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11 de octubre 2019    /   IDEAS
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Charqui de sangrecita: así es cómo Perú reduce la anemia infantil con un remedio inca

11 de octubre 2019    /   IDEAS     por          
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De cada diez niños peruanos, cuatro padecen anemia por déficit de hierro. Proporción que en regiones andinas como la de Puno es de siete de cada diez. El Ministerio de Salud llevaba años tratando de hacer frente al que es uno de los mayores problemas sanitarios del país. Pero sin los resultados esperados. Hasta que Acción contra el Hambre viró el enfoque del problema hacia un planteamiento antropológico.

La solución la encontraron en el charqui, una técnica de conservación de alimentos utilizada por los incas, basada en el secado al sol y la adición de sal. Y, en concreto, en uno de los platos más populares de la zona elaborado con esta técnica: el charqui de sangrecita.

«Consiste en secar la sangre de los animales que se cocinan y añadirla espolvoreada en sus platos», explica Antonio Vargas, responsable de nutrición de Acción contra el Hambre.

La plaga de anemia ferropénica entre la población infantil andina alentó a la organización a poner en marcha una investigación etnográfica. El objetivo, recuperar las técnicas de procesamiento de alimentos ricos en hierro que se utilizaron durante siglos en la zona. Como explica Vargas: «Los pueblos altoandinos han lidiado con la anemia y han desarrollado soluciones para combatirla».

Porque, si ya de por sí es difícil convivir con la falta de hierro a una altitud normal, no digamos en los Andes: «A más de 1.000 metros sobre el nivel del mar, los glóbulos rojos tienen más dificultad para captar oxígeno, agravando el problema nutricional».

REMEDIO NO APTO PARA VEGANOS

La colaboración de los mayores del lugar fue esencial en este proyecto. Tras varias entrevistas con ancianos de la comunidad, Acción contra el Hambre aprendió los pasos necesarios para la elaboración del charqui de sangrecita. A partir de ahí diseñaron varias recetas para menores de tres años y gestantes, y las difundieron en demostraciones culinarias entre las comunidades.

«Una buena nutrición no depende solo de los alimentos, sino también del conocimiento. Con este proyecto contribuimos a mejorar la disponibilidad y el consumo de hierro en la dieta infantil a partir de la identificación de técnicas locales apropiadas para su promoción y difusión, y tomando en cuenta el contexto agrícola, económico y cultural», explica el director técnico de Acción contra el Hambre, Amador Gómez.

MÁS CHARQUI, MÁS HIERRO

Con los proyectos de reducción de anemia implementados entre 2011 y 2015 en la Región Ayacucho se ha logrado atajar el problema entre la población infantil. En Iguaín, por ejemplo, el porcentaje de niños afectados pasó del 65% al 12%. Razón por la que la OMS otorgó al distrito el Premio Sasakawa el pasado mes de mayo.

El éxito del proyecto llevado a cabo por la ONG reside, en parte, en la buena aceptación del charqui entre la población andina. Algo que, a su vez, contrarresta el rechazo que estas comunidades suelen manifestar a los suplementos de hierro.

«Una de las razones que explica que estas poblaciones rurales no sean constantes en la toma de suplementos de hierro es la mala tolerancia a estos productos y su coste. En estudios realizados, se comprobó que incluso en los programas subvencionados o sostenidos por las diferentes administraciones su consumo mejoraba mientras duraba la distribución, pero tampoco se asegura su empleo entre la población al 100%», explica Vargas.

Foto: Lys Arango/Acción

RECUPERANDO EL CHARQUI

Pese a lo bien que los niños suelen recibir los platos elaborados a partir de esta técnica ancestral, en los últimos años el charqui se había dejado de utilizar en muchos hogares. «Por varios motivos el consumo de la sangre se ha distanciado de los procesos de desarrollo social, quedando relegado a una práctica del pasado».

La recuperación del charqui de sangrecita es una de las mejores noticias posibles contra quienes tratan de combatir la anemia infantil en la región dada su demostrada eficacia: «El hierro que se administra con esta práctica es de tres a cinco veces mayor que la del hierro no hemínico. En individuos normales se absorbe entre el 15% y el 25%, y en individuos deficientes en hierro, entre 25% y 35%. Esto conlleva a que la población vea en no demasiado tiempo un resultado y lo integren dentro de sus prácticas familiares saludables».

Foto: Lys Arango/Acción

LO BUENO DE ‘TIRAR’ DEL PASADO

En la actualidad la ONG trabaja en colaboración con la Pontificia Universidad Católica de Perú para optimizar el uso de la sangrecita y determinar la cuantificación de la dosis efectiva. A su vez, el Ministerio de Salud del país recoge algunas de estas medidas dentro de sus recomendaciones, valorando especialmente la sostenibilidad de la idea.

«En un futuro queremos seguir extendiendo la aplicación de este tipo de técnicas y productos tradicionales a localidades con un contexto sociocultural y geográfico similar, que se vean afectadas por el mismo problema, dada la alta aceptación y el bajo coste», explica Vargas.

Foto: Lys Arango/Acción

El responsable de nutrición de Acción contra el Hambre considera que no solo es posible sino recomendable replicar el enfoque antropológico de este proyecto en otros lugares del planeta. «La sapiencia de la cultura popular no debe ser menospreciada, sino, por el contrario, estudiada y redescubierta. Este tipo de estudios permite identificar acciones que no solo tienen impacto, sino que además permiten ver la sostenibilidad y la no dependencia en su realización », concluye. 

