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15 de febrero 2012    /   ENTRETENIMIENTO
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Chinatown Usera

15 de febrero 2012    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Antes de empezar, una advertencia: Quítese de la cabeza, amable lector, las ideas previas que tiene sobre Madrid. En esta ciudad, en la que caben tantos mundos, cabe incluso uno gigantesco como China.

Nada más bajarse en la estación de metro de Usera, occidente se vuelve oriente. Se llama Usera, pero podría llamarse Shanghai.

Solo en este barrio viven 8.000 de los 50.000 chinos residentes en la Comunidad y son dueños ya de más del 50% de los comercios de la zona.

Los principales bancos tienen empleados chinos e, incluso, sus escaparates están escritos en ideogramas. Hay colegios y guarderías, salas de baile, tiendas de novia, spas, templos budistas y taoístas, gestorías, gimnasios, librerías y hasta una residencia de ancianos donde nadie habla ni una palabra de español. Ni una.

No hablamos de farolillos y dragones para turistas como otros barrios chinos del mundo; Usera ‘es’ China en Madrid. Pasear por sus calles es viajar a una ciudad oriental por donde caminan algunos españoles, y no al revés.

Empanadillas de carne y opio

Muy cerca del metro está una empresa que se dedica al sabroso negocio de las ‘jiaozi’, esas empanadillas de harina de arroz. Son un vicio. Literalmente. En la carta de variedades hay unas jiaozi de carne y opio. ¡Opio! Imágenes de fumaderos y decadencia que rápidamente se desvanecen cuando el joven encargado nos explica sin pizca de humor:

«Es apio. No lo hemos podido corregir».

En el número 11 de la calle Nicolás Sánchez funcionará muy pronto el restaurante Baishun. Un grupo de jóvenes, bañados de pintura y polvo, arreglan el local con velocidad y tenacidad de hormigas:

«¿No les preocupa que en esta misma calle, casi enfrente, exista otro restaurante chino?».

Sonríen. Niegan con la cabeza. Vuelven al trabajo.

La competencia no es un problema en el Chinatown madrileño: las agencias de viaje, inmobiliarias, peluquerías, tiendas de alimentación y bares chinos se suceden uno tras otro. Hay de todo para todos. A pesar de la crisis, muchos de los más exitosos empresarios autónomos pertenecen a la comunidad del sol naciente.

Juan y no Cheung

‘Juan’ sale de su restaurante, Tang.

«¿Habla español?».

Tres de sus empleados han huído murmurando “español, no”. ‘Juan’ lo habla, sí, pero a su manera. Por supuesto que no se llama Juan, ese es su “nombre para España”. Tampoco sus compatriotas se llaman Miguel, María, Ana o José, sino Cheung, Zong Chan Ye, Yi Min o Xian.
Españolizar el nombre, por practicidad, es uno de los primeros pasos que dan los inmigrantes chinos cuando llegan al país.

La comunidad china, cada vez más numerosa, es también una de las más herméticas. No se suelen mezclar, procuran pasar desapercibidos, usan poco o nada los servicios y los espacios públicos. Tan poco, que se generó la leyenda urbana de que no hay chinos enterrados en España. El misterio se resuelve fácilmente: su último deseo siempre es descansar en su tierra natal y durante su vida ganan más que suficiente para pagar la repatriación.

Porque trabajadores son, muchísimo, sin horarios. “Se viene con objetivo”, dice ‘Juan’, “hacer dinero, ahorrar, traer a la familia, poner restaurante, dar un futuro”.

‘Juan’, fiel al mito, emigró a España sin dinero y sin idioma. Tras 21 años de amasar fideos, freír pollo y lavar platos, es dueño de varios locales en Usera. Ya no entra en la cocina ni lleva los números. Una mujer de negro, con uñas larguísimas pintadas a juego, es la que se encarga ahora de todo.

Este, ese, uno de la avenida principal hacen la lista sus propiedades. Próspero es la palabra que mejor lo podría definir. También excéntrico, también parlanchín. El ‘Juan’ del Tang pide que se lo recuerde. Suelta una carcajada estridente que rememora al personaje oriental de una película de aventuras.

Escrito en la fachada de su restaurante está el siguiente texto: “Al príncipe Felipe le gusta comer los fideos ramen y de la mano”. Más allá de la redacción, la curiosa referencia al heredero de la corona española es porque le gustan los fideos hechos a mano de un amigo de ‘Juan’, el dueño del famoso restaurante de Plaza de España, El Rey de Tallarines. Todo muy monárquico.

“Como si el demonio los hubiera cocinado”

Cuatro cosas fascinan a los chinos a la hora de comer: las gelatinosas, las que flotan en líquidos, las deshidratadas y las de colores. Estos descubrimientos y muchos más se pueden hacer en curiosísimos supermercados chinos de las calles Dolores Barranco y Rafaela Ibarra.

