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7 de marzo 2016    /   IDEAS
por
ilustracion  Baimu Studio

El chicle: el ‘enemigo del progreso’

7 de marzo 2016    /   IDEAS     por        ilustracion  Baimu Studio
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Una mañana de agosto de 1991 un chicle alteró el orden público de Singapur. En un andén del ultramoderno tren rápido que habían inaugurado solo cuatro años antes esperaban cientos de personas. El vehículo llegó a la estación y los pasajeros entraron en los vagones. Permanecían de pie, quietos, aguardando a que el vehículo arrancara. Pero la espera fue en vano. A los pocos minutos los pasajeros fueron evacuados y la máquina quedó parada durante varias horas.

El sensor de una puerta había enviado una señal de alarma al sistema de seguridad. No podía cerrarse. Algo se lo impedía. Y, como medida preventiva, la máquina se bloqueó. Los técnicos acudieron a inspeccionar el vehículo y descubrieron que alguien había pegado un chicle en el canto de la puerta.

A los pocos días volvió a ocurrir lo mismo. Otra goma de mascar colapsó el tráfico de aquella obra magna. El sistema de transportes rápido (MRT) en el que habían invertido más de cinco años de trabajo y miles de millones de dólares singapurenses no podía paralizarse ante una gamberrada tan absurda. Un chicle lleno de salivajos no iba a detener la locomotora que echó a andar en 1965, cuando Singapur se separó de Malasia, para emprender su huída de la pobreza del resto de países del sudeste asiático.

Lee Kuan Yew se había propuesto transformar esa ciudad-estado en un «oasis de primer mundo en una región del tercer mundo». Pero sabía que sin educación, orden y limpieza sería imposible. El primer ministro, que gobernaba esas sesenta y tres islas desde 1959, diseñó un plan para instruir de forma estricta a la población, desarrollar una industria robusta y crear un sistema comercial de libre mercado. Funcionó. La fiereza de su economía la convirtió en uno de los cuatro tigres asiáticos, junto a Hong Kong, Corea del Sur y Taiwán.

Pero desde finales de los años 80 los chicles amenazaban con destruir aquel orden erigido durante las dos décadas anteriores. Los singapurenses habían aprendido a guardar los desperdicios en el bolsillo en vez de tirarlos al suelo. Sabían que no podían pintar grafitis en las paredes y no se les ocurría, como a sus vecinos chinos, orinar, sonarse la nariz o escupir en la calle. Por supuesto, tampoco abandonaría un baño público sin tirar de la cisterna. Todo eso estaba prohibido y penado con multas y trabajos correctivos. El código penal era estricto. Había incluso varas para pegar cachetadas.

Ese mes de agosto de 1991 las gomas de mascar que encontraron en el tren rápido de Singapur actuaron como Goma-2. Ellas fueron el detonante para que el Gobierno decidiera incluir los chicles en la Ley de basura del país, y a partir de ese día, pegar plásticos masticables de colores en la calle o cualquier lugar público se convirtió en delito.

[E]l chicle llevaba años bajo sospecha. Los empleados de limpieza municipal le tenían ganas porque desde principios de los años 80 encontraban pegotes rosas y verdes por todas partes. Estaban pegados al suelo, al techo, a los asientos, a las paredes. Los adolescentes los adherían a los botones de los ascensores, a las escaleras mecánicas, a las sillas de los autobuses, a los bancos públicos. Tapaban las rendijas de los buzones de correos y los introducían en las cerraduras de las puertas. El personal de higiene urbana se quejaba porque les costaba mucho trabajo arrancarlos y a menudo acababan estropeando sus máquinas limpiadoras.

En 1983 se presentó por primera vez una propuesta de ley para prohibir el chicle. El Parlamento no la aprobó. Los adolescentes siguieron haciendo pompas y dejando cadáveres ensalivados en cualquier parte. Ese hábito no era exclusivo de Singapur. En esa misma época, en una ciudad española, Almería, los niños colonizaron una esquina de la localidad y acudían hasta ahí para pegar sus gomas de mascar usadas de todas las formas y colores. La esquina de la calle Javier Sanz y la Rambla Obispo Orberá acabó llamándose popularmente ‘la esquina de los chicles’. Esa pared se convirtió en una especie de mosaico repugnante que los niños admiraban y asqueaba a los adultos. Unos años después los servicios de limpieza desmontaron el santuario y algunos dijeron que la esquina perdería su identidad para siempre. Las máquinas quitachicles impidieron desde entonces nuevas colonizaciones.

