21 de diciembre 2017    /   ENTRETENIMIENTO
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Charles Yu te enseña a usar un libro para viajar en el tiempo (con tiempos verbales)

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En la singular obra de Charles Yu How to Live Safely in a Science Fictional Universe (Cómo vivir seguro en un universo de ciencia ficción), las leyes que subyacen al viaje están inscritas en Cronodiegética. Lo que propone Yu es que podemos viajar en el tiempo jugando con los tiempos verbales.

Porque cualquier libro, al menos metafóricamente, es una máquina del tiempo de baja tecnología. Los tiempos verbales se han ido introduciendo en las historias para generar flashbacks, flashforwards, elipsis y otros constructos temporales a medida que el propio viaje en el tiempo se ha ido instaurando como algo plausible en la ciencia. Schopenhauer, por ejemplo, escribió en El mundo como voluntad y representación, que la vida y los sueños eran hojas de un mismo libro, y que leerlas en orden es vivir; hojearlas, soñar:

La vida y los ensueños son hojas de un mismo libro. Su lectura de conjunto se llama vida real. Pero cuando las horas de lectura habitual (el día) terminan y las de descanso han llegado, nos dedicamos a hojear sin orden aquí y allá. A menudo tropezamos con una página ya leída otras veces, con una desconocida, pero siempre del mismo libro. Claro que una hoja leída aisladamente no puede ofrecer una lectura congruente. Sin embargo, esto no ha de sorprender si se tiene en cuenta que también nuestra vida es una hoja suelta en el libro del universo.

Joyce y Proust usaban la narración como algo más que un artefacto cronológico, también la empleaban como una anacronía: la prosa deambula por el tiempo y el espacio y cualquier instante del presente funciona como una catapulta para acceder a recuerdos, anticipaciones y asociaciones.

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El juguetón Douglas Adams escribió una segunda parte de su obra más conocida, Guía del autoestopista galáctico, que tituló El restaurante del fin del mundo, en el que aborda los problemas gramaticales inherentes a los viajes en el tiempo:

Sencillamente, el problema fundamental es de gramática, y para este tema la principal obra de consulta es la del doctor Dan Callejero, «Manual del viajero del tiempo, con 1.001 formaciones verbales». Ese libro enseña, por ejemplo, a describir algo que está a punto de ocurrirle a uno en el pasado antes de que se salte dos días con el fin de evitarlo. (…) La mayoría de los lectores llegan hasta el Futuro Semiincondicionalmente Modificado del Subjuntivo Intencional Subinvertido Pasado Plagal; y en realidad, en ediciones posteriores del libro, todas las páginas que siguen a ese punto se han dejado en blanco para ahorrar costes de impresión. (…) El término «Futuro Perfecto» se abandonó desde que se descubrió que no lo era.

Charles Yu, no obstante, va mucho más lejos mezclando todas estas nociones y construyendo un artefacto de metaciencia ficción.

Libro: máquina del tiempo

En la obra de Yu, el protagonista vive en un universo llamado Minor Universe 31. Su trabajo es reparar máquinas del tiempo o, como el matiza: «soy un técnico acreditado en redes de vehículos cronogramaticales para uso personal de la clase T». Un día cotidiano cualquiera, cuando se pone delante de una de esas máquinas del tiempo que usan las personas para arreglar su pasado, entonces brota de ella una versión de sí mismo que procede de otra época. El protagonista no duda en disparar a aquella anomalía, pero su copia en el tiempo, antes de morir, le entregará un libro que es la clave para romper el bucle temporal en el que se encuentra inmerso.

El protagonista, además, también se llama Charles Yu, y cree que existe en un tiempo verbal: el presente indefinido. También cree que el personaje de una historia, o incluso el propio narrador, no tiene forma de saber si se encuentra en la narración en tiempo pasado de una historia o en el tiempo presente y simplemente está reflexionando sobre el pesado.

Además, la obra está jalonada de brillantes capas de metaciencia ficción. Sus páginas están llenas de diagramas y anotaciones de posibles permutaciones de bucles temporales, «esquemas cronodiegéticos», notas al pie, descripciones de fantasías cronocientíficas como el de «Radio Weinberg-Takayama», y hasta páginas dejadas intencionalmente en blanco para que el lector pueda escribir lo que considere oportuno: tiempo por escribir.

