12 de diciembre 2012    /   ENTRETENIMIENTO
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This is China

12 de diciembre 2012    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Dicen que debajo del suelo chino hay búnkers donde viven cientos de personas. Ocurre en muchas ciudades. Albert Bonsfills salió en busca de estas viviendas subterráneas cuando dejó Barcelona con destino a Beijing. Quería encontrarlas y fotografiarlas. No halló nada. Pero sus paseos no fueron en balde. En el distrito de Chaoyang, en la capital del país, descubrió las imágenes de esa cara de China que los medios han convertido en literatura de masas. La explotación laboral y el trabajo a destajo.

“Estuve viviendo con algunos de estos trabajadores una semana. Viven en unas condiciones horribles. No tienen ni un día de vacaciones, sus contratos son mensuales y duermen en habitaciones con seis o siete personas más”, cuenta el fotógrafo.

Ese viaje fue en mayo de 2011. Bonsfills volvió a España y las fotografías que había traído fueron reconocidas con un premio y una beca para regresar al país asiático. Esta vez su misión era profundizar en las condiciones de vida de muchos de los ciudadanos chinos. Y esa vez se fue a Henan, una provincia situada en el centro del país, durante dos meses.

Quería visitar las zonas rurales. Esas áreas cada vez más desoladas por el poder de seducción del sueldo de los trabajos de la ciudad. “Hasta siete veces mayor que los empleos del campo”, especifica Bonsfills. “Esas localidades rurales están siendo despobladas. Las personas en edad de trabajar se van a la ciudad. No hay jóvenes. Solo hay niños y abuelos. Los padres se van a la ciudad y vuelven una vez al año para ver a su familia. A veces tienen que esperar hasta una semana en la estación para asegurarse de que encontrarán sitio en el tren que los lleve a casa”.

La migración a las ciudades es imparable porque allí siempre hay trabajo, según el fotógrafo. Cantidad, sí. Las condiciones de esos empleos es otro asunto. Calidad, no. “Están muy mal pagados y no tienen seguridad social ni pensiones. Las personas de mediana edad tienen que mantener a sus hijos y a sus padres”.

Muchos de ellos forman un nutrido grupo social denominado wai mi min gong o “trabajadores migrantes”. “Trabajan en fábricas, construcción, limpieza… Se juntan en los mismos bares y forman guetos. Pero no están mal vistos porque todos tienen algún familiar wai mi min gong”.

Bonsfills terminó en el campo y se fue a la ciudad. Viajó a Guangzhou. “Es una de las ciudades más industrializadas del mundo. Está llena de fábricas textiles ilegales en los subterráneos de la ciudad y entre los empleados hay niños. Hay muchos talleres sin luz, desordenados y en malas condiciones”. Aunque, al menos, según Bonsfills, “la jornada laboral es de 10 horas y descansan un día a la semana. Otros, como los trabajadores de la construcción en Beijing, no tienen descanso”.

El fotógrafo descubrió que China hace de la construcción una forma masiva de crear empleo y de aumentar su producto interior bruto independientemente de que tenga o no sentido levantar edificios. “En China hay muchas ciudades fantasmas. Construyen urbes fantasmas solo por dar trabajo. Hay 64 millones de pisos vacíos. Pasear por ahí es como estar en una película”, indica.

A Bonsfills le fascina un dato. “En China se fabrican 10 ciudades nuevas al año”, dice. “Sí, se fabrican. Esa es la palabra”, remacha. “Son viviendas que se construyen entre dos semanas y un mes. Hay un rascacielos de 40 pisos que fue levantado en una noche por más de 500 trabajadores”.

¿En solo una noche? ¿Es posible? “Utilizan nuevas tecnologías y materiales de alta tecnología que les permite montar un edificio como si fuesen piezas de puzzle”, especifica. “Los chinos quieren dejar de ser la mano de obra del mundo y pretenden ser punteros en tecnología”.

Bonsfills salió de Barcelona con la intención de “contar la historia de China”. Las tarjetas de su cámara iban vacía pero su cabeza iba repleta. Tenía mil ideas preconcebidas sobre el país y sus ciudadanos. A la vuelta, las tarjetas venían llenas y sus pensamientos, radicalmente cambiados. “Me fui con la idea de que era un pueblo hostil pero no es así. Son muy vergonzosos, pero se abren muy fácilmente. Me di cuenta de que el chino es una persona. Le gusta tomar cervezas, hablar con sus amigos… Te abren las puertas de su casa. Son muy distintos a lo que yo pensaba. Antes de ir, un amigo que vive en Beijing me dijo: Albert, cambia el chip, porque aquí nadie hace kung-fu por la calle”.