En Singapur decidieron ser más drásticos. Primero eliminaron la publicidad de chicles en la televisión y luego los sacaron de los carritos de chucherías que acudían a la salida de los colegios. Pero esto no solucionó el problema. Limpiar seguía resultando muy caro. Había que erradicar aquella invasión de plásticos pegajosos, pero los gobernantes aún no sabían cómo.

En agosto de 1991 pegaron el chicle que colmó su paciencia. En enero de 1992, Goh Chok Tong, el primer ministro que sucedió a Lee Kuan Yew dictó la persecución oficial al chicle. En la sección 3 del Capítulo 272A del Acta de Regulación de Importaciones y Exportaciones incluyeron la prohibición de introducir goma de mascar en el país. Las penas podían llegar hasta los 65.000 euros y dos años de cárcel por la primera condena. En la segunda, la multa ascendía a 130.000 euros y tres años de prisión. Tampoco estaba permitido fabricar o vender chicles en Singapur.

chicle singapur

[N]ikola Tesla también desconfiaba del chicle. A principios del siglo XX gozaba de buena reputación. A los soldados estadounidenses les daban goma de mascar durante la Primera Guerra Mundial porque decían que aumentaban la concentración y aliviaban el estrés. Pero el inventor de la electricidad no estaba de acuerdo. En los años 30, en uno de sus artículos, advirtió de los peligros del tabaco y también del masticable. El físico que diseñó el sistema de corriente alterna decía que dejaba exhaustas a las glándulas salivares y acababa llevando a muchos insensatos a la tumba antes de tiempo.

En Singapur nunca fue un tema de salud. Era, y es, un asunto higiénico y monetario. Estados Unidos, el país donde vivió Tesla casi toda su vida, no estaba conforme con la ley que impuso esa república asiática. Esa restricción suponía un muro contra su afán comercial, aunque en ese país solo haya algo más de cinco millones y medio de mandíbulas, contando la de los bebés y los ancianos. En 2002, el director de comercio exterior de EEUU, Robert Zoellick, viajó a Singapur para acordar los términos del tratado de libre comercio que movería unos 28.000 millones de euros entre los dos países y volvió a poner sobre la mesa esa pringosa cuestión.

Singapur tuvo que ceder en unos cuantos paquetes de chicles. El gobierno rasgó una grieta en la ley y acabó autorizando la venta de algunas variedades sin azúcar. Los edulcorados ascendieron de rango. Ya no eran una golosina. Les habían concedido la categoría de «producto con valor terapéutico», «producto medicinal» y «goma dental». En 2004, las farmacias empezaron a vender chicles para ayudar a dejar de fumar, limpiar los dientes y favorecer la digestión. Aunque tampoco era barra libre. Era necesario presentar una receta médica.

«Nos mantuvimos firmes porque no queremos que los habitantes peguen chicles en el metro, en las calles o en los respaldos de las sillas», explicó entonces Goh Chok Tong a EFE. «Pero cuando los negociadores de EEUU dijeron que si no aceptábamos ese punto, tendrían dificultades para que el tratado pasara en el Senado, tuvimos que recapacitar».

En 2010 apareció un libro en el que Lee Kuan Yew decía que los medios occidentales publicaban artículos sobre la prohibición del chicle para difundir la idea de que Singapur era un estado policial. Él seguía pensando que la medida era correcta y afirmaba, contundente, que esas críticas no iban a suavizar sus ambiciones perfeccionistas. En esa obra de Tom Plate, titulada Conversaciones con Lee Kuan Yew: Cómo construir una nación, el primer ministro explicaba que la goma de mascar «iba contra la utopía pragmática».

El hombre al que la historia atribuye haber «llevado Singapur del tercer al primer mundo en una sola generación» declaró la goma de mascar como «enemiga palpable del progreso». «Dicen que somos un estado-niñera», indicó Lee Kuan Yew en una entrevista con la BBC en el año 2000. «Pero lo que hemos conseguido es vivir en un lugar mucho más agradable que el país que teníamos hace treinta años».

Hoy, Singapur, un año después de su muerte, sigue reluciente. Las aceras de las calles están tan impecables que uno siente el impulso de andar de puntillas para no ensuciarlas. El chicle sigue considerado un elemento de «daño público» en uno de los países que encabeza todas las listas de los más ricos del mundo. La prohibición sigue en pie. Y las autoridades lo advierten con mayúsculas en los formularios que hay que rellenar y entregar antes de entrar en el país: «Está estrictamente prohibido introducir chicles y drogas».

