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23 de febrero 2017    /   DIGITAL
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El ciberactivismo corta como una espada de doble filo

23 de febrero 2017    /   DIGITAL     por          
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La asombrosa simplificación de las herramientas de programación y la enorme  difusión de internet, los dispositivos móviles, las redes sociales y las aplicaciones de mensajería instantánea han multiplicado las posibilidades del ciberactivismo, el control del poder y la desobediencia civil.

Los nuevos canales han permitido coordinar y organizar protestas explosivas en la calle, presionar con campañas digitales que se han filtrado a veces en las agendas de los medios de comunicación, introducir nuevas formas de participación para aquellos que desean implicarse menos (firmando una petición de Change o apoyando una etiqueta en Twitter) y diseñar espacios que preservan el anonimato de los desobedientes. Nada de ello se hubiese conseguido sin grandes dosis de coraje, idealismo y generosidad.

Sin embargo, estas afirmaciones son sólo una parte de los hechos, seguramente la más fácil de comunicar y la que encuentra una audiencia más favorable y amistosa en el ciberespacio. A todos nos gusta sentir que la Red, a pesar de su nombre, nos ayuda a ser más libres, mejores ciudadanos y unos adversarios más formidables ante los abusos del poder. La realidad, obviamente, es bastante más ambigua.

Algunos de los mecanismos que han utilizado y refinado los que protestan contra el sistema han servido, pocos años después, para reforzar su apabullante influencia. Es conocido que muchos de los jipis contraculturales de los sesenta se convirtieron, sólo dos décadas después, en consumistas desatados y en grandes admiradores de los yuppies de Wall Street.

Del mismo modo, algunas de las herramientas del ciberactivismo de las últimas dos décadas y algunos de los hackers que las diseñaron se han ido reciclando, poco a poco, en armas poderosas al servicio de la propaganda de los partidos políticos y de la publicidad, el marketing y la ciberseguridad de las grandes instituciones y empresas. Los mecanismos para desobedecer se han transformado en armas de seducción masiva.

A todos nos gusta sentir que la Red, a pesar de su nombre, nos ayuda a ser más libres, mejores ciudadanos y unos adversarios más formidables ante los abusos del poder. La realidad, obviamente, es bastante más ambigua

Se puede decir algo parecido de los dispositivos y plataformas que prometían vigilar y denunciar los abusos del poder. La ubicua hiperconectividad que procuran los teléfonos móviles y la capacidad de denuncia y movilización que tanto facilitan las redes sociales son, como puso de relevancia la histórica filtración de Edward Snowden, también unas espléndidas vías de entrada para que los gobiernos y los servicios de inteligencia extraigan datos, rastreen personas y redoblen la vigilancia sobre la población. A veces, las mismas instituciones que nacieron para desafiar el autoritarismo de los dirigentes, como WikiLeaks, han sido utilizadas pocos años después para reforzar la campaña electoral de un dirigente con matices autoritarios como Donald Trump.

El poder y el silencio

Otro de los problemas a los que se ha enfrentado el ciberactivismo es lo que podría llamarse la paradoja del silencio y las élites. Para que el típico mensaje antielitista y minoritario de los ciberactivistas coseche un éxito pleno, este debe convertirse en el nuevo discurso mayoritario y de los que mandan (ellos son los únicos que pueden tomar las grandes decisiones). Ese éxito supone que los mismos que ayer se oponían al sistema y denunciaban a sus dirigentes hoy se verán obligados a celebrar la capacidad que tiene el sistema para transformarse y la visión y liderazgo de sus timoneles. Una parte de la audiencia dejará de creer en ellos (¡pero cómo vais a defendernos de la casta si os habéis convertido en casta!).

En paralelo, los ciberactivistas que llevan a cabo una campaña masiva para que se escuche un determinado mensaje o a un determinado colectivo lo hacen invocando una superioridad moral que les permite silenciar otros mensajes y a otros colectivos. A veces, denuncian los ataques contra su libertad de expresión al mismo tiempo que atacan y deslegitiman la libertad de expresión de aquellos que se les oponen.

Dos de las mayores aspiraciones del ciberactivismo son acabar con la desinformación interesada y hacer que el periodismo se convierta en una profesión comprometida con una agenda y unos valores políticos. La desinformación debe confrontarse con todo el conocimiento y la capacidad de difusión que pone a su disposición internet. Van a intentar adaptar el periodismo a la nueva realidad ayudando a crear medios militantes, apostando por el periodismo ciudadano, celebrando las informaciones que confirman sus mensajes y acabando con una ‘falsa objetividad periodística’ que esconde, según ellos, oscuras intenciones partidistas y empresariales.

