cap a l’aigua, i beu calmosa.
    Beu poc, sense gaire set.
    Desprès aixeca al cel, enorme, l’embanyada testa
    amb un gran gest tràgic…”

    Son dos reflejos de renacimiento cultural en diferentes momentos históricos, uno desde el lamento por el coste vital de la aceleración de los cambios sociales, el otro desde el sentimiento íntimo de aprecio y respeto por lo propio.

    Teníamos interés por conocer los orígenes de las tradiciones folklóricas y su correspondencia con las maneras de manifestar los rasgos culturales propios. Esto nos llevaba a contrastar detalles de las danzas, música, expresiones de esa realidad, en el Pericote de Llanes, el Corri-corri de Cabrales, la sardana catalana y también la bella tradición de los castillos humanos, tan arraigada en el Penedés, Vilafranca, Valls y extendida por tantos pueblos catalanes.
    Hablábamos de los orígenes del galaneo individual y reclamo colectivo femenino en el Pericote y Corri-corri, en contraste con la mesurada danza en círculo de la sardana y el admirable esfuerzo compartido en la formación de los “castells”, a los que J.A.Clavé definió por sus características singulares: fuerza, equilibrio, valor y “seny”.
    En uno, el froleo inicial de la gaita anuncia la llegada de la representación atávica. En el otro las “gratlles” irrumpen con su tono agudo el anuncio de que la “pinya” de la base humana ya está formada y que el “castell” empieza a cargarse con la subida de los “terços” y los “quarts”, en una representación de participación colectiva, para culminar con la mano alzada del joven “anxaneta” en el último y más alto nivel, en la que todos sus participantes juegan, individual y colectivamente, un papel fundamental e indispensable en su composición.
    Y así, con Pablo transcurrían largas conversaciones de contrastes y descubrimientos en los márgenes del Bedón, en “Allorales”, en las proximidades del Picu Socampu, en un entorno de admirable riqueza natural, humana y cultural al que me gustaba identificar como “los bedonianos de Naves”, por esa obra colectiva que fueron capaces de construir durante muchos años bajo la insignia “Bedoniana”. Anuario de San Antolín y Naves”.

    “Temps era temps” cantaría Joan Manuel Serrat para referirse a un pasado entrañable, que cuando pienso en Pablo lo recuerdo con placer y cierta nostalgia, y que ahora me gusta recordar pensando, naturalmente, ahora sí, en la paradoja del desencuentro entre el querer reconocer y el querer ser reconocido, pero no serlo a menudo por desconocimiento, algo que Pablo y yo intentábamos suplir.

    Joan Mier
    5 octubre 2017

  • Magnífico Ignasi.
    En estos días tan oscuros que vivimos los que a veces nos encontramos descolocados, leer algo tan cabal, clarividente y bien escrito es una auténtica bendición.
    Ojalá calen posiciones vitales como la tuya.
    Un abrazo fuerte.

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