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18 de febrero 2017    /   CIENCIA
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Los documentos de Churchill sobre la vida extraterrestre

18 de febrero 2017    /   CIENCIA     por          
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Que ganó una guerra mundial y perdió unas elecciones el mismo año. Que era un buen orador y algunas de sus frases más célebres aún circulan por redes sociales sin perder vigencia. Que era un gran estratega. Que bebía una botella de coñac armenio a diario y a él atribuía su longevidad. Que el tan trillado «OMG!» lo usó primero él. Que antes de morir dijo: «¡Es todo tan aburrido!».

De todo lo que se sabe de Winston Churchill (1874-1965), su faceta menos conocida y nada desdeñable apenas comienza a tener eco medio siglo después de su muerte. Que creía en los extraterrestres. Que a punto de estallar la II Guerra Mundial y poco antes de convertirse en primer ministro británico, a él le preocupaban los extraterrestres. Que escribió sobre las estrellas. Que le apasionaba el futuro.

A los 20 años, estando destinado en la India con el ejército británico, leyó el Origen de las especies, su puerta al conocimiento científico. Darwin despertó en él un interés por la ciencia que le acompañó con el paso de los años. Churchill no sólo leía sobre ciencia, no sólo se reunía con científicos, no sólo fue el primer dirigente de un país que contó con un consejero científico: Churhill, además, se actualizaba y se corregía para demostrar que estaba al día.

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Por eso, en los años 50 rescató un texto inédito que había escrito en 1939 (posiblemente para la revista News of the World, aunque nunca se publicó) y que guardó en un cajón durante décadas. Desde 1980, el texto mecanografiado ha permanecido en el Museo Nacional Churchill de EEUU.

El título era una declaración de humildad, pero estaba desfasado: ‘¿Estamos solos en el espacio?’. Churchill rescató su artículo, sacó el lápiz y se puso al día. Desde entonces, el texto aún inédito se llamó: ‘¿Estamos solos en el Universo?’. No es una corrección baladí propia de un perfeccionista sin otra cosa que hacer. Con ello, Churchill demostró que el debate científico de su tiempo no le era ajeno, porque aquello de lo que él estaba hablando, en los años 50, ya no era el espacio, sino el universo. Aquello que a día de hoy no hemos llegado a conocer del todo. Puede que nunca lo hagamos. El británico tenía muy clara la respuesta a su pregunta: No.

No soy tan vanidoso como para pensar que mi sol es el único con su familia de planetas

Churchill no confiaba demasiado en nuestras posibilidades de llegar a descubrir el universo al completo. En su artículo ‘¿Estamos solos en el universo?’, al que hasta ahora pocas personas habían tenido acceso y que cayó en manos del astrofísico Mario Livio, el político y estadista aseguraba que los viajes interestelares estaban muy limitados por las inconmensurables distancias interplanetarias. Lo que sí veía factible, «en un futuro no muy lejano», era la posibilidad de «viajar a la Luna, o incluso a Venus o a Marte». Sólo tres décadas después, Neil Armstrong pisó la luna.

A pesar de que no era científico y el texto no está exento de algún fallo, Livio asegura en Nature que «su conocimiento del tema es bastante bueno». «Usó un modelo relativamente antiguo para la formación de planetas y no tenía una buena comprensión de la expansión cósmica, pero los pasos lógicos que sigue son los que se espera de un científico», apunta.

Churchill dividió los planetas como un bar divide su carta de bocadillos: fríos y calientes. De entre todos ellos, creyó que sólo Marte y Venus eran lo bastante templados para albergar vida. De esta idea parte el concepto de zona de habitabilidad de una estrella. Para que un planeta pueda albergar vida, una de las condiciones es que esté dentro de una estrella y, concretamente, dentro de su zona de habitabilidad.

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Distancia y temperatura son la clave: ni muy lejos ni muy cerca, ni muy caliente ni muy frío. Sólo así habrá agua. Sólo así habrá vida. Regresando a los símiles alimentarios, esta zona también se conoce como ‘Ricitos de oro’ por estar templada como las gachas que se come la protagonista del cuento. La estrella, además de templada y próxima, ha de tener una edad que garantice una luminosidad óptima.