Dos de las mayores aspiraciones del ciberactivismo son acabar con la desinformación interesada y hacer que el periodismo se convierta en una profesión comprometida con una agenda y unos valores políticos

Los problemas en este caso son, fundamentalmente, tres. Primero, todo el conocimiento y el bombardeo incesante que facilita internet no sólo pueden generar un público mejor informado, sino que también crean una saturación de mensajes que hacen mucho más difícil informarse.

Segundo, el periodismo que no aspira a la objetividad y que somete su misión a la militancia corre el riesgo de deslizarse, en muchas ocasiones, en el pantano de la propaganda. Cuando lo hace, las noticias se convierten en literatura para convencidos y su credibilidad, para la mayoría, queda en entredicho. Los clásicos ciberactivistas liberales o progresistas que asumen que el nacimiento de esa información militante y ese periodismo les va a favorecer a largo plazo se equivocan. Apenas pasan meses o años antes de que aparezcan otros ciberactivistas —como los de Trump o Putin ahora mismo— que llevan más lejos un nuevo periodismo militante que ya ni siquiera renuncia a inventarse las noticias.

El tercer problema consiste en que los ciberactivistas asumen, demasiadas veces, que sus oponentes lo son por pura ignorancia, porque se benefician de ello (son los mercenarios del sistema) o porque son víctimas de la manipulación de los medios. Olvidan que una porción importante de esa población refractaria o es tan militante como ellos o no encuentra convincentes sus argumentos o, simplemente, posee unas ideas a las que no renunciará aunque se lo pidan dos millones de tuiteros, algunos de ellos con insultos y desprecios.

Obstáculos inesperados

Los ciberactivistas también se han encontrado con otras dificultades que no eran fáciles de anticipar. La experiencia ha demostrado en los últimos años que el mundo digital ha rebajado las barreras de entrada y los sacrificios asociados a cualquier compromiso social. Traducción: son muchos los que están dispuestos a cambiar sus perfiles de Facebook para protestar contra la violencia o las catástrofes humanitarias, pero son muchos menos los que acudirán a expresar ese mismo mensaje en una manifestación multitudinaria o en una campaña de donativos para las víctimas. De hecho, los sociólogos y psicólogos sociales han documentado casos en los que parte de la gente que acudiría a la manifestación deja de ir porque siente que ya ha hecho bastante participando en Twitter o Facebook.

El ciberactivismo de los datos (CD) es una de las respuestas que han encontrado algunos ciberactivistas a las ambigüedades y desafíos a los que se han enfrentado durante las últimas dos décadas. Quieren utilizarlo para reconducir la situación a una etapa previa, en la que no existían masivamente las maquinarias de propaganda digital con millones de bots amaestrados, la posverdad o las noticias falsas de importación. La defensa del libre acceso a los datos no puede reciclarse, que se sepa, en un mecanismo de dominación. Abrir los datos no es un mensaje que defienda o desprecie a las élites, sino que, simplemente, exige enriquecer y democratizar el conocimiento y poner en evidencia a los líderes mendaces y opacos.

Abrir los datos no es un mensaje que defienda o desprecie a las élites, sino que, simplemente, exige enriquecer y democratizar el conocimiento y poner en evidencia a los líderes mendaces y opacos

Al mismo tiempo, enmarcar los debates en cifras contrastables permite silenciar con motivos las opiniones que nieguen los hechos aduciendo hipótesis enloquecidas. Los datos deberían contribuir a mejorar la información y el periodismo sin caer necesariamente en la saturación (los softwares de visualización permiten asimilar, de forma sencilla, una realidad compleja con millones de datos) y sin que el periodismo degenere en pura militancia (de hecho, los ciberactivistas podrían denunciar, con las cifras en la mano, los abusos y manipulaciones de los medios). También parece más difícil convertir en propaganda extremista los datos que los mensajes tradicionales.

Aunque todo eso sea cierto, el CD ya ha empezado a encontrarse con las primeras dificultades. Ni toda la realidad es reducible a datos, ni una discusión ideológica o moral puede resolverse con datos, ni tampoco puede decirse que los datos no sean fáciles de manipular con algoritmos que describan o visualicen una realidad tan falsa como la de las noticias mentirosas.

De todos modos, que el ciberactivismo, con y sin datos, arrastre numerosos problemas, desafíos y ambigüedades (los que hemos mencionado y muchos otros) no significa que no haya jugado un papel importante en nuestras vidas o que no vaya a seguir transformando la manera en la que vemos el mundo y nos concebimos como sociedad. Sus problemas, desafíos y ambigüedades sólo son el reflejo de una era convulsa, de intenso debate, de choque de trenes. Una era en la que buscamos, desesperadamente, una explicación que nos ayude a entender un mundo que se nos escapa entre los dedos, que disuelve nuestra identidad en píxeles y que nos propulsa a una velocidad fabulosa. Viajamos sentados en una prodigiosa bala de cañón arrojada a la inmensidad del océano.

