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6 de agosto 2018    /   CINE/TV
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Ni 3D ni HD, lo que salvará al cine serán la cerveza y el Instagram

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Mucho 3D, mucho HD, mucho Dolby Surround pero, ¿y si al final lo que salva al cine son las cervecitas y el postureo? La parafernalia aspiracional, el vivir una experiencia, el concebir ir a la sala como algo envidiable. Tendría sentido. Siempre estamos en plan «las películas te hacen soñar» por aquí y «la magia del cine» por allá; pero para captar nuestra atención,  los exhibidores han apostado tradicionalmente por aspectos técnicos y tecnológicos. Y reconozcámoslo, no hay nada que produzca más gatillazo onírico que hablar de altavoces, pulgadas y multisalas de periferia.

Dando un paseo estos días por la galería de cristal del Palacio de Cibeles uno podría pensar que sí, que la tecnología no es tan atractiva como este empaque tan instagrameable, tan retro, tan bonito. Hay un puesto de perritos, hay sillones y mesas, una máquina de palomitas y una barra de bar. Hay una exposición de ilustradores reinterpretando a grandes iconos del cine, incluso un DJ que pincha clásicos del séptimo arte. También hay una gran pantalla, de momento apagada. La proyección de Handia empezará en un par de horas pero ya han venido los primeros espectadores. Se podría decir que aquí, en Cibeles de Cine, uno empieza a soñar incluso antes de que la magia del cine te haga soñar.

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Esa es la idea. «Queremos sacar el cine de la sala y eventizarlo», reconoce Jesús Mateos, responsable de Sunset Cinema Mk2, la empresa organizadora de este ciclo. «Queremos que quien venga a nuestros eventos no tenga la sensación de que va a ver una película, sino a vivir una experiencia». Este concepto, el de vivir experiencias, es el mantra que repiten desde hace años en otras industrias como la turística, la gastronomía o incluso la textil. Es, según todos los estudios de marketing, lo que priman los milenials a la hora de consumir: las experiencias. Podría pensarse que una industria como la del cine debería estar en una posición ventajosa respecto al resto en este campo. A fin de cuentas, de eso va exactamente el cine, de vivir experiencias ajenas como si fueran propias. Pero esta máxima, hasta ahora, se ha limitado a lo que ocurre en la pantalla.

El problema, explica Mateos, es que mientras otros sectores se han puesto las pilas, el del cine apenas ha cambiado en los últimos 50 años. «Ojalá», se corrige al instante, «más bien no ha cambiado en los últimos 30, desde la irrupción de las multisalas». Mientras tanto llegó Internet, la piratería, Netflix, los videojuegos… Y para competir con todos estos factores había que ofrecer algo más que una buena pantalla.

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Eso es precisamente lo que está sucediendo en la actualidad. Con cinco años a sus espaldas, Cibeles de Cine goza de buena salud: 15.000 espectadores han pasado por esta sala en el mes de julio y lo cierto es que la competencia es mayor que nunca. Los cines de verano se han multiplicado en los últimos años, con opciones cada vez más sofisticadas y apetecibles. El Autocine Madrid RACE, que abrió sus puertas el año pasado, tiene 25.000 metros cuadrados y una capacidad de 350 plazas de aparcamiento. Es el autocine más grande de Europa.

La exhibición de cine no ha cambiado en los últimos 30, desde la irrupción de las multisalas

La Sala Equis se ha convertido en lugar de encuentro de los cinéfilos de Madrid, con un programa (a cargo del propio Jesús Mateo) que bascula entre el cine clásico, el de culto y el actual. También aquí se combinan gastronomía, eventos culturales, cine y copas. También se da especial importancia al lugar, un edificio de la Segunda República decorado con un gusto exquisito.

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Todas estas propuestas hacen que soñemos el cine como una experiencia más imaginaria que real, que pensemos la sala como un lugar mágico que vamos armando en nuestra cabeza a base de recuerdos. De recuerdos propios y ajenos, heredados del propio cine. Leyendo el eslogan del autocine:«¿A qué estás esperando para sentirte como Danny y Sandy en Grease?», se puede comprender perfectamente qué teclas pretenden pulsar en el espectador.

El ‘eventizador’ del cine

Jesús Mateos conoce el negocio del cine desde niño. Su familia se dedicaba a ello, pero desde el otro lado de la pantalla. Su padre, sus tíos, su abuelo, eran los responsables de una importante empresa de atrezzo y decorados, pero él estudió para productor de eventos. Esta convergencia de formaciones hacía un poco entrever que acabaría exactamente donde está. Estudió en Londres. Allí, por aquel entonces, se concebía la sala como algo diferente. «Estaba muy de moda el real cinema, una experiencia inmersiva en la que, mediante actores y decorado, te metían dentro de la película», recuerda. Mateos pensó que igual había mercado allí así que a su vuelta a España probó. Y demostró estar en lo cierto.