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Relatar la predestinación

El viaje en el tiempo es teóricamente posible. El matemático y filósofo Kurt Gödel, allá por 1949, afirmó que sus ecuaciones de campo de la relatividad general permiten la posibilidad de «universos» donde el tiempo sería cíclico, es decir, universos en los que algunas líneas cronológicas se curvan sobre sí mismas, en forma de bucles. Son las llamadas curvas cerradas de tipo tiempo, y desafían las nociones comunes de causa y efecto: los acontecimientos son su propia causa.

Eso es lo que descubre el protagonista de la novela de Charles Yu. Y es la idea que más ha fascinado a lógicos, filósofos y físicos interesados en el viaje en el tiempo: encontrarse con un Yo anterior y actuar sobre él, ya sea contándole algo que sepamos como matándolo.

El filósofo Larry Dwyer escribe muchos de los problemas que generan esta clase de paradojas en Philosophical Studies: An International Journal for Philosophy in the Analytic Tradition. Para Dwyer, el viaje en el tiempo puede originar problemas de retrocausalidad (efectos que preceden a sus causas) y multiplicación de entidades (los viajeros del tiempo y las máquinas del tiempo se cruzan con sus dobles).

El ejemplo clásico de este tipo de paradojas es el viajero que retrocede en el tiempo y mata a su propio abuelo cuando era joven. ¿Cómo puede haberlo hecho si su abuelo no tuvo a sus padres y, por extensión, él no nació? ¿En qué punto se produce la primera acción? ¿Existe tal punto?

En el cine, generalmente el tema ha sido tratado con superficialidad. Regreso al futuro 2, por ejemplo, fue una de las primeras en las que se hacía hincapié en la complejidad de las paradojas ontológicas. En las novelas de ciencia ficción, sin embargo, se ha ido mucho más lejos. En 1939, Robert Heinlein escribiría Todos vosotros zombis, que más tarde inspiraría una película de 2014: Predestinación, protagonizada por Ethan Hawke. En la trama se incluye un protagonista transgénero, y no podemos contar más para no incurrir en un spoiler.

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En 1973, David Gerrod publicaría The Man Who Folded Himself (El hombre que se doblaba a sí mismo), protagonizada por un estudiante universitario que recibe un Cinturón del tiempo de un tipo llamado Jim y las instrucciones de escribir un diario. Poco a poco aparecen nuevas personas. Todos ellos, sin embargo, son diversas copias en el tiempo del protagonista.

En la novela Tanatomanía, que escribí en 2007, se plantea ucronía situada alrededor de 1830, en un Madrid donde el bandolero Luis Candelas y su gente conviven con autómatas alimentados con pilas de Volta fabricados en serie por una enigmática compañía francesa. La obra termina cuando el protagonista, cuyas andanzas han sido consignadas en un diario por un autómata corto de vista, cruza un bucle espaciotemporal y empieza de nuevo.

Cada una de esas copias temporales va asesinando a los personajes reales de la historia y adopta sus roles, a fin de que el autómata escriba la nueva historia en la que todos bailan al son del protagonista y este termina siendo un héroe. Cada nuevo reseteo de la historia permite al protagonista añadir un nuevo actor interpretado por él mismo para que el diario acabe siendo narrativamemte más hagiográfico. Al final, el protagonista se pregunta: ¿acaso ya toda la humanidad soy yo viviendo una pesadilla solipsista retroalimentada por eternos bucles espaciotemporales?

Las paradojas ontológicas, sin embargo, solo son una sofisticación de la eterna cuestión de si uno es capaz de escapar de su propio destino. Antes de los malabares verbales o semánticos de Charles Yu o de la misma invención de la máquina del tiempo como constructo narrativo, desde hace siglos se han narrado historias sobre profecías autocumplidas. Por ejemplo, Layo, con la esperanza de que no pudiera cumplir la profecía de su propio asesinato, abandona a Edipo en el monte para que muera.

Como concluye James Gleick en su libro Viajar en el tiempo, todas las paradojas son bucles temporales. Todas nos obligan a pensar en la causalidad. ¿Puede un efecto preceder a su causa? Posiblemente la pregunta ni siquiera esté bien planteada porque no sabemos determinar qué es una causa y qué una consecuencia, y los especialistas ya hablan de «la inmanencia, la trascendencia, la individuación, las causas híbridas, las causas probabilísticas y las cadenas causales».

Los libros, sin embargo, nos permiten surfear por todos estos conceptos sin naufragar en sus agujeros filosóficos. Como la máquina de Wells, cada página es un botón; cada línea, una palabra o un fulcro; cada palabra, un tiempo verbal, una suerte de programación neuronal que, a través de la empatía, nos permite ponernos en la piel de personas del pasado, del presente y hasta del futuro.