La asombrosa simplificación de las herramientas de programación y la enorme  difusión de internet, los dispositivos móviles, las redes sociales y las aplicaciones de mensajería instantánea han multiplicado las posibilidades del ciberactivismo, el control del poder y la desobediencia civil.

Los nuevos canales han permitido coordinar y organizar protestas explosivas en la calle, presionar con campañas digitales que se han filtrado a veces en las agendas de los medios de comunicación, introducir nuevas formas de participación para aquellos que desean implicarse menos (firmando una petición de Change o apoyando una etiqueta en Twitter) y diseñar espacios que preservan el anonimato de los desobedientes. Nada de ello se hubiese conseguido sin grandes dosis de coraje, idealismo y generosidad.

Sin embargo, estas afirmaciones son sólo una parte de los hechos, seguramente la más fácil de comunicar y la que encuentra una audiencia más favorable y amistosa en el ciberespacio. A todos nos gusta sentir que la Red, a pesar de su nombre, nos ayuda a ser más libres, mejores ciudadanos y unos adversarios más formidables ante los abusos del poder. La realidad, obviamente, es bastante más ambigua.

Algunos de los mecanismos que han utilizado y refinado los que protestan contra el sistema han servido, pocos años después, para reforzar su apabullante influencia. Es conocido que muchos de los jipis contraculturales de los sesenta se convirtieron, sólo dos décadas después, en consumistas desatados y en grandes admiradores de los yuppies de Wall Street.

Del mismo modo, algunas de las herramientas del ciberactivismo de las últimas dos décadas y algunos de los hackers que las diseñaron se han ido reciclando, poco a poco, en armas poderosas al servicio de la propaganda de los partidos políticos y de la publicidad, el marketing y la ciberseguridad de las grandes instituciones y empresas. Los mecanismos para desobedecer se han transformado en armas de seducción masiva.

A todos nos gusta sentir que la Red, a pesar de su nombre, nos ayuda a ser más libres, mejores ciudadanos y unos adversarios más formidables ante los abusos del poder. La realidad, obviamente, es bastante más ambigua

Se puede decir algo parecido de los dispositivos y plataformas que prometían vigilar y denunciar los abusos del poder. La ubicua hiperconectividad que procuran los teléfonos móviles y la capacidad de denuncia y movilización que tanto facilitan las redes sociales son, como puso de relevancia la histórica filtración de Edward Snowden, también unas espléndidas vías de entrada para que los gobiernos y los servicios de inteligencia extraigan datos, rastreen personas y redoblen la vigilancia sobre la población. A veces, las mismas instituciones que nacieron para desafiar el autoritarismo de los dirigentes, como WikiLeaks, han sido utilizadas pocos años después para reforzar la campaña electoral de un dirigente con matices autoritarios como Donald Trump.

El poder y el silencio

Otro de los problemas a los que se ha enfrentado el ciberactivismo es lo que podría llamarse la paradoja del silencio y las élites. Para que el típico mensaje antielitista y minoritario de los ciberactivistas coseche un éxito pleno, este debe convertirse en el nuevo discurso mayoritario y de los que mandan (ellos son los únicos que pueden tomar las grandes decisiones). Ese éxito supone que los mismos que ayer se oponían al sistema y denunciaban a sus dirigentes hoy se verán obligados a celebrar la capacidad que tiene el sistema para transformarse y la visión y liderazgo de sus timoneles. Una parte de la audiencia dejará de creer en ellos (¡pero cómo vais a defendernos de la casta si os habéis convertido en casta!).

En paralelo, los ciberactivistas que llevan a cabo una campaña masiva para que se escuche un determinado mensaje o a un determinado colectivo lo hacen invocando una superioridad moral que les permite silenciar otros mensajes y a otros colectivos. A veces, denuncian los ataques contra su libertad de expresión al mismo tiempo que atacan y deslegitiman la libertad de expresión de aquellos que se les oponen.

Dos de las mayores aspiraciones del ciberactivismo son acabar con la desinformación interesada y hacer que el periodismo se convierta en una profesión comprometida con una agenda y unos valores políticos. La desinformación debe confrontarse con todo el conocimiento y la capacidad de difusión que pone a su disposición internet. Van a intentar adaptar el periodismo a la nueva realidad ayudando a crear medios militantes, apostando por el periodismo ciudadano, celebrando las informaciones que confirman sus mensajes y acabando con una ‘falsa objetividad periodística’ que esconde, según ellos, oscuras intenciones partidistas y empresariales.