Lo primero que envuelve, al entrar, es el olor: penetrante, agudísimo, inclasificable. No se sabe si gusta o no, si es dulce o salado, marino o vegetal. La nariz se esfuerza, pero el cerebro no procesa: lo que no se ha percibido nunca no se sabe lo que es. Y luego entra por los ojos la explosión de colores: el dorado, el rojo, el verde. Los paquetes son tan fascinantes, tan exóticos, que dan ganas de probarlos todos. Bueno, casi todos.

Están los “huevos milenarios”: la yema es entre verdosa y negra y la clara es marrón. Estos huevos han estado enterrados durante meses bajo arcilla, cal y sal. En un artículo, un periodista calificó el sabor como “si el demonio los hubiera cocinado”. También hay que tener valor para probar la venganza china contra las enemigas del bañista: medusas salteadas flotando en un líquido viscoso.

Para estómagos aventureros, en el supermercado hay anguilas y crustáceos enormes, ¡vivos!, raíces, frutas de colores y formas imposibles, zumos donde flotan trocitos de… algo, caramelos de los que puedes comer el envoltorio, galletas dulces con ingredientes salados, gaseosas de calabacín…

A la hora del almuerzo, ‘Juan’ del Tang recomienda su menú de comida “china para chinos” por cuatro euros.

Una metáfora del barrio: no hay arroz tres delicias ni pollo con verduras.

Esto es Usera.

Fotos: Edu León

 

Antes de empezar, una advertencia: Quítese de la cabeza, amable lector, las ideas previas que tiene sobre Madrid. En esta ciudad, en la que caben tantos mundos, cabe incluso uno gigantesco como China.

Nada más bajarse en la estación de metro de Usera, occidente se vuelve oriente. Se llama Usera, pero podría llamarse Shanghai.

Solo en este barrio viven 8.000 de los 50.000 chinos residentes en la Comunidad y son dueños ya de más del 50% de los comercios de la zona.

Los principales bancos tienen empleados chinos e, incluso, sus escaparates están escritos en ideogramas. Hay colegios y guarderías, salas de baile, tiendas de novia, spas, templos budistas y taoístas, gestorías, gimnasios, librerías y hasta una residencia de ancianos donde nadie habla ni una palabra de español. Ni una.

No hablamos de farolillos y dragones para turistas como otros barrios chinos del mundo; Usera ‘es’ China en Madrid. Pasear por sus calles es viajar a una ciudad oriental por donde caminan algunos españoles, y no al revés.

Empanadillas de carne y opio

Muy cerca del metro está una empresa que se dedica al sabroso negocio de las ‘jiaozi’, esas empanadillas de harina de arroz. Son un vicio. Literalmente. En la carta de variedades hay unas jiaozi de carne y opio. ¡Opio! Imágenes de fumaderos y decadencia que rápidamente se desvanecen cuando el joven encargado nos explica sin pizca de humor:

«Es apio. No lo hemos podido corregir».

En el número 11 de la calle Nicolás Sánchez funcionará muy pronto el restaurante Baishun. Un grupo de jóvenes, bañados de pintura y polvo, arreglan el local con velocidad y tenacidad de hormigas:

«¿No les preocupa que en esta misma calle, casi enfrente, exista otro restaurante chino?».

Sonríen. Niegan con la cabeza. Vuelven al trabajo.

La competencia no es un problema en el Chinatown madrileño: las agencias de viaje, inmobiliarias, peluquerías, tiendas de alimentación y bares chinos se suceden uno tras otro. Hay de todo para todos. A pesar de la crisis, muchos de los más exitosos empresarios autónomos pertenecen a la comunidad del sol naciente.

Juan y no Cheung

‘Juan’ sale de su restaurante, Tang.

«¿Habla español?».

Tres de sus empleados han huído murmurando “español, no”. ‘Juan’ lo habla, sí, pero a su manera. Por supuesto que no se llama Juan, ese es su “nombre para España”. Tampoco sus compatriotas se llaman Miguel, María, Ana o José, sino Cheung, Zong Chan Ye, Yi Min o Xian.
Españolizar el nombre, por practicidad, es uno de los primeros pasos que dan los inmigrantes chinos cuando llegan al país.

La comunidad china, cada vez más numerosa, es también una de las más herméticas. No se suelen mezclar, procuran pasar desapercibidos, usan poco o nada los servicios y los espacios públicos. Tan poco, que se generó la leyenda urbana de que no hay chinos enterrados en España. El misterio se resuelve fácilmente: su último deseo siempre es descansar en su tierra natal y durante su vida ganan más que suficiente para pagar la repatriación.

Porque trabajadores son, muchísimo, sin horarios. “Se viene con objetivo”, dice ‘Juan’, “hacer dinero, ahorrar, traer a la familia, poner restaurante, dar un futuro”.