En los años en los que Churchill escribió su ensayo sobre la vida más allá de nosotros, esas eran las condiciones. No obstante, algunas décadas después se demostró que estar en un punto intermedio no era suficiente; que una mayor distancia era necesaria.

No somos nada

En el ensayo de Churchill que ahora rescata Mario Livio y que el astrofísico resume en la revista Nature, el político da una lección de humildad no carente de cierto humor: «No estoy tan impresionado por el éxito de nuestra civilización para pensar que seamos el único punto en el inmenso universo que contiene criaturas vivas y pensantes, o que seamos el tipo de desarrollo mental y físico más elevado que haya aparecido jamás en la vasta extensión del espacio y el tiempo», escribió.

Con cientos de miles de nebulosas, cada una de las cuales contiene miles de millones de soles, hay enormes probabilidades de que muchas contengan planetas en los que la vida no sea imposible

Alejandro Magno tuvo una visión. Según la leyenda, había visto dos objetos voladores del color de la plata que disparaban fuego y paralizaron a su ejército cuando se disponía a invadir Persia. No podemos saber si Alejandro Magno tenía un concepto arraigado sobre la vida extraterrestre ni qué pensó ni si ocurrió de verdad.

Otros políticos como Reagan, Carter y Hillary Clinton expresaron públicamente su creencia en la vida extraterrestre. La última se ha convertido en algo así como una abanderada de la ufología al prometer durante su campaña que difundiría los documentos secretos que prueban la vida extraterrestre y que albergaría el Área 51, ubicada en el desierto de Nuevo México. Por su parte, Reagan aseguró haber visto un objeto extraño y no dudó en advertir que los extraterrestes podrían estar en cualquier lugar, a nuestro lado.

Visión de futuro

A Churchill le apasionaba todo lo que estaba lejos de su alcance. Todo aquello que sólo podía imaginar. Con el futuro le ocurría lo mismo. En otros ensayos que publicó en revistas alrededor de los años 30, hizo algunas apreciaciones relacionadas con la vida algunos años después que hoy son realidades. Uno de sus textos más conocidos al respecto, ‘De aquí a cincuenta años’, apareció publicado en Strand Magazine, en 1931.

«La gran mayoría de seres humanos, absorbidos por duros trabajos, cuidados y actividades de la vida, sólo son vagamente conscientes del ritmo al que la humanidad ha empezado a viajar. Si miramos cien años atrás, veremos los grandes cambios que han tenido lugar. Miramos cincuenta años atrás y vemos que la velocidad nos acelera constantemente. Este siglo ha sido testigo de una enorme revolución en cuanto a las cosas materiales, las aplicaciones científicas, las instituciones políticas, las actitudes y los hábitos», dice al principio.

Churchill creía que la humanidad había ido «demasiado lejos como para retrocecer» y que además se movía «demasiado rápido como para pararse».

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En su ensayo, el político habló tanto del futuro del agua, del transporte por tierra, mar y aire, de la energía nuclear, de los teléfonos inalámbricos, de la «creación» y «alteración» de seres humanos y hasta las relaciones humanas venideras en el entorno urbano, que tachó de «superfluas».

La vida en la ciudad sería tan insoportable como en el campo. Por eso, para encontrar el término medio, pensó que las casas del futuro tendrían «tanto su jardín como su calvero». Y además vaticinó una soledad que iría cada vez a más: «Si hoy no existe motivo alguno para vivir en la misma casa con nuestros vecinos, mañana no habría razón alguna para vivir con ellos en la misma ciudad».

De nuevo con humildad, el británico aseguró en su artículo que sus apreciaciones sobre el futuro son ligeras. Las estrellas tampoco faltaron en este texto: «Hay pesadillas del futuro de las que una colisión afortunada con alguna estrella errante, que reduce la Tierra a un gas incandescente y podría ser una salvación compasiva».

Las predicciones de Churchill no siempre fueron grandilocuentes. Los últimos años de su vida los afrontó con la seguridad de que moriría el mismo día que su padre, un 24 de enero. Así lo hizo.