Dos de las mayores aspiraciones del ciberactivismo son acabar con la desinformación interesada y hacer que el periodismo se convierta en una profesión comprometida con una agenda y unos valores políticos

Los problemas en este caso son, fundamentalmente, tres. Primero, todo el conocimiento y el bombardeo incesante que facilita internet no sólo pueden generar un público mejor informado, sino que también crean una saturación de mensajes que hacen mucho más difícil informarse.

Segundo, el periodismo que no aspira a la objetividad y que somete su misión a la militancia corre el riesgo de deslizarse, en muchas ocasiones, en el pantano de la propaganda. Cuando lo hace, las noticias se convierten en literatura para convencidos y su credibilidad, para la mayoría, queda en entredicho. Los clásicos ciberactivistas liberales o progresistas que asumen que el nacimiento de esa información militante y ese periodismo les va a favorecer a largo plazo se equivocan. Apenas pasan meses o años antes de que aparezcan otros ciberactivistas —como los de Trump o Putin ahora mismo— que llevan más lejos un nuevo periodismo militante que ya ni siquiera renuncia a inventarse las noticias.

El tercer problema consiste en que los ciberactivistas asumen, demasiadas veces, que sus oponentes lo son por pura ignorancia, porque se benefician de ello (son los mercenarios del sistema) o porque son víctimas de la manipulación de los medios. Olvidan que una porción importante de esa población refractaria o es tan militante como ellos o no encuentra convincentes sus argumentos o, simplemente, posee unas ideas a las que no renunciará aunque se lo pidan dos millones de tuiteros, algunos de ellos con insultos y desprecios.

Obstáculos inesperados

Los ciberactivistas también se han encontrado con otras dificultades que no eran fáciles de anticipar. La experiencia ha demostrado en los últimos años que el mundo digital ha rebajado las barreras de entrada y los sacrificios asociados a cualquier compromiso social. Traducción: son muchos los que están dispuestos a cambiar sus perfiles de Facebook para protestar contra la violencia o las catástrofes humanitarias, pero son muchos menos los que acudirán a expresar ese mismo mensaje en una manifestación multitudinaria o en una campaña de donativos para las víctimas. De hecho, los sociólogos y psicólogos sociales han documentado casos en los que parte de la gente que acudiría a la manifestación deja de ir porque siente que ya ha hecho bastante participando en Twitter o Facebook.

El ciberactivismo de los datos (CD) es una de las respuestas que han encontrado algunos ciberactivistas a las ambigüedades y desafíos a los que se han enfrentado durante las últimas dos décadas. Quieren utilizarlo para reconducir la situación a una etapa previa, en la que no existían masivamente las maquinarias de propaganda digital con millones de bots amaestrados, la posverdad o las noticias falsas de importación. La defensa del libre acceso a los datos no puede reciclarse, que se sepa, en un mecanismo de dominación. Abrir los datos no es un mensaje que defienda o desprecie a las élites, sino que, simplemente, exige enriquecer y democratizar el conocimiento y poner en evidencia a los líderes mendaces y opacos.

Abrir los datos no es un mensaje que defienda o desprecie a las élites, sino que, simplemente, exige enriquecer y democratizar el conocimiento y poner en evidencia a los líderes mendaces y opacos

Al mismo tiempo, enmarcar los debates en cifras contrastables permite silenciar con motivos las opiniones que nieguen los hechos aduciendo hipótesis enloquecidas. Los datos deberían contribuir a mejorar la información y el periodismo sin caer necesariamente en la saturación (los softwares de visualización permiten asimilar, de forma sencilla, una realidad compleja con millones de datos) y sin que el periodismo degenere en pura militancia (de hecho, los ciberactivistas podrían denunciar, con las cifras en la mano, los abusos y manipulaciones de los medios). También parece más difícil convertir en propaganda extremista los datos que los mensajes tradicionales.

Aunque todo eso sea cierto, el CD ya ha empezado a encontrarse con las primeras dificultades. Ni toda la realidad es reducible a datos, ni una discusión ideológica o moral puede resolverse con datos, ni tampoco puede decirse que los datos no sean fáciles de manipular con algoritmos que describan o visualicen una realidad tan falsa como la de las noticias mentirosas.

De todos modos, que el ciberactivismo, con y sin datos, arrastre numerosos problemas, desafíos y ambigüedades (los que hemos mencionado y muchos otros) no significa que no haya jugado un papel importante en nuestras vidas o que no vaya a seguir transformando la manera en la que vemos el mundo y nos concebimos como sociedad. Sus problemas, desafíos y ambigüedades sólo son el reflejo de una era convulsa, de intenso debate, de choque de trenes. Una era en la que buscamos, desesperadamente, una explicación que nos ayude a entender un mundo que se nos escapa entre los dedos, que disuelve nuestra identidad en píxeles y que nos propulsa a una velocidad fabulosa. Viajamos sentados en una prodigiosa bala de cañón arrojada a la inmensidad del océano.

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