‘Juan’, fiel al mito, emigró a España sin dinero y sin idioma. Tras 21 años de amasar fideos, freír pollo y lavar platos, es dueño de varios locales en Usera. Ya no entra en la cocina ni lleva los números. Una mujer de negro, con uñas larguísimas pintadas a juego, es la que se encarga ahora de todo.

Este, ese, uno de la avenida principal hacen la lista sus propiedades. Próspero es la palabra que mejor lo podría definir. También excéntrico, también parlanchín. El ‘Juan’ del Tang pide que se lo recuerde. Suelta una carcajada estridente que rememora al personaje oriental de una película de aventuras.

Escrito en la fachada de su restaurante está el siguiente texto: “Al príncipe Felipe le gusta comer los fideos ramen y de la mano”. Más allá de la redacción, la curiosa referencia al heredero de la corona española es porque le gustan los fideos hechos a mano de un amigo de ‘Juan’, el dueño del famoso restaurante de Plaza de España, El Rey de Tallarines. Todo muy monárquico.

“Como si el demonio los hubiera cocinado”

Cuatro cosas fascinan a los chinos a la hora de comer: las gelatinosas, las que flotan en líquidos, las deshidratadas y las de colores. Estos descubrimientos y muchos más se pueden hacer en curiosísimos supermercados chinos de las calles Dolores Barranco y Rafaela Ibarra.

Lo primero que envuelve, al entrar, es el olor: penetrante, agudísimo, inclasificable. No se sabe si gusta o no, si es dulce o salado, marino o vegetal. La nariz se esfuerza, pero el cerebro no procesa: lo que no se ha percibido nunca no se sabe lo que es. Y luego entra por los ojos la explosión de colores: el dorado, el rojo, el verde. Los paquetes son tan fascinantes, tan exóticos, que dan ganas de probarlos todos. Bueno, casi todos.

Están los “huevos milenarios”: la yema es entre verdosa y negra y la clara es marrón. Estos huevos han estado enterrados durante meses bajo arcilla, cal y sal. En un artículo, un periodista calificó el sabor como “si el demonio los hubiera cocinado”. También hay que tener valor para probar la venganza china contra las enemigas del bañista: medusas salteadas flotando en un líquido viscoso.

Para estómagos aventureros, en el supermercado hay anguilas y crustáceos enormes, ¡vivos!, raíces, frutas de colores y formas imposibles, zumos donde flotan trocitos de… algo, caramelos de los que puedes comer el envoltorio, galletas dulces con ingredientes salados, gaseosas de calabacín…

A la hora del almuerzo, ‘Juan’ del Tang recomienda su menú de comida “china para chinos” por cuatro euros.

Una metáfora del barrio: no hay arroz tres delicias ni pollo con verduras.

Esto es Usera.

Fotos: Edu León

 

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Opiniones 20
  • Pingback: Chinatown Usera
  • como me dijo la jefa de una cadena china de Marcelo Usera con tiendas en tb en Guzman el Bueno o Montera..en Madrid les dejan trabajar.

  • Tengo 33 años y dan ganas de llorar. Me gustaría retroceder 25 años atrás y dejar todo como estaba.

    A mi me da verguenza, leer que USERA es china town. Su aportación al barrio es cero, hay calles de 50 números con 20 peluquerías y calles de 40 números con 15 restaurantes.

    ¿Hasta cuando esta mentira? no pagan un duro de impuestos, y basicamente se han aprovechado de la crisis para comprar a precio de saldo negocios de toda la vida.

    El 80% de los negocios son tapaderas de juego ilegal (mahjong, entre otros) los pisos wue compran los convierten en pensiones donde duermen 40 personas o en prostibulos vecinales.

    Usera es de la gente del barrio, de nuestros abuelos, de nuestros padres, y los que vengan detrás no de los chinos.

    • Cuanta razón tienes !!! Yo me pongo de los nervios con entradas de este tipo.
      Partiendo de todos mis respetos para todo aquel que se busca la vida fuera de su país… esto que resulta tan pintoresco para los bloggers , para los vecinos de Usera empieza a ser como vivir en un Guetto. donde solo se habla chino y el extranjero eres tu.
      Sin duda el que escribió., ni vive en el barrio ni pasea demasiado por el para ver como lo extraño es ya ser un occidental en la zona
      Todo un ejemplo de «integración» con sanas costumbres como salones de juego ilegales como bien dices, talleres clandestinos, escupir en la calle y dejar la basura en cualquier esquina fuera de hora. ( hasta hay una pagina en fb – basura de Usera- , donde se puede tambien visitar el barrio y si te quedan ganas comer en el )
      Cada local que cierra significa un chino mas, con la connivencia de un ayuntamiento que no multa sus costumbres incívicas, y sus rotulaciones de negocio solo para ellos, en caracteres chinos
      ( esto es legal ? ).
      Este fin de semana es el Año Nuevo y no puedo esperar para largarme el viernes…

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