Una mañana de agosto de 1991 un chicle alteró el orden público de Singapur. En un andén del ultramoderno tren rápido que habían inaugurado solo cuatro años antes esperaban cientos de personas. El vehículo llegó a la estación y los pasajeros entraron en los vagones. Permanecían de pie, quietos, aguardando a que el vehículo arrancara. Pero la espera fue en vano. A los pocos minutos los pasajeros fueron evacuados y la máquina quedó parada durante varias horas.

El sensor de una puerta había enviado una señal de alarma al sistema de seguridad. No podía cerrarse. Algo se lo impedía. Y, como medida preventiva, la máquina se bloqueó. Los técnicos acudieron a inspeccionar el vehículo y descubrieron que alguien había pegado un chicle en el canto de la puerta.

A los pocos días volvió a ocurrir lo mismo. Otra goma de mascar colapsó el tráfico de aquella obra magna. El sistema de transportes rápido (MRT) en el que habían invertido más de cinco años de trabajo y miles de millones de dólares singapurenses no podía paralizarse ante una gamberrada tan absurda. Un chicle lleno de salivajos no iba a detener la locomotora que echó a andar en 1965, cuando Singapur se separó de Malasia, para emprender su huída de la pobreza del resto de países del sudeste asiático.

Lee Kuan Yew se había propuesto transformar esa ciudad-estado en un «oasis de primer mundo en una región del tercer mundo». Pero sabía que sin educación, orden y limpieza sería imposible. El primer ministro, que gobernaba esas sesenta y tres islas desde 1959, diseñó un plan para instruir de forma estricta a la población, desarrollar una industria robusta y crear un sistema comercial de libre mercado. Funcionó. La fiereza de su economía la convirtió en uno de los cuatro tigres asiáticos, junto a Hong Kong, Corea del Sur y Taiwán.

Pero desde finales de los años 80 los chicles amenazaban con destruir aquel orden erigido durante las dos décadas anteriores. Los singapurenses habían aprendido a guardar los desperdicios en el bolsillo en vez de tirarlos al suelo. Sabían que no podían pintar grafitis en las paredes y no se les ocurría, como a sus vecinos chinos, orinar, sonarse la nariz o escupir en la calle. Por supuesto, tampoco abandonaría un baño público sin tirar de la cisterna. Todo eso estaba prohibido y penado con multas y trabajos correctivos. El código penal era estricto. Había incluso varas para pegar cachetadas.

Ese mes de agosto de 1991 las gomas de mascar que encontraron en el tren rápido de Singapur actuaron como Goma-2. Ellas fueron el detonante para que el Gobierno decidiera incluir los chicles en la Ley de basura del país, y a partir de ese día, pegar plásticos masticables de colores en la calle o cualquier lugar público se convirtió en delito.

[E]l chicle llevaba años bajo sospecha. Los empleados de limpieza municipal le tenían ganas porque desde principios de los años 80 encontraban pegotes rosas y verdes por todas partes. Estaban pegados al suelo, al techo, a los asientos, a las paredes. Los adolescentes los adherían a los botones de los ascensores, a las escaleras mecánicas, a las sillas de los autobuses, a los bancos públicos. Tapaban las rendijas de los buzones de correos y los introducían en las cerraduras de las puertas. El personal de higiene urbana se quejaba porque les costaba mucho trabajo arrancarlos y a menudo acababan estropeando sus máquinas limpiadoras.

En 1983 se presentó por primera vez una propuesta de ley para prohibir el chicle. El Parlamento no la aprobó. Los adolescentes siguieron haciendo pompas y dejando cadáveres ensalivados en cualquier parte. Ese hábito no era exclusivo de Singapur. En esa misma época, en una ciudad española, Almería, los niños colonizaron una esquina de la localidad y acudían hasta ahí para pegar sus gomas de mascar usadas de todas las formas y colores. La esquina de la calle Javier Sanz y la Rambla Obispo Orberá acabó llamándose popularmente ‘la esquina de los chicles’. Esa pared se convirtió en una especie de mosaico repugnante que los niños admiraban y asqueaba a los adultos. Unos años después los servicios de limpieza desmontaron el santuario y algunos dijeron que la esquina perdería su identidad para siempre. Las máquinas quitachicles impidieron desde entonces nuevas colonizaciones.