Dicen que debajo del suelo chino hay búnkers donde viven cientos de personas. Ocurre en muchas ciudades. Albert Bonsfills salió en busca de estas viviendas subterráneas cuando dejó Barcelona con destino a Beijing. Quería encontrarlas y fotografiarlas. No halló nada. Pero sus paseos no fueron en balde. En el distrito de Chaoyang, en la capital del país, descubrió las imágenes de esa cara de China que los medios han convertido en literatura de masas. La explotación laboral y el trabajo a destajo.

“Estuve viviendo con algunos de estos trabajadores una semana. Viven en unas condiciones horribles. No tienen ni un día de vacaciones, sus contratos son mensuales y duermen en habitaciones con seis o siete personas más”, cuenta el fotógrafo.

Ese viaje fue en mayo de 2011. Bonsfills volvió a España y las fotografías que había traído fueron reconocidas con un premio y una beca para regresar al país asiático. Esta vez su misión era profundizar en las condiciones de vida de muchos de los ciudadanos chinos. Y esa vez se fue a Henan, una provincia situada en el centro del país, durante dos meses.

Quería visitar las zonas rurales. Esas áreas cada vez más desoladas por el poder de seducción del sueldo de los trabajos de la ciudad. “Hasta siete veces mayor que los empleos del campo”, especifica Bonsfills. “Esas localidades rurales están siendo despobladas. Las personas en edad de trabajar se van a la ciudad. No hay jóvenes. Solo hay niños y abuelos. Los padres se van a la ciudad y vuelven una vez al año para ver a su familia. A veces tienen que esperar hasta una semana en la estación para asegurarse de que encontrarán sitio en el tren que los lleve a casa”.

La migración a las ciudades es imparable porque allí siempre hay trabajo, según el fotógrafo. Cantidad, sí. Las condiciones de esos empleos es otro asunto. Calidad, no. “Están muy mal pagados y no tienen seguridad social ni pensiones. Las personas de mediana edad tienen que mantener a sus hijos y a sus padres”.

Muchos de ellos forman un nutrido grupo social denominado wai mi min gong o “trabajadores migrantes”. “Trabajan en fábricas, construcción, limpieza… Se juntan en los mismos bares y forman guetos. Pero no están mal vistos porque todos tienen algún familiar wai mi min gong”.

Bonsfills terminó en el campo y se fue a la ciudad. Viajó a Guangzhou. “Es una de las ciudades más industrializadas del mundo. Está llena de fábricas textiles ilegales en los subterráneos de la ciudad y entre los empleados hay niños. Hay muchos talleres sin luz, desordenados y en malas condiciones”. Aunque, al menos, según Bonsfills, “la jornada laboral es de 10 horas y descansan un día a la semana. Otros, como los trabajadores de la construcción en Beijing, no tienen descanso”.

El fotógrafo descubrió que China hace de la construcción una forma masiva de crear empleo y de aumentar su producto interior bruto independientemente de que tenga o no sentido levantar edificios. “En China hay muchas ciudades fantasmas. Construyen urbes fantasmas solo por dar trabajo. Hay 64 millones de pisos vacíos. Pasear por ahí es como estar en una película”, indica.

A Bonsfills le fascina un dato. “En China se fabrican 10 ciudades nuevas al año”, dice. “Sí, se fabrican. Esa es la palabra”, remacha. “Son viviendas que se construyen entre dos semanas y un mes. Hay un rascacielos de 40 pisos que fue levantado en una noche por más de 500 trabajadores”.

¿En solo una noche? ¿Es posible? “Utilizan nuevas tecnologías y materiales de alta tecnología que les permite montar un edificio como si fuesen piezas de puzzle”, especifica. “Los chinos quieren dejar de ser la mano de obra del mundo y pretenden ser punteros en tecnología”.

Bonsfills salió de Barcelona con la intención de “contar la historia de China”. Las tarjetas de su cámara iban vacía pero su cabeza iba repleta. Tenía mil ideas preconcebidas sobre el país y sus ciudadanos. A la vuelta, las tarjetas venían llenas y sus pensamientos, radicalmente cambiados. “Me fui con la idea de que era un pueblo hostil pero no es así. Son muy vergonzosos, pero se abren muy fácilmente. Me di cuenta de que el chino es una persona. Le gusta tomar cervezas, hablar con sus amigos… Te abren las puertas de su casa. Son muy distintos a lo que yo pensaba. Antes de ir, un amigo que vive en Beijing me dijo: Albert, cambia el chip, porque aquí nadie hace kung-fu por la calle”.

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