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Sunset Cinema (la coletilla Mk2 vino después, cuando se asoció con esta cadena francesa) fue el vehículo que le permitió hacer cosas distintas en el mundo del cine. Lo primero fue, hace cinco años, este mismo ciclo de Cibeles de Cine. Después empezó a hacer cosas, tímidamente. Los espacios públicos ralentizaban todo con burocracia; los privados pedían unas cantidades astronómicas que solo podían juntar con patrocinios, asociándose a grandes marcas. Pero poco a poco la cosa fue funcionando. Explotó definitivamente con el cierre de los cines Palafox. Proyectaron películas míticas como Nuevo Cinema Paradiso, Casablanca o La Princesa Prometida. Tuvieron lleno total.

«La gente nos preguntaba que dónde habíamos estado mientras el cine se hundía, que algo como esto hecho a tiempo podría haber evitado su cierre», recuerda Mateos. Y tomaron nota. Sunset Cinema MK2 fue con su plan para eventizar el cine al lugar más emblemático de la ciudad: La Gran Vía. «Piensa que allí, hace unos años, llegó a haber hasta 14, 15 cines. En una sola calle. Me atrevo a decir que eso era algo único en Europa», aventura.

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Esos tiempos de bonanza andaban lejos y para cuando llegaron, en Gran Vía solo había tres cines supervivientes. Sunset Cinema MK2 los juntó para realizar un proyecto común y apostar por películas clásicas y de culto, una fórmula muy alejada del blockbuster pero que se ha demostrado efectiva. Resulta que la gente está dispuesta a pagar por ver en el cine películas que tiene en su casa. Pero, ¿por qué?

Con cerca de 1000 DVDs descansando en sus estanterías, Jesús Mateos cree tener la respuesta: «Es que verlo en el cine puede ser una experiencia increíble. Recuerdo ver La Princesa Prometida y escuchar cómo todo el público se ríe a la vez, como corea al unísono «Hola, me llamo Iñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir»; eso no tiene comparación con verlo tú solo en tu casa». Mateos asegura que en la sala de cine, a veces, se puede dar esta magia. Pasó con ET cuando muchos espectadores se echaron a llorar. Pasó con Blade Runner cuando el ambiente se puso tenso, silencioso, casi épico con el discurso final de Roy Batty. Pasa, a veces, en el cine. Y Jesús Mateos quiere que siga pasando.

Mucho 3D, mucho HD, mucho Dolby Surround pero, ¿y si al final lo que salva al cine son las cervecitas y el postureo? La parafernalia aspiracional, el vivir una experiencia, el concebir ir a la sala como algo envidiable. Tendría sentido. Siempre estamos en plan «las películas te hacen soñar» por aquí y «la magia del cine» por allá; pero para captar nuestra atención,  los exhibidores han apostado tradicionalmente por aspectos técnicos y tecnológicos. Y reconozcámoslo, no hay nada que produzca más gatillazo onírico que hablar de altavoces, pulgadas y multisalas de periferia.

Dando un paseo estos días por la galería de cristal del Palacio de Cibeles uno podría pensar que sí, que la tecnología no es tan atractiva como este empaque tan instagrameable, tan retro, tan bonito. Hay un puesto de perritos, hay sillones y mesas, una máquina de palomitas y una barra de bar. Hay una exposición de ilustradores reinterpretando a grandes iconos del cine, incluso un DJ que pincha clásicos del séptimo arte. También hay una gran pantalla, de momento apagada. La proyección de Handia empezará en un par de horas pero ya han venido los primeros espectadores. Se podría decir que aquí, en Cibeles de Cine, uno empieza a soñar incluso antes de que la magia del cine te haga soñar.

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Esa es la idea. «Queremos sacar el cine de la sala y eventizarlo», reconoce Jesús Mateos, responsable de Sunset Cinema Mk2, la empresa organizadora de este ciclo. «Queremos que quien venga a nuestros eventos no tenga la sensación de que va a ver una película, sino a vivir una experiencia». Este concepto, el de vivir experiencias, es el mantra que repiten desde hace años en otras industrias como la turística, la gastronomía o incluso la textil. Es, según todos los estudios de marketing, lo que priman los milenials a la hora de consumir: las experiencias. Podría pensarse que una industria como la del cine debería estar en una posición ventajosa respecto al resto en este campo. A fin de cuentas, de eso va exactamente el cine, de vivir experiencias ajenas como si fueran propias. Pero esta máxima, hasta ahora, se ha limitado a lo que ocurre en la pantalla.