Que ganó una guerra mundial y perdió unas elecciones el mismo año. Que era un buen orador y algunas de sus frases más célebres aún circulan por redes sociales sin perder vigencia. Que era un gran estratega. Que bebía una botella de coñac armenio a diario y a él atribuía su longevidad. Que el tan trillado «OMG!» lo usó primero él. Que antes de morir dijo: «¡Es todo tan aburrido!».

De todo lo que se sabe de Winston Churchill (1874-1965), su faceta menos conocida y nada desdeñable apenas comienza a tener eco medio siglo después de su muerte. Que creía en los extraterrestres. Que a punto de estallar la II Guerra Mundial y poco antes de convertirse en primer ministro británico, a él le preocupaban los extraterrestres. Que escribió sobre las estrellas. Que le apasionaba el futuro.

A los 20 años, estando destinado en la India con el ejército británico, leyó el Origen de las especies, su puerta al conocimiento científico. Darwin despertó en él un interés por la ciencia que le acompañó con el paso de los años. Churchill no sólo leía sobre ciencia, no sólo se reunía con científicos, no sólo fue el primer dirigente de un país que contó con un consejero científico: Churhill, además, se actualizaba y se corregía para demostrar que estaba al día.

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Por eso, en los años 50 rescató un texto inédito que había escrito en 1939 (posiblemente para la revista News of the World, aunque nunca se publicó) y que guardó en un cajón durante décadas. Desde 1980, el texto mecanografiado ha permanecido en el Museo Nacional Churchill de EEUU.

El título era una declaración de humildad, pero estaba desfasado: ‘¿Estamos solos en el espacio?’. Churchill rescató su artículo, sacó el lápiz y se puso al día. Desde entonces, el texto aún inédito se llamó: ‘¿Estamos solos en el Universo?’. No es una corrección baladí propia de un perfeccionista sin otra cosa que hacer. Con ello, Churchill demostró que el debate científico de su tiempo no le era ajeno, porque aquello de lo que él estaba hablando, en los años 50, ya no era el espacio, sino el universo. Aquello que a día de hoy no hemos llegado a conocer del todo. Puede que nunca lo hagamos. El británico tenía muy clara la respuesta a su pregunta: No.

No soy tan vanidoso como para pensar que mi sol es el único con su familia de planetas

Churchill no confiaba demasiado en nuestras posibilidades de llegar a descubrir el universo al completo. En su artículo ‘¿Estamos solos en el universo?’, al que hasta ahora pocas personas habían tenido acceso y que cayó en manos del astrofísico Mario Livio, el político y estadista aseguraba que los viajes interestelares estaban muy limitados por las inconmensurables distancias interplanetarias. Lo que sí veía factible, «en un futuro no muy lejano», era la posibilidad de «viajar a la Luna, o incluso a Venus o a Marte». Sólo tres décadas después, Neil Armstrong pisó la luna.

A pesar de que no era científico y el texto no está exento de algún fallo, Livio asegura en Nature que «su conocimiento del tema es bastante bueno». «Usó un modelo relativamente antiguo para la formación de planetas y no tenía una buena comprensión de la expansión cósmica, pero los pasos lógicos que sigue son los que se espera de un científico», apunta.

Churchill dividió los planetas como un bar divide su carta de bocadillos: fríos y calientes. De entre todos ellos, creyó que sólo Marte y Venus eran lo bastante templados para albergar vida. De esta idea parte el concepto de zona de habitabilidad de una estrella. Para que un planeta pueda albergar vida, una de las condiciones es que esté dentro de una estrella y, concretamente, dentro de su zona de habitabilidad.

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Distancia y temperatura son la clave: ni muy lejos ni muy cerca, ni muy caliente ni muy frío. Sólo así habrá agua. Sólo así habrá vida. Regresando a los símiles alimentarios, esta zona también se conoce como ‘Ricitos de oro’ por estar templada como las gachas que se come la protagonista del cuento. La estrella, además de templada y próxima, ha de tener una edad que garantice una luminosidad óptima.