De cada diez niños peruanos, cuatro padecen anemia por déficit de hierro. Proporción que en regiones andinas como la de Puno es de siete de cada diez. El Ministerio de Salud llevaba años tratando de hacer frente al que es uno de los mayores problemas sanitarios del país. Pero sin los resultados esperados. Hasta que Acción contra el Hambre viró el enfoque del problema hacia un planteamiento antropológico.

La solución la encontraron en el charqui, una técnica de conservación de alimentos utilizada por los incas, basada en el secado al sol y la adición de sal. Y, en concreto, en uno de los platos más populares de la zona elaborado con esta técnica: el charqui de sangrecita.

«Consiste en secar la sangre de los animales que se cocinan y añadirla espolvoreada en sus platos», explica Antonio Vargas, responsable de nutrición de Acción contra el Hambre.

La plaga de anemia ferropénica entre la población infantil andina alentó a la organización a poner en marcha una investigación etnográfica. El objetivo, recuperar las técnicas de procesamiento de alimentos ricos en hierro que se utilizaron durante siglos en la zona. Como explica Vargas: «Los pueblos altoandinos han lidiado con la anemia y han desarrollado soluciones para combatirla».

Porque, si ya de por sí es difícil convivir con la falta de hierro a una altitud normal, no digamos en los Andes: «A más de 1.000 metros sobre el nivel del mar, los glóbulos rojos tienen más dificultad para captar oxígeno, agravando el problema nutricional».

REMEDIO NO APTO PARA VEGANOS

La colaboración de los mayores del lugar fue esencial en este proyecto. Tras varias entrevistas con ancianos de la comunidad, Acción contra el Hambre aprendió los pasos necesarios para la elaboración del charqui de sangrecita. A partir de ahí diseñaron varias recetas para menores de tres años y gestantes, y las difundieron en demostraciones culinarias entre las comunidades.

«Una buena nutrición no depende solo de los alimentos, sino también del conocimiento. Con este proyecto contribuimos a mejorar la disponibilidad y el consumo de hierro en la dieta infantil a partir de la identificación de técnicas locales apropiadas para su promoción y difusión, y tomando en cuenta el contexto agrícola, económico y cultural», explica el director técnico de Acción contra el Hambre, Amador Gómez.

MÁS CHARQUI, MÁS HIERRO

Con los proyectos de reducción de anemia implementados entre 2011 y 2015 en la Región Ayacucho se ha logrado atajar el problema entre la población infantil. En Iguaín, por ejemplo, el porcentaje de niños afectados pasó del 65% al 12%. Razón por la que la OMS otorgó al distrito el Premio Sasakawa el pasado mes de mayo.

El éxito del proyecto llevado a cabo por la ONG reside, en parte, en la buena aceptación del charqui entre la población andina. Algo que, a su vez, contrarresta el rechazo que estas comunidades suelen manifestar a los suplementos de hierro.

«Una de las razones que explica que estas poblaciones rurales no sean constantes en la toma de suplementos de hierro es la mala tolerancia a estos productos y su coste. En estudios realizados, se comprobó que incluso en los programas subvencionados o sostenidos por las diferentes administraciones su consumo mejoraba mientras duraba la distribución, pero tampoco se asegura su empleo entre la población al 100%», explica Vargas.

Foto: Lys Arango/Acción

RECUPERANDO EL CHARQUI

Pese a lo bien que los niños suelen recibir los platos elaborados a partir de esta técnica ancestral, en los últimos años el charqui se había dejado de utilizar en muchos hogares. «Por varios motivos el consumo de la sangre se ha distanciado de los procesos de desarrollo social, quedando relegado a una práctica del pasado».

La recuperación del charqui de sangrecita es una de las mejores noticias posibles contra quienes tratan de combatir la anemia infantil en la región dada su demostrada eficacia: «El hierro que se administra con esta práctica es de tres a cinco veces mayor que la del hierro no hemínico. En individuos normales se absorbe entre el 15% y el 25%, y en individuos deficientes en hierro, entre 25% y 35%. Esto conlleva a que la población vea en no demasiado tiempo un resultado y lo integren dentro de sus prácticas familiares saludables».

Foto: Lys Arango/Acción

LO BUENO DE ‘TIRAR’ DEL PASADO

En la actualidad la ONG trabaja en colaboración con la Pontificia Universidad Católica de Perú para optimizar el uso de la sangrecita y determinar la cuantificación de la dosis efectiva. A su vez, el Ministerio de Salud del país recoge algunas de estas medidas dentro de sus recomendaciones, valorando especialmente la sostenibilidad de la idea.

«En un futuro queremos seguir extendiendo la aplicación de este tipo de técnicas y productos tradicionales a localidades con un contexto sociocultural y geográfico similar, que se vean afectadas por el mismo problema, dada la alta aceptación y el bajo coste», explica Vargas.

Foto: Lys Arango/Acción

El responsable de nutrición de Acción contra el Hambre considera que no solo es posible sino recomendable replicar el enfoque antropológico de este proyecto en otros lugares del planeta. «La sapiencia de la cultura popular no debe ser menospreciada, sino, por el contrario, estudiada y redescubierta. Este tipo de estudios permite identificar acciones que no solo tienen impacto, sino que además permiten ver la sostenibilidad y la no dependencia en su realización », concluye. 

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