24 de julio 2017    /   ENTRETENIMIENTO
por
 

Chris Isaak: de comer latas de sardinas a ganar un disco de oro

24 de julio 2017    /   ENTRETENIMIENTO     por          
Compártelo twitter facebook whatsapp
thumb image

¡Yorokobu gratis en formato digital!

Lee gratis la revista de Back to haciendo clic aquí.

Una madrugada Chris Isaak recibió una llamada. Era una chica que conocía. Ella le dijo que quería ir a su casa y hablar. Chris sabía que lo de hablar era un eufemismo, pero accedió. Nada más colgar el teléfono se dio cuenta de lo que se venía encima. «Problemas», pensó, «esa chica siempre me trae problemas. Es una gata salvaje. Va a acabar conmigo. Pero lo estoy haciendo otra vez».

Ahí se le ocurrieron los primeros versos de esta canción: «El mundo está ardiendo y solo tú puedes salvarme. Es extraño lo que el deseo puede llevar a un tonto a hacer». Unos minutos después había escrito la letra completa. Cuando llegó la chica estaba tan entusiasmado que insistió en que la oyera. Al final la guitarra se quedó a un lado y, como había vaticinado, tampoco hablaron demasiado.

Unos años antes de escribir Wicked game Chris se había licenciado en Lengua Inglesa y Arte de las Comunicaciones, pero una caja con las grabaciones de Elvis para Sun Records le provocaron un reajuste vital que le llevó a probar suerte en la música. Dejó su Stockton natal por San Francisco. Allí montó los Silvertones, trío rockabilly al que dejaban actuar de forma habitual en un garito punk.

Cada vez que visitaban la sala, el técnico de sonido le enseñaba a Chris nuevos trucos con la guitarra por lo que decidió que sería más fácil invitarlo a unirse a ellos. El técnico era Jimmy Wilsey, había sido bajista de The Avengers (grupo pionero del punk de San Francisco) y su papel a las seis cuerdas sería crucial en los primeros discos de Isaak.

Fueron tiempos difíciles. Chris pasó años viviendo en un estrecho garaje reconvertido en sórdido apartamento de una habitación. Era una de las zonas más ventosas de San Francisco, junto al Océano Pacífico al que solía escaparse a surfear. Tenía tan poco dinero que su comida consistía en una lata de sardinas al día. Cuando Roy Orbison y Ricky Nelson, dos de sus ídolos mayúsculos, actuaron en la ciudad, no pudo pagar la entrada y se quedó a intentar escucharlos desde la calle.

La perseverancia llevó a un contrato discográfico y a editar su primer álbum. Pero ni este ni el siguiente disco consiguieron ventas aceptables. Las críticas eran buenas e incluso un gigante como John Fogerty había dicho que ese tipo iba a ser una estrella. Pero el sello no estaba por darle más cuerda. Su tercer disco tenía que cumplir el refrán y ser el de la vencida.

Para Heart Shaped World llevó esa canción de amor obsesivo que venía arrastrando desde años atrás. La había tocado en directo y había realizado numerosos intentos de grabarla, pero nunca quedaba satisfecho, así que la dejó en manos del productor Erik Jacobsen y el ingeniero de sonido Mark Needham, y ellos obraron la magia. Wicked game suena tan natural, desnuda y orgánica que cuesta imaginar que se trate de una creación de laboratorio.

Esos dos científicos del sonido diseccionaron las grabaciones que poseían, samplearon las baterías y la sometieron a un proceso de loops para encontrar un nuevo groove. Era 1988 y la tecnología de samplers estaba todavía en un estado primitivo. Algo parecido hicieron con el bajo, e incluso la fantasmagórica guitarra de Calvin Wilsey tomó forma con fragmentos de muchas sesiones diferentes.

Por último, los coros que responden a la melancólica voz de Chris; eran unos amigos, no eran profesionales. Les costaba mantener el tempo, así que también los samplearon y convirtieron sus voces en susurros. Los que vean a Chris Isaak como un purista más deberían saber que su gran clásico fue un innovador Frankenstein sónico.

No debemos olvidar que a pesar de su adictivo gancho, la canción tal vez se hubiese quedado ahí si David Lynch no la hubiese incluído en la película Wild At Heart, o si un locutor, fan acérrimo de Lynch, no hubiese comenzado a pincharla de forma compulsiva. Pero el caso es que lo consiguió. Wicked game se convirtió en su primer éxito. Cuentan que en la fiesta en la que le dieron el disco de oro su madre gritó: «¡No más sardinas, Chris!».

¡Yorokobu gratis en formato digital!

Lee gratis la revista de Back to haciendo clic aquí.