En los años en los que Churchill escribió su ensayo sobre la vida más allá de nosotros, esas eran las condiciones. No obstante, algunas décadas después se demostró que estar en un punto intermedio no era suficiente; que una mayor distancia era necesaria.

No somos nada

En el ensayo de Churchill que ahora rescata Mario Livio y que el astrofísico resume en la revista Nature, el político da una lección de humildad no carente de cierto humor: «No estoy tan impresionado por el éxito de nuestra civilización para pensar que seamos el único punto en el inmenso universo que contiene criaturas vivas y pensantes, o que seamos el tipo de desarrollo mental y físico más elevado que haya aparecido jamás en la vasta extensión del espacio y el tiempo», escribió.

Con cientos de miles de nebulosas, cada una de las cuales contiene miles de millones de soles, hay enormes probabilidades de que muchas contengan planetas en los que la vida no sea imposible

Alejandro Magno tuvo una visión. Según la leyenda, había visto dos objetos voladores del color de la plata que disparaban fuego y paralizaron a su ejército cuando se disponía a invadir Persia. No podemos saber si Alejandro Magno tenía un concepto arraigado sobre la vida extraterrestre ni qué pensó ni si ocurrió de verdad.

Otros políticos como Reagan, Carter y Hillary Clinton expresaron públicamente su creencia en la vida extraterrestre. La última se ha convertido en algo así como una abanderada de la ufología al prometer durante su campaña que difundiría los documentos secretos que prueban la vida extraterrestre y que albergaría el Área 51, ubicada en el desierto de Nuevo México. Por su parte, Reagan aseguró haber visto un objeto extraño y no dudó en advertir que los extraterrestes podrían estar en cualquier lugar, a nuestro lado.

Visión de futuro

A Churchill le apasionaba todo lo que estaba lejos de su alcance. Todo aquello que sólo podía imaginar. Con el futuro le ocurría lo mismo. En otros ensayos que publicó en revistas alrededor de los años 30, hizo algunas apreciaciones relacionadas con la vida algunos años después que hoy son realidades. Uno de sus textos más conocidos al respecto, ‘De aquí a cincuenta años’, apareció publicado en Strand Magazine, en 1931.

«La gran mayoría de seres humanos, absorbidos por duros trabajos, cuidados y actividades de la vida, sólo son vagamente conscientes del ritmo al que la humanidad ha empezado a viajar. Si miramos cien años atrás, veremos los grandes cambios que han tenido lugar. Miramos cincuenta años atrás y vemos que la velocidad nos acelera constantemente. Este siglo ha sido testigo de una enorme revolución en cuanto a las cosas materiales, las aplicaciones científicas, las instituciones políticas, las actitudes y los hábitos», dice al principio.

Churchill creía que la humanidad había ido «demasiado lejos como para retrocecer» y que además se movía «demasiado rápido como para pararse».

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En su ensayo, el político habló tanto del futuro del agua, del transporte por tierra, mar y aire, de la energía nuclear, de los teléfonos inalámbricos, de la «creación» y «alteración» de seres humanos y hasta las relaciones humanas venideras en el entorno urbano, que tachó de «superfluas».

La vida en la ciudad sería tan insoportable como en el campo. Por eso, para encontrar el término medio, pensó que las casas del futuro tendrían «tanto su jardín como su calvero». Y además vaticinó una soledad que iría cada vez a más: «Si hoy no existe motivo alguno para vivir en la misma casa con nuestros vecinos, mañana no habría razón alguna para vivir con ellos en la misma ciudad».

De nuevo con humildad, el británico aseguró en su artículo que sus apreciaciones sobre el futuro son ligeras. Las estrellas tampoco faltaron en este texto: «Hay pesadillas del futuro de las que una colisión afortunada con alguna estrella errante, que reduce la Tierra a un gas incandescente y podría ser una salvación compasiva».

Las predicciones de Churchill no siempre fueron grandilocuentes. Los últimos años de su vida los afrontó con la seguridad de que moriría el mismo día que su padre, un 24 de enero. Así lo hizo.

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