El problema, explica Mateos, es que mientras otros sectores se han puesto las pilas, el del cine apenas ha cambiado en los últimos 50 años. «Ojalá», se corrige al instante, «más bien no ha cambiado en los últimos 30, desde la irrupción de las multisalas». Mientras tanto llegó Internet, la piratería, Netflix, los videojuegos… Y para competir con todos estos factores había que ofrecer algo más que una buena pantalla.

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Eso es precisamente lo que está sucediendo en la actualidad. Con cinco años a sus espaldas, Cibeles de Cine goza de buena salud: 15.000 espectadores han pasado por esta sala en el mes de julio y lo cierto es que la competencia es mayor que nunca. Los cines de verano se han multiplicado en los últimos años, con opciones cada vez más sofisticadas y apetecibles. El Autocine Madrid RACE, que abrió sus puertas el año pasado, tiene 25.000 metros cuadrados y una capacidad de 350 plazas de aparcamiento. Es el autocine más grande de Europa.

La exhibición de cine no ha cambiado en los últimos 30, desde la irrupción de las multisalas

La Sala Equis se ha convertido en lugar de encuentro de los cinéfilos de Madrid, con un programa (a cargo del propio Jesús Mateo) que bascula entre el cine clásico, el de culto y el actual. También aquí se combinan gastronomía, eventos culturales, cine y copas. También se da especial importancia al lugar, un edificio de la Segunda República decorado con un gusto exquisito.

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Todas estas propuestas hacen que soñemos el cine como una experiencia más imaginaria que real, que pensemos la sala como un lugar mágico que vamos armando en nuestra cabeza a base de recuerdos. De recuerdos propios y ajenos, heredados del propio cine. Leyendo el eslogan del autocine:«¿A qué estás esperando para sentirte como Danny y Sandy en Grease?», se puede comprender perfectamente qué teclas pretenden pulsar en el espectador.

El ‘eventizador’ del cine

Jesús Mateos conoce el negocio del cine desde niño. Su familia se dedicaba a ello, pero desde el otro lado de la pantalla. Su padre, sus tíos, su abuelo, eran los responsables de una importante empresa de atrezzo y decorados, pero él estudió para productor de eventos. Esta convergencia de formaciones hacía un poco entrever que acabaría exactamente donde está. Estudió en Londres. Allí, por aquel entonces, se concebía la sala como algo diferente. «Estaba muy de moda el real cinema, una experiencia inmersiva en la que, mediante actores y decorado, te metían dentro de la película», recuerda. Mateos pensó que igual había mercado allí así que a su vuelta a España probó. Y demostró estar en lo cierto.

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Sunset Cinema (la coletilla Mk2 vino después, cuando se asoció con esta cadena francesa) fue el vehículo que le permitió hacer cosas distintas en el mundo del cine. Lo primero fue, hace cinco años, este mismo ciclo de Cibeles de Cine. Después empezó a hacer cosas, tímidamente. Los espacios públicos ralentizaban todo con burocracia; los privados pedían unas cantidades astronómicas que solo podían juntar con patrocinios, asociándose a grandes marcas. Pero poco a poco la cosa fue funcionando. Explotó definitivamente con el cierre de los cines Palafox. Proyectaron películas míticas como Nuevo Cinema Paradiso, Casablanca o La Princesa Prometida. Tuvieron lleno total.

«La gente nos preguntaba que dónde habíamos estado mientras el cine se hundía, que algo como esto hecho a tiempo podría haber evitado su cierre», recuerda Mateos. Y tomaron nota. Sunset Cinema MK2 fue con su plan para eventizar el cine al lugar más emblemático de la ciudad: La Gran Vía. «Piensa que allí, hace unos años, llegó a haber hasta 14, 15 cines. En una sola calle. Me atrevo a decir que eso era algo único en Europa», aventura.

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Esos tiempos de bonanza andaban lejos y para cuando llegaron, en Gran Vía solo había tres cines supervivientes. Sunset Cinema MK2 los juntó para realizar un proyecto común y apostar por películas clásicas y de culto, una fórmula muy alejada del blockbuster pero que se ha demostrado efectiva. Resulta que la gente está dispuesta a pagar por ver en el cine películas que tiene en su casa. Pero, ¿por qué?

Con cerca de 1000 DVDs descansando en sus estanterías, Jesús Mateos cree tener la respuesta: «Es que verlo en el cine puede ser una experiencia increíble. Recuerdo ver La Princesa Prometida y escuchar cómo todo el público se ríe a la vez, como corea al unísono «Hola, me llamo Iñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir»; eso no tiene comparación con verlo tú solo en tu casa». Mateos asegura que en la sala de cine, a veces, se puede dar esta magia. Pasó con ET cuando muchos espectadores se echaron a llorar. Pasó con Blade Runner cuando el ambiente se puso tenso, silencioso, casi épico con el discurso final de Roy Batty. Pasa, a veces, en el cine. Y Jesús Mateos quiere que siga pasando.

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