¡Yorokobu gratis en formato digital!

Lee gratis la revista de Back to haciendo clic aquí.

Una madrugada Chris Isaak recibió una llamada. Era una chica que conocía. Ella le dijo que quería ir a su casa y hablar. Chris sabía que lo de hablar era un eufemismo, pero accedió. Nada más colgar el teléfono se dio cuenta de lo que se venía encima. «Problemas», pensó, «esa chica siempre me trae problemas. Es una gata salvaje. Va a acabar conmigo. Pero lo estoy haciendo otra vez».

Ahí se le ocurrieron los primeros versos de esta canción: «El mundo está ardiendo y solo tú puedes salvarme. Es extraño lo que el deseo puede llevar a un tonto a hacer». Unos minutos después había escrito la letra completa. Cuando llegó la chica estaba tan entusiasmado que insistió en que la oyera. Al final la guitarra se quedó a un lado y, como había vaticinado, tampoco hablaron demasiado.

Unos años antes de escribir Wicked game Chris se había licenciado en Lengua Inglesa y Arte de las Comunicaciones, pero una caja con las grabaciones de Elvis para Sun Records le provocaron un reajuste vital que le llevó a probar suerte en la música. Dejó su Stockton natal por San Francisco. Allí montó los Silvertones, trío rockabilly al que dejaban actuar de forma habitual en un garito punk.

Cada vez que visitaban la sala, el técnico de sonido le enseñaba a Chris nuevos trucos con la guitarra por lo que decidió que sería más fácil invitarlo a unirse a ellos. El técnico era Jimmy Wilsey, había sido bajista de The Avengers (grupo pionero del punk de San Francisco) y su papel a las seis cuerdas sería crucial en los primeros discos de Isaak.

Fueron tiempos difíciles. Chris pasó años viviendo en un estrecho garaje reconvertido en sórdido apartamento de una habitación. Era una de las zonas más ventosas de San Francisco, junto al Océano Pacífico al que solía escaparse a surfear. Tenía tan poco dinero que su comida consistía en una lata de sardinas al día. Cuando Roy Orbison y Ricky Nelson, dos de sus ídolos mayúsculos, actuaron en la ciudad, no pudo pagar la entrada y se quedó a intentar escucharlos desde la calle.

La perseverancia llevó a un contrato discográfico y a editar su primer álbum. Pero ni este ni el siguiente disco consiguieron ventas aceptables. Las críticas eran buenas e incluso un gigante como John Fogerty había dicho que ese tipo iba a ser una estrella. Pero el sello no estaba por darle más cuerda. Su tercer disco tenía que cumplir el refrán y ser el de la vencida.

Para Heart Shaped World llevó esa canción de amor obsesivo que venía arrastrando desde años atrás. La había tocado en directo y había realizado numerosos intentos de grabarla, pero nunca quedaba satisfecho, así que la dejó en manos del productor Erik Jacobsen y el ingeniero de sonido Mark Needham, y ellos obraron la magia. Wicked game suena tan natural, desnuda y orgánica que cuesta imaginar que se trate de una creación de laboratorio.

Esos dos científicos del sonido diseccionaron las grabaciones que poseían, samplearon las baterías y la sometieron a un proceso de loops para encontrar un nuevo groove. Era 1988 y la tecnología de samplers estaba todavía en un estado primitivo. Algo parecido hicieron con el bajo, e incluso la fantasmagórica guitarra de Calvin Wilsey tomó forma con fragmentos de muchas sesiones diferentes.

Por último, los coros que responden a la melancólica voz de Chris; eran unos amigos, no eran profesionales. Les costaba mantener el tempo, así que también los samplearon y convirtieron sus voces en susurros. Los que vean a Chris Isaak como un purista más deberían saber que su gran clásico fue un innovador Frankenstein sónico.

No debemos olvidar que a pesar de su adictivo gancho, la canción tal vez se hubiese quedado ahí si David Lynch no la hubiese incluído en la película Wild At Heart, o si un locutor, fan acérrimo de Lynch, no hubiese comenzado a pincharla de forma compulsiva. Pero el caso es que lo consiguió. Wicked game se convirtió en su primer éxito. Cuentan que en la fiesta en la que le dieron el disco de oro su madre gritó: «¡No más sardinas, Chris!».

¡Yorokobu gratis en formato digital!

Lee gratis la revista de Back to haciendo clic aquí.

Compártelo twitter facebook whatsapp
Poesía visual en bici
El Japón decimonónico de Felice Beato
Y tú más: ¡Tonto!
The Free Conversations Movement: Dos sillas en la calle, siéntate y habla
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp
Opiniones 1
  • Comentarios cerrados.