En Singapur decidieron ser más drásticos. Primero eliminaron la publicidad de chicles en la televisión y luego los sacaron de los carritos de chucherías que acudían a la salida de los colegios. Pero esto no solucionó el problema. Limpiar seguía resultando muy caro. Había que erradicar aquella invasión de plásticos pegajosos, pero los gobernantes aún no sabían cómo.

En agosto de 1991 pegaron el chicle que colmó su paciencia. En enero de 1992, Goh Chok Tong, el primer ministro que sucedió a Lee Kuan Yew dictó la persecución oficial al chicle. En la sección 3 del Capítulo 272A del Acta de Regulación de Importaciones y Exportaciones incluyeron la prohibición de introducir goma de mascar en el país. Las penas podían llegar hasta los 65.000 euros y dos años de cárcel por la primera condena. En la segunda, la multa ascendía a 130.000 euros y tres años de prisión. Tampoco estaba permitido fabricar o vender chicles en Singapur.

chicle singapur

[N]ikola Tesla también desconfiaba del chicle. A principios del siglo XX gozaba de buena reputación. A los soldados estadounidenses les daban goma de mascar durante la Primera Guerra Mundial porque decían que aumentaban la concentración y aliviaban el estrés. Pero el inventor de la electricidad no estaba de acuerdo. En los años 30, en uno de sus artículos, advirtió de los peligros del tabaco y también del masticable. El físico que diseñó el sistema de corriente alterna decía que dejaba exhaustas a las glándulas salivares y acababa llevando a muchos insensatos a la tumba antes de tiempo.

En Singapur nunca fue un tema de salud. Era, y es, un asunto higiénico y monetario. Estados Unidos, el país donde vivió Tesla casi toda su vida, no estaba conforme con la ley que impuso esa república asiática. Esa restricción suponía un muro contra su afán comercial, aunque en ese país solo haya algo más de cinco millones y medio de mandíbulas, contando la de los bebés y los ancianos. En 2002, el director de comercio exterior de EEUU, Robert Zoellick, viajó a Singapur para acordar los términos del tratado de libre comercio que movería unos 28.000 millones de euros entre los dos países y volvió a poner sobre la mesa esa pringosa cuestión.

Singapur tuvo que ceder en unos cuantos paquetes de chicles. El gobierno rasgó una grieta en la ley y acabó autorizando la venta de algunas variedades sin azúcar. Los edulcorados ascendieron de rango. Ya no eran una golosina. Les habían concedido la categoría de «producto con valor terapéutico», «producto medicinal» y «goma dental». En 2004, las farmacias empezaron a vender chicles para ayudar a dejar de fumar, limpiar los dientes y favorecer la digestión. Aunque tampoco era barra libre. Era necesario presentar una receta médica.

«Nos mantuvimos firmes porque no queremos que los habitantes peguen chicles en el metro, en las calles o en los respaldos de las sillas», explicó entonces Goh Chok Tong a EFE. «Pero cuando los negociadores de EEUU dijeron que si no aceptábamos ese punto, tendrían dificultades para que el tratado pasara en el Senado, tuvimos que recapacitar».

En 2010 apareció un libro en el que Lee Kuan Yew decía que los medios occidentales publicaban artículos sobre la prohibición del chicle para difundir la idea de que Singapur era un estado policial. Él seguía pensando que la medida era correcta y afirmaba, contundente, que esas críticas no iban a suavizar sus ambiciones perfeccionistas. En esa obra de Tom Plate, titulada Conversaciones con Lee Kuan Yew: Cómo construir una nación, el primer ministro explicaba que la goma de mascar «iba contra la utopía pragmática».

El hombre al que la historia atribuye haber «llevado Singapur del tercer al primer mundo en una sola generación» declaró la goma de mascar como «enemiga palpable del progreso». «Dicen que somos un estado-niñera», indicó Lee Kuan Yew en una entrevista con la BBC en el año 2000. «Pero lo que hemos conseguido es vivir en un lugar mucho más agradable que el país que teníamos hace treinta años».

Hoy, Singapur, un año después de su muerte, sigue reluciente. Las aceras de las calles están tan impecables que uno siente el impulso de andar de puntillas para no ensuciarlas. El chicle sigue considerado un elemento de «daño público» en uno de los países que encabeza todas las listas de los más ricos del mundo. La prohibición sigue en pie. Y las autoridades lo advierten con mayúsculas en los formularios que hay que rellenar y entregar antes de entrar en el país: «Está estrictamente prohibido introducir chicles y drogas».

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