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En la singular obra de Charles Yu How to Live Safely in a Science Fictional Universe (Cómo vivir seguro en un universo de ciencia ficción), las leyes que subyacen al viaje están inscritas en Cronodiegética. Lo que propone Yu es que podemos viajar en el tiempo jugando con los tiempos verbales.

Porque cualquier libro, al menos metafóricamente, es una máquina del tiempo de baja tecnología. Los tiempos verbales se han ido introduciendo en las historias para generar flashbacks, flashforwards, elipsis y otros constructos temporales a medida que el propio viaje en el tiempo se ha ido instaurando como algo plausible en la ciencia. Schopenhauer, por ejemplo, escribió en El mundo como voluntad y representación, que la vida y los sueños eran hojas de un mismo libro, y que leerlas en orden es vivir; hojearlas, soñar:

La vida y los ensueños son hojas de un mismo libro. Su lectura de conjunto se llama vida real. Pero cuando las horas de lectura habitual (el día) terminan y las de descanso han llegado, nos dedicamos a hojear sin orden aquí y allá. A menudo tropezamos con una página ya leída otras veces, con una desconocida, pero siempre del mismo libro. Claro que una hoja leída aisladamente no puede ofrecer una lectura congruente. Sin embargo, esto no ha de sorprender si se tiene en cuenta que también nuestra vida es una hoja suelta en el libro del universo.

Joyce y Proust usaban la narración como algo más que un artefacto cronológico, también la empleaban como una anacronía: la prosa deambula por el tiempo y el espacio y cualquier instante del presente funciona como una catapulta para acceder a recuerdos, anticipaciones y asociaciones.

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El juguetón Douglas Adams escribió una segunda parte de su obra más conocida, Guía del autoestopista galáctico, que tituló El restaurante del fin del mundo, en el que aborda los problemas gramaticales inherentes a los viajes en el tiempo:

Sencillamente, el problema fundamental es de gramática, y para este tema la principal obra de consulta es la del doctor Dan Callejero, «Manual del viajero del tiempo, con 1.001 formaciones verbales». Ese libro enseña, por ejemplo, a describir algo que está a punto de ocurrirle a uno en el pasado antes de que se salte dos días con el fin de evitarlo. (…) La mayoría de los lectores llegan hasta el Futuro Semiincondicionalmente Modificado del Subjuntivo Intencional Subinvertido Pasado Plagal; y en realidad, en ediciones posteriores del libro, todas las páginas que siguen a ese punto se han dejado en blanco para ahorrar costes de impresión. (…) El término «Futuro Perfecto» se abandonó desde que se descubrió que no lo era.

Charles Yu, no obstante, va mucho más lejos mezclando todas estas nociones y construyendo un artefacto de metaciencia ficción.

Libro: máquina del tiempo

En la obra de Yu, el protagonista vive en un universo llamado Minor Universe 31. Su trabajo es reparar máquinas del tiempo o, como el matiza: «soy un técnico acreditado en redes de vehículos cronogramaticales para uso personal de la clase T». Un día cotidiano cualquiera, cuando se pone delante de una de esas máquinas del tiempo que usan las personas para arreglar su pasado, entonces brota de ella una versión de sí mismo que procede de otra época. El protagonista no duda en disparar a aquella anomalía, pero su copia en el tiempo, antes de morir, le entregará un libro que es la clave para romper el bucle temporal en el que se encuentra inmerso.

El protagonista, además, también se llama Charles Yu, y cree que existe en un tiempo verbal: el presente indefinido. También cree que el personaje de una historia, o incluso el propio narrador, no tiene forma de saber si se encuentra en la narración en tiempo pasado de una historia o en el tiempo presente y simplemente está reflexionando sobre el pesado.

Además, la obra está jalonada de brillantes capas de metaciencia ficción. Sus páginas están llenas de diagramas y anotaciones de posibles permutaciones de bucles temporales, «esquemas cronodiegéticos», notas al pie, descripciones de fantasías cronocientíficas como el de «Radio Weinberg-Takayama», y hasta páginas dejadas intencionalmente en blanco para que el lector pueda escribir lo que considere oportuno: tiempo por escribir.

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Relatar la predestinación

El viaje en el tiempo es teóricamente posible. El matemático y filósofo Kurt Gödel, allá por 1949, afirmó que sus ecuaciones de campo de la relatividad general permiten la posibilidad de «universos» donde el tiempo sería cíclico, es decir, universos en los que algunas líneas cronológicas se curvan sobre sí mismas, en forma de bucles. Son las llamadas curvas cerradas de tipo tiempo, y desafían las nociones comunes de causa y efecto: los acontecimientos son su propia causa.

Eso es lo que descubre el protagonista de la novela de Charles Yu. Y es la idea que más ha fascinado a lógicos, filósofos y físicos interesados en el viaje en el tiempo: encontrarse con un Yo anterior y actuar sobre él, ya sea contándole algo que sepamos como matándolo.

El filósofo Larry Dwyer escribe muchos de los problemas que generan esta clase de paradojas en Philosophical Studies: An International Journal for Philosophy in the Analytic Tradition. Para Dwyer, el viaje en el tiempo puede originar problemas de retrocausalidad (efectos que preceden a sus causas) y multiplicación de entidades (los viajeros del tiempo y las máquinas del tiempo se cruzan con sus dobles).

El ejemplo clásico de este tipo de paradojas es el viajero que retrocede en el tiempo y mata a su propio abuelo cuando era joven. ¿Cómo puede haberlo hecho si su abuelo no tuvo a sus padres y, por extensión, él no nació? ¿En qué punto se produce la primera acción? ¿Existe tal punto?

En el cine, generalmente el tema ha sido tratado con superficialidad. Regreso al futuro 2, por ejemplo, fue una de las primeras en las que se hacía hincapié en la complejidad de las paradojas ontológicas. En las novelas de ciencia ficción, sin embargo, se ha ido mucho más lejos. En 1939, Robert Heinlein escribiría Todos vosotros zombis, que más tarde inspiraría una película de 2014: Predestinación, protagonizada por Ethan Hawke. En la trama se incluye un protagonista transgénero, y no podemos contar más para no incurrir en un spoiler.

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En 1973, David Gerrod publicaría The Man Who Folded Himself (El hombre que se doblaba a sí mismo), protagonizada por un estudiante universitario que recibe un Cinturón del tiempo de un tipo llamado Jim y las instrucciones de escribir un diario. Poco a poco aparecen nuevas personas. Todos ellos, sin embargo, son diversas copias en el tiempo del protagonista.

En la novela Tanatomanía, que escribí en 2007, se plantea ucronía situada alrededor de 1830, en un Madrid donde el bandolero Luis Candelas y su gente conviven con autómatas alimentados con pilas de Volta fabricados en serie por una enigmática compañía francesa. La obra termina cuando el protagonista, cuyas andanzas han sido consignadas en un diario por un autómata corto de vista, cruza un bucle espaciotemporal y empieza de nuevo.

Cada una de esas copias temporales va asesinando a los personajes reales de la historia y adopta sus roles, a fin de que el autómata escriba la nueva historia en la que todos bailan al son del protagonista y este termina siendo un héroe. Cada nuevo reseteo de la historia permite al protagonista añadir un nuevo actor interpretado por él mismo para que el diario acabe siendo narrativamemte más hagiográfico. Al final, el protagonista se pregunta: ¿acaso ya toda la humanidad soy yo viviendo una pesadilla solipsista retroalimentada por eternos bucles espaciotemporales?

Las paradojas ontológicas, sin embargo, solo son una sofisticación de la eterna cuestión de si uno es capaz de escapar de su propio destino. Antes de los malabares verbales o semánticos de Charles Yu o de la misma invención de la máquina del tiempo como constructo narrativo, desde hace siglos se han narrado historias sobre profecías autocumplidas. Por ejemplo, Layo, con la esperanza de que no pudiera cumplir la profecía de su propio asesinato, abandona a Edipo en el monte para que muera.

Como concluye James Gleick en su libro Viajar en el tiempo, todas las paradojas son bucles temporales. Todas nos obligan a pensar en la causalidad. ¿Puede un efecto preceder a su causa? Posiblemente la pregunta ni siquiera esté bien planteada porque no sabemos determinar qué es una causa y qué una consecuencia, y los especialistas ya hablan de «la inmanencia, la trascendencia, la individuación, las causas híbridas, las causas probabilísticas y las cadenas causales».

Los libros, sin embargo, nos permiten surfear por todos estos conceptos sin naufragar en sus agujeros filosóficos. Como la máquina de Wells, cada página es un botón; cada línea, una palabra o un fulcro; cada palabra, un tiempo verbal, una suerte de programación neuronal que, a través de la empatía, nos permite ponernos en la piel de personas del pasado, del presente y hasta del futuro.

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